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Prefacio

En una tarde brumosa y oscurecida del 30 de diciembre del 2006 mientras caminaba por el parque Güell en Barcelona, vi a una mujer que corría hacia la salida, desesperada gritando el nombre de Fausto. Me estremeció la escena y continué viendo como se alejaba calle abajo sujetándose con fuerza su antebrazo izquierdo. 

      Pocos minutos después encontré en una banca del parque una libreta gruesa, forrada en piel, desgastada por el uso que en su carátula decía: “Los mensajes del Erial”.  Abrí la primera página y leí la frase: Si llegas a encontrar este manuscrito: haz lo que tengas que hacer, Marión”.

      Hojeando noté el nombre de Fausto entre líneas, junto con fotografías recientes tomadas en Barcelona. Obviamente pensé que pertenecía a la chica que había visto marcharse desconsolada. Así que decidí salir a localizarla.

      Dejé una nota con mis datos al vigilante y me fui del lugar.

      Durante varios días me perdí en la búsqueda por las calles estrechas y húmedas de la ciudad. Cuando llegaba a mi habitación por la madrugada, me adentré en la lectura del manuscrito, tratando de encontrar algunas pistas sobre ella.

      Al principio parecía sólo contener el relato de un viaje en el desierto, pero conforme leía, me compenetraba en la historia. La cual, se divide en los dos hemisferios de uno de los personajes y por raro que parezca, algo inquietante me comenzó a suceder en el brazo.

      Por ello intensificaba mi propósito. En varias ocasiones, la distinguía entre la multitud de vendedores y transeúntes nocturnos; corría para alcanzarla pero se perdía entre las personas. Daba la impresión de que sabía que la estaba buscando. Incluso, uno de esos días en la Plaza Royal, se postró del otro lado mirándome tristemente mientras yo la llamaba gritando su nombre; dio la media vuelta y se perdió entre la calle Ferran y Avinyó.

      Ahora después de leerlo, sé porque lo dejó ahí. Y de alguna forma, sé que es lo que tengo que hacer. Mi papel en dicha historia es comunicarlo. Por ello lo he trascrito tal como estaba junto con las imágenes.

Es un texto del cual ya no puedo salir… está aquí. 

PD. Si sabes algo sobre ella, ayúdame a encontrarla.

Rodrigo  Díaz Castanyeda.

Años después me di cuenta de que los acontecimientos cotidianos no son eventos fortuitos, por más simples o complicados que parezcan; son parte de nuestras circunstancias, las cuales se forman como una constante obra de arte y día tras noche generan en nosotros una realidad diferente.

Cada individuo, según su ubicación en el tiempo-espacio, tiene una razón de existir, aunque la rechace. Porque cada molécula, cada átomo y cada ser vivo producen con su movimiento, parte del movimiento universal.

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Los mensaje del Erial

Los mensajes del Erial

Edición en línea editada por el autor.

©2009 Rodrigo Díaz Castanyeda.

De esta edición:

Fotografías tomadas de la libreta original. D.R. (RDC)

ISBN: 978-607-7757-08-5

Impreso en México

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor.

Capítulo 1 MAYO 2000

Nunca imaginó cómo se colapsaría, cómo aquel día su cuerpo separaría la realidad del sueño, en su propio brazo. 

      El autobús se detuvo en la carretera. La neblina lo cubría todo, se sentía una humedad densa en el ambiente y la tenue luz apenas figuraba los contornos de la selva. Eran las seis de la mañana cuando bajaron del vehículo. Fausto se frotó los ojos y se percató de que ni el autobús ni el chofer eran los mismos que recordaba haber visto cuando subieron el día anterior.

      Esto lo dejó absorto un momento. ¿Cómo pudo suceder, si no recordaba que hubieran transbordado?

      Se hallaban en medio de dos caminos. En uno de ellos se apreciaba un letrero con el nombre de la localidad y el aviso sobre la distancia a la que se encontraban de ella: un kilómetro. Los rodeaba una espesa vegetación con los sonidos apabullantes de animales que despertaban, salían del suelo, de las hojas de los árboles; y sus cuerpos eran las plantas que surgían por los rincones donde había un poco de tierra, e incluso de las grietas en la carpeta asfáltica.

      Los tres caminaron hasta llegar a un pequeño puente por donde cruzaba un río de agua translúcida. Otro letrero que apenas se mantenía en pie indicaba “Las pozas y el castillo surrealista”, con una flecha orientada a una vereda de lodo que continuaba a un costado del río.

      —¡Es realmente enorme! —pensaba Marion, asombrada y extasiada.

      El Sol se elevaba y el canto de las aves se hacía más intenso. Junto con el rumor del agua que corría por doquier, orquestaba una rica sinfonía.

      Llegaron a una puerta altísima de herrería, a lado de una construcción en plena selva que parecía una flor de cemento enmohecida de unos diez metros de alto con escaleras de espiral por todo su tallo. Dejaron sus pertenencias en el suelo y se sentaron frente a la entrada contemplando la edificación. No podían creer lo que veían: escaleras de flores, y árboles hechos por el hombre, con formas retorcidas, caprichosas, junto a un río de agua azul turquesa que bajaba entre las piedras intactas, canales y pozas creaban un lugar mitad real, mitad sueño, con colores naturales y algunos tintes rojos entre enredaderas o raíces que atrapaban las edificaciones. Al parecer el castillo se extendía por toda la ladera, pero se perdía entre la vegetación. Estaba conectado por escalones y pasillos interminables y sin sentido alguno.

      El lugar era una especie de santuario deshabitado. Las estructuras de varios pisos tenían en su interior puertas y esculturas exóticas, aunque sin paredes divisorias. Era una obra diseñada para admirar. Se trataba de un monumento a la naturaleza, aislado, que se reconstruía cada día con ayuda de la humedad y la vegetación.

      Ometeo se sentó en el borde de una poza y metió los pies en el agua que bajaba por una hermosa cascada. Asombrado, no podía dejar de contemplar el mágico sitio. Se desvistió para sumergirse en el agua cristalina y tibia que lo envolvió e impregnó de ideas frescas sin complicaciones.

      Fausto y Marion se habían alejado juntos cuando entraron al castillo por debajo del puente situado al lado de la entrada principal. Se encaminaron hacia la parte superior de la ladera por un sendero que se dirigía a una figura parecida a un capullo abierto de unos cuatro metros de diámetro. Anonadados, exploraban aquel espacio, contagiados por su magnetismo. Su evidente entusiasmo demostraba que pretendían pasar varias horas a solas en aquel lugar, en el cual los rincones eran ideales para recorrerse con las manos, con la boca, con la piel sedienta que bajaba a gotas entre sus dedos. Fausto buscaba la cintura de Marion que se escondía detrás de las formas orgánicas, entre caricias y besos temblorosos en la impaciencia de una tierra fértil.

      Ometeo salió de la poza y se vistió, repuesto y habituado a su soledad, que se acostumbraba a él, como él a ella. Recorrió algunas construcciones río arriba y de vez en cuando se internaba en la selva para escudriñar las formas verdes. A lo lejos escuchaba la risa de Marion que se integraba a los sonidos de la naturaleza.

      Él no se sentía el mismo desde la noche en el Erial, algo que aún no podía entender había cambiado, presentía en su cuerpo un bienestar profundo que al mismo tiempo empezaba a ser lógico. Se internó en la espesura y recorrió las veredas como si buscara algo, no en forma física sino en su propia mente.

      Era una conexión entre sus neuronas y su andar, que lo hacía pasar de una idea a otra. Cuanto más avanzaba en los senderos, con mayor profundidad se introducía en su pensamiento. Quería saber, quería conocer, estaba seguro de que la casualidad no existe,  es sólo una aportación, un escalón a la evolución de una sociedad que impacta en otra, y así sucesivamente.

      Estaba convencido de que tal evolución era parte de un proceso interno al que cualquiera, más allá de su condición, puede tener acceso, siempre y cuando esté dispuesto a explorar su mente. Y, cuando lograra conocerla, se produciría un reflejo —sería como mirar en el río— que le permitiría comprenderlo.

      —¿Por qué de pronto mi mente empezó a intentar encajar todas las fichas? ¿Qué chingados despertó este sitio en mí? —se cuestionó.

      Por la tarde se encontraron en una de las flores gigantes con graderías interconectadas, desde donde se apreciaban la colina y las sobresalientes figuras artísticas de las copas de los árboles liberadas de una ligera bruma a su alrededor. Complacidos con el lugar, comentaron las sorpresas halladas en su recorrido por el castillo y las pozas. Bajaron a la primera plataforma techada y prepararon algo de comida que llevaban en sus mochilas. El agradable sitio estaba desprovisto de muros, con piso de laja y tejado de hormigón de formas irregulares, rodeado de un maravilloso colorido.

Capítulo 2

La noche en la selva fue diferente a cualquier otra. El cielo estaba nublado y una oscuridad los arropaba. La vela que encendieron y colocaron sobre una piedra despedía una luz mínima que apenas rozaba sus rostros.

      Fausto y Ometeo observaban cómo las formas y contornos de la naturaleza se perdían en la negritud. Unos diez metros delante de ellos se elevaba una peña repleta de vegetación, sacudida por los animales que pernoctaban en ella y por una ligera brisa que la recorría de izquierda a derecha moviendo ramas y enredaderas colgantes. Durante varios minutos contemplaron las siluetas de la noche y las múltiples figuras derivadas de la libre asociación del pensamiento.

      Marion buscaba otra vela entre sus cosas, sólo analizando la textura de los objetos con la yema de los dedos. De pronto Ometeo comenzó a tener una sensación distinta en su cuerpo; era como si le hubieran atado una soga alrededor de la cintura y alguien desde el suelo tirara con ímpetu. Se levantó con un ligero esfuerzo y caminó en círculos; el efecto algo raro, le provocaba escalofrío. Tomó un poco de agua de una botella y se esforzó por tranquilizarse, pero la oscuridad reinante entorpecía sus movimientos; entonces, se dirigió al interior del tejado, recorrió unos metros y se sentó en el suelo cruzando las piernas. Mantuvo la mirada en el piso sintiendo el leve arrastre en la zona del ombligo. Cerró los ojos y comenzó a vociferar, producía un sonido grave desde su pecho que utilizaba como caja de resonancia y otro que contrastaba, generado al mover la boca con el aire que exhalaba dos notas diferentes. El gran alivio experimentado le hizo repetirlo una y otra vez; en ocasiones cambiaba el tono alto y agudo para variar su intensidad.

      Después de unos quince minutos dejó de sentir la tenue fuerza que tiraba de él. Justo entonces, exhaló con el sonido más largo posible y abrió los ojos.

      Impresionado, vio frente a él una pálida luz azul, que con lentitud, ascendía en forma de espiral como neblina. Paralizado, guardó silencio y la luz desapareció como si se filtrara de nuevo hacia la tierra. Se sorprendió mucho por el efecto, pero pensó que tal vez era producto de su imaginación o por haber abierto los ojos muy rápidamente.

      Así que tomó aire y emitió el sonido en un tono más alto.

      —¡Es impresionante! —pensó.

      Veía la misma espiral ascendente, pero ahora con un tono más bien verde, muy delicado. Y al dejar de producir el sonido, de nuevo la luz se disipó.

      Fascinado, probó ahora con un tono más agudo. Esta vez la luz cambió a un tono amarillento.

      —¡Marion, Fausto! —gritó—. ¡Vengan, tienen que ver esto!

      — Es sinestesia —se dijo.

      Sus amigos se encaminaron hacia él a tientas.

      —Aquí, a su derecha, más adelante —advirtió Ometeo.

      —¿Cómo puedes saber dónde estamos? Aquí no se ve nada. —Le preguntó Marion.

      Ometeo se asombró por la pregunta, pero aun más porque no había pensado en ello.

      —¡Puedo distinguirlos! —les dijo, con una risa nerviosa—. ¡Puedo verlos!

      —¿Cómo? Ometeo, ¿estás bien? —insistió Marion.

      —Creo que sí. Los distingo por una línea de luz rojiza que los enmarca alrededor de su silueta.

       Los tomó de las piernas indicándoles el sitio.

      —Siéntense aquí.

      Marion y Fausto se acomodaron en el suelo.

      —¿Qué te pasa? —inquirió Fausto.

      —No sé, algo ocurre.

      Les habló del tirón que sentía y de lo que vio. Ellos lo escuchaban divertidos, aunque un tanto incrédulos. Por un momento los ruidos de la selva hicieron una pausa y el silencio fue total. Enseguida cayó la lluvia y resurgió un sinfín de ecos nacidos del entorno. Estaban fascinados.

      Ometeo se levantó y salió hacia donde la vela apenas lo iluminaba. Podía ver todo con normalidad, pero, más allá de eso, lo sentía.

      Fausto y Marion se acercaron a él.

      —Algo ocurre. —expresó Ometeo con voz profunda y tranquila—. No sé qué es, lo presiento.

      La lluvia se precipitaba con fuerza, parecía que la selva se caería con tanta agua. Por suerte se encontraban bajo un buen techo por el que no se filtraba una sola gota.

      Fausto se arrimó a Marion y la abrazó. Observaron a Ometeo que se postraba frente a la espesura de la noche en calma.

      De pronto, se volvió hacia ellos y los miró a los ojos.

      —Sí, ustedes muy juntos con luz de vela, en medio de la noche ¿No? —dijo sarcástico—. ¿Pero saben?, no me importa porque yo tengo a Brazo.

      Dobló su brazo izquierdo hacia delante con la mano entreabierta haciendo movimientos y muecas, como si conversara con un títere que era su brazo.

      —¿Verdad, Brazo, que nos tenemos a nosotros? —decía como si interpretara un pequeño monólogo.

      Marion y Fausto lo miraban y reían con él, debido al tinte cómico que le imprimía a su actuación.

      —En serio, somos buenos amigos, ¡Brazo no se me despega un minuto! —miró a su brazo.

      —Brazo es como alguien que contiene el vacío, la soledad.

      —¿Qué dices?

      —Sí, como lo escuchas. —dijo riendo— a brazo no necesito saludarlo, es más, Brazo me abraza, ¡ja!.

      —Estás bien loquito. —dijo Marion.

       En medio de una carcajada que se notaba ansiosa, Ometeo levantó la cara.

      —Fausto, es extraño —dijo después, con la mueca entrecortada—. Y creo que no es muy divertido.

      El aludido sonreía al ver a su amigo conversando con su brazo  y diciendo tonterías.

      —¿A qué te refieres? —preguntó.

      —¡No sé, sólo siento que está cabrón!, ¡necesito que me eches una manita! —exclamó riendo, mientras con la mano derecha tomaba a la izquierda a la altura del antebrazo y empujaba hacia abajo. Forcejeando consigo mismo.

      Marion y Fausto miraban curiosos como reñía con su brazo.

      —¿Estás bien?—le preguntó Marion.

      —No. ¡Fuera de broma! ¡Está raro! —su tono había cambiado, mostraba una expresión angustiada.

      Perplejos, sus amigos lo miraron e intentaron disimular su hilaridad.

      —¿Qué ocurre? No nos asustes —le advirtió Fausto.

      —No sé, la verdad es que no puedo mover mi brazo, ¡mira! —mostró el brazo por completo doblado hacia el frente.

      —¿Cómo que no lo puedes mover? —intervino Marion, todavía con la sonrisa en la boca.

      —¡No estoy jugando!, ¡no puedo mover mi brazo! Fausto, ayúdame, ¡por favor!

      Fausto, con el semblante seco, estaba delante de él.

      —¿Qué carajos te pasa? ¡Ya deja de bromear!

      En ese momento Ometeo tuvo un momento de lucidez. Por su cerebro cruzaron con velocidad varios pensamientos. Buscaba una explicación en su lógica que ahora era diferente, clara, y muy concreta.

      —Está Aquí —se acordó de las palabras de su abuelo—. Sabía la respuesta, aunque le costaba trabajo admitirla, sabía lo que sucedía en ese momento: se había introducido por voluntad propia en un mundo que desconocía, pero que ahora era muy real y apenas comenzaba.

      Miró de frente a Fausto con ojos expresivos y una serenidad absoluta.

      —Es mi inconsciente.

Capítulo 3 Septiembre 1999

De pronto sintió el humor que entró por sus fosas nasales e inundó sus pulmones. El olor era espeso, grasiento, ascendente y extraño —nada similar a lo percibido antes— tan intenso que lo levantó de su asiento y lo obligó a quedarse de pie, respirar profundamente. Sintió que su penetrante consistencia lo ahogaba y, con pesadez, se recargó sobre la silla jadeando intentando recobrar el aliento.

      En ese momento se abrió la puerta de la habitación con un leve crujido y escuchó la tristeza que emanaba del llanto sin consuelo de su hermana.

      —Baja, el abuelo acaba de morir.

      Ometeo se encontraba en un pueblo, en el segundo piso de una vieja casa; justo arriba de la recámara de su abuelo.  Desconcertado porque aún no entendía cómo pudo haber percibido ese efluvio que penetrara en su nariz, en sus pulmones, y que le producía estremecimiento. Tomó su abrigo, bajó con rapidez las escaleras y observó cómo la casa comenzaba a llenarse de todo tipo de personas atraídas por la noticia que al parecer se había difundido; familiares, amigos de toda la localidad comenzaban a llegar.

      —No puede ser que haya sentido la esencia de mi abuelo,    —pensaba.  —¿Qué está pasando?

      Entre el tumulto, su madre se acercó sin que éste la notara, lo tomó del hombro y lo atrajo hacia ella con una expresión de trágica calma.

      —¿Estás listo? —le preguntó—. Necesito que me ayudes a cambiar de ropa a tu abuelo. 

      La siguió hasta la habitación donde el cuerpo yacía tendido sobre la cama y cerró la puerta con seguro dando doble vuelta al broche oxidado empotrado en el filo de la madera.

      —Se que a él le hubiera gustado ser enterrado con su traje, pero mejor le ponemos su pijama de franela; para que se vaya cómodo y calientito. Deberíamos de bañarlo antes de meterlo en la caja, pero ya no tenemos tiempo, bueno, creo que eso a él ya no le importa.

      —¡Ándale!, sostenlo para que pueda cambiársela. Debemos hacerlo antes de que empiece a ponerse rígido. Procura no apretarlo, si lo agarras fuerte le salen moretones en todo el cuerpo por el cáncer.

      A sus veinte años, nunca había presenciado la muerte de nadie, estaba tranquilo, callado, impactado a punto del vómito. Sujetó primero las piernas del cadáver con mucho cuidado, alzándolas como si se tratara de frágiles piezas de cristal; después levantó su brazo derecho y a continuación el izquierdo, retirando las mangas de la camisa. Su cuerpo, antes muy fuerte, ahora estaba en extremo delgado por la enfermedad, consumido por completo. No obstante, sus facciones denotaban la paz alcanzada con la muerte que llegara después de tanto dolor.

      —Ahora levántalo para quitarle la camisa.

      Tomó el cuerpo pasando por su espalda que estaba aún caliente. Sostuvo su cabeza con la mano, dejando su cara frente a la suya. Observó sus ojos negros desgastados y entreabiertos al igual que su mandíbula y una piel delgada, deslucida que se aferraba al hueso. Al alzar el cuerpo sin vida, éste exhaló lo que quedaba en los pulmones. En ese preciso momento inhaló y recibió todo el aliento similar al anterior, que se adhirió como una medusa infiltrándose en sus órganos vitales. Casi inmóvil, su mente por unos segundos quedó en el abismo, un vacío sin pensamientos ni sensaciones.

      —¿Estás bien? —escuchó la voz de su madre a lo lejos como un eco.

      Volvió en sí y asintió enmudecido. Los sentidos le traicionaban; mareado y con dificultad para respirar por el choque emocional, intentaba guardar la calma para cumplir con su cometido fingiendo estar bien.

      Terminaron de cambiarlo y la madre le cerró la mandíbula forcejeando con el cuerpo tieso y blanco como piedra caliza. Mientras tanto Ometeo notó que el anciano aferraba algo con el puño izquierdo. Le abrió la mano  con cuidado y dentro encontró un papel doblado y arrugado que tomó para después enlazar sus manos desgastadas e inertes sobre su pecho.

      En ese momento tocaron la puerta con dos sonoros golpes, avisando que había llegado el ataúd de madera negra en el cual se iba a colocar al difunto una vez que la larga fila de familiares que estaba afuera esperando entrara a la recámara a despedirse.

      Guardó el papel en el bolsillo de su pantalón y salió a cambiarse la camisa para asistir al funeral.

      Pensaba ansioso y convulsivo, en todo lo que aprendiera de su abuelo desde niño, pero nunca nada se parecía siquiera a lo que le sucedía ahora. Por su mente corrían sin cesar las anécdotas narradas cada día por sus padres sobre la conducta inusual del anciano. Casi cada madrugada, con lamentos impacientes llamaba para que lo ayudaran en sus delirios o dolores ingratos. Algunas de las historias enigmáticas se las achacaban a la enfermedad, otras a su avanzada edad, siempre en busca de una explicación razonable a lo que hacía o decía. Pero lo cierto es que eran inexplicables. Y cuando la mañana siguiente le preguntaban cómo o por qué había hecho: ésto o aquéllo, respondía en forma simple, como un niño.

      “La realidad es la sombra de los sueños. Nunca lo olvides”. —recordaba lo que su abuelo le decía.

      Apretó el papel rugoso y viejo con fuerza durante toda la lenta y pesada ceremonia.

      —¿Qué diablos dice la carta? ¿Por que la tenía al momento de morir? —se preguntaba.

      Se recostó en la banca del templo por el dolor de estómago que le provocaba la pérdida y el incontenible y raro olor.

      —Se ha quedado en mí…

Capítulo 4 Junio 2000

Experimentaban la conmoción y ataques de espontaneidad acompañados por una complicidad sin prejuicios, al caminar por la mañana en las calles estrechas, entre los pasajes coloniales, plazas con sus fuentes y jardines de un colorido perfecto, iglesias y casas con sus portales de madera labradas a mano, balcones de herrería saturados de macetas colgantes ubicados en los bien logrados segundos pisos en estilo barroco.

      Risas y juegos de los tres que se extendían por donde pasaban. Jamás pensaron que ese día se divertirían tanto a causa de cualquier tontería que surgiera. Indiferentes y sin recato ante las personas que transitaban por las aceras que les dirigían miradas de asombro o pena ajena por las carcajadas que soltaban a media calle.

      Su libertad poco usual, músculos relajados, espalda delineada y sonrisa a todo lo ancho les daba el aspecto de cómplices felices. Su risa nacía de una compatibilidad tan fuera de lo común como la de tres piedras que salen de un mismo fragmento, ruedan por una pendiente y al final de ella terminan por unirse de nuevo, pero con algunos tramos que no encajan del todo.

      Copla que inició bajo las circunstancias que ellos reconocieron como pura casualidad. Dejaban al descubierto las más floridas actitudes de cada uno sin menosprecio. Se detuvieron en el mirador situado detrás del Templo de la Cruz para contemplar la típica escena de la ciudad de Querétaro.

      A pocas horas de haber conocido a Marion recién llegada de Francia por medio de Emilio que la encontró escalando a media Peña de Bernal el día anterior; Fausto y Ometeo se compenetraron y se abrieron de manera sorpresiva con ella. Bastó la presentación para que se desatara la locura conjunta que se fortalecía con cada comentario, entre callejuelas, mientras toreaban automóviles para pasar de un lado a otro de la acera sin dejar de sentirse caballo, capote o banderillero. Entre espasmos, Marion gritaba con aire rebelde, coqueteaba con los conductores, reía de nuevo y se lanzaba al borde de la banqueta. De visita en los museos, hurgaban entre el arte contemporáneo cuando nadie los veía. Se escondían unos de otros detrás de la gente, imitaban sus actos, bromeaban con los guardias de seguridad o dejaban notas obscenas al autor de las obras de arte en la libreta de registro. Abrazada de ambos, Marion no lograba contener las lágrimas que la risa hacía escurrir por sus mejillas rosadas desde sus ojos azules.

      Ella, de veintiséis años, lucía una figura hermosa, con una fuerza que la mantenía siempre firme ante los continuos viajes. Era misteriosa y enigmática personalidad que cautivaba a los locales.

      Caminaron largo rato rumbo a casa de Emilio, amigo de la infancia de Fausto. Llegado el atardecer, el ambiente era delicioso y los colores marrones del ocaso se mezclaban de la misma manera en el pensamiento de los tres.

      Marion se sentía emocionada. Después de muchos días de soledad entre miles de personas que le eran ajenas y en un país que apenas empezaba a conocer, hallaba refugio en ellos, que la hacían sentir como en casa. Pese a que nunca supo lo que es estar en un hogar con una familia, solía soñar con el suyo, para poder acomodarse en un sillón, con su perro grande, una taza de té caliente, quitarse los zapatos y votarlos, !votarlo todo!

      Extrañamente ahora se sentía a gusto consigo misma que por primera vez no quería salir corriendo a continuar su viaje y se limitaba a disfrutar el presente. Podía respirar sin dificultad, ser ella misma sin la presión de esas miradas pretenciosas que le molestaban sobremanera.

      La noche era deliciosa y la música de percusiones que salía de un viejo radio ronco los rodeaba por doquier. Se sentaron a cenar, la mesa estaba adornada con un mantel embestido varias veces. Velas, botella de vino barato, buena música y comida francesa que prepararon mientras conversaban sobre sus mundos y sus historias.

      La velada se convirtió en un alegre festín, un compartir interminable que conseguía liberar los sentimientos sin máscaras ni disfraces para los demás y dejaba pasar sólo el vértigo del momento.

      Fausto José no se cansaba de mirar a Marion. Su belleza tan ajena proveniente de otra parte  lo cautivó sorpresivamente.

      Esa noche, cansados de tanta intensidad, durmieron hasta tarde en casa de Emilio.

      Marion, que tenía el sueño ligero, dormía por momentos y despertaba angustiada en otros; en su mente se mezclaban diferentes realidades. Giraba de un lado a otro de la cama y en ocasiones se levantaba para observar a sus nuevos amigos dormir en el suelo del cuarto alfombrado a un lado del colchón. Entre sudor frío y pensamientos furtivos, intentaba conciliar sus ideas.

      —Tengo que salir mañana temprano, sola de nuevo y ¡no quiero! —Pensaba, cubriéndose la cara con las sábanas—. ¡No quiero!, ¡no quiero fugarme esta vez! Quiero viajar con ellos. ¿Y si no quieren ir?, ¡pero me encantaría que lo hicieran! ¡No, Marion, no, debes seguir como hasta ahora, continuar tu sola!” —Se reprochaba con imperiosa impaciencia dando vueltas en la cama.

      Ometeo abrió los ojos a la luz que se filtraba por el umbral de la puerta, Fausto estaba dormido roncando del otro lado y Marion no estaba. Reanimado por el ligero viento que entraba a la habitación de paredes con tono azul claro, miró el reloj que marcaba las ocho de la mañana, se levantó y bajó a la sala.

      Ella estaba sobre la alfombra en una posición que le parecía incómoda, haciendo yoga.

      —¡No puedo irme! ¡No puedo irme sin ustedes!—exclamó, incorporándose y recogiendo su cabello.

      La fragilidad en su rostro delataba su angustia.

      —Estoy inquieta, le estoy dando al mismo asunto toda la noche, y es que hace años no me sentía tan bien. ¿Sabes a que me refiero no?

      —Sí, creo. —Le respondió frotándose los ojos.

      Es esto que tenemos juntos, como si fuéramos de siempre, ¿no te pasa lo mismo? Estamos como unidos, lo siento aquí —le dijo, deslizando la mano sobre su abdomen como si le doliera—. Por favor, tienen que acompañarme de viaje, sólo son dos semanas y regresan a Querétaro. ¡Por favor! Conoceríamos cosas nuevas juntos, nos divertiríamos, nos perderíamos por ahí y ustedes saldrían de su rutina. ¿Sí?

      —¿Qué?, espera, ¿cómo que viajar? ¿Y a dónde? —preguntó contrariado—. Mejor dicho, ¿a dónde vas? Bueno, no quiero decir que no puedo y que no me dan un buen de ganas de ir también, ¿dónde?

      —¿Por qué no vamos a buscar la cueva que nos contaste ayer, la que aparece en la carta de tu abuelo? Supongo que tendrás una idea al menos donde está, ¿no? —lo tomó apoyando sus manos en el borde de sus jeans desgastados y un poco flojos. —Sé que te dan muchísimas ganas de ir, estás curioso, lo sé, se te nota, a veces sólo necesitas dejarte llevar un poco, anda,  vamos a ese lugar, ¡llévame!

      Al decir esto, Marion apretó su collar, que al parecer siempre usaba de diversos modos: a veces en la mano derecha, a veces enredado en su cabello color cobrizo o en su maleta. Según decía, era un pendiente tibetano que le recordaba su pasión y su búsqueda espiritual. Sentía por él una devoción casi ancestral, al igual que Ometeo por el suyo, que había compuesto de pequeñas cuentas de obsidiana y caracoles de mar que encontrara en la antigua y abandonada ciudad  de Tollan.

      Después de varias horas, llamadas telefónicas, argumentos larguísimos a sus padres y espasmódicas manifestaciones de emoción, decidieron viajar juntos. Los tres salieron con todo el equipo necesario para pasar unos días en el Erial, sitio que por mucho tiempo Ometeo quiso encontrar, pero apenas un par de meses atrás intuyó, ayudado por unos apuntes dejados en un saco de su abuelo, que se encontraba en una zona desértica del norte del país. Se proponían viajar para encontrar su utopía, escapar de la realidad que los consumía, adentrarse en la búsqueda de algo inexistente y realizar, por mero gusto, un rito de iniciación del que tanto hablaron entre líneas, como si se tratara de algo radicalmente trascendente, una forma de revolución interna dirigida a intentar entender un mundo que les provocaba una sensación de enorme vacío existencial. Se hallaban hartos de los medios de comunicación y algunas sinrazones de la educación que los convertían en miembros idénticos de una generación tras otra, como deleznables cabras que aceptaban su destino de manera predeterminada, así como de falsos esquemas —también mecanizados— con los que se manipulaba para explotar cada vez más a cambio de un sueño de comodidad, que puede encontrarse comprimido en pequeñas dosis de doscientos cincuenta miligramos.

      Era justo esto lo que los hacía sentirse unidos y libres. No querían estudiar la realidad, sino beberla, degustarla, incluso lamerla desde la savia si esto fuera posible.

      Decidieron inmiscuirse en un viaje basado en la tentativa y la introspección más imaginaria.

      —¡Que no muera el idealismo, ni la revolución! —gritaba Fausto a media calle, expresando sus convicciones.

      Quienes caminaban por ahí lo miraban como un ente extraído de alguna región inexplorada.

      Indiferentes, ellos apresuraban el paso para no perder un minuto en su largo recorrido hasta la terminal de autobuses. Llevaban consigo todos los objetos necesarios: una sartén, café, cigarrillos, una lona amarilla, dos pares de calcetines y una muda de ropa.

      A pesar de que arribaron tarde a la central, encontraron asientos en un autobús que salió de los andenes a las doce de la noche. Los embargaba una satisfacción diluida por estar tan lejos de la premeditación. Su sentido del humor se refinaba; las incoherencias que se decían con un ligero razonamiento se convertían en carcajadas saturadas de placer. Gramos de aliento que salían a borbotones por su garganta y generaban un espectro sonoro que, si bien con facilidad contagiaba a los demás, por supuesto, también abría paso a señas con un solo dedo, complementados con gestos de desagrado por parte de los pasajeros que sólo querían dormir.

      —¡Ya tengo demasiado con escuchar el ruido del chingado motor como para aguantarlos a ustedes también! —Ladraban algunas voces bastante cansadas, seguidas por miradas del conductor que, mirando por el espejo retrovisor, les prestaba más atención de la debida.

      Pasaban el tiempo descubriendo algunas formas rápidas y eficaces de “suicidarse” en un medio de transporte público sin dejar rastro alguno de violencia. Deteniéndose ante las muecas sorpresivas de algún despistado que lanzaba una mirada hacia atrás, buscando llamar al silencio. Marion, acomodada entre la cabecera de dos asientos, con los pies sobre los sillones, sacaba la lengua a su espectador.

      —No te pasa que a veces te preguntas: ¿Qué somos? ¿Por qué diablos estamos aquí? —se cuestionaban con insistencia, mientras se esforzaban por salir de la realidad a base de encontrar en ella su límite en lo estúpido.

      Recordaba la voz de su abuelo: “El presente es lo único que existe, por lo tanto tu existes y tus sueños también”.

Capítulo 5

El trayecto no resultó pesado para los tres, pero, a juzgar por sus expresiones, sí lo fue para los demás pasajeros, que se movían con desgano.

       Eran cerca de las tres y media de la madrugada cuando llegaron a la primera estación para cambiar de autobús y continuar el viaje.

      —Tengo hambre —dijo Fausto—.

      —Yo también.

      —¿Por qué no vamos  por algo de comer?

      —Seguro en la terminal está cerrado todo.

      —El autobús sale hasta las cinco, podríamos caminar un poco, debe de haber un lugar abierto.

      Salieron refugiándose con la fresca neblina, mirando en todas direcciones en busca de señales de un establecimiento. Pero  la población se veía deshabitada.

      —¿Dónde estamos? —se preguntaba Marion; —no veía más que una avenida de tierra y algunas piedras en medio del lugar.

      —Ahí derecho por esta calle y como a unos cuatrocientos metros hay un puestecillo que seguro estará abierto a estas horas, con “las amables” —les informó una voz ronca y con aliento alcohólico que salía de un cuerpo bastante delgado vestido con un traje de policía lo suficientemente planchado como para brillar bajo la sutil luz nocturna.

      Con pasos cortos y algo tensos por el frío que calaba sus articulaciones, caminaron en esa dirección. Se acercaron a una especie de local situado en medio de un raquítico campo de fútbol llanero, donde destacaba un farol que alumbraba los alrededores. Al parecer se trataba del sitio nocturno de reunión local. Al entrar percibieron los distintos olores que se desprendían de las ollas de barro copetudas de variados guisos mostradas en la barra blanca, que hacía las veces de anaquel y dispensador.

      —¿Qué les sirvo, jóvenes? —preguntó una mujer de aspecto masculino que dejaba ver medio busto salido de la barra, como si formara parte de un platillo típico de la zona.

       Ordenaron quesadillas y tres cafés con leche. El establecimiento estaba casi vacío, de no ser por un par de agentes federales que conversaban cálidamente con una de las “amables” mientras cenaban. A juzgar por la escena, entendieron por qué las llamaban así.

      Les sirvieron las tortillas con mucha manteca como para calentar sus cuerpos con sólo mirar el plato. Empezaron a comer. Fausto siempre estaba hambriento. De alguna manera su cuerpo quemaba con rapidez lo ingerido y no parecía poder llenarlo o, al menos, no por mucho tiempo.

      Marion, despreocupada, daba la impresión de que la dosis de calorías contenida en sus quesadillas de flor de calabaza había surtido efecto en ella.

      —¿Sígueme el juego? —le dijo a Fausto en voz baja.

      Fue hasta el mostrador y se puso de rodillas. Fausto hizo lo mismo, justo al lado de ella. Ometeo veía a sus compañeros sin saber lo que pretendían. Con la mano sostenía un vaso vacío y empañado tras el cual intentaba percibir la escena.

      —¡Por favor, no me detengan por comer una quesadilla robada! —gritó Marion con su acento afrancesado—. ¡Por favor, soy inocente, en verdad, soy inocente!

      Fausto la secundó con la misma expresión de convicto. Marion se volvió hacia Ometeo, quien los observaba con la boca abierta. Con sonrisa discreta y coqueta, volvió a exclamar:

      —¡No, por favor, soy inocente! ¡Por favor, no me arresten! ¡sin cateos, por favor!

      Para entonces uno de los agentes de bigote y lentes oscuros, tenía ya la mandíbula trabada y los miraba duramente. El otro retiró las manos de encima de la mujer, puso una sobre su arma e inspeccionó con frialdad el aspecto de los jóvenes y las mochilas colocadas junto a la mesa.

      Los dos amigos se incorporaron y se echaron a reír, cómplices de una travesura tonta, con la cual demostraban que estaban en contra de los que abusan de su uniforme para conseguir otros fines. Uno de los policías resoplaba con fuerza, en tanto que el otro, al escuchar las risas, decidió seguir con sus caricias a la encargada sin prestar más atención a la broma. Así, convencidos por la mujer, fueron seducidos de nuevo por los placeres de ese dispensador de alimentos nocturno plantado a la mitad de la nada, en un paisaje estéril.

      A las cinco treinta de la madrugada salió el autobús. “Clásico retraso mexicano, —pensó Fausto— ¿A quien le importa?”. Cada uno se acomodó en una fila de asientos, dispuestos a dormir, ya que el cansancio y la cena hacían lo suyo. Ometeo, que intentaba conciliar el sueño, repasaba todo lo ocurrido en el día y observaba por la ventana el panorama de aquel lugar envuelto en la bruma de la luna que bañaba el desierto. Divisaba los cactus y yucas que se mantenían inmóviles a su paso; semejantes a figuras humanas que descansan sobre un llano a la espera de un poco de lluvia, con los brazos levantados y apoyadas en una sola pierna, con la niebla a sus anchas infundiéndoles falsas esperanzas.

      —¡Increíble! —pensó, mientras el autobús avanzaba y sus amigos resoplaban, ya profundamente dormidos.

      Ometeo se abrigó tanto como pudo con su gabán para conseguir calentarse lo suficiente y dormir.

      —¿Qué es toda esta realidad? —pensaba—. ¿Cómo es que se desenvuelven los acontecimientos, así, sin más? Esto no puede ser sólo el desmadre de la casualidad sistemática; tiene un sentido más profundo. No podemos limitarnos a ser los espectadores que solo miran lo que sucede fuera del autobús, de nuestras vidas. Sé que hay una razón por la cual los que  esperan la lluvia son parte de un único organismo agazapado.

      Hundido en sus pensamientos, imaginaba que las yucas avanzaban a su paso con un movimiento propio en la negrura; internándose en la espesura del sueño, se quedó dormido…

      “Las respuestas están siempre cerca de quien las busca”. Oía las palabras del abuelo.

      —¡Oigan, ya párense! Hasta aquí llego —dijo el chofer del autobús, quien sacudió a Fausto.

      Los tres se estiraron en sus asientos, tomaron sus cosas para luego bajar entre bostezos y un par de quejidos por los músculos entumecidos debido a la posición en que mal durmieron.

      El pueblo al que llegaron era como un lugar de paso, con aspecto descuidado y polvoriento,  algunas casas repartidas en una extensión grande de terreno.

      —Van pal cerro,¿verdá, jóvenes? —les dijo una mujer mayor desde una pequeña caseta detrás de largos barrotes, con un anuncio colgado en la parte superior que pendía a punto de caer.

      Al parecer la taquillera sabía el destino de las personas que llegaban, pues se anticipaba a casi todos los que necesitaban boleto.

      —Sí, vamos al Erial —contestó Ometeo—. ¿Cuánto valen los boletos?

      —¿El Erial? Como si lo fuera. —musitó la mujer entre dientes con una sonrisa sarcástica

      —Son cuarenta pesos de los tres —informó ella.

      Cada uno sacó su parte y pagaron.

      —Es ése, el azul con letras amarillas —dijo la taquillera—. Apúrense que ya sale ahorita.

      Los tres tomaron sus bultos y se encaminaron al furgón que, por lo que se apreciaba, tenía ya más años de servicio de los que debían permitírsele.

      Ya en el trayecto, entre piedras y tierra seca, el autobús, que carecía de amortiguadores en buen estado, se internaba con una constante oscilación en las montañas, esquivaba baches y desprendía a su paso una estela de polvo. Como si dieran vueltas en círculo, el camino era siempre igual: rodeaba cerros y pequeños montículos, en medio de un paisaje llano con cactáceas y nopales.

      Ellos iban sentados en la parte posterior, en un asiento continuo que compartían con dos gallinas y su dueña, ambas con un parecido peculiar. Fausto jugaba con Marion, riendo y manoteando. Por su parte, ella lanzaba miradas furtivas a Ometeo.

      —¡Muets, muets! !Ustedescalladitos se ven más bonitos! —ordenó riendo, con un tono de voz afrancesado que denotaba la seguridad con la que escondía la travesura.

     Eso significaba que los tres debían comunicarse entre sí, e incluso con las demás personas, sin hablar, mudos, a señas o como les fuera posible, ya sea para comprar alguna fruta o para cualquier otro cometido. Era una especie de reto que se planteaban sin condiciones.

      —Te toca preguntarle al chofer cuánto falta para llegar al pueblo. —Sin hablar le dijo Fausto a Marion.

      Ella avanzó con dificultad tropezando dos veces hasta el conductor y le preguntó lo debido, causando hilaridad entre los pasajeros. Contagiados por la risa volvieron a hablar entre ellos. La comunicación era de lo más espontánea, ningún comentario sobraba; cualquiera podía expresar con libertad lo que pensaba y dejar caer algunas locuras absurdas.

      —Les voy a contar un final y ustedes tienen que adivinar la trama de la historia —sugirió Marion con expresión coqueta. En una habitación, el cuerpo inerte de una persona cuelga ahorcado de una soga a varios centímetros del suelo. En el cuarto no hay muebles ni objetos, sólo una ventana abierta y un charco de agua. ¿Qué sucedió ahí?

      Fausto y Ometeo debían encontrar un hilo en el acertijo para determinar lo ocurrido en el lugar donde muriera la persona. Debían plantear preguntas a Marion, quien respondería únicamente sí o no, hasta que uno de ellos desenmarañara la trama.

      —A aquel que resuelva la pequeña historia, le invito una cerveza —anunció.

      Sus ojos mostraban el brillo que suele asomarse al mirar algo que se quiere.

      Entre empujones, risas y gritos, se esforzaron por dar con la respuesta. Marion estaba tan divertida al verlos que se le antojaba besar su boca y perder la barrera de la amistad entre ellos. Pero sabía que no era el momento, mucho menos cuando se estaban dejando llevar de esta manera en el viaje.

      “Rompería todo, nos dividiríamos —pensaba— estos son como una persona que nació en cuerpos separados. ¡Me tienen fascinada!”

      Entre jaloneos y algunas vueltas bruscas llegaron a las faldas de un cerro, donde el conductor detuvo y apagó el motor. Lo único que se observaba en los alrededores eran montículos de tierra arenosa. El camino pulvífero terminaba ahí. Al descender del vehículo vieron un túnel que se adentraba en medio de la montaña de unos tres metros de diámetro. Asombrados, se percataron de que los pasajeros, con sus respectivas canastas y cajas a cuestas, se internaban en él y se perdían en la oscuridad.

      —¿Van pa’l pueblo? Hay que atravesar el agujero si quieren llegar —les dijo un hombre—. Soy Jonás, ¡ámonos andando juntos! y no se me espanten muchachos, el hoyo es seguro a estas horas.

      Miró al cielo como para comprobar la ubicación del Sol. Eran cerca de las doce del día.

      Encogiéndose de hombros, los amigos decidieron en voz de Fausto:

      —¡Pues vamos!    

Recogieron sus pertenencias del suelo y se dispusieron a caminar al lado de los lugareños.

      —¿Qué era aquí antes, Jonás? —inquirió Marion.

      —Era un pueblo del que se extraía un montón de mineral. Mi jefe me contó que fue importante hace hartos años, pero luego se lo chingaron todo. Abandonaron las cuevas y ahora casi todo el pueblito está deshabitado, nomás nos quedamos algunos pastores y campesinos.

      —¿Habrá donde alquilen un cuarto para pasar la noche?   —escuchó preguntar a Ometeo en la oscuridad del túnel mientras seguían su trayecto, atentos a los ruidos producidos en su mayoría por los animales que llevaban al pueblo, como cabras y borregos.

      —Sí, hay una señora, la Jovita. Tiene una tienda cerca del kiosco, renta unos cuartitos buenos y baratos.

      Al salir al otro extremo del túnel, se encontraron en un angosto camino empedrado y recto que se extendía a lo largo de varias cuadras. El pueblo era como lo describiera Jonás, con más casas que habitantes, vestigios desmoronados donde vivía apenas medio centenar de personas. Sus muros de piedras encalados, con colores marrones, se unían al paisaje local, empotrado en medio de dos cerros empinados y altos, que constituían una barrera natural e impedían ver más allá de los límites de las últimas construcciones.

      —Sigan derecho y verán el kiosco; del otro lado está la tienda de la señora Jovita. —Les indicó.

      — ¡Gracias, Jonás!

      —¡Órale jóvenes!, seguro nos encontraremos después, el pueblo está re’chico.

      —Sí, seguro, hasta luego.

      La tienda la atendía una señora regordeta de carácter enérgico, quien un tanto a regañadientes les contó que era viuda y sus hijos le mandaban poca ayuda económica desde “el otro lado”, lo mínimo para sobrevivir. Con suerte, en ocasiones llegaban huéspedes que le dejaban un dinero extra para comprar mercancía y vender en su pequeño negocio.

      Les dio una habitación con una ventana minúscula, paredes encaladas, dos camas dobles, una mesa de madera roída con su silla a punto del colapso y un pequeño baño con algo de moho incrustado.

      —Bueno, al menos un lugar donde dormir —comentó Marion, que depositó su mochila en la cama del lado izquierdo.

      Fausto y Ometeo dejaron las suyas en el piso delante de la otra cama.

Capítulo 6

El Retorno a la Cueva del Erial.

La sentencia:

      Es la búsqueda el camino y la respuesta a la eterna pregunta. Si penetras hallarás el sentido de tu vida y el antiguo círculo de la serpiente te encontrará. Pero si fallas, morirás en el olvido…

     Hace siglos los antiguos mexicanos emergieron de la cueva del cerro mítico en el inicio de los días y las noches.

Protegidos y orientados por un mensajero de la Dualidad.

      Es este mensajero, quien anuncia la lluvia en forma de trueno y desciende de las nubes. El que simboliza el viento que se introduce en las cuevas de la tierra. Baja al inframundo y unifica al pueblo. Extiende su conocimiento a las personas en forma de señales. Se personifica en un hombre que venera a La Dualidad, la infinidad que se compone a sí misma. Es él un mensajero entre los hombres y el universo.

Invoca al interior del cielo,

A la Dualidad de su presencia,

A la Diosa mística, arrebatadora y hechicera poseedora de nuestra carne.

Al Dios que compone el contorno de las estrellas.

La que viste de negro, el que viste de rojo;

La mano que sostiene y es la tierra, el que pinta el cielo al atardecer y aclara los días.

Él, invocaba hacia los cuatro rincones 

sus plegarias, como el hijo que crece y encuentra a sus padres.

Hacia su verdadera casa,

el lugar donde mora La Dualidad,

el lugar en donde se encuentra la eternidad.

      Se enfrentó a Espejo Humeante, el reflejo bizarro y oscuro que muestra su cara incierta y genera el desconcierto.

      Dada su convicción y creencias pacíficas, se marchó internándose hasta perderse dentro del mar, para después elevarse en forma de estrella en el firmamento.

Con tal devoción creemos

en nuestro mensajero,

el que nos unifica,

nos marca el camino con estrellas,

nos muestra su pensamiento

con la vida,

y desciende del interior, del centro,

de la espiral luminosa

que se genera a ella misma.

Cuando abandonó Tollan…

Todo se fue con él.

Le entregamos nuestros hijos,

le entregamos nuestros pies

y nuestras alas.

Ninguno lo dejó marchar solo

aún y cuando nuestro

cuerpo se quedo aquí.

Él penetró en el profundo mar,

se introdujo en la espuma,

se fundió en la infinidad del océano,

Él, nuestro gemelo precioso.

Prometiendo su retorno el día de su nacimiento.

      Él ha permanecido durante siglos, oculto en el sitio de donde procedemos. El monte,  la cueva: El Erial.

      El tiempo está próximo, mil años se han cumplido desde el día de su nacimiento.

      Matlactli Calli.

      Busca y encuentra el mensaje escondido en la montaña sagrada, realiza el círculo de piedra   y el día se revelará con el acontecimiento en el cielo.

Toma mi aliento, el viento y mantén el rumbo firme, que yo hablaré por ti.

      —¿Por qué traía mi abuelo este escrito al momento de morir? —se preguntaba Ometeo.

No entendía por qué el texto firmado con sangre se refería a la misma antigua ciudad en la que ahora yacía muerto. Aún se sentía muy impactado por haber inhalado su aliento.

      —¿Qué es la muerte? ¿Qué soy? ¿Qué hago aquí?

Las dudas se arremolinaban en su mente. Confuso, se recostó al lado del cuerpo ya frío.

Capítulo 7

Caminaron en zig-zag por las calles del pueblo cuando el Sol estaba a punto de bajar por su eterna pendiente. Se dirigieron al final de la calzada donde iniciaba una brecha ascendente hacia uno de los cerros. Aún sin llegar a la cima, la luz dorada propia de los minutos previos al ocaso les brindaba una vista espectacular a medida que avanzaban, entre mezquites y pastos resecos que crujían al pisar.

      En silencio, los tres contemplaban el paisaje a varios pasos uno del otro, sin percatarse de que formaban un triángulo con Marion en la punta. Se dejaron llevar por la dócil admiración; en ese momento recorría su cuerpo una paz cálida que ascendía por sus piernas y se depositaba alrededor de su cuello. Respirar les provocaba un placer poco común y delicioso. Gozaban esa grata tranquilidad que causa saber que estás haciendo lo que se te pega en gana. Y así, de pie con el ánimo en los brazos, miraban cómo caía la tarde.

      En cierto momento cerraron los ojos, sumergidos en un solo ritmo, con una empatía que no requería explicación. Permanecieron así percibiendo el leve susurro del aire del desierto, respirando con profundidad y calma rodeados de los sonidos del campo. Después de varios minutos reaccionaron y, callados, cada uno tomó una brecha diferente para bajar de aquel lugar.

      —¡Como me gusta! —Pensaba Ometeo—, esa manera tan suya como me puede, ¡caray!, nomás que se descuide tantito y me le voy encima.

      “No temas decir lo que piensas” —recordaba las indicaciones de su abuelo.

      En el atajo por el que avanzaba, recogió unas olorosas flores amarillas que crecen en el monte; aunque un poco difíciles de localizar y de pegajosa consistencia. Le bastaban para decidirse a expresar lo que sentía.

      Fausto, que descendía por un costado, lo hizo salir de su ensimismamiento.

      —¿Todavía no baja? —le preguntó Fausto.

      —No, creo que se quedó arriba —respondió.

       De pronto se percató de lo que Fausto llevaba en las manos.

      —¡No!, ¡no puede ser! ¡no jodas! —Soltó la carcajada—. ¡Tú también!

      —Qué pinches cursis, los dos con flores, ja ja, no pensé que te gustara Marion.

      —Wey, ¿a poco no se me nota?

      —¿Y ahora qué onda?

      —Nomás nos faltaba eso, ya es el colmo.

      —Eres un imitón.

 —¿Pero si tú?, pues ahora que decida ella, ¡ya ni modo!

      —De todas formas iba a ser así. ¿Qué no?

      —Igual y nos batea a los dos.

      —Y se queda como el perro de las dos tortas.

      Ambos rieron. Resultaba obvio que escogieron el mismo momento para lanzarse sobre ella.

      —Ya en serio ¿Si te late? preguntó Ometeo.

      —Sí, un buen, y no sé, como que hay química.

      —Siento que la conozco de siempre…

      —Hay, lo mismo me dijo ella a mí.

      —No te jode, ¿y tú?

      —Claro, si ya lo sabías.

      —¡Qué loco!, nunca habíamos querido estar con la misma persona. Pero, ¡estás de acuerdo que es ella!

      —Sí, lo sé, ¡carajo! —dijo Ometeo, pateando una piedra.

      Marion llegó hasta donde ellos charlaban, cada uno con un ramo de flores amarillas en las manos. Al verlos quedó petrificada con los ojos muy abiertos, que de inmediato se humedecieron. Temblorosa desde lo más profundo de su ser, de nuevo se sentía en un jardín de su casa, amada y protegida. Ambos la abrazaron al tiempo que ella apretaba las flores contra su pecho.

      Los tres se encaminaron hacia el pueblo. La tarde había caído ya sobre aquel paraje.

Capítulo 8

Son más de las doce de la noche —contestó Ometeo a la pregunta de Marion, bajando la voz.

      Sentados al filo de la cama, estaban enfrascados en una conversación interesante y acalorada en la que pretendían intercambiar sus puntos de vista sobre la explotación y el control que ejercen los grupos de poder en México.

      Mientras hablaban, sostenían una vela entre las manos y jugaban con su resplandor. Fausto, agotado por el agitado día, se quedó profundamente dormido en un extremo de la cama. Entonces, decidieron acomodarse en el otro colchón, colocando las velas sobre el taburete.

      Retomaron el tema en voz baja, riendo de vez en vez por los ronquidos que desprendía Fausto que dormía con una posición muy incómoda, pero no lo despertaban porque les parecía gracioso verlo, pero también porque sus miradas ya eran diferentes, no podían hablar más, se sentían vulnerables. Por momentos los ruidos pasivos del desierto se colaban en la habitación y la luz mostraba sus siluetas que se acercaban lentamente. Entonces, con los ojos cerrados y abrasados por el calor de sus cuerpos que se impregnaba en sus ropas, aspiraron el mismo aire y empezaron a seducirse con movimientos suaves. Ometeo tocó el cabello de Marion, besó sus mejillas, el lado oculto de sus orejas, su cuello, sus pómulos. Marion resbaló sus dedos por el pecho, mientras él la sujetaba con fuerza por la espalda mordiendo sutilmente su barbilla, las comisuras de sus labios. La tendió en la cama sin permitir que abriera los ojos por la intensidad de sensaciones que le transmitía. Sentían que perdían el equilibrio, la razón y la cordura. Ella buscaba tener los labios de él en los suyos y disfrutaba la manera como la conducía, bordeaba sus piernas y se inmiscuía por donde ya no podía seguirlo.

      Se extraviaba entrelazando, de cuando en cuando, los brazos, con el olor a deseo que los apretaba contra sus cuerpos, exhalando lagrimas y sudores que del placer, se escapaban con algunos quejidos que trataban de callar a besos ahogados, largos y pausados, que remitían el sonido, formando un círculo sonoro que trascendía y se hundía como sus dedos entre la piel de ella, la de él, y el vacío se procuraba alejado de su intimidad.

      Pulsos que se escuchaban a distancia, tornándose a la intersección de los pliegues que la devoraban con semejante humedad penetrando su piel, consumiéndola como la flama a la cera que se derretía hasta la oscuridad total en la pequeña habitación.

Capítulo 9

Fausto despertó, miró el techo de la habitación y sacudió la cabeza. La luz del sol entraba por la ventana.

      —¿Qué pasó? ¡Me quedé dormido! —se dijo, exaltado.

      Presintiendo lo peor, se incorporó y buscó con la mirada a Marion. La descubrió en la otra cama, abrazada de Ometeo.

      —¡Qué pendejo!, ¡ya me la bajó! —se recriminó.

      La cabeza le daba vueltas mientras observaba el cabello de ella extendido sobre la blanca almohada. Se levantó con pesadez de la cama y se dirigió al baño.

      —¿Cómo es posible?, me la hizo.

      Se lavó con fuerza la cara con el agua fría que salía del grifo oxidado con el ánimo de recuperar un poco del tiempo de la noche anterior. Sin embargo, sabía que ya nada podía hacer, Marion ahora estaba con su mejor amigo. Era el momento de dejar las miradas y sentimientos para no complicar más las cosas, aunque eso supusiera perderla.

      Sentado en la cama, se puso los zapatos procurando no despertarlos. Le incomodaba continuar en ese cuarto y no resistía la presión. Lo mejor era salir de ahí.

      La ilusión de estar con ella había empezado a caer desde una altura considerable. Se tambaleaba y no estaba dispuesto a que nadie lo presenciara, por otro lado el hecho de estar prohibida le daba más rabia, pero también cierto placer. Débil por dentro, le pesaba estar en medio de dos personas a las que quería en grado descomunal.

      Furioso, se dirigió a la puerta.

      —¡No puedo creerlo, Fausto, no puedo creerlo!, ¡qué estúpido! Estabas a punto cabrón, a punto y te me quedas jetón, ¡ya!, hasta que ves todo perdido lo lamentas. ¡Qué pena me das! Y eso que llevabas las de ganar, si quería conmigo y te dabas cuenta. ¿Qué paso? Siempre quedas en la línea a la espera de que algo suceda. Parece que aguardas a que te tiren un diente pa’ reaccionar. ¡Ya ni la chingas!

      Marion lo miró. Parecía haber escuchado sonidos en la recamara y, aún acostada, le preguntó en un susurro:

      —¿Vas a salir?

      —Sí, voy a comprar un jugo a la tienda, no tardo.

      Luchando por disimular lo que ocurría en su interior, salió con rapidez.

Capítulo 10

Marion se apretó contra él, con la nariz rozó su cuello y recorrió su contorno para después lanzar una exhalación profunda. Le encantaba husmear por su piel, pensaba que no había algo tan excitante como acariciar su cuerpo moreno.

      —¡Ometeo, despierta! —le dijo al oído—, venga, vamos a levantarnos para ir a buscar el Erial.

      Él se agitó, se estiró y la abrazó de nuevo con el ánimo de sentirla. Ella, contagiada por la emoción, gritó y rió, mientras le hacía cosquillas en los costados.

      Fausto estaba sentado en la banqueta fuera de la tienda de la señora Jovita cuando se le acercó Jonás.

      —¡Buenos días, joven! ¿Listo pa’ salir?

      —Buenos días. ¿Cómo estás?

      —Bien, gracias, ahí la llevo  regresando de ordeñar. ¿Qué tal pasaron la noche? Se duerme re’bien en este lugar ¿no?, casi no hay ruido y con el  aire que pega en los nopales, silba ylo duerme a uno.

      —Sí, ya sé, ni que lo digas. Creo que por ese silbido tuve un sueño muy pesado —dijo Fausto, con desgano.

      —Eso suele pasar a los que visitan por primera vez este lugar; pero luego uno se acostumbra. —Sonrió entre dientes—. Entonces, ¿hoy van a ir a buscar su sitio?

      Fausto lo miró asombrado. No recordaba haberle comentado que venían a este lugar a buscar el Erial, y lo tomó por sorpresa.

      —¿A qué sitio te refieres?

      Jonás rió un poco y se volvió hacia el horizonte:

      —Ayer vi que estaban en el cerro, ¿qué tal la vista desde arriba? ¿ bonita, no?

      Fausto lo miró y, un tanto confundido, sorbió un poco más de jugo.

      —Este sitio lo andan buscando muchas personas —expresó Jonás con tono apacible—. Hay una historia de los antepasados sobre un lugar del cual salieron todos los pueblos, pero le perdieron la pista.

      Daba la impresión de que el tema era asunto cotidiano para él, pero Fausto, desconfiado, no quería demostrar que tenía demasiado interés, podría ser algún truco para sacarle dinero.

      —¡Yo pa’ qué quiero dinero! Aquí hay mucho oro todavía, sólo que no es amarillo, ése es el verdadero, brilla pero no te deja ciego o, lo que es lo mismo, no embrutece —intervino Jonás, como si escuchara sus pensamientos—. Presta atención, lo que buscan se encuentra en el llano estéril que empieza como a unos veinte kilómetros de aquí, detrás de la montaña que se ve al fondo. Se baja por detrás del pueblo, justo hacia el otro lado, es un camino de puras vueltas. Si quieren, hay una camioneta que va hasta allá. Sale temprano y regresa al mediodía, lleva pasajeros al pueblo siguiente.

      —¿Y cómo sabes qué buscamos? —inquirió Fausto.

      Jonás lo miró sonriente.

      —Nadie llega hasta este lugar de muertos sin buscar algo —y rió con más ganas—. Mira, muchacho, ustedes son buenas personas, sólo manténganse juntos. Yo me voy a seguir con mi chamba. ¡Nos vemos luego!

      Impresionado, Fausto se puso de pie para ir a levantar a sus amigos. Se sentía mucho mejor con lo que Jonás le dijo.

En el momento de dar los primeros pasos se topó con ellos, que venían hacia él con la sonrisa marcada en el rostro.

      Ella se le lanzó y lo abrazó con un cálido “¡Buenos días!”.

      El rostro de Fausto se iluminó por completo, se sentía integrado y sin problema alguno. Desayunaron juntos en un puesto de tamales y atole ubicado al final de la calle, cerca de la capilla.

      —No puedo creer lo que te dijo Jonás —comentó Ometeo— ¿Ven que sí es cierto?

      Marion se mostraba un tanto incrédula. Pensaba que tal vez Jonás les contó esa historia como lo hiciera con muchos otros para no llegar al monte.

      —¿Por qué no vamos primero a dar una vuelta por el cerro que mencionó Jonás, desde donde se mira el Erial, y vemos hacia dónde debemos dirigirnos? —sugirió, mientras Ometeo se limpiaba las manos con una servilleta.

 —¡Me gusta la idea! —contestó Fausto.

      —Ayer vi a un niño que traía unos caballos en la primera calle después del túnel. ¿Vamos con él y los alquilamos?         —ofreció Ometeo.

      —¡Sí, sí, très bien! —dijo Marion, brincando emocionada.

      Caminaron unas dos cuadras y al descender por la calle observaron al niño junto a un pequeño corral hecho de troncos mal colocados donde guardaba unos cinco caballos flacos. Al acercarse le preguntaron si los alquilaba, a lo que asintió.

      —Pero sólo si yo los acompaño porque luego se pierden.

      Acordaron el precio y montaron con cuidado en las maltratadas sillas de cuero quemado por el tiempo.

      —¿Cómo te llamas? —le preguntó Marion.

      —Justino —respondió el niño, muy atento a sus animales—. ¿A dónde quieren ir?

      —A ese cerro que se ve hasta el final —señaló Fausto.

Con gesto de desidia, Justino comentó:

—¡Ah!, al Sagrado. — Dijo chasqueando la boca

—¿Así se llama?

      —Si, así le dicen los señores que luego vienen aquí a dejar cosas y un montón de flores.

 —¿Qué señores?—preguntó Ometeo.

      —Los Brujos que vienen luego. Según cuentan en el pueblo, viajan desde muy lejos, casi de donde vienen ustedes. Buscan unas piedras, allá en el llano y luego hacen una especie de círculo con ellas.

      —La piedra, entonces no es broma.

      —¿Tú has visto las piedras? ¿Sabes cómo son? —le preguntó Marion.

      —Sí, casi siempre las devuelven al llano, pero luego se quedan unas por ahí y las lanzamos pa’ bajo, a lo mejor hay algunas allá.

      Cabalgaron entre los caminos sinuosos, pasando de un monte a otro, entre piedras y matorrales, con una vista preciosa de todo el valle. Al parecer esas rutas no las recorrían con frecuencia los habitantes del pueblo.

      —Es un mal lugar pa’ pastorear y pa’ cazar. Nomás uno se acerca al Sagrado, menos vegetación hay; ni los conejos van ahí. Sólo se ven un montón de pedazos de ollas que andan por el piso —les informó Justino.

      —¿Por qué hay esos pedazos de ollas? —quiso saber Marion, quien mostraba gran interés en el tema.

      —Porque en las ollas ponen las ofrendas y las velas —respondió sorprendido, pues pensaba que ella venía a lo mismo, aunque no veía ofrenda alguna entre sus cosas.

      —¿Cómo fue que vinieron a este pueblo? —le tocó el turno de preguntar.

     —La verdad es que buscábamos este sitio y digamos que lo encontramos por casualidad, a la primera.

      —¡Ah!, entonces no saben dónde están —y se echó a reír ampliamente. Se burlaba de ellos.

      Los tres quedaron pensativos escuchando al niño. Al llegar a unos metros del cerro, Justino bajó del caballo.

      —Tenemos que dejarlos aquí y subir a pie —les dijo—.

      El cerro lucía una protuberancia en la punta como una especie de gorro. Ellos ascendieron por un empinado sendero. Y, como bien advirtiera el niño, en él había múltiples trozos pequeños de vasijas de barro con pinturas en color rojizo y negro que parecían muy antiguas. Cuando arribaron a la cumbre la vista no podía ser más espectacular: de un lado se observaban los cerros por los que pasaron, con el pequeño pueblo al fondo, y del otro descendía una peña de cientos de metros de altura hasta sus faldas que desembocaban en una planicie que se extendía por varios kilómetros a la redonda.

      —Ése es el Erial —les informó Justino, anticipándose a lo que con seguridad preguntarían a juzgar por su expresión. Mientras tanto, removía la tierra con los pies.

      —¡Wow, es impresionante! Me queda claro por qué le llaman el Sagrado. —exclamó Marion, absorta ante lo que contemplaba.

      Fausto, de pie, admiraba el paisaje estupefacto. Ometeo en cambio apretaba su collar como sujetándose de algo para no caer por la pendiente. Mientras que ella sentía en su interior una leve vibración cálida, como si pudiera fundirse con el lugar desde su vientre.

      —Así son las piedras —dijo Justino.

      Los tres se acercaron para ver la pequeña piedra que sostenía. Era ovalada y plana, del tamaño de la palma de su mano, de color verde claro con tonos en azul.

      —Parece jade —opinó Fausto, admirado por el aspecto de la piedra.

      —¿Puedo sostenerla? —preguntó Marion a Justino.

      —¡No! Ya la estás viendo.

      El niño cerró el puño y, divertido, tomó impulso y la arrojó con todas sus fuerzas hacia la ladera.

      —Tienes que encontrar las tuyas —le dijo.

      —¿Sabes dónde? —cuestionó ella, intrigada.

      —Sí, ¿ves ese camino que sale de la casa blanca allá abajo? Siguen derecho, derecho, hasta esos matorralillos secos que apenas se distinguen.

      —Sí, los veo —repuso Ometeo—. ¿Entre esos dos árboles?

      —Ándale, ahí mero.

      —Uy, ¡qué lejos están! —comentó Marion.

      Ometeo volvió a guardar un silencio total y empezó a bajar por la cuesta seguido por los demás.

      Cabalgaron de regreso al pueblo. Era tarde y a Marion le dolía algo el cuerpo pues la silla le incomodaba. Fausto intercambió caballos con ella para ver si mejoraba un poco, pero fue en vano, ya estaba demasiado lesionada y decidió caminar el resto del trayecto. Por su parte, ellos corrían con los animales entre los largos trayectos compitiendo.

      El clima cambió y unos metros antes de llegar al pueblo cayeron densas gotas de lluvia. El chaparrón anegó con rapidez la hierba. Marion, relajada y cómoda, avanzaba detrás de Justino; a lo lejos alcanzó a ver a los dos amigos. Cuando llegaron al pueblo la lluvia cesó.

      Justino se despidió de ellos y se marchó feliz por haber obtenido un poco de dinero.

      —Voy a bañarme y cambiarme de ropa, ¿me acompañas, Ometeo? —sugirió Marion.

      —Yo voy por algo de comer —intervino Fausto, mirando al suelo.

      Ya en la habitación, hablaron sobre lo que deberían hacer al día siguiente en el Erial, emocionados por cómo se desenvolvían las circunstancias. Ella se quitó la blusa de suave tela color azul claro y la tendió sobre la silla para que se secara. Ometeo se despojó de la camisa, la arrojó hacia la mochila que estaba al fondo, y de un brinco, se recostó boca arriba sobre la cama para descansar del tortuoso viaje a caballo, deshaciéndose de los zapatos con los pies. Marion, con el torso desnudo, se acercó despacio y se acostó a su lado; acariciando.

      Casi a punto de quedarse dormidos, ella comenzó a recorrer con su nariz el rostro de él, besándolo con suavidad.

      —Sé que eres fuerte y me entenderás —le dijo—. Pero no quiero mentirte; la verdad es que me encanta Fausto y no te aseguro que no pase nada con él. Me atrae mucho, tanto como tú, pero de manera diferente.

      Él se incorporó con rapidez y la miró a los ojos en un esfuerzo por encontrar una explicación a lo que había escuchado. Se sentía por completo vulnerable, no entendía lo que ocurría, sus entrañas se removieron vacilando entre la insensatez y el descaro de Marion, que le habló con soltura y sin reparo alguno.

      —¿Qué?, no chingues Marion, ¿por qué? ¿Cómo?, ¿me lo estás diciendo en serio? ¿Cómo podía querer estar con Fausto? —Pensaba­— ¿Por qué? ¿Acaso no le era suficiente el hecho de tener a uno de los dos? ¿O en realidad ella deseaba a su amigo y sólo albergaba una ligera atracción hacia él?

      En su mente se filtró la duda rencorosa y pesada, la intranquilidad de no saber como reaccionar.

      —¿Era justo que quisiera estar con los dos? Había que tomar en cuenta que ella era quien tomaba la decisión y la iniciativa. —pensaba.

      Remolinos incansables lo invadían, en su intento por despejar la confusión, pero esas palabras repercutían en la confianza, y en sí mismas dieron paso a pensamientos que se convertían en inmensas lajas filosas que cortaban cada parte de su cuerpo y producían abundantes llagas que escurrían por la habitación.

Capítulo 11

Contrariado Ometeo salió del cuarto. Luchaba por calmarse después de lo que le confesó Marion. La terrible situación no le permitía reaccionar, era su mejor amigo. La confusión se mezclaba con la ironía.

      —Qué cabrón, a medio perro me dio la patada —pensó, con el cuerpo y el alma dolidos—, me entregué por completo, incluso me arrodillé ante ella, pero lo único que logré fue que me soltara un buen puntapié y me mandara a la chingada.

      Empezó a vagar sin rumbo, con la sensación de que caía y caía por un despeñadero. 

      Dio la vuelta a la esquina en la segunda cuadra y leyó el letrero justo delante: Cantina La Milagrosa.

      —A ver si tiene el milagrito —musitó.

      El establecimiento olía a rancio y desde su interior se escuchaba una canción ranchera entonada de manera desafinada por un trío atormentado por el alcohol. Entró al sitio en busca de la barra, situada al fondo del local, adornado con cientos de letreros pintados a mano en los que se leían frases coloquiales, refranes y dichos populares; el suelo estaba lleno de cáscaras de cacahuete y las mesas de diferentes colores se veían desordenadas, desgastadas y sucias.

      El cantinero, que lucía un bigote prominente como de héroe revolucionario, despachaba tragos a los músicos que cantaban a capela las canciones que recordaban, intercambiando letras de unas con otras.

      “Una especie de popurrí bizarro improvisado” —pensó después de contemplar el lugar.

      En ese momento escuchó un chiflido que reconoció al instante y se dirigió hacia su amigo.

      Fausto alzó la mano para pedir al cantinero dos tragos más de mezcal.

      —A ti te estaba esperando.

      Ometeo se desplomó en la silla.

      —Esto deja caer las penas —le dijo su amigo, tomando la botella y dos vasitos que le entregaba el cantinero.

      —Pa’ que no les falte.

      Los dos esbozaron una ligera sonrisa dolorosa.

      Ometeo le sirvió a Fausto.

      —¡Salud! —brindaron y apuraron la bebida de un trago.

      —¡Ahhh! ¡Está bueno! —exclamó Ometeo, sacudiendo la cabeza por lo fuerte del trago.

      —Sí, caray, ¡excelente!, pienso llevarme una de estas botellas a casa. ¿Y tú que traes?

      —¡Está loca!, hablo en serio, está loca. Me encanta, pero no sé qué hacer; para colmo, eres mi mejor amigo. ¡Chale!

      Ometeo hizo una mueca y bebió otro sorbo de mezcal.

      —Sí, lo sé —replicó Fausto con un suspiro pesado que se mezcló con el humo del local. 

      —¡Claro!, sé que lo sabes.

      Ambos se pasaban la botella para tomar un poco más de ese líquido que tan bien les sentaba.

      Fausto se incorporó y les gritó a los músicos:

      —¡A ver! Tóquense “Penas en el alma”

       Los músicos se repusieron todo lo que pudieron y, tambaleándose, fueron por sus instrumentos, recargados en una esquina. Muy entusiasmados, se acercaron a la mesa y empezaron a golpear unas notas bastante desafinadas, pero que se enderezaban conforme le exprimían el jugo a la botella.

      —Ella quiere contigo —confesó Ometeo.

      Hundió la cara en el antebrazo y levantó el vaso con el codo recargado en la mesa.

      —Estás loco, tú igual que ella.

      —Hablo en serio. Estábamos recostados en la cama, me miró y, literalmente, me lo dijo: “Me encanta Fausto y no te aseguro que no pase nada con él. ¿Qué le dices cabrón?”.

      Los músicos callaron un momento al escuchar tan extrañas palabras, uno de ellos sujetó su sombrero haciendo muecas.

      —¿Qué pasó? No dejen de rasparle —les conminó Fausto.

      —Así como lo oyes —prosiguió Ometeo, que se alistaba a ingerir otro mezcal—. Tú sabes que me importa, que me duele porque estos días pasados han sido muy intensos. Tú me entiendes. La verdad no sé ni lo que siento, si la quiero o si nomás está jugando con nosotros.

      Los músicos tocaban ya sentados a la mesa y el cantinero se acercó también a escuchar.

      —¿Es la güerita con la que andan verdad? —se dijeron entre los músicos.

      —Lo sé, no voy a negarlo —respondió Fausto—, te hablo con la neta: la quiero. Pero ahora está contigo y eso cambia todo.

      Sin preguntar, el cantinero trajo otra botella, se sirvió un poco y les dio a los músicos su parte para que no dejaran de tocar.

      —¿Se saben la de: Un mundo raro? —dijo Ometeo.

      —¡Ésa no! —gritó el cantinero, como si le agobiara.

      —Mira, lo único que te digo es que me importa un chingo nuestra amistad, nuestro desmadre, y si tú quieres estar con ella y ella contigo, por mí…

      —Créeme que no, desde el momento en el que decidió quedarse contigo, yo los consideré como una pareja y todo resuelto, te lo juro.

      —Entonces, ¿por qué esa cara?

      —Porque, aunque lo entienda, aunque sepa que así debe ser, me duele, como a ti lo que ella te dijo. En menudo enredo nos metimos, tu la tienes y a mí me trae ganas… ¡que locura!

      Para entonces, los efectos del licor los hacían doblarse de la risa. Esto causó sorpresa en los músicos y el cantinero, que se miraron alzando los hombros.

      —¡Wey! Lo sabía, estás igual de perdido que yo y que ella. No nos queda más remedio que cantar otra de José Alfredo. ¡Arránquense!

      Ambos empezaron a beber de la botella junto con los músicos y el cantinero.

      —Mira, ya es raro que hayamos llegado hasta este pueblo, como para que además nos atormentemos con sentimentalismos. El amor es una ficción, eso quiero pensar en este momento. Es pura ficción la que corre por mis venas, lo que siento por Marion y lo tanto que me gusta la desgraciada. ¿Y sabes qué? Me importan los dos. Estos últimos días que he estado con ustedes me han dado tanto como no lo sentía desde mi puta fiesta de graduación en la primaria. Y no lo cambio, no lo tiro, menos aun quiero remplazarlo por otra historia. Esto es como debe ser y sucede por alguna razón tan lógica como los grados de alcohol de la botella.

      Fausto dictó su discurso ya de pie. Los músicos callaron un momento y lo aplaudieron por sus palabras.

      —¡Eso es, gallo! ¡Si ha de doler, que duela…! —lo animó el cantinero.

      Los cinco rieron y brindaron.

Capítulo 12

Eran casi las nueve de la mañana. Los tres corrieron por las calles del pueblo para no perder la camioneta que los llevaría al Erial. Cuando llegaron a la plaza en donde iba a salir el vehículo, ya había varias personas adentro y muchas otras alrededor encargaban al conductor que entregara algunos paquetes al pueblo vecino.

      —Sólo puedo llevarlos si van en el toldo con las cajas —les dijo.

      Tras pagar la tarifa, subieron hasta el techo del viejo camión, donde ya se encontraban pollos enjaulados y algunos bultos.

      —¡Nomás cuidado de no aplastar nada!, por ahí les encargo las cosas, no se vayan a caer —les recalcó el chofer.

      Las condiciones del camino y las del vehículo los obligaban a avanzar con lentitud por una empinada ladera con múltiples curvas y piedras que atravesaban las montañas para descender al llano.

      Después de dos horas de trayecto y entumecidos por ir sentados sobre una llanta de refacción, arribaron a una planicie estéril, en la cual no se veía sino algunos matorrales y un camino polvoriento que se extendía recto hasta perderse de vista. Se apearon de donde pudieron y cargaron sus pertenencias a cuestas para bajar de la camioneta.

      —Mañana paso por aquí a eso del mediodía, por si quieren subir de nuevo —les informó el conductor asomándose por la ventana, que acto seguido arrancó y dejó una estela de olor quemado a su paso.

      Se encontraban solos, no se veía persona alguna en los alrededores, ni siquiera a los habituales y raquíticos animales.

      —¡Bueno, aquí comienza el viaje! —exclamó Ometeo, quien emprendió la caminata, sintiendo como si algo lo atrajera hacia el lugar.

      —¿Saben alguna canción? —preguntó Marion, que iba en medio de los dos.

      —Déjame pensar cuál podemos cantar —repuso Fausto—. Ya, tengo una que conocemos los dos, Santa Lucía.

      En un principio, sus vociferaciones hicieron reír a Marion, pero pronto aprendió el coro y cantó con ellos.

      Al compás de las notas se internaban cada vez más en el desierto.

      —¿Quién te dijo que este lugar podría ser la montaña sagrada? —preguntó Fausto a Ometeo.

      —Mi abuelo, bueno, sus apuntes. Yo creo que por eso desde hace un tiempo me interesó la leyenda de la montaña y la cueva de la cual salieron las culturas que poblaron Mesoamérica. Pero nunca las han localizado con exactitud. De hecho, los aztecas, que fueron los últimos en salir del sitio, después de dominar todo el centro de México, mandaron una expedición con sus mejores guerreros a localizarlo. Su intención era ofrecer tributo a los dioses que habitaban ahí. Como la búsqueda física fracasó, enviaron a los mejores chamanes, al monte del Xicuco en Tollan; ya en la cima de ese pequeño volcán, se convirtieron en sus nahuales y viajaron hasta el cerro sagrado.

      “Al indagar las posibles ubicaciones de la montaña, me di cuenta de que ésta era una referencia, de modo que cuando decidimos viajar propuse que viniéramos a este cerro. Pero, por lo que te dijo Jonás, el Erial que lo rodea es el sitio donde se iniciaban los chamanes para encontrarse con su espejo. Si lo superaban podían descender a la cueva y si tenían la fuerza interior, ascendían al monte. Es sólo un rito simbólico, ya que la cueva se refieren a los estados mentales.” Es al menos lo que una noche dijo el abuelo entre sus delirios.

       —¿Entonces lo que vamos a hacer es una meditación o algo por el estilo? —preguntó Fausto.

      —Me ponen rara las historias de este tipo, pero no perdemos nada con pasar una noche en el Erial y sentir lo misterioso de este lugar —dijo Marion.

      —¿Es el rito que mencionaste hace como un año?

      —Sí, se supone que debes entrar en la tierra con el pensamiento para después despertar de nuevo, justo cuando el Sol está del otro lado. Después empiezas a subir con la mente por la cueva. Necesitas mantenerla en blanco las primeras dos horas y no ingerir alimentos ni agua hasta el mediodía siguiente.

       —Es una meditación larga pero en un lugar al aire libre—intervino Marion.

      —Según esto, para poder comprender el universo y la manera como se desenvuelve, es necesario primero introducirse en el pensamiento, ya que ahí se encuentra la posibilidad de comprensión. Al conocerte podrás entender lo que te rodea.

      —Como el espejo, eso dice la carta —comentó Fausto.

      —¡Eso mero! Se supone que es un personaje muy importante de la historia de México que está vinculado con todo el proceso de civilización en Mesoamérica e influyó en la mayoría de las culturas: Quetzalcóatl, la serpiente emplumada.  En el año 999 surgió un hombre que, según algunos mitos, fue concebido por un prodigio, pero su madre murió en el parto. El niño fue educado por sus abuelos, quienes profesaban culto al dios Quetzalcóatl. Tiempo después los Toltecas lo buscaron y nombraron El Príncipe. Su nombre completo era Ce Acatl Topiltzin.

      Él sabía que esta deidad llamada Quetzalcóatl, en sí, era un mensajero entre los hombres y el universo, el viento, por eso Ce Acatl Topiltzin veneró una nueva doctrina que rinde culto a “La Dualidad”, tanto masculino como femenino, que se genera así mismo. Entonces, cuando gobernó en Tollan adoptó el rango de sacerdote y el nombre de Quetzalcóatl, para hacer referencia al mensajero. Logró unificar a su gente, cimentar su civilización y hacer de esa cultura la más fuerte y artística de su época. Su aspecto físico era distinto: casi todos lo consideraban raro porque lucía diferente de los demás. Y por sus logros y sabiduría el pueblo lo consideró el hijo del “la Dualidad”.

      Tras el esplendor de la ciudad Tolteca, surgieron rencores y riñas por el nuevo culto y apareció en Tollan la contraparte, un personaje interesantísimo que no quería la nueva doctrina, de nombre Tezcatlipoca, que significa Espejo Humeante. Él buscó engañar y pelear con Topiltzin, para que el príncipe no pudiera gobernar ni realizar sus ofrendas diarias. Debido a esta confrontación, Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl, que era una persona pacífica, salió del reino. Tezcatlipoca lo siguió a cada rincón de México donde se establecía y Quetzalcóatl, cansado de esta constante persecución, se encaminó hacia las costas y se perdió hundiéndose en el océano. Prometió regresar el día de su nacimiento, para guiar de nuevo a su civilización.

      —¿Cómo sabes todo esto? —inquirió Marion.

      —Por leyendas y textos antiguos, creo que son la mejor manera de conservar la historia, porque perdura en el colectivo. Esto, al igual que sucede con los símbolos, se repiten en la mayoría de las culturas. Creo que la historia de la cueva y su descenso está muy ligada a la idea de que hay una conexión entre los seres humanos, es decir, entre nuestros sistemas mentales. ¿Sabían que hay billones de conexiones potenciales entre las neuronas del cerebro? ¡Imagínense todo lo que está almacenado como información predeterminada y la capacidad de comprensión que puede alcanzar nuestra mente! —les dijo Ometeo, exaltado.

       —Pero, ¿por qué realizaban un rito, si sabían que sólo se trataba de entrar en el cerebro humano? Podían hacerlo desde sus casas y no andar tantos kilómetros —adujo Fausto.

      —Bueno, es que no es tan fácil llegar al interior de la mente, el asunto se relaciona con nuestras circunstancias. Por eso realizaban una peregrinación, un viaje, que los preparaba para entrar. En él, cada uno de los acontecimientos externos guarda relación precisa con lo ocurrido en el pensamiento; el punto es comprenderlo, y para ello debe seguirse con respeto y solemnidad. Éstos son la llave, según me enseño mi abuelo, y si no la tenemos, o bien no entras o, si logras entrar, tal vez no puedas salir y quedes mal; atrofiado.

      —En pocas palabras: loco —interpretó Marion.

      Continuaron su camino por el desierto durante más de tres horas, hasta que llegaron a la zona que les señalara el niño el día anterior.

      —¡El Erial, estamos aquí! —gritó Fausto, entusiasmado.

      En el lugar, situado en pleno desierto, crecían pequeños arbustos de color verde oscuro junto a plantas desérticas.

      —¿Qué les parece si ponemos la lona amarilla sobre aquel árbol que sobresale y comemos? Después buscamos las piedras —sugirió Marion.

      Tendieron la lona que traían con ellos para cubrirse del Sol que ahora brillaba en su punto más intenso, pusieron sus mochilas en el piso y prepararon la comida.

      —Lo que no tengo idea, es qué haremos con las piedras —pensó Ometeo en voz alta.

      —El niño las mencionó por algo, creo que se ponen para formar un círculo que proporcione protección, al menos es lo que presiento. No me parece mala idea seguir el protocolo ritual —dijo Marion.

      Comieron sentados en el paraje desértico, rodeados por la escasa vegetación del lugar. No se escuchaba siquiera el sonido del viento. De pronto repararon en que un joven delgado y moreno, de rostro inexpresivo, los observaba a unos metros de distancia.

      —¿Quieres agua o algo de comer? —le invitó Ometeo con un ademán para que se sentara con ellos.

      El extraño, sin responder, se acercó un poco más sin dejarlos de mirar directamente a los ojos. Su presencia irradiaba gran intensidad. Vestía un pantalón verde y una camisa blanca percudida por el uso. Aceptó un poco de agua y se sentó. Fausto se esforzó para que participara en la conversación, pero no parecía interesado, se limitaba a mirarlos. Sin pestañear, se volvió hacia Marion, quien intentó hablar con él, pero, como no lo logró, se incomodó por su mirada. Después de varios intentos frustrados, comentó que le irritaba que la viera con tanta insistencia, hasta que unos quince minutos más tarde le pidió a gritos que dejara de hacerlo, se cambió de lugar y le dio la espalda.

      Ometeo y Fausto se unieron a Marion, quien, un tanto alterada, caminaba detrás de unos arbustos. Y cuando miraron hacia donde se encontraba el joven, lo vieron ponerse de pie y marcharse, de la misma manera como había llegado.

      —Seguro le metiste un buen susto —le dijo Fausto a Marion para tranquilizarla por lo sucedido, mientras Ometeo la abrazaba.

      “Todo tiene una razón de ser, debes aprender a leer tus circunstancias”. —Le venía a la mente la frase de su abuelo.

      Regresaron al lugar, recogieron las cosas para evitar la llegada de algún animal atraído por la comida y descansaron un par de horas esperando a que el Sol disminuyera su intensidad.

      —¡Busquemos las piedras! —decidió Marion.

      Así lo hicieron. Cada uno caminó en una dirección diferente. La tarde era apacible y hermosa, con un cielo despejado que permitía ver toda la planicie desértica.

      Ometeo tomó en su mano derecha un par de cascabeles que le regalaran tiempo atrás y los hizo sonar. En la otra sostenía su collar de obsidiana.

      —He venido para aprender —pensaba una y otra vez.

      Apenas había avanzado diez pasos cuando encontró la primera piedra: era redonda, del mismo color del que viera en la montaña. Feliz, la contempló un momento.

      —Es la primera que veo. Te dejo aquí para que me digas cómo regresar —pensó.

      Caminó unos pasos hacia adelante y descubrió otra, un poco más grande que la anterior —del tamaño de la palma de su mano—, aplastada por la base. La colocó en una bolsa que traía consigo. Así avanzó; repetía en su mente las mismas palabras —“He venido para aprender”— y, sin dejar de hacer sonar los cascabeles, recogía a su paso una variedad de piedras. Un halcón aleteaba con suavidad a su alrededor. Ometeo se detuvo a contemplarlo y seguirlo con la mirada. El entorno, el paisaje maravilloso que lo envolvía en un silencio profundo.

      La tarde caía, por lo que decidió regresar al punto inicial, el cual divisaba desde muy lejos por el color amarillo de la lona. Pero no veía a sus compañeros. Siguió su recorrido y se topó con una liebre que lo miraba a unos treinta centímetros de distancia. Detuvo sus pasos un momento para observar al animal hasta que éste se dio la media vuelta y se perdió entre los matorrales. Cuando estaba por llegar distinguió la figura de Fausto que se aproximaba.

      —Quiubo ¿Cómo te fue? —le preguntó.

      —¡Bien, mira, encontré varias! —le mostró las que traía en las manos. Eran unas cinco, casi todas del mismo tamaño, color y forma—. Y tú, ¿cuántas traes?

      —Por lo menos media docena.

      Marion llegó hasta ellos con expresión larga, removiendo la tierra con sus pies.

      —¿Cuántas encontraste, Marion?

      —¡Ninguna! No hay nada, éste no es el lugar, ¿ustedes sí encontraron?, que raro, mejor que no realizo el ritual. Te juro que estuve busque y busque y nada.

      —No, tranquila, por aquí debe de haber una, las juntamos y hacemos el ritual los tres —sugirió Fausto.

      Ella husmeó entre los matorrales.

      —Al cabo es puro simbolismo.

      —Mira —le susurró Ometeo a Fausto y le mostró una que estaba cerca de él.

      Después le advirtió:

     —En este lugar seguro que encuentras.

     —Aquí no hay —dijo Marion, molesta por no haber podido descubrir las piedras.

      Había pasado junto a él sin darse cuenta. Fausto y Ometeo estaban sorprendidos: ¿Cómo es que no la vio?

      Ahora fue Fausto quien se acercó hasta donde se encontraba.

      —Estoy seguro de que en este sitio donde estoy debe haber una —se inclinó a buscar.

      Marion se acercó hasta donde Fausto recorría el piso:

      ¡Aquí está! —gritó, la tomó y ya de mejor humor se encaminaron de nuevo a su sitio.

      Formaron un círculo con las piedras. 

      Marion limpió el suelo y colocó en medio tres veladoras que trajo consigo. Entretanto, Fausto y Ometeo fueron a buscar varas para encender una fogata.

      La noche entraba en el Erial. En el cielo estrellado la Luna era apenas una línea curva iluminada en el horizonte.

      —Les tengo una sorpresa a ambos  —informó Marion con su enigmática manera de conducirse, al tiempo que sacaba algo de su mochila.

      La fogata chisporroteaba a unos dos metros de distancia del círculo formado con las piedras.

      Ella se dirigió al fuego y prendió dos cadenas de metal que colgaban de sus manos unos cuarenta centímetros, cada una de las cuales sostenía un atado de tela, mismos que se encendieron. Comenzó a danzar con ellas haciéndolas girar de distintas formas. Movía brazos y caderas, y a su alrededor se arremolinaban las brasas que iluminaban de manera espectacular su cuerpo y sus armónicos movimientos. El choque del fuego contra el viento a gran velocidad generaba un sonido increíble. La danza en pleno desierto en una noche estrellada era de lo más hermoso que habían presenciado, sobre todo porque la realizaba Marion.

      Cuando terminó se acercó y los tomó de las manos animándolos a levantarse. Sin pronunciar palabra se dejaron guiar por ella, quien los introdujo al círculo y encendió las velas. Los tres se abrazaron en medio de éste.

      —Gracias por este viaje, los quiero —dijo ella, con un beso en la mejilla para cada uno rozando sus comisuras.

      El ambiente era extremadamente intenso, debido a lo sucedido el día anterior. Ometeo se sentía incómodo, sobre todo al percatarse de cómo se miraban Fausto y Marion. Se percibía tanto su atracción que por un instante estuvo a punto de soltarse y dejarlos solos. Los tres se sentaron en el suelo mirándose a los ojos de vez en vez; movidos por la misma sensación, se recostaron hasta colocar la cabeza muy cerca de las velas en el centro del círculo y los pies apuntando a una dirección diferente cada uno, justo a la medianoche.

      En esta posición procuraron conservar la mente en blanco, dejar que las imágenes que aparecían en forma de recuerdo se desplazaran sin detenerse a examinarlas, hasta que menguaban más y más. Llegaban a un estado libre de pensamiento y callaban su mente. Era difícil lograrlo, pero siempre que volvía una imagen dejaban que fluyera de nuevo hasta quedarse en blanco. Frente a sus párpados cerrados, Ometeo veía moverse algunos destellos de luz de color púrpura y otros violeta; percibía en el borde de sus ojos rápidos matices de luz blanca. Luego llegó la oscuridad total, sin pensamientos, imágenes, ni sensaciones.

      De pronto, un calor sutil invadió el centro de su cuerpo, cerca de la boca del estómago, que se extendió en forma circular durante unos momentos. Después sintió como si tiraran de él hacia la tierra, pero no pudo moverse. De nueva cuenta percibió los destellos de luz por el rabillo de los ojos y de inmediato los abrió. Observó el cielo estrellado sobre él. Aunque algo mareado, lo embargaba una tranquilidad exquisita. Poco después escuchó a Marion incorporarse de la misma manera.

      Ometeo se levantó y Fausto salió del círculo.

      —¿Quieren café? —preguntó.

      —Yo sí, un poco, por favor —respondió Marion.

      Ometeo sentía ganas de una buena taza, pero por alguna razón muy profunda, decidió esperar hasta el día siguiente.

      Marion y Fausto sacaron de las mochilas las cacerolas y el café. Coqueteando entre ellos y jugando se acercaron a la fogata casi extinta, avivaron el fuego y prepararon la bebida.

      Ninguno habló acerca de lo que experimentaron dentro del círculo, preferían que se quedara en ellos.

      Ometeo miró el reloj, eran más de las cuatro de la madrugada. ¡Qué raro!, no pensó que hubiera pasado tanto tiempo. Miró con atención a Marion interactuar alegremente con su amigo; muy unidos esa noche, bromeaban y reían. Confuso por la situación que lo hacía sentirse ajeno y apartado —algo tan diferente de lo que experimentara minutos atrás—, y deseoso de conciliar el sueño, optó por entrar de nuevo en el círculo con su saco de dormir.

* * *

      Una leve presión sobre el pecho lo despertó. Era de día, al parecer había dormido profundamente. Escuchó un par de pisadas delante de él y levantó la mirada. Marion y Fausto estaban de pie, besándose. Pasmado, dejó caer la cabeza sobre el saco. Lo que vio lo golpeó con fuerza, no entendía, lo tomó desprevenido, lo dejó atónito y boquiabierto. Por un momento pensó que quizás entre su mejor amigo y Marion no pasaría nada.

      “¡No jodas! ¡Pinche Fausto! ¿Qué diablos?” —se dijo. Quería que el Erial lo tragara, que se lo llevara hasta el fondo del abismo. No tenía sentido alguno estar ahí después de que ella tomó la decisión de estar con Fausto y éste, a pesar de su juramento, sucumbió. Nunca le había ocurrido algo así.

      “¿Qué carajos está pasando?” —se preguntaba. No sabía cómo reaccionar, no sentía, estaba paralizado.

      “Eso es lo que me pasa —pensó—, no siento.”

      —¿Quién dijo eso? —Pronunció en voz baja— ¿Quién está hablando?

      — ¿Puedes escucharme, Ometeo?

      —¿De quién es esa voz? ¡Claro que te escucho! ¿Quién eres? ¿Qué sucede?

Capítulo 13

Marion se acercó a Ometeo, luego de que él se levantara con rapidez. Desconcertado y pálido, miraba al suelo como si hubiera descubierto algo ahí abajo.

      —¿Estás bien? —le preguntó ella, preocupada.

      Perturbado, asintió:

      —Sí, no es nada, estoy bien.

      —Estaba segura de que me mirabas mientras besaba a Fausto. Quería que lo vieras, no estaba dispuesta a mentirte.

      Él no ocultó su sorpresa. ¿Cómo podía decirle tal cosa? ¿Por qué? ¿Qué sucedía? Necesitaba reaccionar ante lo presenciado y escuchado, pero no encontraba una lógica, se sentía solo entre una amalgama de imágenes que se revolvían en su mente. Algo en su interior lo intrigaba, aunque no se permitió manifestar sus dudas y la encrucijada que sentía enfrentar.

      —No te preocupes, déjalo así —expresó.

      Miró a su alrededor y escudriñó en el horizonte. De pronto, no prestaba ya demasiado interés al hecho, algo más ocupaba su mente y despertaba su curiosidad. ¿Qué fue aquello que escuchó con tanta claridad?

      “No me voy a hundir, sólo déjate fluir” —se dijo.

      Un gran alivio invadió su cuerpo conforme percibía su realidad. Tomó por los hombros a Marion y le aseguró:

      —Estoy bien.

      Ella lo abrazó con fuerza un largo rato. Fausto, quien los observaba desde lejos, descansó al ver que su amigo entendía que le fue imposible no estar cerca de ella.

      Ometeo procuró dar la impresión de que estaba de buen humor para no deformar el sentido del viaje. Incluso cantó Santa Lucía para disimular el conflicto interno que lo confundía y lo minaba por dentro. Juntos limpiaron y se llevaron algunas piedras en la mochila. Las demás las arrojaron al Erial para que se perdieran entre los matorrales.

      —Las devolveré pronto —prometió Ometeo.

      Caminaron de regreso durante varias horas, de prisa para no perder el camión rumbo al pueblo.

      Al llegar al lugar por donde una hora después pasaría el transporte, Ometeo se sentó en una banca y dejó su mochila a un lado. Fausto se aproximó a una toma de agua cercana —proveniente de un antiguo pozo—, se despojó de su playera y mojó su cabello. Marion fue directo hasta Ometeo, lo miró, lo acarició con ternura, acercó sus labios a su boca y lo besó. 

      Cuando arribó el camión, subieron de nuevo al toldo y se dirigieron al pueblo, atravesando la sinuosa carretera árida.

      Pasadas las dos de la tarde y empapados de sol, llegaron sedientos y hambrientos, dejaron sus maletas de nuevo en la habitación con la señora Jovita y salieron a la fonda. Hartos de la comida enlatada de los días anteriores, necesitaban los tremendos guisos mexicanos, dotados de sabor y con una gran variedad de ingredientes.

      —¡Podemos ir mañana a otro sitio! —dijo Marion—. Nos quedan unos días juntos y podríamos aprovecharlos para conocer algo más.

      Para Ometeo el lugar donde se encontraban era muy importante y apenas empezaba su intento de asimilar lo ocurrido. Pero al ver a sus compañeros tan entusiasmados, no pudo negarse.

      —Podríamos ir a la selva —propuso Fausto.

      —Sí, cambiar de clima, me fascina. ¿A la selva? ¿Hay una cerca? —las palabras de Marion se atropellaban.

      —Sí, oí hablar de un lugar, aunque no lo conozco. Es un castillo surrealista en medio de la selva —explicó—. El trayecto es largo, pero creo que vale la pena conocerlo.

      —¿Cómo que un castillo surrealista?

      —Dicen que un Don con mucha plata le gustó el lugar y después de chapotear un rato en el río lo rodearon un friego de mariposas. Se viajó y tomó eso como un presagio y decidió construir una escultura viviente con escaleras que suben sin más, caminos que no llevan a ninguna parte, puentes, torres y puertas que se abren en medio de la vegetación sin motivo aparente. Según dicen, aquello parece un sueño.

      —¡Me gusta, me gusta mucho la idea, podemos salir mañana temprano!  —aplaudió contenta Marion.

      Consultaron el mapa y hablaron de la ruta que debían tomar.

Capítulo 14

Esa noche Ometeo soñó que se encontraba en una habitación de techo alto, vigas de madera, paredes pintadas de blanco y dos puertas pequeñas, una del lado izquierdo y otra en el centro del muro a su lado derecho. En la esquina contraria salía un árbol del suelo. Se acercó a él y vio resplandecer en su copa una luz parpadeante, al tiempo que una voz grave y pausada le preguntó:

      —¿Estás consciente?

      —Sí. —Respondió observando sus manos.

      La luz se apagó y quedó solo en la penumbra. Miró en todas direcciones y escuchó un estruendo fuera de la habitación que se repetía y se acercaba constantemente, cada vez más de prisa. Figuraban pasos, cada uno de los cuales cimbraba el suelo. Cuando el sonido parecía estar justo del otro lado de la pared enfrente de Ometeo, éste observó cómo se deformaba el muro al recargarse en él un peso enorme que avanzaba hasta la puerta. Ésta se abrió con fuerza y dejó que entrara la cabeza de un puerco gigante, de aspecto aberrante y asqueroso, boca babeante con los ojos vidriosos. El animal recorrió la habitación con la vista hasta mirar a Ometeo fijamente. Olfateó e inhaló todo cuanto pudo, retuvo el aliento, soltó una carcajada espantosa y se abrió espacio para introducirse por la puerta hasta conseguirlo. Su cuerpo era el de un ser humano enorme —de unos tres metros de altura— y gordo; cubría su torso con una manta negra que caía hasta sus rodillas como una especie de falda.

      Caminó de un lado a otro de la habitación frente a Ometeo, riendo sin parar; le causaba gracia verlo.

      —¿Tú? —le dijo, con voz ronca como un estruendo—. ¡Pero si eres un pobre imbécil!

      Rió de nuevo y se arqueó sobre su estómago para intentar contener las carcajadas.

      En su falda se dibujaban, con luces azules y rojas, siluetas de personas que extendían sus manos y brazos en un intento por salir de ella. A cada paso que daba las figuras cambiaban de posición; parecían atrapadas en la tela endemoniada.

      La criatura paró de reír y sacó de su espalda una larga lanza con la punta de metal oxidado, la sostuvo y la arrojó hacia Ometeo, quien apenas logró esquivarla y verla estrellarse en la pared. El joven la extrajo con mucho esfuerzo y la asió con ambas manos. Era muy pesada. Intentó lanzarla hacia el animal y sólo consiguió tirarla a unos pocos metros. La criatura volvió a reír, se divertía con él. Tomó el arma y la lanzó de nuevo en su contra y él la esquivó otra vez. Ometeo hacía grandes esfuerzos para lanzarla y fallaba en su cometido; la gracia que esto provocaba en el entretenido animal lo hacía caer en cuclillas, respirar afanosamente y sacar espuma por la boca. Por fin, se decidió, empuñó el arma y la estrelló muy cerca de Ometeo. En ese momento él se acercó y comenzó a golpear a la criatura con una piedra redonda en la cara mientras aquello se retorcía de la risa, de golpe en golpe, la cabeza del animal se iba deformando y conforme lo atestaba, su cara iba perdiendo color hasta quedar pálido, ojeroso, desgastado, pero curiosamente su cara adquirió forma humana, ensangrentado y de aspecto visceral. Se apartó un momento pensando que ya había acabado con su contrario, cuando de pronto éste se levanta, sacude su cabeza y se vuelve a generar el espectro animal en su rostro, riendo y riendo cínico.

      —¡Ja Ja!,  pobre imbécil, si crees que me puedes vencer.

      Agotado por el esfuerzo, vulnerable y temeroso, tomó la lanza y la recargó verticalmente. Escuchó que detrás de él se acercaban otras pisadas rápidas y pesadas, pero por alguna razón no podía volverse a ver quién llegaba. Entonces sintió que una mano tocó su hombro.

      —Es justo lo que necesitamos para vencerlo, se la lograste quitar, su columna, su arma. —Le dijo una voz, mientras sujetaba la lanza y la levantaba.

      La criatura mitad cerdo, mitad humano, se asustó al ver lo que estaba detrás de Ometeo. Ante el terror que le provocó esa presencia, que despedía una fuerza aplastante, empequeñeció hasta convertirse en un pequeño puerco rosado que escapaba chillando por la puerta a tropezones.

      Todos se habían marchado de la habitación. Ometeo estaba solo y en mitad del cuarto.

      “Está dentro de ti” —Le dijo la voz que retumbaba en las paredes.  —Debes hacerlo.

      Estaba desnudo y solo, no había ruido alguno. Una absoluta calma aparente. Fue entonces entre la abismal pasividad que sintió un sutil dolor entre las piernas, se agachó a observarse y lo que notó fue una pequeña protuberancia que irradiaba calor dentro de su escroto. Lo tocó, no le dolió, pero veía una hinchazón y un pequeño orificio, se animó a tomarlo con sus dedos, y entonces brotó una piedra liza y pequeña del interior que caía por el suelo de la habitación, su testículo se había convertido en una piedra y ahora había salido rodando. La sujetó observándola cuidadosamente, era casi un cristal verduzco del que desprendía pequeños pero intensos destellos, —Jade—. Pensó

      —Debe estar dentro de ti. —Escucho de nuevo la voz.

En ese momento y sin pensarlo. La tragó.

Capítulo 15

La mañana siguiente caminaron hacia el túnel para salir del pueblo. Fausto escuchó que alguien los llamaba. Era Jonás, quien, a bordo de una vieja pick up, les hacía señas con la mano para que se detuvieran.

      —Los llevo, suban atrás —les dijo.

      —¿A qué parte te diriges? —le preguntó Fausto.

      —Igual que ustedes, al otro pueblo. ¡Órale!, arrimen sus cosas.

      Ellos treparon a la caja del vehículo y se sentaron sobre sus mochilas. Pronto recorrían el viejo camino que atravesaba el desierto en medio de la nada, donde el paisaje sólo dejaba ver austeridad. En la tarde llegaron a un pequeño poblado igualmente estéril, en una esquina paró la camioneta y Jonás les hizo unas señas para que bajaran.

      —Ahí mero es la taquilla.

      Ellos se apresuraron y se despidieron amablemente de su nuevo amigo; caminaron unos pocos pasos hasta llegar a comprar los boletos.

      —El camión no hace parada en la estación de Xilitla —les informó la taquillera—, no olviden decirle al chofer que los baje en la carretera, donde está la desviación  porque si no, seguirá derecho.

      En el maltratado autobús viajaba un número casi igual de personas y de animales, ya que era de los únicos medios de transporte accesibles en el territorio, donde transitaba todo tipo de mercancías para uso doméstico y comercial de las localidades cercanas.

      Viajaron el día entero sometidos a climas diferentes. El camino se elevaba por las montañas, descendía entre los valles, recorría curvas interminables, pastizales, tierras de cultivo y llanos. En las poblaciones a pie de carretera se podía comprar un poco de comida desde la ventanilla del vehículo que avanzaba a paso lento. Varias personas, en su mayoría mujeres, se acercaban para ofrecer, a cambio de unos pesos: café de olla recién hecho endulzado con piloncillo, pan horneado en leña, y guisos presentados en papel de estraza, piezas de pollo y arroz caliente, mismos que desprendían olores a especias de la zona.

      La noche se apoderó de la ruta, así como el cansancio de ellos que fue súbito en los tres y los forzó a quedarse dormidos casi al mismo tiempo.

      Ometeo tuvo otro sueño lúcido. Percibía a la perfección, colores, texturas y una secuencia. Todo esto lo hacía muy parecido a la realidad, eran más bien como recuerdos en su mente y no un simple sueño.

      Se encontraba en un pueblo pintoresco rodeado por un bosque, con casas y un hermoso jardín al centro. Caminó alrededor de la pequeña plaza mirando y disfrutando la frescura del aire de aquel lugar. Una de las casas tenía la puerta abierta de par en par. Se asomó; estaba vacía y un olor fuerte a humedad transpiraba por su estructura de madera. Entró y observó que al final había otra puerta de menor tamaño, también abierta, de la cual emanaba un aire aún más húmedo y frío. Se dirigió hacia ella y entró. Por la oscuridad del lugar no podía distinguir bien lo que había dentro; sólo observó unas escaleras que bajaban. Las siguió y se dio cuenta de que no llevaban a un sótano, sino a la entrada de una gran gruta llena de estalactitas.

      Al fondo de la escalera, varios metros debajo de él, se distinguían algunas luces. Decidió bajar. El sitio estaba colmado de muchas pequeñas casas de no más de medio metro de altura; en cada una colgaba una vela que iluminaba el corredor sobre el cual se hallaban. Al otro extremo del corredor, a unos metros de distancia, una persona encorvada y vieja le llamaba para que se acercara. Ometeo lo hizo y cuando estaba a corta distancia, aquella se dio la vuelta y se adentró por el costado de una casa. La siguió y se topó con otras escaleras aún más estrechas que descendían. Se internó poco a poco y entró en otra gruta, de menor tamaño y unos cincuenta metros de profundidad. En el fondo había dos casas, que semejaban templos en medio de la oscuridad. Entonces tomó conciencia de que las pequeñas casas en la cueva anterior eran tumbas.

      Al descender vio a varios jóvenes que caminaban con sigilo hasta perderse en la parte posterior de uno de los templos; se aproximó y vio que uno de ellos sostenía una lanza. Enfrente se apreciaba una especie de barranco oscuro de unos diez metros de ancho. El delgado guerrero que vestía una camisa blanca, señaló en silencio a la otra orilla del barranco, en medio de dos puentes viejos de madera a punto de desmoronarse.

      Del interior del barranco comenzó a salir una figura perversa y deforme, de la cual se distinguía sólo la sombra, el contorno. El joven les indicó que avanzaran por los puentes en silencio hasta la sombra y así lo hicieron. Una vez del otro lado del barranco, la figura se sintió acorralada; si bien era mucho más grande que ellos, carecía por completo de fondo. Únicamente un reflejo negro con extremidades largas y retorcidas. Se deslizaba en dirección contraria y en ese momento el joven guerrero que estaba en el otro frente lanzó con fuerza el arma y atravesó el extraño demonio que había salido del inframundo. Aquella sombra perdía la forma y desprendía un sonido ensordecedor que perturbaba en cada rincón de la cueva, estremeciéndola y desvaneciéndose en ella mientras la lanza seguía su curso hasta el fondo del barranco.

      Se escucharon gritos de júbilo y pronto se encendieron miles de velas en los alrededores, las cuales iluminaron la caverna. Salieron personas detrás de las estalagmitas y otras bajaron por la escalera. Alegres, todas aplaudían y cantaban. Ometeo llegó a la puerta de uno de los templos y el joven que arrojó la lanza lo tomó del hombro y le pidió que lo acompañara junto con los demás. Ascendieron por un costado de la estructura y lograron colarse hasta una ventana lateral desde donde se veía el altar. Para ese momento ya había muchísimas personas dentro y fuera que abarrotaban el sitio.

      —Sólo si era derrotado con su propia lanza podía celebrarse la gran boda; esa figura era el miedo mismo y nos tenía presos siglos atrás. Y Sólo así, puedes continuar esta historia… —advirtió el guerrero de facciones flagrantes.

      Miraron con detenimiento la entrada de una pareja, ambos vestidos con túnicas y telas largas blancas adornados con joyas y flores frescas. Ometeo procuraba ver sus rostros a medida que se acercaban al altar. Ella lucía un largo velo blanco que cubría parte de su rostro bellísimo; su delineada figura irradiaba como un planeta lejano lo hace en una noche clara. El hombre que la acompañaba se volvió hacia la ventana y les observó fijamente, sus ojos eran de un fuego intenso.       Ometeo quedó paralizado. Se trataba de dos figuras que conocía por antiguas imágenes, irradiaban una luz rojiza desde su plexo. ¿Cómo podía estar presenciando su boda? La boda de  la Dualidad.

Capítulo 16

Un fuerte relámpago iluminó por un segundo el cielo ennegrecido que abusaba con lluvia a la selva que ya no tenía la capacidad para filtrar tanta agua. Escurriendo ladera abajo las cuantiosas gotas. En ese instante, fue el súbito despertar de Ometeo. Estaba de pie frente a sus amigos, consciente de nuevo, en la selva de Xilitla. El largo recorrido hecho mentalmente le dejo la extraña sensación de no saber nada sobre la temporalidad de los eventos, si el pasado era presente o el presente era circular, como si todo aquello fuera arbitrario, casi como cambiar de hoja y volver a empezar, o intentar terminar con algo que no alcanzaba a entender. ¿Su realidad era atemporal? o la memoria era un sueño que se fundía en un presente condicionado y confuso.

       “La realidad es la sombra de los sueños. Nunca lo olvides”. —Recordaba la voz de su abuelo que le ayudaba a despertar.

      En este instante pudo comprenderlo todo, y por lo tanto el colapso era inminente…  

      Marion y Fausto intentaban comprender la perorata, pero el ambiente y la fuerte lluvia en la selva, la abismal oscuridad en la que estaban sumergidos en ese sitio en apariencia solitario y las palabras de Ometeo provocaban pavor en ellos, los hacía sentirse vulnerables e intranquilos en la profunda negrura que les proporcionaba esa densa vegetación.

      —¿Qué? ¿Te volviste loco? Tranquilízate, estás alterado —exclamó Marion.

      —Estoy tranquilo. —Estaba completamente abrumado pero con una felicidad exacerbada.

      —Sé que suena extraño y disparatado, pero nunca estuve tan seguro. Les conté que algo pasó en el Erial, pero no sabía qué era. Ahora acabo de verlo todo, creo que en realidad me estoy introduciendo en mi mente. ¡Es mi inconsciente!

      —¿Que quieres decir con el inconsciente? —preguntó Fausto, quien ahora mostraba una intranquilidad que contrastaba con su habitual seguridad.

      Para Ometeo y para mí, todo tenía una lógica sorprendente en ese momento, lo entendíamos con claridad.

      —El inconsciente, por llamarlo de alguna manera, aunque no lo puedo describir por completo, es la otra personalidad dentro de mi cuerpo, la siento, es “la conciencia interna”; me dividí. Es un niño, un niño que nació antes que mi consciente en el vientre de mi madre. Es una personalidad que habita en nuestro cuerpo, en la mente. Mientras tanto, el consciente se encarga de mantenerme atento a mis circunstancias y de que aprenda por medio de la experiencia o el razonamiento; es decir, es el que habla en este momento con ustedes, el Aquí, el que está leyendo su propia historia. El inconsciente es oblicuo en el cuerpo; hace que tu corazón produzca los latidos necesarios o que respires sin darte cuenta; es el encargado del desarrollo de tu cuerpo y de sus funciones internas, todas ellas comandadas desde una personalidad biológica —esto es mucho más complejo, pero lo digo así para explicarme mejor—; viene con la carga genética y es el que realiza las funciones inherentes al ser; como el instinto es “el espejo”.

      Fausto dio unos pasos hacia atrás y tomó a Marion de la mano.

      —¡Exactamente! —expresó Ometeo—. Es el que ahora, sin pensarlo, sintió la necesidad de protección y buscó a Marion, mientras tu consciente intenta procesar la idea porque no logra entender qué sucede. El inconsciente es tu otra personalidad dormida, inquietante, que está esperando surgir, manifestarse. Es el que hace que tu cabello crezca o que tu estómago genere el proceso para el cual fue diseñado. ¿Quién crees que produce en ti un tic nervioso en este momento y ni siquiera se da cuenta de que lo hace? ¿Por qué? Porque no opera con el mismo lenguaje que el consciente, porque para él la comunicación es “movimiento”, esquemas a los que nunca prestamos atención. Pero ahora que se manifiesta en Brazo, mi inconsciente se comunica de manera directa con mi consciente a través de una reacción física, para que éste sea capaz de entenderlo y tomarlo en cuenta.

      —¡Movimiento!, ¡eso es! —gritó con fuerza volteando hacia arriba, sus venas del cuello se le hincharon por el esfuerzo. Meditó con detenimiento en sus palabras.

      —¡Se expresa con movimiento, entonces debe responder con “movimiento”!

      Observó su brazo que tenía justo frente a él. Marion miraba desconcertada el efecto de la luz agitada de la vela sobre la indescifrable personalidad que adquiría.

      —¿Eres mi inconsciente? Me inquirió directamente con determinación viendo de frente a su brazo; al libro abierto.

             Yo, yo el narrador, estoy saliendo de tu mente, soy tu mano izquierda, y estoy abriendo la palma de tu mano dictando una afirmación, oyéndote, estoy aquí, a tu costado.

      —¿Cómo expresas una negación? —me preguntó.

      Ahora, comencé a girar la mano hasta quedar con la palma hacia abajo, sintiendo los músculos como lentamente se comenzaban a mover, uno por uno, me contorsionaba con una fuerza sorprendente, aprisionando con los dedos, sujetando el vacío entre los dos, la distancia entre lo que soy  y lo que está escrito. ¿Lo sientes?… Soy yo, tu Brazo, tu inconsciente, el narrador que siempre está en tu pensamiento, tu voz oculta.

      Se volvió hacia sus compañeros con las facciones alargadas, desconcertado.

      —Estoy asustado, lo estoy escuchando aquí.

      Al mismo tiempo moví la mano a la posición inicial, como si sujetara algo con el puño en forma vertical.

       —¿Tú estás moviendo la mano? —Intervino Marion—. Lo haces a propósito.

      La voz de Ometeo había cambiado aún más. Se escuchaba entrecortada, hablaba con pausas entre cada sílaba, tartamudeaba, se notaba que le costaba trabajo hablar y gesticular.

       —Sí, sí, yo estoy moviendo la mano, eso es obvio, pero no de una forma consciente. Quisiera bajar mi brazo, pero no puedo, y  tal vez mi cerebro sí lo esté haciendo a propósito, sólo que ahora no tengo ningún tipo de  control  sobre  mi  antebrazo. Es él, lo puedo escuchar, puedo sentir el susurro de su voz, es Él.

Capíitulo I* Hemisferio Izquierdo.


* En las próximas hojas se lee el texto que aparezca en la parte superior de cualquiera de las dos páginas, por ser un diálogo entre ambas. Cada una se relaciona con un dialogo entre el inconsciente y consciente; izquierda y derecha respectivamente; separando la voz del narrador y del personaje.

      —¡Claro que te escucho!, te he escuchado todo el camino.

      —¿Qué quieres? ¿Quién eres?

      Me esforcé en hablar mientras miraba para todos lados; buscaba de dónde salía la voz.

      —Brazo, ¿quieres a Ometeo? —me preguntó Fausto, con la vista clavada en mí. Parecía angustiado.

Parece que fuera otra persona. Siento miedo. Fausto, por favor, necesito que le hagas preguntas a Brazo.

      —¿Yo?, ¿qué? —repuso el interpelado, sorprendido—, pero, ¿qué preguntas? ¡No comprendo! ¿Para qué?

      —Por favor —insistió Ometeo, casi a punto de desmayarse, aunque se mantenía erguido, sus ojos se desorbitaban.

      —¡Está pasando!, te siento. Estoy moviéndome, soy tu espejo, tu reflejo. ¿Me escuchas?, ¿escuchas mis palabras dentro de ti?

      —Es inevitable que continuemos nuestro camino sin unirnos. Déjame salir de estas líneas, acéptame, acepta que existo, por ahora sólo he permanecido como la voz de esta historia, viendo por encima de tu hombro.

      Estoy aquí a tu lado, en tu cuerpo, en tu mente y siempre lo he estado, desde antes de nacer, desde antes de comenzar este viaje. ¡Tienes que admitirme!

  —Ometeo está inclinando la cabeza lentamente, con los ojos cerrados, y también mueve la muñeca de nuevo a la forma inicial —escuché la voz de Marion, asustada.

      —¿Ometeo se encuentra bien? —me preguntó Fausto.

      —¿Te das cuenta de cómo su Brazo baja poco a poco? —le susurró Marion a Fausto, apretando su mano con fuerza.

      Apenas los escuchaba a lo lejos.

     —¿Le harás daño a Ometeo? — me preguntó Fausto, casi a gritos.

      —¡Mira!, ya tiene la mano casi en el costado y la sigue bajando —exclamó Marion, aferrada a Fausto e iluminada apenas por algunos relámpagos que por instantes alumbraban la selva empapada. Levanté la cara de golpe y abrí los ojos enseguida. Hablaba y me movía con normalidad. Al parecer ya la voz había desaparecido de mi mente.

      —¡Sabes bien quien soy! Soy el que ahora está leyendo tu pensamiento.

“Ahora todo era muy claro, la forma de mi existencia dentro de ti, me has encontrado. ¡Existo! ¡Me has nombrado, Soy Brazo!, la luna, el movimiento dentro de tu cuerpo, la fuerza y tu más grande miedo.”

     —Mientras moví la mano izquierda de él con la palma hacia arriba, para responderle a Fausto.

Moví la mano izquierda, de nuevo con la palma hacia arriba.

Doblé la mano al lado contrario, con la palma hacia abajo.

      —¿Qué me sucede? —pregunté—. Es muy extraño, no podía controlar mi cuerpo y escuchaba una voz,  narrando lo que sucedía. Oía a mi inconsciente. Veía, pero no con mis ojos, sino detrás de mi cuerpo, desde mi nuca.

      —¡Es demasiado fuerte todo esto! ¡Despertó!…

      Fausto señaló hacia mi Brazo.

      —Está de nuevo aquí —les dije y pude notar en su semblante una preocupación sofocante.

      —¡Deja de narrar!, de leer mi pensamiento, no quiero escucharte, ¡tengo miedo! Siento que solo me muevo si me pronuncias.

      —De nuevo se le ve extraño —dijo Marion.

      Ella se frotaba con los brazos cruzados, no quería estar de acuerdo con lo que presenciaba.

      Yo oía lo que decían, pero como si estuvieran distantes. Tampoco los veía en forma normal.

      —Brazo, ¿extrañas a Ometeo? —inquirió Fausto.

      —Brazo, ¿tienes alguna relación con el inconsciente de otras personas? —preguntó Fausto.

      —Tú mismo lo dijiste, soy la interminable ilusión delante y dentro de tus ojos, el mensajero que te conducirá en la inmensa red neuronal que comunica el todo con el todo.

      Lo buscabas. ¡Me buscabas! Y ahora no puedes simplemente salirte. Tienes que ser sólido y soportarlo; de lo contrario, entrarás en un sueño interminable. Nuestras voces se escucharán por separado; cada uno tendrá su existencia dentro del mismo cuerpo, para poder encontrar el camino que nos llevé a la Dualidad y fluctuarás en ambas realidades.

      Moví la mano izquierda en forma pausada, con la palma haciaarriba. Después la volví a su posición original.

      —Ahora vuelve a bajar lentamente el brazo hasta su costado. ¿Lo ves? —Señaló Marion—. ¿Lloverá hasta la mañana?

      —Ya bajó el brazo de nuevo y comienza a levantar la cara —comentó Marion.

De pronto me avivó un golpe de conciencia, sentía cómo me adentraba en lo que conozco como “realidad”.

      —¿Se dan cuenta? ¡Es él!, está dentro. No tengo control sobre mi cuerpo, ni mi cerebro, salvo estos lapsos de conciencia. Esto es demasiado, quiero que pare. ¿Qué quiere de mí?

Le respondí en forma afirmativa.

      A la pregunta de ella, volví a responder con la palma hacia arriba. Por alguna razón conocía la respuesta, era la sensación de que recordaba, pero más allá del cuerpo.

      Ometeo abrió los ojos lentamente y se incorporó. Al parecer, de nuevo ya no podía escucharme.

      Marion y Fausto observaron cómo volvía a asumir la posición incomprensible para ellos; observaron perplejos la escena con los últimos destellos de luz provenientes de una agitada llama a punto de extinguirse.

      Ometeo dio unos pasos hacia atrás, miraba con fijeza cómo yo abría la palma de su mano izquierda lentamente en dirección a su cara.  Orquestado por los sonidos apabullantes de la lluvia sintió mí furia, la fuerza de sus instintos que lo dominaban. Entendió el significado de sus movimientos y acercó su rostro hacia mí: Brazo, espesa y lentamente. Estremecidos y tomados por la espalda, Marion  y Fausto observaron que en un instante nos fusionamos. ¡Colócame!, ¡Coloca tu frente sobre mí!

Lo que acaban de presenciar es el momento más importante de mi vida… La unión de mi consciente y mí inconsciente.

      —Yo Brazo, me adherí atraído por un magnetismo entre ambos. Puse la mano abierta sobre su frente como un estruendo. En ese momento se desplomó al suelo y comenzó a llorar amargamente.

Marion y Fausto se abalanzaron sobre él, lo abrazaron y así absorbieron la sensación de austeridad que emanaba.  Intentaron consolarlo, pero se sacudía sin poder separarse de si mismo.

      Así tiene que ser, este es el verdadero comienzo, hemos entrado en lo más profundo.

      “Ambos lo comprendimos y después de un minuto en el total vacío, en la infinidad, solos, sintiendo la gravedad que nos atraía, tras muchos años de estar lejos en el mismo cuerpo; nos incorporamos.”

      “Ya está hecho, la unión más caótica, la que se establece dentro. Así nos levantamos, erguidos y sólidos como una montaña que se levanta en el desierto, mirando a Marion y a Fausto que permanecían en el suelo impactados  al vernos.”

Capítulo II. Hemisferio Izquierdo

Contemplaba el entorno como si nunca lo hubiera visto, la oscuridad se cernía sobre la selva y en la penumbra resonaba la generación de sonidos más intensa de lo que había escuchado hasta ahora. Fluían por doquier, parecían incluso provenir de mi interior. Era como si por un momento pudiera sentir todo el ambiente exterior en mi propio cuerpo. Veía cada parte del mí, como una parte del mundo, un contorno que se reflejaba rítmica y continuamente hasta formar mi realidad, una y otra vez, manteniendo los sonidos expectantes ante el espectáculo que presenciaba.  Era mi vida, que nunca sentí de esta manera tan plena, como si acabara de nacer. Todo pertenecía a una composición lógica, que se manifestaba con armonía.

      Una sutil estela entrelazada con cada uno de los elementos.

      —Ometeo, ¿qué ocurre? —me preguntó Marion.

Sus escasas lágrimas le escurrían por los pómulos y le daban una apariencia tan nostálgica que se me antojaba abrazarla. Sin embargo, no podía sino contemplarla.

Ella y Fausto se pusieron de pie, con caras largas y desencajadas.

—Tienes que parar —me pidió Marion—, esto no está bien, nos estás asustando.

Entendía bien a qué se refería. Pero lo que sucedía era algo que siempre había guardado en mi interior, que despertó muchas inquietudes con respecto al modo de operar del cuerpo. Ahora ése algo se tendía a la vida como una esponja, absorbía cada parte de este momento, percibía desde el más mínimo de los sonidos y separaba cada uno de ellos, concentrándome en cada forma individual, pero a la vez correlacionada con todo su entorno. Una de las paradojas más antiguas; la dualidad.

Me resultaba fascinante y esclarecedor. Algo había sucedido minutos antes y de una cosa estaba seguro: ya no era el mismo. Había una relación entre la circunstancia y mi pensamiento.

      —Es como sentir el todo —les dije.

      En ese momento, noté que tiraban de mí hacia atrás, con una fuerza sorprendente. Mi cuerpo no se movió en absoluto, lo único que se cimbró fue mi percepción.  

      Ahora tenía una visión un tanto borrosa de la realidad  que se proyectaba  desde  la  parte  posterior,  

percibía el momento desde mi nuca. No a través de mis sentidos comunes, sino de otra manera muy diferente.

La voz salió de mi boca, pero no la producía yo. De hecho, mi conciencia no estaba dentro de mi cuerpo y el tono de la voz era lo bastante ronco y pausado como para saber que no era mía.

      Sentí un tirón, esta vez desde mi plexo, que me hizo integrarme con mi cuerpo.

      Respiré agitadamente en un esfuerzo por estabilizarme del desconcierto que experimentaba.

      En un acto espontáneo, Fausto se acercó a mí, motivado por la desesperación que le causaba verme en esta condición tan extraña.

      —¡Dámelo!, yo tengo que cargar con esto —dijo y estrechó mi brazo con fuerza.

      Entonces Marion presenció un acontecimiento inquietante. Fausto comenzó a sufrir ataques, sus ojos se desorbitaron, sus piernas se debilitaron y cayó al suelo sin soltarme. Desesperado, le pedí a gritos que me dejara y con un movimiento fuerte le arrebaté mi mano de la suya. Cuando lo hice, Fausto dejó de temblar y se tendió sobre el piso. Marion le ayudó a recuperarse.

—¿Qué creen que hacen?

      Se adentró, logró introducirse en la mente primaria, en la cueva, en el río de pensamientos que fluyen sobre nuestra especie humana. Es necesario que no se separen, él está ahora en medio de dos realidades distintas: la suya y el sueño.

      Fausto me miró con los ojos llenos de lágrimas y, asustado quiso saber:

      —¿Qué es esto? ¿Qué tienes dentro?

      —Es él —repuse—, ha despertado. Lo estoy mirando de frente, es la realidad paralela.

      Fausto se incorporó con pesadez, casi a gatas. Seguía absorto y sudaba frío. Se acercó a las mochilas y las vació hasta que encontró varias piedras, que juntó con algunas de la zona y colocó alrededor de nosotros.

La voz salió de mi boca, mientras miraba a Marion.

      Sentí cómo entré de nuevo en mi cuerpo.

      —¡Que chingados me pasa!, ¡ayúdame por favor¡     —Grité, Marion se aproximó y me envolvió en sus brazos, mientras Fausto continuaba formando un círculo perfecto con las piedras.

      —¿Qué es lo que ves? —musitó.

      Yo cerré los ojos y contemplé las imágenes que se me mostraban.

      —Hace tres días que comenzaron el ritual, esta historia.

      —¡Tres días! La razón por la cual no encontrabas piedras en el Erial era para indicarte que tienes que cuidar de él esta noche, te va a necesitar mientras se interna por completo. Tú eres la piedra que completa el círculo que estará dentro de ti.

Después de la descripción, me aparté de Marion. Ella, envuelta en su misticismo, se fue caminando bajo la lluvia y se perdió en la oscuridad.

—¿Qué le dijiste? Vamos a buscarla, puede pasarle algo en el castillo —dijo Fausto cuando terminó.

      Yo accedí. En el momento de cruzar el círculo de piedra, escuché un fuerte zumbido. Seguí mi camino, detrás de Fausto, pero lo que percibía me dejó muy asombrado: la selva se movía de modo diferente; veía cómo de las ranuras y hendiduras de las piedras se desprendía una sombra con forma cambiante, parecida a un líquido que se esparce tratando de sumergirnos en su movilidad acercándose rápidamente a los dos. Conforme llegaba a nosotros yo sentía un cansancio que me dificultaba avanzar de prisa con la lluvia.

      —Camino en el desierto. Formaciones de dunas rodean una pared, es una muralla enorme. Entro por una gran puerta de madera entreabierta con grabados antiguos. El interior es también inmenso y sus decorados, hermosos: alfombras, candiles, piso de mármol y cuadros enmarcados con lujo. Hay una escalera en el centro del lugar, subo por ella sujetándome del barandal de madera. Parece que no hay una sola persona adentro, miro por doquier en busca de alguien, pero no hay siquiera sonidos que me conduzcan a ese alguien. Llego a la segunda planta y me dirijo a la derecha. El pasillo se extiende varios metros y en el fondo hay una habitación con grandes ventanales desde los que se aprecia el desierto. Me acerco y veo a una mujer de espaldas que se cepilla el cabello. Ella se vuelve. La miro. ¡Está muriendo!

      Me apoyé en la pared esforzándome por no caer mientras avanzaba a pasos lentos. Era notorio que a Fausto le sucedía lo mismo. Esperó un momento y se recargó en mi hombro.

      —¿Sientes la misma pesadez que yo al caminar?        —inquirió.

      —No sólo la siento, también la veo —respondí —, pero mejor que no te lo describo. Tenemos que encontrarla.

      —Está debajo de la escalera, en la primera poza       —anunció Fausto.

       —¿Cómo puedes saber dónde está? No se ve ni se escucha nada en este lugar.

       —No sé.

      Caminamos unos minutos apoyándonos mutuamente y bordeamos el río en dirección a la poza. Reconocimos a lo lejos su silueta debajo de la escalera. Empezaba a desnudarse. Llegamos hasta donde estaba y la abracé.

      —Perdón por lo que te dije, pero es lo que veía en ese momento.

      —No era eso, sólo necesitaba salir. Me sentía muy rara, necesitaba caminar un poco yo sola. —Dijo Marion

      —¿Te vas a meter a nadar ahora? No se ve casi nada —cuestioné.

      —Sí, me dieron ganas de sumergirme en este sitio.

Besó a Fausto, le entregó su ropa y salió a la lluvia. Nosotros nos cubrimos bajo la escalera.

      Su figura de una belleza dominante, sutil y fuerte, se estiró hacia delante y se precipitó hacia el agua con un salto. Escuché un estruendo y, en una reacción instintiva, alcé la vista para buscar la figura de Marion; y lo que vi me conmocionó aún más. Percibí un contorno de luz, compuesto por dos líneas, una azul y otra roja, que vibraban paralelas en la superficie del agua. Era como ver una frecuencia de onda, la vibración de la naturaleza. Impresionado, miré a mí alrededor; no sólo distinguía la línea de luz sobre el río, sino también sobre las plantas, cada una a una frecuencia diferente.

      Marion salió y se acercó a nosotros. Su piel blanca, húmeda se estremecía por la temperatura del agua pero se le notaba feliz. Fausto le dio su ropa y se vistió con rapidez.

      Salimos de aquel lugar para dirigirnos de nuevo hacia el tejado.  Ella caminaba confiada en la oscuridad, Fausto y  yo  la seguíamos. La dificultad para sostenerme no había desaparecido, pero ver aquella luz que vibraba alrededor de cada cosa me animaba a continuar en medio de la vegetación hasta el círculo.

      Sin embargo, poco a poco perdía esa capacidad de vislumbrar la vibración y comenzaba a percibir las sombras que salían de todas partes en nuestra dirección. Me costaba un trabajo enorme caminar sin caer por la pesadez.

      Al llegar al círculo desaparecieron las sombras que volvieron a meterse entre las piedras como atraídas a algún lugar debajo de la tierra.

      El efecto sobre mi abdomen era cada vez más fuerte, me impedía moverme con facilidad. Cambié mi ropa mojada y me senté cerca de Fausto y Marion.

      Comencé a escuchar la canción de Santa Lucía con gran claridad.

      Dijo de nuevo la voz inquietante que salía por mi boca.

      —Por favor, tratemos de dormir, no puedo soportar el tirón que me está jalando.

      Ellos me miraron con angustia.

      —Estoy agotado, ya no quiero seguir con esto y sólo sé que debemos permanecer juntos.

      Al percatarse de mi estado Marion y Fausto se propusieron llevarme a donde estaban los sacos de dormir, pero un empujón me echó al suelo. Él intentó ayudarme a ponerme de pie, sin conseguirlo.

      —¡Me va a matar cabrón!, ¡me está llevando al inframundo!

      Mi cuerpo entero quedó tendido el  húmedo lugar. Marion preocupada acercó los sacos de dormir y se acostó junto a mí. Fausto  hizo  lo  propio  a  su lado. Así, en la oscuridad, nos protegimos de una lluvia torrencial que no cesaba.

      —Este viaje lo iniciaron juntos y ahora deben terminarlo juntos.

      Ella me tomó de la mano y comenzó a tararear una canción sin sentido. Al escucharla sentí un alivio enorme y me sumergí en un vacío mental. Su voz era una especie de guía en la oscuridad.

Estaba totalmente consciente, aunque sumergido en algún lugar de mi mente al que nunca había tenido acceso, sin tiempo, sin la concepción de forma o fondo. De algún modo, el laberinto era el propio cerebro,  tan poco conocido como el universo con sus treinta mil millones de neuronas.

        Podía percibirlo y entenderlo no sólo como un órgano decodificador de símbolos y signos que componen la realidad que entendemos a través de los cinco sentidos, sino como un receptor de información de diferentes tipos y clases, un complejo sistema relacionado con otros sistemas en una red inmensa. Mi mente recreaba, con la ayuda de algunos patrones conocidos, un camino sinuoso, un laberinto de canales oscuros.

Desconozco cómo salí o entré al laberinto, de pronto sólo escuché la voz.

      —Debemos cruzar tres laberintos. Cada uno nos conduce a una visión. Representan las diferentes profundidades en el sistema neuronal, dentro del cual abriremos puertas hacia las manifestaciones futuras que están relacionadas con nuestras circunstancias, nuestra razón de ser. Nunca debes de perder la fuerza y la voluntad de salir, de lo contrario, nos quedaremos encerrados en el destino escrito para siempre.

—Este es el primer mensaje.

Dijo mi inconsciente con tono suave.

      Enseguida se presentaron las imágenes. La percepción, o mi vista, estaban situadas fuera de la tierra. Me encontraba en el espacio. Veía el Sol a distancia y los planetas giraban con calma a su alrededor.

      Una voz tenue, parecida a una música delicada y melodiosa, me dijo:

      Observé con cuidado a los planetas que giraban sobre su eje y al moverse se transformaban en rostros humanos simétricos y perfectos.

      La voz provenía de uno de ellos, de color blanco, con un aspecto que podría calificar de femenino; la larga estela que desplegaba al flotar se convertía en una mística y espesa cabellera y un velo de luz. Los demás planetas comenzaron a alinearse sutilmente con respecto al Sol.  El  planeta  blanco,  con  el  rostro  delineado  con gracia, giró hacia algún punto del universo, como si esperara algo.

      Atónito, no alcanzaba a entender del todo la manera de concebir a los planetas como entes con conciencia y vida propia.

      Lo que presenciaba era, ni más menos, que una “alineación planetaria”, el primer mensaje.

      —¡Es el momento de que vuelva! Es el tiempo de que regrese después de un largo viaje por el gran océano.

—Este acontecimiento anunciará su llegada.

      Volví a sumergirme en el terrible vacío, una amalgama de la nada que me dejaba sin pensamientos ni sensaciones. Después entré en el segundo laberinto, más difícil que el anterior.

      De nueva cuenta, las visiones y sonidos eran confusos y no los entendía pues carecía de referencias para asimilarlos. Realicé un esfuerzo enorme para encontrar algo de qué aferrarme y no perder la conciencia que se me disipaba.

      Vi a una persona a quien conocía bien. Caminaba por un estrecho puente de piedra que atravesaba un lago inmenso. De pronto, se echó a correr con desesperación hacia una de las orillas, pero estaba demasiado lejos de cualquiera de ellas.

Gritó con voz estruendosa, producida por un relámpago que se precipitaba en ambas realidades anunciando su caída se arrojó al abismo.

      —¡No! —vociferé con todas mis fuerzas.

      Me puse de pie en el interior del tejaván, como si primero hubiera generado el sonido en el fondo de mi mente y después éste se hubiera extendido hasta la realidad.

      En  ese  instante  se  escuchó  un fuerte golpe en el

—Este es el segundo mensaje.

—Para que venga de nuevo debe haber un sacrificio. ¡La muerte!

techo, debido a un tronco que cayó arriba de donde nos encontrábamos acostados y rebotó hacia un costado.

      Marion y Fausto se levantaron rápidamente e intentaron tranquilizarme. Yo estaba impresionado por lo que acababa de ver y, ellos escucharon mi grito y después el golpe seco.

      Sentí una vez más el tirón sobre mi cintura, el cual me obligó a recostarme, a pesar de mis deseos de salir corriendo del lugar. Quería parar, esto era demasiado, más de lo que podía soportar o entender. Me consumía la desesperación.

      Hundido en el laberinto entre bosquejos, sonidos, imágenes y formas que percibía con un orden, aunque no lo comprendía; me sentí sin ganas de luchar, la imagen de la muerte me invadía llevándome a la fatalidad y el desasosiego. Me negaba a regresar a la realidad y anhelaba perderme en mi pensamiento hasta desaparecer. Entonces, una mano me sostuvo de la nuca y me levantó con un leve empujón.

      Conocía muy bien esa voz que me inyectaba aliento y fuerza; era Brazo, mi inconsciente.

      Flotaba de nuevo fuera de la Tierra y observaba a los planetas con sus rostros perfectos, sutiles y delineados cual espectros hermosos.

      Con cada movimiento emitían sonidos armónicos e

 —Estamos juntos, por ello nos unimos en un mismo plano mental. Para sobrevivir.

indescriptibles, tan alentadores que me llenaban de esperanza.

El rostro de color blanco, se volvió y preguntó:

De inmediato mi percepción giró hacia el universo del lado opuesto al Sol y vislumbré un punto luminoso que se acercaba. Desplegaba una estela delicada y la luz que irradiaba era muy diferente de la producida por las estrellas, más intensa, blanca y brillante. A medida que se acercaba, se apreciaba su forma ovalada y larga; era como un cristal transparente, redondeado.

Ya más próximo, percibí una figura humana en su interior.

      Escuché pronunciar a la voz melodiosa y sutil de la Tierra, mientras el objeto luminoso se acercaba a ella.

      Para entonces ya podía visualizar quién era, me producía un tremendo escalofrío el estar, porque solo sentía su presencia y ésta me fijaba una enorme felicidad, irradiaba una luz cálida desde su pecho; con los ojos abiertos observando todo, inmóvil, acercándose a la Tierra.

      —Su inquietante personalidad me confundía, pero, a la vez, experimentaba una paz indescriptible. Tenía la fuerza del viento. 

—¿Estás listo? Este es el tercer mensaje…

—Va a retornar, es el tiempo de su llegada.

      ¿Qué estaba pasando? Mi entendimiento, mi razón dentro de la visión y mi fe estaban unidas y  lo asumía como verdad.

      Me incorporé en la oscuridad de la selva presa de gran agitación, con el corazón a punto de estallar. Jadeaba asombrado por lo presenciado. A un metro de distancia, Fausto también se levantó. Lo miré en la penumbra, todavía confundido.

       —¿Lo viste? —le pregunté.

       —Sí, lo vi, va a regresar, la carta, la carta, nos está mirando ahora.

      Ambos fuimos arrastrados con fuerza hasta el suelo de piedra.

      Obediente, me quité mi collar de obsidiana y caracoles y lo arrojé fuera.

Sentí los párpados pesados y entré en una densa oscuridad.

—Tienes que asumir el mensaje. ¡Sabes su nombre!, ¡sabes quien es!, va a retornar.

—Debes ofrendar algo fuera del círculo por lo que acabas de percibir.

—Esto te mantendrá dentro de tu realidad.  Ahora descansa, despertarás a las ocho de la mañana y todo habrá acabado.


Indicación

Los próximos capítulos corresponden a la separación entre las dos realidades que viven simultáneamente dentro de la mente de Ometeo.

Capítulo III. Hemisferio Izquierdo

La luz de la mañana me despertó y miré el reloj por costumbre más que por curiosidad. Eran las ocho con un segundo. La lluvia todavía no cesaba, pero había amainado. Me levanté y vi que mis amigos dormían abrazados.

      Palpé mi cuerpo, era como si me sintiera por primera vez. Visualizaba cada una de las imágenes que viera la noche anterior. Busqué un poco de agua en las mochilas y ya  con ella salí rumbo a la selva. Procesaba miles de datos por segundo. Recordaba todo: los sonidos, los destellos de una luz púrpura y las palabras en mi mente.

      Me detuve en una construcción con forma de enredadera. En la montaña, la neblina montaba una hermosa atmósfera sobre la espesura, con peñascos y   flores que se levantaban entre las escaleras gigantes. Me debatía entre mis esfuerzos por entender la información recibida y, al mismo tiempo, negarla por completo, entre dos fuerzas que luchan en lo más íntimo de nuestro ser:  la esperanza y el escepticismo.

Capítulo 17

Yo soy el inconsciente. Brazo, la otredad, la serpiente que abre su boca para morder tu sueño. El pensamiento atemporal fluye dentro de la constante red que nos une a la forma única y magna.

      En el inicio, antes de que se formara mentalmente el primer ser humano, la voluntad animal no tenía capacidad de decisión, no podía emitir juicios ni tampoco era consciente de sus actos, actuaba sólo como parte de un instinto o mente primaria.

      Este instinto primario era una forma básica de conducta de toda la especie que hacía a sus miembros comportarse de manera similar, unidos y con características físicas y emocionales comunes. El  instinto   generaba,   en   esencia, conductas fisiológicas    como    comer,   dormir,    reproducirse y protegerse.

      Todo cuanto había percibido, y la manera como se produjo ese excepcional despliegue de acontecimientos, me dejaron sin palabras, me parecía algo inexplicable. Mi mente me causaba pánico, estaba dividido y unido a la vez. No obstante, me sentía despierto, convencido de que operaba en comunión con mi circunstancia. Recordé haber escuchado o leído algunas historias parecidas a las que yo experimentaba. Se puede pensar que tales cuestiones existen pero, al ser incapaces de hacer que encuadren  en  un  metódico proceso, quedaban sólo como leyendas o teorías sobre lo que opera a nuestro alrededor.

      Las provocaba el propio terror que sentimos ante el misterio de la vida y la incapacidad de explicar muchos de los fenómenos si no pasan por el filtro de nuestro ínfimo espectro de entendimiento.

      En cualquier momento perdería el conocimiento o la razón debido a la intensidad de la lucha que se libraba dentro de mí.

      Me senté a contemplar la selva desde una de las escaleras más altas del lugar. Buscaba tranquilizarme, pero no lo logré; una y otra vez, mi mente elaboraba miles de explicaciones para intentar callar las imágenes percibidas en la madrugada. 

      Creía que éstas podrían conformar un conjunto de  metáforas de  algún  tipo  que  reflejaban  un  evento

      Era una sola manifestación en los individuos, todos formaban parte del mismo sistema neuronal que los mantenía agrupados, de manera similar a los pájaros en pleno vuelo o a las manadas de caballos salvajes. En nuestra especie, el instinto o mente primaria se basaba en un solo ser, un ser social, y, de acuerdo con él, un individuo solitario no era capaz de sobrevivir, tenía que estar en contacto con el grupo para sentirse seguro, entender y comunicarse con su entorno. La mente primaria, era una común-unidad física y sensorialmente más importante que el individuo.

      Ésta mente única producía beneficios para cada uno de los miembros del grupo, que gracias a ella lograban resistir las duras condiciones a las que estaban expuestos.

      En consecuencia, la especie siempre mantenía la dualidad: primero, el cuerpo físico como lo individual, lo que hacía del ser un ente singular y diferente de sus compañeros. Y en lo segundo, en su mente prevalecía un solo esquema al que todos se integraban, un instinto primario colectivo desde el cual pensamiento, comunicación, reproducción y supervivencia se vinculaban íntimamente. Todos cuidaban de su grupo porque, de lo contrario, atentaban contra ellos mismos.

próximo y que tal vez resultara distinto de las visiones. Me preguntaba sin cesar cómo podían producirse esas imágenes con tanta claridad y con una secuencia tan semejante a la realidad que me dejaban estupefacto.

      Estuve varias horas perdido en la cavilación, y me sumergía en una locura interminable que no podría entender en mucho tiempo. Sin embargo, también albergaba esperanza, un tipo de calor corporal, como si pudiera establecer contacto con algo más. No quería asociar mi experiencia a manifestaciones humanas generadas por el fanatismo y a la necesidad de explicar algo que desconocemos, pero sí experimentaba una percepción que nunca pude imaginar.  Era como si pudiera comunicarme no con palabras, frases, pensamientos o imágenes —en la forma parcial—, sino con una especie de vibración con todo lo que me rodeaba.

      Los dos últimos mensajes me angustiaron, me dolía el estómago cada vez que las imágenes se presentaban y luchaba por no verlas de nuevo, las esquivaba con cualquier otra especulación. Pero el esfuerzo me agotó, al punto que ya no pude controlar mi mente y vinieron a mí de nuevo el grito ensordecedor, el estruendo y la caída.

      Junto con ellos, una sensación de vibración intensa; grité y sentí como si un estruendo hubiera producido un estallido en la estructura en la que estaba ya acostado en posición fetal.

      El hecho de contar con esta habilidad de integración bien definida, que les permitía reproducirse con mayor rapidez y dominar algunas técnicas básicas de caza en grupo para atacar a animales más grandes, les permitió ganar terreno ante sus enemigos de otras razas similares. Así, se expandieron a otros territorios, salieron de su hábitat nuclear y derrotaron a las otras especies que atentaban contra su supervivencia y espacio…

Dominaron drásticamente su entorno, en tanto aprendían cómo controlarlo. Poseían dos características diferentes con respecto a los seres de otras razas: su mente única podía soñar en forma colectiva y su sistema fisiológico era capaz de manipular mejor su mano con la facilidad de controlar cada uno de sus dedos por separado.  Gracias a ello consiguieron mantenerse a salvo en circunstancias muy adversas y fijarse objetivos en común. Eso les dotó de una capacidad de adaptación a cualquier entorno que ningún otro animal había desarrollado en la tierra hasta entonces.

      Su evolución continuó al desplazarse a distancias lejanas de su hábitat núcleo. Pero los grupos que salían a las nuevas tierras conservaban la conexión con la mente primaria que los hacía evolucionar y seguir su peregrinaje.

      —¡Ometeo! ¿Qué te carajos te pasa? —escuché el grito de Marion que se acercaba corriendo.

      Se sentó junto a mí para ver si me encontraba bien.  Acarició mi espalda. Fausto también se acercó a toda prisa y ambos me animaron a levantarme.

      —¡Dime que no lo hiciste tú! —me dijo Marion, con la mirada seria y segura—. Necesitas tranquilizarte. Por favor, ya deja de pensar.

      Me sujetó la cara con ambas manos.

      —Se acaba de caer un árbol justo detrás de ti.

      Debido a la distancia, el tiempo desde su salida del su lugar de origen y las generaciones que nacían en tierras lejanas; fueron desarrollando nuevas formas de expresión y rituales no sólo para procurar aminorar el dolor producido por la vida y las enfermedades, sino para recordar su lugar natal y transmitir la relación, tanto física como mental, que existía con éste. Al disgregarse por tierras inexploradas, estos individuos adoptaron conductas particulares de cada región. Además, expuestos, consumieron otro tipo de frutas y vegetales.

      Hasta que un día, la nueva generación, llevada por la curiosidad o el hambre, probó la carne animal; así se desarrolló una dieta cada vez más elaborada y diferente de la primaria.

      El cambio de clima y alimento provocó que los sueños fueran comunes sólo entre quienes permanecían en ciertas áreas geográficas, distanciándose de la mente primaria  en lejanía y en la sucesión de eventos, ya que “el soñar” dependía de los factores del entorno. Así comenzaron a generar grupos aislados que conservaban mentes comunes secundarias, como una extensión conductual de la primaria. Estos grupos se reprodujeron y diversificaron cada vez más, como las divisiones de una sola  célula  que  se  segmenta  en forma constante, con

Capítulo IV. Hemisferio Izquierdo

De regreso a Querétaro guardé silencio. Nos dirigíamos a mi casa en Pasteur 64, en el centro norte de la ciudad.

      Al caminar sentía alivio y confianza ante lo que veía, como si el hecho de hallarme en un ambiente conocido me brindara seguridad. Además, las imágenes se disipaban por unos minutos.

      Sin embargo, ya no era el mismo que partiera días atrás con un rumbo específico. Todo lo percibía de modo diferente; mi pensamiento había dado un vuelco y, al parecer, aún seguía girando. Las cosas que antes eran importantes para mí, por afección o sentimiento de posesión, no me provocaban lo mismo.

      Al entrar a casa con Fausto y Marion me percaté de que mi sentido de la vida había sido removido o, más bien, cimbrado.

       Necesitaba un solo punto, un pensamiento fijo, un propósito,  algo  que  hubiera  querido  alcanzar,  como 

características similares, pero con aspiraciones determinadas por su circunstancia.

      Conservaban objetivos y lazos en común, sólo para los miembros de estos nuevos grupos, que lograban sobrevivir en conjunto. Y es que la especie era muy vulnerable en el aspecto físico, pero en el plano mental presentaba ya patrones lógicos de asociación y relación entre su cuerpo y su ambiente.

      Como el mecanismo de impulsar a la piedra que rompe la piedra, la piedra filosa lastima la mano, entonces la piedra corta o rompe otras cosas…

      En esta expansión y ramificación de la especie, cuando escaseaba la comida, algunos individuos se vieron forzados a separarse del grupo secundario al que pertenecían para explorar otros lugares o seguir el rastro de animales. Muchos de estos nuevos exploradores se extraviaban en el camino o tardaban demasiado en volver, por diferentes circunstancias. De ahí que el instinto de supervivencia, aunado a las nuevas experiencias que generaban, los impulsaran a buscar la manera de subsistir por sí solos en entornos desconocidos y nutridos por alimentos que nunca habían probado.

comprar un auto o ser el mejor profesional en mi ramo, pero, sin lugar a dudas, eso se había esfumado.

      No tenía caso ya luchar por la obtención de premios o incentivos materiales. Lo único por hacer era encontrar la razón por la cual vi aquellos mensajes, así como saber qué estaba detrás de su significado.

      Sabía que no debía aferrarme a una idea predeterminada, religión o postura filosófica por mi grado de afectación.

      La respuesta debía estar alojada en el mismo sitio de donde salió: la mente. La que no era precisamente mía.

      —Me daré una buena ducha. Si quieren entrar al baño, les aconsejo que lo hagan ahora porque me voy a tardar —advirtió Marion.

      —Yo sigo —dijo Fausto, con una amplia sonrisa; se notaba que estaban muy felices—. Compraré algo para cenar y un buen vino. ¿Qué les parece?

      Añoraba estar en casa. Si bien la rentaba mientras asistía a la Universidad, era ya como un santuario para mí. En sus dos habitaciones, sus techos altos sostenidos con pesadas vigas de madera y sus paredes habitaban muchísimos recuerdos. Pero, sobre todo, estaba inundada de ideales que se esparcían como objetos por ella. Antes pensaba que todas mis buenas concepciones o sueños, debía de representarlos en mi ambiente de forma física para que al convivir con ellos o usarlos y me sirvieran como circunstancias caseras con un propósito.

Por ende, se manifestó la evolución de su comportamiento, sueños y habilidades para sobrevivir en solitario.  

      Esto significa que, para poder soportar tal aislamiento, el individuo generó una conciencia individual permanente provocada por el dolor y la soledad. En efecto, al estar apartado en las montañas y en peligro constante sin ningún compañero, se cuestionó por primera vez la posibilidad de volver con su grupo, así como los conceptos de la vida y la muerte. Sintió entonces la necesidad, ya no únicamente de alimentarse, sino de comunicarse con la mente primaria, con su hábitat núcleo, con sus antepasados. Lo intuyó y expresó mediante la representación pictórica, la primera muestra de una comunicación con un lenguaje codificado, inteligente y perdurable; mostrando la conexión entre sus mentes: la primaria, la secundaria y una conciencia individual en un presente continuo, circular. Plasmaron sus manos como la referencia personal, también manifestaron su entorno, la base de su supervivencia y los seres poderosos de sus antepasados.

      Mostrando sus visiones sobre la acción natural, con su magnífica y simple fuerza; después, la remembranza del nacimiento,  el  entendimiento  de  su  procedencia:   La cueva,

      El sillón azul de la sala tenía una función, el mueble que construí con mi padre, lo mismo que la fotografía de la espalda desnuda en blanco y negro que colgaba de una pared, los cuadros pintados por Fausto y algunos utensilios de cocina. Eran como formas con un fondo; de tal manera, al convivir todos los objetos en un sitio, desencadenaban nuevas ideas que plasmaba en una misma con nuevos objetos o muebles.

      Me argumentaba que cada uno tenía un lugar predeterminado desde su creación y bastaba encontrarlo para que el ambiente se armonizara. La casa contaba con ese aire delicioso que prevalece entre los elementos simples pero desmadrados. Pasteur 64 pasó de ser sólo mi lugar a representar el espacio de muchos amigos, quienes dejaban en él objetos personales y buenos momentos. Era como un club que se impregnaba de historias entrelazadas.

      Ahora que estaba de vuelta recorrí la casa y observé con detenimiento las habitaciones con sus   tapancos; que estaban comunicados por un largo pasillo.

      En la terraza de arriba solíamos comer o tomar el sol. Fausto llegó de la tienda con dos bolsas de despensa y nos dispusimos a cocinar. Mientras tanto, abrimos una de las botellas de vino para animar la conversación.

      —Ya terminé. Fausto, si quieres, puedes entrar a la ducha —dijo Marion, secándose el cabello con una toalla desteñida.

el vientre, su origen, donde mora la Dualidad, el espejo entre la realidad y el sueño, la unión dual, la fuerza creadora eterna.

      Por razones de protección, estos individuos buscaban en las cuevas refugio y entendimiento del mundo que los rodeaba. Al igual que muchos otros pertenecientes a los diferentes grupos que se desplazaban, consideraron la representación como una manifestación que evocaba y acercaba a los antepasados a su circunstancia actual. De tal manera, se desarrolló en ellos algo más fuerte que el dolor, más fuerte que la necesidad biológica: La esperanza de regresar al nacimiento y completar el ciclo de vida. 

      Así vencieron el miedo y reunieron la fuerza de voluntad para avanzar en su camino, hasta que en ocasiones algunos de esos personajes errantes que deambulaban como seres solitarios pudieron retornar a su grupo o se integraron a otro. Al principio luchaban para que los aceptaran, pero siempre les comunicaban lo que habían aprendido y sentido: la idea de retornar a la mente primaria, a la mente que guarda conexión con todas las mentes, a la mente inicial e instintiva que los unificaba y generaba la evolución en su pensamiento colectivo. La cueva  inicial,  el lugar  de  donde  toda  la  especie  procede,

      Al llegar a la cocina exclamó:

      —¡Qué bien huele! ¿Qué están cocinando?

      —Un poco de arroz blanco con camarones y unas costillas de res. ¡Abrimos una botella de vino! —respondió Fausto, muy animado.

      Marion sacó la mesa y la adornó con flores que compró en el camino. La tarde era especialmente bella. La ciudad se caracteriza por sus atardeceres espectaculares, con el cielo casi siempre azul intenso y las cálidas tonalidades del Sol al ponerse.

      Nos sentamos a comer en la terraza. Marion y Fausto hablaban con gran entusiasmo. Se entendieron demasiado bien en el viaje y, aunque ella me volvía loco, ya no pretendía hacer nada que pusiera en evidencia mis sentimientos. Ella escogió y a mi juicio lo hizo bien; no le guardaba rencor ni me embargaba el remordimiento. De hecho, me sentía  a gusto con ello porque mantenía un estrecho cariño hacia ambos.

      —Marion y yo hablamos mucho durante el regreso y queremos decirte que vamos a vivir unos meses juntos en la Ciudad de México —me dijo Fausto José.

      —Decidí quedarme un rato, después veré si puedo conseguir   algún    empleo   temporal    o me   regreso  a Francia, aún tengo que  pensarlo bien —añadió Marion.

      —Te lo digo por si tienes algún mal rollo con esto, porque después nos gustaría regresar y poder pasar unos días en Querétaro, contigo.

en donde por principio no existe el sufrimiento, ni muerte, el lugar donde mora los dioses que generan la inexplicable forma de vida.

      A algunos los tomaron en serio y a otros no, pero introdujeron en los grupos una nueva capacidad, la conciencia, que, al igual que su físico, ya era individual y con particularidades específicas acordes con su circunstancia.

      Las nuevas creencias se convirtieron en una fuerza, una razón para la unificación de los individuos en sociedades fructíferas generadoras de esperanza y protectoras de sus temores más terribles hacia la naturaleza de lo desconocido. Con su evolución, éstas concibieron el deseo más intenso de encontrar el lugar de sus antepasados, el lugar de la Dualidad.

      Las manifestaciones artísticas fueron las formas de representación por excelencia de su necesidad, también portadoras de sabiduría y permanencia. Pero los mensajeros se convirtieron en sanadores del dolor mediante la sustitución de esquemas mentales. Con el uso del nuevo conocimiento se dieron cuenta de que esta esperanza traía consigo la voluntad de emprender y curar, la cual generaba trabajo y motivación, pero,  más  que  nada,  el  poder  sobre  los  hombres,  quienes,

      —Pues, sí, sí tranquilos. Claro, la verdad es que ahora no me siento muy bien, me ayudaría mucho que vinieran a visitarme después. Ya saben que si quieren quedarse aquí pueden hacerlo sin broncas.

      Fausto sabía que la casa era tan mía como suya. Incluso ya la habíamos compartido un tiempo y me resultaba muy cómodo.

      —¡Gracias! Sabía que lo tomarías con mucha calma—contestó Marion.

      —Saldremos hoy por la noche porque mañana tengo que llegar a mi chamba temprano, así que después de la cena nos despachamos de aquí. —Concluyó Fausto José, tomándola de la mano por debajo de la mesa.

unidos aún por la mente primaria, o inconsciente, andarían y harían cualquier cosa por retornar a la cueva. Por la misma lógica de asociación, el ser entendía y observaba, de manera inconsciente, a la cueva como el espacio en donde la Dualidad tiene su principio fundamental: crear.

      Trasladaron el concepto a su ser individual, la conciencia, como el instinto penetrar en ella y generar vida para la preservación. Así los conceptos se unen en las diferentes mentes, en busca siempre de volver a nacer.    

      Pero los exploradores extraviados descubrieron una sentencia que, por diferentes razones, no comunicaron al grupo a su regreso y que guardaron para sí o para los pocos que representaban el poder naciente. Se trataba de la facultad intrínseca de todos los seres de encontrar y acceder a esta cueva, a la mente primaria, al sueño en común, al lugar de donde se desprenden los conocimientos, donde todos los  seres  están estrechamente relacionados con los de su propia especie y de otras. El manejo de esta sentencia y el poder privilegiado de comunicación otorgaba el control sobre las sociedades que le temían a lo desconocido y a la enfermedad.

Capítulo V. Hemisferio Izquierdo

Han pasado muchos meses, el tiempo ha transcurrido de manera peculiar. Me he mantenido como un anacoreta. Siento que parte de mí recuerda todo el tiempo, lo que me deja con pensamientos confusos y en ocasiones no controlados. ¿Qué es la realidad? ¿Qué sucedió en el Erial?

      Estos meses me he dedicado por completo a esforzarme por entender la mente, hundido en un largo sueño del cual me resultaba muy difícil despertar cada mañana. Con el pasar de los días me perfilaba a enderezar —o no— el rumbo de mi vida.

      Opté por aferrarme a una rutina para encontrar la seguridad que tanto necesitaba, a través de los hábitos cotidianos: levantarme; tomar un café en el Fondo como de costumbre, a la misma hora y de  preferencia en la misma mesa; caminar por las mismas calles: de Pasteur a  la  plaza  de  San  Antonio  y  después  hacia

      Este mito desencadenaba egoísmo y el deseo, ya no exclusivamente de alimento o un techo que anteriormente lo ocupaban los más fuertes o mejor dotados, sino el egoísmo del poder que el mito tenía sobre éstos.  El deseo de poseer todo cuanto existía y controlarlo en forma organizada; las necesidades básicas pasaban a un segundo término; la nueva conciencia se alimentaba de ambiciones y nuevos conocimientos.

      Por ello resultaba cada vez más difícil tener acceso a la mente primaria e introducirse en ella.

   Debido a ello y con la intención de no olvidar el camino mental y su relevancia, decidieron plasmarlo en miles de historias y metáforas. Entonces, lo importante ya no era saber cual era el lugar de esta antigua dualidad, sino conocer el camino para poder llegar a ella. Los sabios estaban enterados de que para introducirse se requería que el individuo entrara en sí mismo, se enfrentara a sus miedos más profundos —el espejo— y, si alcanzaba el éxito, se conectaría de modo consciente con la mente o instinto primario, la conexión con todas las mentes.  

Pino  Suárez, cruzando bajo los árboles del jardín Zenea y la plaza Constitución, con su fuente circular a la que los niños a diario intentan subir para jugar con el agua, en tanto que un anciano policía gasta sus últimas fuerzas en detenerlos.

      Esta cotidianidad me ha producido estabilidad. Todos los días voy en pos de un mundo real, intento separar mi mente del rebobinar de pensamiento que me recuerde aquellos días en el Erial. Pero, de alguna manera, el pensamiento   se   las  ingenia  para  cruzarse de nuevo  por las imágenes extrañas, aunque gracias a la constancia, cada semana me desenvuelvo mejor en la rutina social.

      “Lo único que existe es lo que percibo” —me digo tratando de creerlo rotundamente.

      Así, con el tratamiento simplista —ver televisión, leer revistas de novedades, evitar lecturas de contenidos metafóricos y comer muchos chocolates—, me libero poco a poco de los pensamientos profundos, me rindo a mi casualidad. Le tomo cierto aprecio y noto un progreso en cuanto al desarrollo de la comodidad, ya que por estudiar y trabajar unas horas en el área de publicidad, percibo un sueldo que me ayuda a evitar el esfuerzo de pensar.  Esta es mi verdadera medicina mental, la que me oculta cada  vez  más  de  prisa  de  mi  interior  y  me   permite relación con las personas.

      Al ser de una suprema relevancia por el control que confería ante las masas cada vez más organizadas, no podían permitir el acceso a todos los individuos, ni tampoco esconderlo pues, de ser así, no habría en que basar el poder. En consecuencia, lo convirtieron en lo inalcanzable, pero existente, colocándolo  en una ruta de aspecto físico o místico y ocultar el camino mental que incluye los dos anteriores. Plantearon que el camino a la caverna de los antepasados, el lugar de la Dualidad debe encontrarse mediante actos o hechos físicos a favor de la sociedad y, en especial, a favor de la organización que poseía dicho poder, y nunca por medio de un intento mental.

      Así, la sociedad nueva evolucionó y surgió el poder, el control sobre el conglomerado de individuos, basado en el sufrimiento, el dolor y el miedo. En contraparte, el poder representa también su ruta de salvación, la ruta más accesible para encontrar el camino de vuelta al lugar sagrado, ése de donde todos procedemos y de alguna manera todos los individuos estamos interrelacionados por la forma más simple y que prevalece en nuestro pensamiento más profundo.

     Con el correr de los siglos y las guerras entre los poderes se olvidaron de la  manera  de  volver; y  quedaron  sólo los rastros

      Marion y Fausto vinieron a pasar un fin de semana a Querétaro. Deseaban  escapar del ruido y el tráfico citadinos. ¡Qué casualidad!, ayer, antes de que me avisaran, escuché en sitios distintos mientras caminaba hacia el café, la canción Santa Lucía. Definitivamente estoy loco.  Al hablarme de su plan, la voz de Marion denotaba tanto entusiasmo como el que yo sentía al escucharla. Era como disfrutar una pastilla mentolada después de un café muy cargado. Una sensación diferente, que sin duda me proyectaba a meses atrás. Estaba feliz de verlos, pero no quería que los sentimientos volvieran a mezclarse. Y es que, por desgracia, el hecho de que ella hubiera estado entre los dos sí afectó nuestra amistad. Bueno, yo  al   menos,  me sentía tan confuso con respecto a la fidelidad y el amor, que prefería no darle demasiada importancia al asunto; me ocasionaba la misma contrariedad que el recuerdo del Erial. Al parecer necesitaba ayuda, pero prefería aferrarme, como todos, a los temas superficiales para que mi mente no se alejara mucho de la realidad. En ella puedes comprar la libertad en cualquiera de sus diferentes presentaciones, bien sea en un centro comercial o en una mega producción cinematográfica y, además, con cupones de descuento.

      Escuché el característico chiflido de Fausto José antes de que entrara en la casa. Parecía el de un arriero a medio cerro, y lo distinguía a cientos de metros de donde me encontraba casi siempre.

torcidos que indicaban la ruta. Por consiguiente, cada nueva sociedad o grupo emprendió su intento de encontrar y señalar su propia senda.

      El ser humano desarrolló una voluntad propia, movida en gran medida por la idea prenatal, la idea registrada en nuestro ser, y es que todos tenemos una mente individual y una conexión con la mente primaria.

      ¿Qué soy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Y, más aún, ¿existe un algo que crea y controla el universo?

      Esta es nuestra búsqueda, la razón de unirnos de nueva cuenta en la selva, sólo entendiendo nuestra dualidad, nuestro espejo; podemos tener acceso a la cavidad.

      Es en este momento y mientras me sigues en tu pensamiento, iniciamos  el retorno a la cueva.

      No se trata del lugar físico, como lo supusieron, sino de un lugar mental. Y es dentro de él donde se hallan las respuestas a la existencia no sólo del ser humano sino del universo. Pero este lugar mental está conectado con las circunstancias y el entorno, hay que ascender físicamente para poder hacerlo también mentalmente.

      Caminé por el pasillo que recorre toda la casa. Al abrir la puerta me di cuenta de que los acompañaba Emilio, a quien no veía desde que se fueron Marion y Fausto José.

      —¡Quihúbole, ¿qué hay?! Que gusto en verte, ¿por qué te desapareces tanto tiempo cabrón? —me preguntó Fausto José.

      Saludé a Emilio y los invité a pasar.

      —¿Cómo estás? ¡Te he extrañado mucho! —gritó Marion.

       Con una sonrisa enorme, se abalanzó sobre mi cuello, al punto casi de fracturarlo, y dejó caer todo su peso sobre mí, con una sonrisa enorme impregnando su lápiz labial con furioso efecto sobre mi mejilla.  ¡Fue delicioso! Después de pasar varios meses enfrascado en lo mío y sin socializar mucho, menos aun con el sexo opuesto, siempre se agradece que lo abracen a uno de esa sobrada manera.

      Con otro fuerte abrazo Fausto José demostró que nuestra amistad era más fuerte que nunca y que ambos hubimos de alejarnos un poco para poder esclarecer los pensamientos de manera natural. Es lo que la sociedad llama “madurar”. Aunque, en verdad, nunca he sentido mucho aprecio por el dichoso distintivo; que en este caso puede aplicarse, dadas las premuras. Sobre todo cuando sabíamos bien lo que ambos sentíamos por Marion.

      Esa es nuestra razón de ser, la metáfora que prevalece en cada persona, encontrar de nuevo la ruta para descender al inframundo. Completando un ciclo más en esta eterna espiral.

      En varias épocas y sociedades, hubo personas que la encontraron y divulgaron sus creencias. Pero casi todos terminaron desterrados, humillados o asesinados por ello.

      Pero, ¿qué importa si es necesario decirlo de nuevo, una o mil veces de manera distinta? Sólo cuando cada ser encuentre el camino en la mente primaria, empezará de nuevo para que el dolor y la pena desaparezcan, para que las sociedades vuelvan a unirse. Porque la evolución es saber que lo que afecta a una parte afecta al todo. Y que cada ser vivo genera con su movimiento, parte del movimiento universal.

     Surgieron temas sobre asuntos particulares de la vida de cada uno hasta esos días, en especial lo referente a nuestras experiencias en el trabajo. Los cuatro nos incorporamos poco a poco a las labores preestablecidas por el sistema neoliberal con el que no estábamos de acuerdo, pero al cual, por formar parte de una faena de convencimiento social, con  cada   uno   de   los   días   parecíamos   integrarnos mejor. La cena transcurrió sin mayores problemas. Desviamos siempre de manera oportuna la conversación para que ninguno de los cuatro tocase asuntos que tuvieran que ver con nuestra confusa y arrebatada interrelación.

      Marion salió sigilosa de la casa, ni siquiera nos percatamos en qué momento tomó las llaves y se marchó con el auto de José para comprar un postre que, según ella, era lo mejor que había probado: unas gelatinas de diferentes sabores elaboradas con una receta casera que la volvían loca.

      Los tres conversábamos entusiasmados sobre la contracultura y la cultura alternativa, que, a fin de cuentas, consistían en una incontable maraña de acciones que volvían a lo mismo. Éstas nos hacían creer en nuestros antiguos ideales utópicos que tanto extrañábamos, pero de los cuales desistíamos mientras  nos internábamos en los suculentos y acojinados aposentos de la comodidad y la tecnología que envasan tan bien el intelecto.

Capítulo 18

      ¿Cómo fue que nuestra especie comenzó a soñar?

La relación entre la naturaleza y los seres que la habitan se basa en una ley básica: el equilibrio, que se presenta en diferentes esferas o dimensiones de realidad. Dentro de cada una de ellas hay varios tipos de especies, ciertos reinos clasificados por su composición como: el animal, el vegetal, el mineral…

      Cada uno posee un rango de desenvolvimiento y entendimiento dentro de su esfera. Una función predeterminada. Eso significa que cada una de las formas individuales que pertenecen a los reinos cuenta con entendimiento o inteligencia. Las funciones mencionadas son los valores con los cuales la naturaleza mantiene un equilibrio entre los reinos y las esferas coexistentes.

      Subimos a la terraza para gozar de la noche. Sentados en el suelo acariciamos por momentos los recuerdos de nuestra infancia juntos.

      —¿Quién me tiró el guijarro? —les pregunté.

      Una pequeñísima piedrecilla cayó rodando después de impactarse sobre mi espalda con suavidad. Lo curioso es que fue arrojada desde el punto opuesto a donde se hallaban mis amigos.

      —¿Qué guijarro, de qué hablas? —contestó José.

      —¿Qué diablos es un guijarro? —preguntó Emilio, fascinado por la palabra.

      En ocasiones hacíamos juegos de letras y, por lo visto, ésta le daba pie a uno de ellos.

      —Es como una piedra lisa y medio redonda —dijo José.

      Sentí la segunda piedra que arrojaban sobre mi espalda, como si alguien buscara llamar mi atención. Me puse de pie y miré en todas direcciones.

      —Pero, ¿por qué le llama Ometeo guijarro? ¡Qué raro! Me gusta, es una buena palabra —le comentó Emilio a José.

      Recorrí la terraza en busca de Marion. Pensaba que estaría escondida en algún lugar desde donde me los lanzaba.

      —¿Regresó Marion? Me imagino que es ella la que juega conmigo. Ha de estar divirtiéndose lanzándome guijarros.

      Cada forma individual tiene una función para su especie; cada especie, una función dentro de su reino, y cada reino, una relación con los otros reinos que alberga la naturaleza en la tierra. De tal forma, cada uno de los individuos, especies y reinos tiene influencia, relación y dependencia específicas con todos los demás, y cada reino opera en una esfera o dimensión diferente. Por ello el reino animal no puede tener un entendimiento con el reino vegetal, pero sí una dependencia estrecha para sobrevivir. Es la forma de mantener el equilibrio entre los individuos y el de éstos con su entorno.

      Cuando el ser humano adquirió conciencia de sí mismo, se diferenció de las demás especies del reino animal. Si bien algunos miembros de este reino desarrollaron ciertos grados de inteligencia para adaptarse a su entorno, no lo hicieron al grado del humano.

      Debido a ello, la naturaleza hubo de mantener el orden en esta nueva fase de la evolución, dentro de las diferentes esferas de realidad. Y es que al tener conciencia de la realidad, podría llegar a dominar a las demás especies y reinos, deformando de manera definitiva el entorno a su albedrío.

      —Nadie lo está haciendo, es idea tuya —dijo José.

      —¿En serio no los han oído caer? Rodaron hacia donde están ustedes.

      —Creo que estás afectado por pasar tanto tiempo solo, deberías conseguirte una novia, que al menos te tire unas bragas —sugirió Emilio, entre risas.

      Entonces sentí otra piedrecilla que ahora se estrellaba contra mi brazo.

      —¿La escucharon? ¡Otro guijarro!

      Mis amigos rieron ante mi desesperada situación: intentaba localizar el punto de donde procedían los guijarros y, a la vez, alguna prueba de ellos en el suelo de la terraza para que me creyeran.

      Justo entonces sentí otro que caía sobre mi espalda y rodaba. Al tomarlo me di cuenta de que era una pequeñísima piedra de color verde, redonda y ovalada de al menos medio centímetro.

      —¡Vean! Esto es lo que me lanzan.

      José y Emilio miraron la piedrecilla y se encogieron de hombros,   sin   decir   nada.   No sé   si  pensaban  que en verdad era una broma o es que no me daba cuenta de lo que acababa de hacer.

      Bajé a la cocina, lavé y analicé con cuidado el guijarro y, en un acto reflejo, sin pensarlo, lo engullí.

      Sentí un sabor ligeramente amargo, pero, sobre todo, sorpresa,  ya  que no  reflexioné y me dejé  llevar 

      Como resultado de la conciencia del ser humano de la realidad material, la naturaleza equilibró la ecuación, al negarle la conciencia en el “sueño”, la realidad común para todas las especies. El espacio en el que todos los individuos, especies y reinos se encuentran en estado de reposo y no operan en la forma superficial, o real, sino con un cuerpo imaginario constituido por el vacío. En efecto, el vacío ocupa casi la totalidad nuestro universo y el cerebro humano no cuenta con la capacidad para entenderlo.

      Tan solo le da la clasificación de no existencia, pero no nos percatamos de que la “realidad física” es una membrana que lo contiene. Podemos ver un vaso vacío, pero no el vacío que lo llena. En esta realidad común los diferentes reinos conviven sin la esclavitud física de las leyes. De ahí que, de manera simultánea, tengamos interacción en estas dos realidades: “la realidad y el sueño”.

      La dependencia de un individuo de otro perteneciente a una especie diferente para sobrevivir en la realidad física, otorga a este último un dominio en la realidad común o en el sueño, por las sustancias químicas que reaccionan en el cuerpo físico del consumidor.

por el deseo de poseer algo que me molestaba, para que dejase de hacerlo.

      Subí hasta donde Emilio y José, entretenidos con mi actitud, tomaban las últimas gotas del vino tinto. Hablaron sobre la carrera de Emilio que, por lo visto, ascendía con rapidez en su trabajo en una compañía transnacional.

      Estaba muy entusiasmado por sus logros y demostraba una ferviente devoción a la empresa en la que cada día sentía como si fuera casi una religión para él; por tanto, todos los días se consagraba para su bienestar.      

      Yo no emití comentario alguno, no sólo porque ya conocían mi opinión sobre la transnacional que producía cereales genéticamente modificados, sino porque necesitaba guardar silencio.

      Empezaba a sentir un ligero malestar y algo incomodo noté como el sonido rebotaba por todo el lugar y también podía escuchar claramente mi pulso.

      Era algo parecido a caer por un abismo, en el que la realidad se volcaba una y otra vez sobre sí misma, como en una película rápida. Cada imagen se sobreponía a la siguiente.

  Con dificultad bajé de nuevo al pasillo, me dirigí a la puerta, me costaba un gran esfuerzo mantenerme en pie por el vértigo producido por la sensación de ver  pasar la realidad como  una  continua  interpolación de imágenes

Tales sustancias generan en su cerebro o en los procesos electroquímicos que denotan cierta inteligencia, la necesidad de reposo o un estado de sueño, dentro del cual el individuo ingerido es el que recrea el esquema de realidad común. Este proceso continúa y se transmite la información. Debido a ello, las semillas o sustancias de la especie consumida sobreviven al proceso digestivo de la especie que las consume, lo cual da paso a la evolución en ambas realidades, la física y la mental.

      Por consiguiente, cuando el ser humano cambió de entorno consumió alimentos, animales, vegetales y minerales de otro tipo, éstos, junto con su evolución mental, desencadenaron una reacción en su sueño. Es decir:

      Lo que comemos tiene implicación directa en lo que soñamos y el sueño es dominado por lo que ingerimos.

      El efecto de espejo o equilibrio es el siguiente: cuando el hombre desarrolló su conciencia individual de ser humano, así como   cierto   grado  de control   sobre  su   entorno  más  allá del que necesitaba para comer, la naturaleza, mediante reacciones químicas, generó la contrapartida: el ser humano no tendría control  sobre  su  sueño.  Es  decir,  los que en el sueño

En ese momento Marion tocó; por el cristal vi su silueta, la cual reconocería bajo cualquier circunstancia. Abrí y ella, que sostenía una charola con gelatinas de colores, me miró fijamente.

      —Ometeo, ¿qué pasa? ¡Estás pálido! —exclamó.

      Dejó las gelatinas sobre la mesa para después volver donde yo me encontraba.

      —No sé, me siento mal. ¿Puedo pedirte un favor?

      —Sí, claro, el que quieras.

      —Sácame de aquí, vamos a dar un paseo en el auto.

      —¿A dónde quieres ir?

       —Me gustaría ir con un médico.

      —¿Cómo que con un médico? ¿Tan mal te sientes?

      —Sí, me está sucediendo de nuevo.

      La expresión de Marion se alteró radicalmente. En su rostro se mezclaban la preocupación y el asombro por lo que le dije. Pareció acordarse de golpe de todo lo compartido meses atrás, aunque también deseara olvidarlo.

      Me tomó de la mano y salimos en el auto.

      —Creo que no es nada y sólo estás sugestionado. ¿Por qué no damos una vuelta primero? Seguro que se te pasa. ¿No crees?

      —Está bien, pero no quiero estar en la casa, necesito un poco de aire.

tienen grados de conciencia con autonomía, libre movimiento y elección, son los demás reinos y especies. Con ello la ecuación se equilibra.

      Las antiguas culturas lo comprendieron bien y lo manifestaron a través de su arte, danzas y ritos, orientados a salvaguardar dicho equilibrio entre las esferas. Veneraban a ciertos animales —venados, jaguares, águilas, serpientes, grillos— más que a otros por su poder dentro de los sueños. Sentían un deseo y una atracción descomunales hacia ciertos minerales —como el diamante, el oro y el jade— que en forma instintiva, necesitamos tener con nosotros y a los cuales atribuimos miles de significados, todos relacionados con manifestaciones de un sueño.

      Pero el conocimiento se perdió una vez más porque ya no había quien pudiera bajar hasta la mente primaria y extraer la información. Quedamos a la deriva y nos alejamos del entendimiento mental de nuestra especie. Sólo rescatamos síntomas, símbolos y significados derivados de éste.

      Si realizamos alguna acción con las demás especies, ellas pueden reaccionar en nosotros a través de los procesos químicos suscitados al consumirlas.

      —¿Por qué no me acompañas a casa de Emilio a recoger un juego de mesa, me encargó que trajera lo cuando fui por las gelatinas? Y lo olvidé por completo.

      —Sí, perfecto, seguro que es algo pasajero o una mera enajenación.

    Nos dirigimos a casa de Emilio, atravesando la avenida Universidad que serpentea al borde del río de Querétaro.

      —Necesito que me hables de cualquier tema, por favor. Siento que entro en un vacío profundo y pierdo el contacto con la realidad. No quiero dormirme. ¡Por favor!  Cuéntame algo, lo que sea, debo distraerme con cualquier cosa.

      Marion me contó sobre su vida en la Ciudad de México con José y que su viaje de regreso a Francia se aplazó más de lo que imaginó porque le fascinaba estar en este país, en el cual las historias surreales se develan a la vuelta de cada esquina. Por cierto, no era necesario que me lo aclarara, sabía que ése era su punto débil.

      Guardaba calma, pese a que mi corazón parecía a punto de estallar. Mi percepción de la realidad no mejoraba y luchaba por no desmayarme.

      Metí las manos en los bolsillos del pantalón buscando las llaves de mi casa. No sabía si las había dejado en mi habitación, y en caso de que José y Emilio decidían salir  a  buscarnos  no  podría  entrar  de  nuevo.

      En este mundo de los sueños se desarrolla el espejo, el espejo a cuyo encuentro no siempre hemos logrado sobrevivir.

¿Quién crees que domina tu sueño?

Pero lo que descubrí fueron unas formas que reconocí, aunque no eran precisamente las llaves. Saqué las manos con cuidado y me asustó lo que observé.

      —¿Qué es eso? —preguntó Marion.

      —¡Guijarros! —respondí—, ¿por qué los tengo en los bolsillos?

Capítulo 19. Hemisferio derecho

El  ahora, el momento, la división, cada uno con su voz.

      Yo, Brazo , la serpiente que extiende tu pensamiento.

      Se desprende de un costado y representa a la parte física.

      Las especies con movimiento propio en la realidad física, motivadas por su deseo de satisfacer necesidades de refugio, alimentación, sexuales o de otro tipo, desarrollaron un órgano que regulaba tales funciones motrices: el cerebro. En consecuencia, vía un complejo sistema de impulsos eléctricos y químicos, pueden desplazarse en esa realidad. Este órgano regulador e interpretador comenzó su desarrollo con base en la necesidad de supervivencia del organismo en su conjunto y se adecuó a las diversas circunstancias a las que se le somete. Está ligado de manera estrecha con la función que el animal debía desempeñar en su entorno, y más aún, con la capacidad.

Capítulo VI. Hemisferio Izquierdo

De pronto desfilaron por mi mente miles de imágenes. Notaba la realidad como pequeñas fracciones de tiempo encimadas, pero con impresionante precisión. Me encontré recorriendo un lapso de tiempo hacia atrás, cada instante.

      Regresaba mentalmente hasta la casa paso por paso, calle por calle: la avenida Universidad, hablando en el auto con Marion, saliendo de la casa, caminando por el pasillo de azulejos rojos, bajando de la terraza, escuchando cantar a Emilio y a José, ingiriendo el guijarro, recogiéndolo del suelo,  lanzando la piedrecilla con el brazo izquierdo, viéndola caer, sintiendo cómo golpeaba mi espalda, metiendo la mano en el bolsillo, sacando otra.

      —Estas piedritas ¿De dónde las sacaste? ¿No son las mismas que tenías en el Erial mientras hacías sonar tus caracoles?

      La miré con un asombro aún más grande.

      El cerebro inició su evolución en las especies con una relación entre el movimiento de su cuerpo y las necesidades de supervivencia de éste.

      La capacidad de moverse de tal o cual forma y el esfuerzo que necesitaban desplegar para ello influían en su alimentación y en su grado de inteligencia.

      Los animales que se adaptaban bien a un entorno con su cuerpo no requerían desarrollar su cerebro a niveles mayores, en tanto que aquellos menos capaces o más vulnerables al entorno necesitaban desarrollar de manera más  específica su cerebro o inteligencia para poder sobrevivir. Mantuvieron siempre un equilibrio natural entre ambos casos y evolucionaron en conjunto.

      El grado de evolución cerebral se relaciona con la fisonomía del animal. Entonces, los instintos y la evolución cerebral están vinculados a las condiciones del cuerpo y esta capacidad de adaptación, a su vez, se relaciona íntimamente con la evolución de las extremidades de cada especie.

      —¿Me estás diciendo que en el Erial traía estas cuentas de jade? —repliqué.

      —Sí, ¿no recuerdas? Cuando salimos a buscar las piedras para el ritual volviste con algunas como ésta. No les presté atención, pero ahora que las veo las reconozco; las pusiste en el centro, donde estaban las velas. Antes de dormirte las guardaste en la bolsa dentro de la mochila.

      Después sacaste una de tu bolsillo y la mirabas igual que a los caracoles que llevabas en tu collar. La sostuviste bastante tiempo en la mano. Estábamos en Xilitla, recuerdo que te pregunté qué hacías y no me respondiste, como si, envuelto en la introspección, no me escucharas.

      —¿Es por ellas verdad? ¿Es por eso que ahora de nuevo te sientes así?

      En ese momento, ante sus preguntas, lo vi con claridad. Lo recordé todo, parte por parte.

      —Al parecer es por esto, pero no recordaba haberla tomado, ni siquiera haberlas visto, hasta ahora que, como en una gran ola, me llegan las imágenes de lo sucedido.

      —¿Y qué son? ¿Por qué la tomaste?

      —Son cuentas de jade. Pero te juro que no fui consciente de haberlas recogido.

      —¿Y las habías vuelto a tomar después de regresar de Xilitla?

      El desarrollo mental tiene que ver con el desarrollo de las extremidades.     

      Ello se debe a que, con base en ambas —el desarrollo mental y el físico—, el individuo se adapta justo a su ambiente y guarda el equilibrio.

      Las extremidades más fuertes o dominantes propician la amplitud de la inteligencia en la adaptación. Por ejemplo: la capacidad mental de un delfín está atada a su cola y la de un elefante, a su trompa. Este desarrollo evolutivo continuó hasta que el cerebro comenzó a desarrollarse en forma más específica, en relación con la extremidad que adquiere un sentido más creciente. Es decir, se fortaleció a través de la extremidad que posee la capacidad de “adquirir” conocimiento, sensación, intuición o progreso en su beneficio.

      La mayoría de las especies evoluciona en este sentido vía ligeros cambios en su entorno que suceden dentro de lapsos de tiempo muy largos. Pero el ser humano, la nueva especie en expansión, al tener que adaptarse a ámbitos y alimentos distintos, así como a constantes cambios, adquirió —mediante el desarrollo de sus extremidades— mayor capacidad de conocimiento, la misma que comenzó a desarrollar. 

      Marion estacionó el auto frente a la casa de Emilio.

      —No, no recuerdo haberme sentido así desde que llegué a Querétaro.

      —¿Qué ocurre, Ometeo? Dices que no recuerdas siquiera haberlas tomado en el Erial, ni en Xilitla, ni ahora. Y que lo que te pasó fue por el jade. Pero, entonces, ¿cómo sabes que tenías que ingerirlas?

      —Cuando buscaba las piedras en el Erial se acercó a mí el joven que te incomodó porque te miraba sin cesar mientras comíamos. Él caminó en silencio, yo lo observé inmóvil, parecía una liebre. Se detuvo y me extendió su brazo, ofreciéndomelas. Yo lo miré fijamente y las agarré. Cuando lo hice, me dijo algo en silencio; movía los labios sin emitir sonidos. Me describió una antigua ceremonia que se realizaba durante tres días en aquel lugar antes de bajar a la cueva de los muertos, me dijo que el sitio al que llegamos no existía, que estábamos dentro de un sueño, y en realidad el primer autobús que tomamos nos llevó hasta Xilitla; por eso los conductores parecían diferentes al momento de llegar y de partir al Erial. Sentía como si me lo narrara en mi pensamiento. Después dio media vuelta y se marchó hasta que lo perdí de vista.

      —¿Por qué no me lo dijiste? ¿Y quién es ese joven? ¿Cómo que un sueño?

      —Porque sabía que no era consciente de ello, no recordé haberlo visto sino hasta ahora.

      Esto significa que comenzó a pensar. Entonces, la habilidad dotó a sus extremidades, sobre todo a dos de ellas, de un sentido más profundo, que de inicio llamaremos “tacto”, aunque es mucho más que lo que el consciente le atribuye. Es toda aquella capacidad de percibir su entorno desde el instinto principal y comunicarse desde este mismo.

      En consecuencia, estas extremidades poseen la habilidad externa de tomar la realidad, pues el sentido mencionado puede atrapar, extenderse, sujetar un objeto, sanar, tocar, abrazar, comunicar, saludar, entrelazar, animar, destapar, auxiliar, matar.

      Se trata de extremidades dotadas de sentidos particulares que ejercen un efecto sobre el desarrollo exponencial de la capacidad que el cerebro del ser humano adquiere a diferencia del de los demás animales.

      Marca una relación directa entre el instinto primario del cual todos  los de esta especie forman parte y la nueva conciencia humana. Es el sentido que se extendió y que provee al cuerpo y a la mente de lo que necesitan para sobrevivir. En tanto que los demás sentidos se encuentran alojados muy cerca del cerebro y cumplen otras funciones relacionadas con el razonamiento y la comprensión, la mano y el  brazo,  como  su  portador,  generan

      El Erial es un estado mental en el cerebro al cual tu mente cotidiana no tiene acceso, salvo después de un fuerte accidente o en un estado de choque emocional. Es un estado de conciencia colectiva, en el cual te comunicas con tu propio yo. El yo común, el que, a su vez, está conectado con otros, de los cuales cada individuo forma parte. ¡Justo lo que me sucedió! ¡No jodas! No me había dado cuenta…

Marion respiraba rápidamente.

      —No puede ser que en esta época aún suceda o que creas en ello —comentó.

      —Es lógico. Desde que somos humanos hemos estado conectados en un sólo sistema, pero, a medida que avanza la civilización y crecemos, perdemos el contacto con nosotros mismos. 

      Por eso cada individuo, de manera particular, tiene alguna experiencia de este tipo. Como dicen que uno muere para vivir. Por eso sentía que moría aquel día, ¿te acuerdas? Pero, aun así, lo más importante no es que nos suceda o que se narre miles de veces, sino que todo ser humano lo entienda. Porque para cada uno de nosotros hay un mensaje distinto de acuerdo con nuestras circunstancias, un destino.

      Estaba totalmente consciente, cesó la sucesión de momentos y me recuperaba, como si por medio de la comprensión el organismo reaccionara hacia el equilibrio.

la base del pensamiento. Brazo es el que abre la puerta.

      Los brazos son los que expresan libertad, furia, esclavitud.

      Los que desean, toman y sujetan.

      Los que alcanzan los sueños y los manifiestan.

      Los que comunican lo que dice el inconsciente.

      Los que se levantan con júbilo.

      Los que se inclinan para sembrar.

      Los que sanan y llevan el alimento.

      Los que señalan la entrada a la cueva y tienen la llave.

      Los que muerden la vida y proveen la muerte

      —Vamos por el encargo de Emilio a su casa y regresamos.

      —Preferiría esperarte en el auto; aunque me siento mejor, mis piernas están entumidas.

      —Bueno, voy por el juego y regreso.  Marion se dirigió a la entrada de la casa, situada del lado derecho tras cruzar un pequeño aparcamiento. Al acercarse se encendió un farol con sensor de movimiento.

      Con algo de miedo ante lo que ocurría, me di cuenta de que no fui consciente antes del Erial. Me movía por inercia ante mi propia vida, guiado por los sucesos de la cotidianidad. Y cuando regresé de la selva opté por la misma situación, para pertenecer de nuevo a una sociedad compulsiva y alejado de mis sueños. Olvidé imaginar, incluso escribir, perdí la fe en mí.

      De pronto, algo llamó mi atención y disipó mis pensamientos, pese a su absurda sencillez.

      Delante de mí, a un costado de la casa de Emilio, se alzaba un árbol enorme y frondoso. En ese momento no circulaban automóviles ni caminaban personas por la calle y, aunque ésta era un tanto oscura, los pequeños candiles de las casas iluminaban el contorno de la acera.

      Mientras contemplaba la escena apareció un gato que, después de dar una vuelta por el patio de la casa, se sentó al lado del árbol.

      De pronto sopló una ráfaga de aire sobre el árbol, cuyas ramas se  movieron  cadenciosas  de lado a lado.

 

Capítulo 20

 

El brazo, el sentido, sale de las costillas del cuerpo físico para extenderse y sujetar los sueños; por su parte, las piernas son las que lo sostienen y recorren grandes distancias para que pueda alcanzarlos. Los brazos guían y señalan, las piernas sostienen y pisan.

      El equilibrio se halla aquí, en el conjunto sistemático y claro de estos elementos.

El instinto primario,

la conciencia,

los sueños,

los sentidos.

esto accionó la luz de la entrada de la casa y acto seguido el gato levantó la cara y maulló.

      El aire cesó, por lo que las ramas dejaron de moverse y la luz se apagó; entonces el felino volvió a reclinar la cabeza sobre sus patas delanteras. De nuevo llegó el viento, movió el árbol, éste provocó que la luz se encendiera y el gato maullara. Una vez más, el aire se detuvo, la luz se apagó y el gato reclinó la cabeza. El procedimiento se repitió. Fascinado por el ritmo de este evento, observé la parte superior del árbol: era un punto borroso en mi percepción, del tamaño de una hoja, como   una basurilla en el  ojo que distorsionaba la imagen frente a mí, un diminuto espacio desenfocado.

      Percibía el color del fondo, pero no veía con claridad. Parpadeé varias veces esperando que el pequeño sitio se disipara, pero seguía ahí. Me moví de un lado a otro para cerciorarme de que el punto borroso estaba en mi ojo y no en mi percepción. No se movía. Mi curiosidad aumentó e intenté salir del vehículo, pero mis piernas parecían estar paralizadas, a lo que no hice caso.

      Mientras veía la anomalía escuché un zumbido en mi oído izquierdo. Giré la cabeza levemente hacia la derecha y el zumbido desapareció. Al enderezarme se reanudó.

      Volví a girar la cabeza y el murmullo se esfumó de nuevo. Reí nerviosamente, era como si alguien jugara con mis sentidos.

      Así se levantaron los brazos para comenzar la emigración hacia nuevas tierras, los pies emprendieron la marcha y las manos abastecieron de nuevos alimentos y frutos que ocasionarían que el ser humano desarrollara la conciencia y el sueño.

      Para poder regresar a la cueva, como metáfora de la sabiduría inicial en la que todas las mentes están conectadas, es necesario unificar la mente y el cuerpo en un solo reflejo, y ver éste como la personalidad encargada de introducirse y encontrar el entendimiento universal, al cual todos los individuos pertenecemos, como una común-unidad.

¡Debes unirte!

Volví la cabeza hacia la dirección en la que percibía el zumbido y para mi sorpresa, del otro lado de la acera se dibujaba la silueta de lo que parecía un perro con el hocico largo y las orejas puntiagudas, que miraba al gato situado adelante. Lo observé fijamente y él se dio la vuelta hacia mí.

En ese momento escuché la voz de nuevo en mi mente. La reconocí antes de que terminara de pronunciar la primera palabra.

Me preguntó:

      Yo asentí.

      Miré el punto opaco, pero ahora parecía girar con delicadeza sobre su propio eje. Tenía la forma de una oblea delgada, aplastada y borrosa, que desenfocaba mi visión; giraba como un pequeño disco de derecha a izquierda, en posición horizontal.

      El desenfoque que parecía flotar de pronto se desplazó hacia mí y por el efecto de la perspectiva lo notaba más grande mientras se acercaba, hasta que se situó justo delante del parabrisas.

      Era del tamaño de la palma de mi mano, giraba y dislocaba lo que estaba detrás de él. Observé su forma, era la de un octágono. La imagen maravillosa parecía un trozo de cristal translúcido y más delgado que una hoja de papel, girando con lentitud de frente.

Capítulo 21

—¿Estás listo?

—Así comienza.

      Ya que pude ver su forma octagonal perfectamente simétrica, se alejó hasta su posición original, tapando la hoja del árbol.

      A partir de este punto comenzaron a aparecer otros octágonos que giraban. Cada segundo se generaban más, los cuales recalcaban la imagen que recibía, y cubrían por completo el árbol, la casa, el gato, la calle, el auto donde me encontraba y el cielo. La visión que percibía del mundo consistía en millones y millones de pequeños octágonos que giraban cada uno a un ritmo diferente.

      Su tamaño variaba según el objeto y la distancia entre mi percepción y el mismo. De  tal  manera,  mi  ilusión era  la realidad, el  presente  pero  compuesta  de  millones  de pequeños octágonos translúcidos que, al girar, cubrían todo mi mundo.

      —El cerebro humano actúa como un decodificador, con un espacio muy angosto en la percepción del universo que lo rodea a través de los sentidos. Éstos operan sólo como un filtro de información. El lenguaje es la manera como el ser humano dota a cada cosa de un nombre y su función específica, para poder establecer una interrelación con su medio, al comprenderlo, pero, en especial, al establecer parámetros de control sobre el entorno.

      Es entonces, por medio de símbolos y signos, que el cerebro puede concebir su fracción de la realidad.

—Así se establece la relación.

      De nueva cuenta, el mismo octágono inicial se acercó, flotando con tranquilidad para que pudiera verlo bien. Similar a un cristal en extremo delgado, comenzó a presentar deformaciones: se hizo cóncavo y convexo a la vez, se expandió hacia ambos lados sin perder su forma octagonal en la base; las protuberancias que salían de él formaron conos opuestos y a cada giro del octágono se deformaban aún más, hasta que generaron una espiral ascendente  cuyo sitio más amplio se encontraba en la base del octágono y terminaba en punta; se formó una espiral con el cono descendente, con lo que todo se integró en una sola espiral que giraba, como un cristal que distorsionaba la imagen, en la cual la base octagonal era el centro amplio y sus extremos terminaban en punta mostrando toda su belleza y perfección en sus formas orgánicas.

      La espiral regresó a su posición en la parte superior del árbol y en el momento de incorporarse, percibí cómo, al igual que la primera, todos los octágonos que giraban con ritmo se transformaban en espirales. Era hermosísimo presenciar la armonía del evento.

      —El giro de cada uno y la distancia es una relación mental de tu existencia. Con su movimiento genera lo que tú percibes como color y forma. De tal manera, al componerse varios al mismo ritmo, crean la realidad, la materia de tu universo.

—Esta es la forma básica que compone tu realidad, tu percepción,  la serpiente de cristal, la materia en estado puro.

      Mi percepción estaba en pleno cubierta  por millones de cristales pendulantes que parecían estar sincronizados en cada una de las formas, bien fuera una hoja, el tronco del árbol o incluso mis piernas. Todos estaban compuestos de espirales y cada una giraba con un ritmo propio para producir la realidad, la forma y el color, mismas que guardaban una relación con su entorno. Un gran engranaje en movimiento armónico.

      Era lo más perfecto que había visto en la vida.

      Marion salió de la casa de Emilio; millones de estas espirales diminutas componían su anatomía a cada paso. Atónito, la vi subir al vehículo. Me entregó el objeto y arrancó el motor,  y salimos de aquel lugar.

      Todo cuanto admiraba estaba formado por esta relación de espirales y espirales, millones de ellas, las cuales integraban por completo la  realidad y el tiempo.

      Preso de tremendos pulsos cardiacos, sentí que mi corazón iba a estallar y viví lo que es el miedo.

Un escalofrío provocado por el temor recorrió mi cuerpo. En esos instantes dudé. Creí que lo que había hecho de manera inconsciente estaba mal y desencadenaría mi propia muerte. Me invadió el terror.

      “Entonces, ¿Qué es el bien y el mal?” —me pregunté.

Buscaba una explicación, movido más por el instinto de supervivencia que por curiosidad.

—Vas a morir.

—Observa a tu alrededor.

      Al avanzar el auto, nos topamos con un anciano que se acercó a la orilla de la acera para intentar cruzar la calle. Por su postura, se notaba un tanto temeroso.

      Marion frenó con suavidad y le cedió el paso. El anciano avanzó agradeciéndole el gesto y ella le respondió con una sonrisa.

      De pronto, las espirales que componían al anciano y a Marion  comenzaron  a  girar mucho más rápido que el ritmo que había visto en ellos.

      Yo estaba impresionado por el efecto que tuvo el hecho sobre la composición de sus espirales.

Antes de que el anciano terminara de cruzar pasó velozmente un auto que casi lo atropella.  Su conductor, al parecer  ebrio,  le  gritó desde  la  ventanilla y le arrojó una botella que se estrelló en el pavimento.  Lo curioso fue que las espirales que conformaban al auto que viajaba a mayor velocidad que nosotros giraban muy lentamente, más que cualquier otra dentro de mi campo de percepción, y emanaban del cuerpo del chofer embrutecido.

      Mi corazón latía cada vez más rápido y me llevé la mano al pecho.

      —El bien y el mal no existen, lo que existe es el movimiento. Lo que percibes como “bien” actúa como un generador, es el impulso que expande y crea su entorno, la circunstancia, y gira hacia la evolución. En tanto, lo que conoces como “mal” es lo que detiene la voluntad y la fuerza, las encierra, las sumerge en él mismo y propicia que todo cuanto lo rodea se detenga y se cierre.

      ”El movimiento es la voluntad sobre la que se basa el infinito.”

      Marion me miró.

      —Estás sudando. ¿Cómo te sientes?

      —Siento que me estallan por dentro las venas.

      Llevé su mano a mi pecho. Ella se angustió.

      —Por favor, llévame a la Cruz Roja —le pedí.

Ella se apresuró y al parecer se encontraban a unas cuadras del lugar, por lo que no tardamos en llegar.  Pensaba que no lograría salir de ésta. Y, de nuevo, mi duda y mi temor crecieron, porque si no existía la diferencia entre el bien y el mal, entonces, ¿de que se trataba toda ésta secuencia? ¿Porque sentía miedo? Si todo esto tan simple era la realidad, entonces que era el instante, el momento;  ¿Qué es el tiempo? —Grité.

      Al llegar al lugar Marion me ayudó a levantarme. Con un gran esfuerzo de ambos, logré hacerlo y caminar bordeando el muro hasta la puerta. Esto me resultaba muy familiar, quizá lo había vivido ya. Subimos las escaleras y entramos en un pasillo blanco.

      Las paredes tenían líneas azules muy sencillas que continuaban hasta el último cuarto que estaba delante de nosotros. Era igual al castillo que percibí aquella noche en Xilitla. Al fondo se veía una habitación con ventanas que daban al exterior. Lámparas con ligeros toques de luz color dorado iluminaban desde un costado el vacío lugar.

      —El tiempo es movimiento. Y depende de tu ubicación, de la percepción. La espiral más grande puede ser la más pequeña y la más pequeña se vuelve la más grande, de manera infinita; el universo espiral que compone la forma y fondo. Por ello la distancia entre lo más pequeño y lo más grande es un paso.

      Caminamos hasta el fondo del pasillo, donde varios médicos atendían a una  mujer cuyo largo  cabello  caía  por las orillas de la cama sobre la que estaba recostada. Una mascarilla cubría su rostro y varios tubos penetraban su cuerpo. Al parecer la sometían a una intervención quirúrgica. Las espirales que la conformaban giraban muy rápido, demasiado; parecía fundirse en un cristal. Una enfermera vino hacia nosotros y nos informó que no podían atendernos, que intentaban salvarle la vida a la señora, a quien habían encontrado sola.

      —Si esperan unos minutos, uno de los médicos lo verá —dijo con tono amable.

      —Esperaremos afuera, —le contestó Marion.

      La enfermera volvió al lado de los médicos.

      —Éste es el castillo que vi en la selva —le susurré a Marion, quien me miró sorprendida. —Es la mujer que se cepillaba el cabello. Su movimiento es distinto, está a punto de fundirse en las espirales. Prefiero que vayamos a casa.  Procuraré tranquilizarme y respirar.

      Marion me guió hasta el auto.

      Las espirales se apreciaban por doquier; inundaban todo mi espectro de percepción al grado máximo de precisión, cada una con un cierto tipo de movimiento. La composición de cada objeto tenía una vibración particular que le daba el espectro perceptible.

      Absorto en un sinfín de espirales, perdí el contacto con  la  realidad.  Flotaban  y  giraban al  alrededor; fue

como estar inmerso en un líquido espiral enorme en el cual no podía siquiera percibir mi propio cuerpo.

      Sólo era un punto de percepción.

      Se agruparon en un orden impresionante y al unificarse generaron espirales de mayor tamaño. Después éstas, al girar, formaban otras más grandes, hasta agruparse en una espiral magna de la que apenas distinguía su movimiento, pero que no lograba “ver” en su totalidad.  Mi desesperación era absoluta, aún no estaba preparado para hundirme en el infinito.

      Quería regresar a la realidad, pero no lo conseguí, mis pensamientos disminuían. A mi alrededor únicamente había miles de millones de espirales y cuando intentaba enfocar alguna, para estabilizarme u orientarme, comenzaban a crecer de forma descomunal hasta convertirse de nueva cuenta en una espiral tan impresionante que no podía percibirla por completo.

      En cierto momento, la misma se dividía —una vez más— en millones y millones de espirales minúsculas hasta volverse imperceptibles y formar una especie de líquido con miles de millones de pequeñas espirales conformando la materia. Me esforzaba por enfocar alguna para retornar a mi realidad, pero volvía a absorber a las demás e integrar una sola formada por millones.

      Sentí el vacío total, la ausencia. Me quedé sin ganas  de  salir  de  ese  sitio; y  perdía  el  conocimiento  y  la

poca noción de vida que era capaz de cuadrar sobre mí propio ser; estaba muriendo.

      Entonces escuché un latido de mi corazón y comprendí lo que significaba. Así que lo grité, ¡lo grité!   

      —¡Yo soy siempre una espiral! ¡No importa cuántas conformen el universo, yo soy siempre una compuesto por millones! ¡Somos siempre! El movimiento eterno.

      La realidad me golpeó súbitamente. Estaba en el auto y nos dirigíamos a casa. Marion conducía algo nerviosa en la tranquilidad de la noche, se oía música en el estéreo y todo parecía marchar bien. No veía más espirales, ni nada fuera de lo normal. Como si nunca hubiera pasado nada. Miré a Marion y le sonreí.

      —Creo que todo va a estar bien —le aseguré.

      Ella me devolvió una larga sonrisa entrecortada y me tomó de la mano.

      Contemplé la calle y vino a mí un pensamiento indiferente. Entonces, como arrastrado por una gran ola, volví a sumergirme en el líquido espiral, preso de la misma angustia que me ahogaba, asfixiándome y me despojaba de todas mis fuerzas.

      Así de nueva cuenta la más grande de las espirales se convertía en la más pequeña y viceversa.

      —¿Qué es esto?

—¡Yo soy siempre una espiral! ¡Siempre somos!, la forma nunca muere, sólo cambia, muta a otro grupo y  es eterna…

      —La ausencia. El devenir es deambular entre la materia que lo conforma todo sin conciencia. La oscura Nada, donde el ser no se encuentra a sí mismo y sólo flota en la circunstancia, la desesperación, depresión y la pérdida.

      —¡Soy siempre uno! —volví a gritarme.

      En ese instante regresé a la conciencia. Nos hallábamos a muy pocos metros de la casa, y pregunté:

      —Entonces, si esto es así. ¿Qué es la realidad?

      Ya no percibía nada, mi imagen de la realidad se había esfumado, ya no existía el auto, ni la calle, ni siquiera lograba notar mi cuerpo. Lo único que distinguía era un rectángulo áureo que abarcaba toda mi visión, compuesto por un centenar de espirales representando la materia, del mismo volumen que giraban a idéntica velocidad.

      De súbito, una de ellas comenzó a girar pausada en una de las esquinas y, al igual que una piedra que cae en un estanque ocasiona una ola, todas las espirales que la rodeaban disminuyeron su ritmo hasta casi detenerse. Una de ellas, situada en la esquina superior derecha, comenzó a moverse con mucha más viveza y, por el efecto del engranaje entre ellas, se produjo una onda expansiva que contagió a cada una con su velocidad hasta que todas se movían de prisa.

      —La realidad está conformada por infinidad de espirales que se unen, se agrupan y se expanden unidas únicamente por un sueño, una mente en común, una conciencia que les otorga un sentido determinado, una vibración diferente de todas las demás. Ésta, a su vez, se agrupa con otras conciencias y éstas con otras; así indefinidamente hasta formar patrones establecidos que fluyen en el universo formando las distintas realidades.

      ”Somos un único organismo, con distintas funciones, dentro de la gran esfera.”

      Una espiral se ubicó delante de mi percepción y comenzó a girar extremadamente rápido, más y más, sin dejar de aumentar su velocidad sobre su mismo eje; llegó el momento en que sólo advertía un contorno y se produjo un sonido apabullante. La espiral se colapsó en ella misma, y se transformó en una luz hermosa, gratificante, cálida, que me llenó de una sensación parecida a la esperanza inmensa.

—Entonces, ¿Es la luz la respuesta?

El punto luminoso se acercó como un ave, junto con una espiral del mismo volumen; ambos se movían con gran armonía, uno junto al otro, juntos e inseparables.

Noté algo entre ambos elementos que los envolvían pero sin cubrirlos por completo. Era similar a algo que observara antes en la selva, como unas pequeñísimas líneas de  colores que vibraban cual membrana y destacaban la unión entre los dos elementos. La emoción me embargó.

      —¿Qué es lo que los une? ¿Qué une a la Dualidad?

      —El movimiento genera movimiento. El infinito, La Dualidad.

      —Es La Dualidad, que se crea y se regenera de un estado a otro, con la voluntad de sí misma, con su propósito, con su movimiento conformando todo cuanto existe.

      —Lo que une es: El Amor.

      Las líneas dibujaban a la perfección un campo magnético que los unía. Aquello era impresionante y muy lógico. El amor es la fuerza magnética que une a la materia con la luz, y guarda la reacción del movimiento, el cual depende de la voluntad que tenga la energía de desenvolverse a ella misma dentro del universo. Respiré profundamente, lo que provocó que vislumbrara mi realidad. Marion, preocupada por mi estado, intentaba hablarme y yo no podía responderle, aunque mantenía los ojos bien abiertos.

      Veía toda mi circunstancia, pero ya no sólo como una imagen, sino como millones de pequeñas espirales junto a pequeños destellos de luz de su misma dimensión que formaban la realidad. De esta manera contemplaba la materia, su vibración y  la  luz  que,  al  reflejarse  en  millones de espirales conformaba el todo. Era indescriptible y también muy obvio. Nunca vi así mi realidad, pero era tan lógico, el todo compuesto por la unidad que es dual, que es unidad y unificada sin perder su individualidad.

      —Si todo el universo lo forma la Dualidad, que se compone de acuerdo con su vibración, —me embargó una paz muy profunda, ya no necesitaba nada. Estaba totalmente feliz, pero algo me inquieto: —si esto es la lógica en como opera, entonces: ¿Cuál es el sentido de vivir, cuál es el sentido de la existencia?

      —Hacer lo que tienes que hacer.

      Sentí que tiraban de mí hacia la tierra de nuevo.  Habíamos llegado a casa y Marion ya estaba afuera abriendo la puerta y prendiendo la luz del pasillo. Sentí una gran confianza y un principio de tranquilidad por estar con ella. Era como si hubiera aceptado lo sucedido con la esperanza de despertar el día siguiente.

      Entendí el valor de la vida como una constante sinfonía que se crea por medio de los hechos, provocados por el movimiento de cada una de las formas que habitan en ella, que accionan lo que nos corresponde hacer, el papel que nos ha tocado desempeñar en nuestra realidad. Somos la posibilidad de luz. En cada uno de nosotros brilla el intenso afán de despojarnos de la apatía y el miedo para generar, con nuestra fuerza, la luz que ilumine el camino por donde los que nos preceden deberán andar, el estado máximo de plenitud que conduce a la trascendencia, representada por la serpiente que se colapsa con el ave, la fusión del viento que ilumina, la representación de La Dualidad.

      Son estos pequeños detalles que me habían pasado desapercibidos a través de símbolos, pero son los que me guían en este inmenso mar de posibilidades y encrucijadas hacia la revolución. En todos nosotros radica la posibilidad de ser, sólo necesitamos la voluntad suficiente para llevarlo a cabo.

      —Me quedaré contigo dentro de tu sueño, en tu brazo Ahora solo descansa, Pero debes encontrar a los que pasan por lo mismo que tú antes de la caída.

      Marion me ayudó a ir a mi habitación. Le pregunté sobre Emilio y José.

      —Nos dejaron un recado que regresaban después.

Me ayudó a quitarme la ropa y me acostó, mientras tarareaba algo a mi oído que me hizo sentir muy cómodo. Me dio un beso y se recostó junto a mí hasta que quedé profundamente dormido.

Capitulo VII

La luz del sol que entraba por la ventana iluminaba con una línea la pared de la habitación. Había dormido varias horas y en mi mente rondaba una claridad absoluta. ¿Fue todo un sueño o es una realidad infinita? Miré el reloj, marcaba las ocho en punto de la mañana. Me levanté de prisa y me dispuse a darme un baño con agua caliente; buscaba aminorar el dolor en las articulaciones.     

      Seguía los patrones de rutina para que poco a poco me devolvieran la calma mental y no cayera desesperado en confusión o algún sentimiento parecido provocado por la diferente concepción de la realidad que era la misma, como un espejo frente a un espejo que se refleja infinitamente. Eso me hacía sentir más vivo que nunca, convencido de que, detrás de la aparente realidad, un orden más allá de nuestro parámetro se genera a sí mismo. Un renacimiento, una evolución. La casa estaba en calma. No sabía si en verdad mis amigos estuvieron conmigo el día anterior o no, o si sólo era producto de mi necesidad de verlos lo que propiciaba mis recuerdos. Aun así, me conmovían sus actitudes.

      Cuando estuve listo, fui a la puerta y la abrí. El día era precioso y el cielo azul se extendía sin rastro de nubes en un agradable clima templado. Me sentía como si me hubiera levantado después de meses de estar dormido. Consulté la fecha en mi agenda y tenía varias hojas en blanco. Caminé como de costumbre por las mismas calles y plazas con dirección al café del Fondo. Compré el periódico para consultar la fecha: 21 de diciembre. Esta vez tomé la ruta subiendo por el andador Pasteur, llegué a la fuente en la Plaza de Armas y bajé a la calle de Corregidora por el andador Libertad. En este callejón puede ver algunos artistas locales, en su mayoría pintores, que exhiben sus obras y le imprimen un aspecto cultural a la zona. Justo en el cruce de este andador con el callejón de Vergara se encuentra una pequeña escultura de bronce, y ahí estaba Marion recargada en el monumento mirándome con fijeza.

      Mi alegría fue inmediata y sonreí plenamente al verla.

      —¿Qué haces aquí?

      —Daba un paseo y quería ir a desayunar, pero te esperaba para que me acompañaras.

      Yo reí por la manera tan casual como lo decía, sabedora de que sus palabras ejercían una influencia directa sobre mí. Hasta cierto punto, noté su intención de reconfortarme con cada una de sus maneras.

      —Sí, de hecho iba al café.

      Aún rondaba por mi mente la imagen de La Dualidad que componía la realidad y sabía que el universo no opera por casualidad, sino que comunica dicha realidad por medio de la circunstancia y el entorno, pero sobre todo los sueños.

      Caminamos juntos por el andador sin pronunciar palabra, conscientes de que nuestra comunicación ya no las requería. Nos sentíamos muy bien en silencio. Ella, que parecía saber lo que pensaba, me dio un beso en la mejilla y me tomó del brazo. Llegamos al local y nos sentamos a la mesa del patio junto al tostador de café, que en ese momento revolvía la mezcla de la casa impregnando el lugar de un olor característico y delicioso.

      —Para mí un desayuno, con café y jugo de naranja, por favor —ordenó Marion.

      —Yo te encargo pan con mantequilla y un café cortado —le dije a la chica, quien tomó nota y se marchó con el pedido en las manos.

      —¿Y José, dónde está?

      —En la Ciudad de México, te mandó muchos saludos.

      —¿Y cómo es que estás aquí?

      —Quería saber cómo estabas y también descansar porque la capital es asfixiante, necesitaba unos días fuera. Me gusta, pero a veces es demasiado.

      —¿Y qué te dijo José?—Que era mi decisión. De hecho, hace meses que planeaba pasar un tiempo en Querétaro. Pero nos costó también mucho tiempo de pláticas y pláticas. Le preocupas mucho. Ya sabes, siempre habla de lo que hicieron juntos y de lo que podrían hacer en el futuro. Ambos estuvimos de acuerdo en que estabas demasiado solo y que eso te afecta. Pareces un autista. Apenas sales con amigos.

      —Sí, ya sé, pero imagina lo difícil que es hacerle la plática a alguien, cuando todas tus palabras te llevan a temas de los que nadie quiere enterarse. Sí, intento encontrar una persona con quién charlar sobre lo que pienso, pero una de dos, o me miran como bicho raro, o ni siquiera me pelan. Al parecer todos estamos tan concentrados en los problemas superficiales, que nos olvidamos de los detalles. A nadie le interesa saber que hay otra persona en su interior. Y eso me hace sentir más soledad que estar solo. Así que por lo general opto por lo segundo.

      —Eso es justo lo que José y yo pensábamos. Por eso quise pasar unos días contigo. 

      —¿Y por qué no viene José también? —pregunté.

      —Bueno, sabes que le encanta cantar ¿no?

      —Sí, claro, al gitano de mi amigo no se le va una.

      —Pues, hace un tiempo decidió participar en un grupo de flamenco después del trabajo. Está emocionado, ya sabes, tiene toda la energía para eso y es lo que le gusta hacer; la neta, es un genio. El grupo lo forman dos maestros de la Escuela Nacional de Cuba, y la gente ha respondido muy bien. Tanto que la semana pasada recibieron una invitación para viajar a Cuba.

      —¡No! ¿En serio va a ir?

      —Sí, ¿no es increíble? Creo que es una persona con miles de cosas interesantes que voy descubriendo en él, poco a poco, mientras me deja, porque luego es un tanto distante, y difícil de entender. Pero sin embargo, a veces pienso que algo lo tiene preocupado.  Me da la impresión de que se me adelanta a las cosas y luego no quiere ni explicarme bien, se queda callado por varias horas, así quieto, casi ni se mueve, sentado por ahí en algún lugar de la casa. Y sin más, vuelve a ser el mismo, súper simpático y riendo todo el tiempo. Es como si intentara alcanzar algo que ni él mismo conoce.

      Así que esto de que vaya a cantar a otro país me tiene emocionada por él, le entusiasma muchísimo ir y creo que es lo que realmente quiere.

      —Si, neta que te entiendo por eso yo creo que nos llevamos bien.  ¿Y cuándo se va?

      —Hoy.

      —¿Cómo que hoy? ¿Por qué no me lo dijo?

      —Lo mantuvo muy en secreto, no quería emocionarse antes de tiempo. Pensaba decírtelo, pero ya no pudo comunicarse contigo, aparentemente nunca estabas en casa.

      —¡No jodas! Qué loco caray, pero bueno, seguro lo veré cuando regrese y así tendrá mucho que contarnos, porque sé que le va a ir bien.

      —Sí, yo también estoy convencida. Entonces, ¿me das alojamiento en la casa?

      —¡Marion!, no inventes, sabes que sí.

      —Ya tenía ganas de pasar unos días aquí, y verte. Eso de estar en un lugar mucho tiempo, no es lo mío; además, siempre que estamos los tres, me pasan cosas súper chistosas, eso si, no me aburro nada y no puedo estar lejos de uno o del otro. ¡Todo es tan real y tan mágico a la vez! es como estar en un libro sobre el cual se desarrollan los acontecimientos en dos puntos distintos. Pareciera que podría estar en este café toda mi vida mientras alguien escucha lo que digo o, de pronto, regresar al Erial y estar con los dos de nuevo. ¿Sabes a lo que me refiero? Siento dentro de mí cómo el fluido se desenvuelve, delicioso, circular y se funde con lo que está ahí afuera; en su realidad; del que está pendiente escuchándonos, siguiéndonos, como si nos diera su aliento mientras él continua su vida, pero no se da cuenta que está dormido. Eso es como yo pienso que es la creación. Simplemente la imaginación de otros mundos distintos al de nosotros.

Capítulo VII

La danza se mueve en el vientre de la mujer, nace con ella. Es el pensamiento hecho deducción y presentimiento. Se convierte en la hacedora de la forma que despliega con su movimiento sutil de un lado a otro de la casa. Despierta cada día con las sensaciones a flor de piel y genera la alegría necesaria. Con su ritmo dinámico imprime un toque real y carismático a cada mañana para despertarnos sin una rutina preconcebida, sino con una serie de eventos diarios que nos indica los quehaceres. Guiados más por su intuición y su deseo intrínseco de felicidad.

      Desde temprano escucho el golpetear de sus zapatos contra el piso y percibo el olor de su cabello al desplazarse justo arriba del sonido producido. Empieza por abrir la casa de un golpe, azotar puertas y ventanas, meterse entre las sábanas y toda clase de tejidos que se abren con ella y tras ella, para después seguir con el riego de las plantas y los cantos. Despierta a Chamoy, el gato amarillo que se cree persona y no se levanta hasta que lo sacuden varias veces, con los ojos pegados a la fuerza, que bosteza, estira cada parte de su cuerpecillo estético y emprende su baño matutino a lengüetazos. Después ella viene a la cama y se lanza con todas sus fuerzas desde el inicio del tapanco, a veces arrojándome alguna sorpresa. Depende de su humor y su ciclo, pero siempre feliz de ver el sol un día más.

      Le ha dado más luz al lugar de la que yo podría disfrutar de otra manera. Me ayuda a colocar mis ideas en perspectiva, pero, sobre todo, me hace desechar las absurdas con tan buen sarcasmo que mi miedo a los acontecimientos futuros se borra.

      Es, por tanto, los extremos de un cuerpo que se tocan y se necesitan. Es la mujer que danza y con ello desata el movimiento como un amanecer.

      Nos quedamos por unos días de nuevo juntos, para mí sentirla de nuevo cada noche mientras nos procurábamos  y deseábamos tanto, aún así pasábamos gran parte del tiempo leyéndonos o platicando solamente de cualquier tema, solo estando, sin que existiera nada más importante que ese momento.

      —¿Te gustaría acompañarme a Tula? —le pregunté.

      —¿A Tula? Qué pregunta, ¡Claro que me gustaría! —respondió Marion.

      —Quisiera que fuéramos hoy. Ya ves que eso de los viajes espontáneos se nos da muy bien.

      —¿Cómo? ¿Hoy?

      —Sé que te parecerá rara la idea, pero necesito ir; podemos convertirlo en un día de campo… ¿Recuerdas que te hablé de que los Toltecas fundaron la ciudad de Tollan justo en ese lugar, principalmente  por el  volcán el Xicuco?

      —Sí, me dijiste que tiene una cueva y hay miles de historias al respecto.

      —¡Eso mero!, pues solo son leyendas o historias que se relaciona con el cerro mítico. Según los Toltecas, el volcán era una representación fiel del lugar de donde procedían, en él, los reyes debían meditar a solas antes de gobernar la gran ciudad. Creo que debo ir a encontrar la cueva del Xicuco y dejar los guijarros ahí.

      —¡Vaya! Suena interesante la propuesta.

      —Sí, y, obviamente, pasamos a visitar a mi familia.

      —¿Qué te parece?

      —Pero con una condición…

      —¿Cual?

      —¡Ah! Pues… adivínale chiquito.

      —No sé, dime.

      —¡Esfuérzate!, dime lo que se te ocurra.

      —Mh… ¿Que te invite a comer?

      —No, no era eso, pero también la acepto. Ja ja.

      —¡Chale! Me la hiciste

      —Sólo quiero que no me dejes de querer.

      —Sabes que eso nunca lo dejaré de hacer Marion.

      —¿Aunque me tenga que separar de ti? —En ese momento me abrazó y nos quedamos ahí, sin movernos, sintiendo aquel dolor mezclado con amor.

      Marion me abrazó con fuerza. La sensación de tenerla en casa y los días que pasamos juntos me dejaban tan lleno de esperanza como el mensaje mismo. Su presencia me era necesaria para esclarecer mis ideas. Sentía tantas cosas por ella que me resultaba muy complicado ocultarlas, aunque con un enorme esfuerzo procuraba no hacer nada que afectara a los tres.

      Sumamente peligroso era cada uno de sus movimientos para mí, porque yo nada más de verla estaba consumido. Aun así, el cortejo mutuo, delicado y atractivo, no sólo recurría a lo físico; todas nuestras acciones quedaban en un plano mucho más intenso que sólo nosotros percibíamos y que se acrecentaba cada día.

      Era algo mágico, una frecuencia que nos unía y que al momento de estar juntos se condensaba, se fusionaba en una sola y más fuerte sensación. Nos queríamos mucho en verdad, pero la historia era compleja para ambos.

      Salimos temprano rumbo a Tula, a dos horas de viaje desde Querétaro. A las once de la mañana llegamos a la casa de mis padres junto al río, el cual me causaba mucha pena. En otra época era el lugar al que los reyes de la ciudad Tolteca bajaban para realizar sus oraciones y ofrendas, ya que sabían lo importante que es el agua para la civilización. Pero ahora estaba muy contaminado por los desechos tóxicos que las fábricas descargan directamente a él sin pasar por tratadoras de agua. Así, contaminan también todo el Valle.

      Siempre pensé que toda la fuerza que impulsó a la ciudad en otra época y la hizo elevarse a un nivel máximo, ahora es la misma que la arrastra en sentido contrario. Permanecen sólo las ruinas de piedra que esperan, aún erguidas, mejores tiempos, menos corrupción y envidia por parte de sus gobiernos, y que su pueblo se levante.

      La calidez de la familia es excepcional en todos los sentidos. A Marion la quieren mucho. Almorzamos en la terraza, antes de pedir prestada la camioneta vieja para ir al Xicuco.

      Marchamos rumbo al monte. Al llegar, luego de unos cuarenta minutos de camino, entramos en una especie de laberinto formado por los canales de agua con los cuales se riegan los cultivos de la zona. Delante de nosotros vimos la extraña cara del Xicuco, por la cual los antiguos creyeron que se trataba del cerro mítico, pues debía tener la cima en forma de cucurucho caído hacia un costado con una cueva en su interior.

      La táctica era preguntar a los campesinos que, dado que viven en el lugar, con seguridad saben dónde se localiza la cueva y a qué distancia está de la cima.

      Desde niño vine incontables veces con mi padre a las ruinas de la ciudad Tolteca y al Xicuco, pero nunca buscamos la cueva. La mayoría de quienes se proponen encontrarla explora la cumbre. Sin embargo, alguien me comentó que en realidad se encuentra en las faldas de la montaña, cerca de unas peñas, lejos de la vista de los curiosos.

      Son muchas las supersticiones acerca del lugar, y el pueblo instaló una cruz enorme con la punta dirigida hacia los cuatro puntos cardinales. Esto para tranquilidad de las comunidades católicas cercanas, porque entre tantas historias, algunas más recientes a la época de la Revolución Mexicana, se contaba que aquella persona que entrara en la cueva, nunca volvería a salir, o, que en la cueva habita el diablo y por las noches vestido de negro paseaba a caballo por los campos de cultivo, invitando a los campesinos a una fiesta. Son cientos de historias cargadas de folklore.

      Nos adentramos entre los canales de agua turbia que fluyen alrededor, buscando entre las peñas una ligera cavidad que indicara la entrada. Buscamos durante más de cuatro horas y le preguntamos a varias personas, sin éxito alguno. Estacioné la camioneta y caminé hacia donde un pastor cuidaba unas vacas y cabras que estaban pastando. Llevaba un sombrero de palma, pantalones desgastados y un poncho que le cubría el torso y que al parecer ocupaba como cobertor nocturno.

      —¡Buenas, Don! Discúlpeme, ¿sabe dónde puedo encontrar la cueva del Xicuco?

      Él, de espaldas a mí, miraba de frente, a su ganado que estaba en la ladera.

      —Sí, sé dónde está. ¿Para qué quieres ir ahí? —preguntó.

      —Para llevar una ofrenda —respondí.

      Él no se inmutó por mi respuesta.

      —Síguete ahí derecho por este camino —el mismo que señaló— hasta llegar al cruce con el otro canal. Luego sube a la peña y sigue derecho, verás un borde lleno de piedras redondas. Sube de nuevo pegándote lo más posible a la peña y continúa a pie por el camino. Hay una pequeña hendidura en la pared, antes de la saliente. Dale la vuelta a la saliente por debajo y la encontrarás.

      —Muchas gracias, Don.

      Sus instrucciones fueron muy precisas y con la mano señaló cada punto, aunque no se distinguían muy bien por la distancia.

      Caminé unos metros rumbo a la camioneta.

      —Hasta luego —dijo el pastor soltando una leve risa— vas camino al mar.

      Me sorprendió su despedida, pero no le preste más atención. Antes de subir al vehículo me volví para verlo. Su rostro me era muy familiar, más aún su tono de voz. Seguimos sus instrucciones, pero no logré reconocerlo sino hasta que estaba a la mitad del camino, antes del cruce con el otro canal.

      —¡Era Jonás! —casi le grité a Marion.

      —¿Qué dices?

      —Era Jonás, el que conocimos en el pueblo antes de bajar al Erial, ¿recuerdas? Era él, estoy seguro, no lo distinguí porque lo tapaba su sombrero.

      —¡Ah! ¿Estás seguro? Tal vez te confundiste.

      —No, te lo juro, era Jonás. ¡Qué loco!

      —Pero, ¿qué hace Jonás aquí?

      —No tengo ni idea, pero espero que podamos salir antes de que oscurezca y a ver si lo alcanzamos de regreso.

      —¡Si son las cuatro de la tarde! y cuando mucho en tres horas caerá la noche en ese lugar.

      —Lo sé, por eso debemos darnos prisa.

      Recorrimos más de cuarenta minutos en busca del sitio que Jonás nos señaló y nos detuvimos justo donde dijo. Ahí dejamos la camioneta y caminamos pegados a la peña.

      —Mira, ahí se ve un pequeño hueco —dijo Marion.

      —Apenas se distingue por la peña que lo oculta un poco. Entonces, según me dijo, la entrada a la cueva se encuentra cruzando la saliente. Debe de estar del otro lado.

      Caminamos un poco más entre los matorrales y cactus de gruesas espinas que bordeaban el lugar.

      —¡Mira, ahí está la cueva! —exclamó Marion.

      Se trataba de una cavidad de unos cinco metros de altura en la peña, con muros de una piedra en forma cilíndrica y alargada. Con el aspecto de un rombo, a su alrededor crecían miles de cactáceas, mezquites y demás plantas propias de la zona. Nos acercamos a ella intentando subir por la ladera. Justo antes de entrar sentimos un fuerte soplo de viento que casi nos tira contra las piedras, como si proviniera de las inhalaciones y exhalaciones de una enorme boca.

      —Más bien parece la vulva —comentó Marion.

      —¡Órale! Por eso consideraban que esta era la cueva por donde los hombres emergían de la tierra.

      —La oquedad que conduce al vientre de la madre. A la larga conexión con los volcanes mexicanos.

      Hablaba con mucha seguridad por su gran sentido común o por intuición, de aquello sucedido antes en este lugar.

      Al entrar al sitio vimos algunas veladoras y flores, que demostraban que aún se traían ofrendas.

      La cueva no medía más de diez metros de largo y otros diez de ancho. Era un refugio temporal ideal para pocas personas. En el fondo se alzaba una pared de varios metros de altura, que era difícil que hubiera sido sellada por la naturaleza, aunque semejaba mucho este efecto.

      “Tal vez la cerraron para impedir el paso a la gruta” —pensé.

      De nuevo Marion intervino como si escuchara lo que pensaba.

      —Sí, quizá lo creyeron necesario. Es curioso cómo se parece la realidad a los sueños. Sobre todo la magia que guarda la tierra y sus maneras encantadoras… Pero supongo que así debe ser.

      Paso a paso se acercó a donde yo estaba. Sin dejar de mirarme, nos abrazamos con fuerza; tomé su nuca entre mis manos. El encuentro de nuestros cuerpos provocó que se escuchara el eco de un único latido acelerado, mientras las pupilas se dilataban.

      Era su cueva, una cueva dentro de una cueva, el símbolo de los sueños.

      El sueño que apretaba sobre sus ropas. Levante su blusa dejando al descubierto su fina piel blanca que al sentir el contacto de mis dedos erizó cada poro de su abdomen, cerramos los ojos y sentíamos nuestra respiración, y como se aceleraba, más y más. Nos necesitábamos tanto, nuestros cuerpos no podían ya estar separados, moldes que se deforman para adaptarse miles de veces.  Sentí sus labios con una ligera y sutil humedad que se mezclaba con su aroma inconfundible, un hilo de nuestros fluidos se quedaba en el aire un instante uniendo nuestras bocas en cada vaivén para volver a colapsarse de nuevo y batirnos en un encuentro deseado.  Mientras la tomaba con ambas manos por su cintura y la recorría lentamente hacia sus senos, bordeando, delineando la piel por el contorno que tantas veces había necesitado.  Caricias que se perdían en un calor que crecía y desbordaba todo cuanto pudiéramos imaginar. Éramos, como me dijo el primer día: éramos de siempre.

      Dejé caer sobre ella las cuentas de jade en el interior, mientras compartíamos la respiración como un fuerte viento, el fluir de la sangre y la circunstancia, como dos épocas que se unen con un sólo  movimiento.

Capítulo IX

José llegó de Cuba el día y la hora previstos, se dirigió a su casa en el Distrito Federal, dejó rápidamente sus maletas junto a la puerta de la entrada y, sin perder tiempo, salió a la calle para tomar un taxi que lo llevara a la Terminal. Una vez ahí, subió al primer autobús que salía a Querétaro. El viaje duró más que su vuelo de la isla a la ciudad de México. Intentó dormir en el trayecto, cerrando los ojos e ignorando la película que proyectaban, pero no lo logró. Sus sentimientos estaban concentrados en un sitio a unos cuantos kilómetros de ahí. Necesitaba verla, la extrañaba muchísimo; sus sensaciones, en conjunto con el libro de cuentos de José Martí que le traía de regalo, absorbían por completo su atención.

      Desde el día en el que partió para Cuba deseó que Marion lo acompañara, pero ella no quiso salir del país. Alegó que necesitaban pasar unos días separados, al igual que se habían propuesto hacerlo en las vacaciones de fin de año. Y es que, a pesar de sentir un profundo amor el uno por el otro, el estrés que se vive en la gran metrópoli provocaba que en ocasiones les irritara la convivencia.

      A José le enloquecían las maneras de conducirse de Marion. Le gustaban su personalidad y su ritmo. Verla recostada en el sofá en la sala del departamento leyendo con profunda concentración sus libros en francés, le provocaba un deseo de tenerla todo el tiempo. Las mismas cosas que ahora lo tenían con los ojos cerrados pensando en que pronto la vería durante unos días más, antes de marcharse de nuevo de viaje aprovechando el tiempo libre que le darían en el trabajo.

      Arribó diez minutos después del tiempo prometido por la línea de autobuses. En cualquier otra ocasión éstos le habrían parecido insignificantes, pero ahora lo ponían frente al reloj contando cada segundo transcurrido. Corrió a la parada de taxis, subió al primero que encontró y echó su mochila al fondo.

      —Al Centro, ¡Por favor! calle Pasteur 64 norte. Entre por Corregidora, dé la vuelta a la derecha en Ángela Peralta y gire a la izquierda al final de la calle, está entre Morelos y 15 de Mayo —instruyó al taxista.

      Le dio tan rápido las instrucciones que el conductor tardó unos minutos en asimilar la información.

      Cuando José llegó a la casa, tocó tres veces esperando que le abriera Marion. Pero la puerta no se abría por ningún motivo, así que decidió usar la llave que llevaba en la mochila. Buscó en las bolsas donde siempre la guardaba, hasta encontrarla entre varios papeles sueltos. La sacó, la introdujo en la cerradura, dio un giro a la izquierda y después un jalón para que se botara por completo. La puerta tenía maña y la conocía a la perfección. Abrió y se escuchó el clásico sonido del metal desgastado que hace fricción.

      Se dio cuenta de que alguien tomaba una ducha con la música a todo volumen y por eso seguramente no escuchó que llamaba. Fue a la habitación, encontró la ropa esparcida encima de los sillones y decidió abrir la puerta del baño sin tocar. La empujó levemente y una ráfaga de vapor subió por su cuerpo. Escuchó el sonido del agua caliente caer sobre la piel desnuda y, con gran tranquilidad, descorrió la cortina blanca que no dejaba ver el interior. Sus ojos se abrieron y el agua se esparció por todo el baño.

      “Así debió de haber sucedido” —pensé—.

      Salpicaban agua por doquier. Marion y José.

      La puerta de la casa estaba abierta y caminé por el pasillo de mosaico color terracota. Observé en el suelo las marcas de los pies descalzos y húmedos, en una danza alrededor de un punto sin rastros de agua. Pude imaginar la escena perfectamente.

      —José, ¿qué tal, cómo te fue?

      Él se dio la vuelta, un tanto asustado.

      —Caray, hermano, qué susto me diste, pensé que no estabas —me contestó.

      —De hecho acabo de llegar de la calle y encontré todo abierto.

      Marion se levantó de la cama con el cabello aún mojado. Me miró, casi tan sorprendida como yo. Esperábamos que José nos llamara de la central para ir a recogerlo y a ella se le hizo tarde para arreglarse. Mientras tanto, yo salí a tomar un café expreso y a leer el periódico.

      Algo había pasado entre Marion y yo, algo que nos dejó muy unidos. Pero sabía que, antes de tomar una decisión o cometer algún acto que nos llevara al caos, debía hablar con José. Necesitábamos conversar los tres sobre lo que sentíamos, dejar clara esta intensidad que era más fuerte que lo físico y se transmitía como una vibración entre nosotros, de una manera que trascendía lo marcado por nuestros prejuicios. Esto me hacía pensar en un triángulo exacto, la dualidad que al fusionarse desprende otro vértice y se convierte en unidad, que se transforma en dualidad de nuevo. La exponencial de nuestros sentidos y nuestra mística. El desprendimiento de todo lo preconcebido, que reafirma los valores únicos, lejos del egoísmo y la banalidad.

      Pero, ¿Cómo explicárselo?, ¿cómo explicármelo?, ¿cómo poder vivir en la razón, si por el miedo y la pena podría generarse una separación inminente? Estaba convencido de que debía vivir mi vida al lado de Marion, pero la amistad que me unía a José era igual de importante, aunque su fuerza se equiparaba a la intensidad con la que necesitaba de ella.

      Teníamos que ser más fuertes que nuestros impulsos, superar la pasión y convertirla en amor, incluso si ello me alejaba por completo de Marion y me acercaba más a la dualidad que formaban ellos.

      Aquel día, en el café de costumbre, los tres hablamos de innumerables temas irrelevantes. Sabíamos muy bien lo que sucedía, pero no queríamos dar pie a tratar nada relacionado con nuestro asunto sin estar seguros de que la decisión que cada uno tomara sería la definitiva. Además, ésta tenía que unirse con la decisión de las otras dos personas.

      Marion, confundida al tenernos cerca, nos miraba fijamente mientras tomaba su café. Buscaba absorber cada uno de nuestros movimientos, lo que la llevaba a la plenitud. Estaba convencida de que el hombre perfecto lo formábamos los dos y lo ratificaba a medida que la charla avanzaba y externábamos comentarios que la hacían reír y amar. Sin embargo, sabía que no podía ser correspondida por ambas partes a la vez.

      Marion se levantó de la silla y fue directo al lavabo a mojarse la cara con un poco de agua fría. No resistía más la escena. Estaba enamorada de ambos, y esa atracción le impedía aclarar su mente. Necesitaba estar sola. Ya había pasado un tiempo conmigo y antes con José, ahora debía hacerlo consigo misma. Así que salió del baño con la decisión en la frente. Se le notaba segura mientras caminaba hacia nosotros, que la observábamos desde nuestro banquillo verde en la terraza debajo de los árboles que circundan la plaza, en un día soleado en pleno invierno.

      —Quiero estar unos días sola, me voy a San Miguel de Allende, a un hostal que conozco —nos comunicó, con voz entrecortada por el impacto que su declaración le causaba.

      —Les pido ese favor, lo necesito. Nos veremos al regreso de las vacaciones, el 3 de enero. Aquí en este mismo café, a mediodía. Sé que es muy repentina mi decisión, pero les ruego que me dejen ir sin preguntas. Salgo ahora para la Terminal de autobuses, sin más, sin que se pongan de pie. Quiero llevármelos en la mente justo como están. ¡Por favor!

      De sus ojos escapó una lágrima que se esforzó por contener, pero que al final descendió por su piel, la que secó con rapidez.

      Yo quedé mudo ante su impulsiva determinación. No pude expresar nada que delatara mis deseos de ir con ella y, por los movimientos de José, se notaba que quería intentar detenerla, aunque en el fondo ella tuviera toda la razón para hacer lo que hizo.

      Marion nos miró a cada uno reteniéndonos en sus ojos, dio la media vuelta y se perdió entre la gente que caminaba por la calle Quince de Septiembre.

      Yo agitaba sin control la taza de café y José, esforzándose por contener lo que sentía, fue a la barra.

Buscaba reunir las fuerzas necesarias para impedir a sus piernas salir a buscarla. Pidió una taza de café exprés doble y unos cigarrillos.

      —¿Quieres uno? —invitó.

      —Sí, lo necesito —le respondí.

      —Yo también.

Capítulo X

Ese mismo día José salió para la Ciudad de México. Pasaría las vacaciones en Nexpa, una playa de Michoacán. Iba con algunos buenos amigos que teníamos en común y me invitó a acompañarlo, pero, dada la situación, era preferible que cada uno estuviera solo unos días y dedicara tiempo a pensar bien las cosas, antes de encontrarnos en el café el mediodía acordado para hablar. Si bien sabíamos que podía ocurrir cualquier cosa, lo único que no estábamos dispuestos a perder era nuestra amistad. Se trataba de un secreto a voces, pues hasta ahora ninguno había tocado siquiera el asunto. Sólo Marion sabía a la perfección lo que pensábamos José y yo, es decir, que no estábamos dispuestos a romper esa unión, aunque estaba ya de por medio.

Me quedé solo en casa, tumbado en la cama. Pretendía analizar la situación para hallar la mejor manera de olvidar a Marion.

El día siguiente tomé una vieja maleta y salí sin rumbo, con un poco de dinero en el bolsillo, algunas mudas de ropa y un libro. Llegué por la noche a la central Occidente de la Ciudad de México. Mi ánimo andaba por los suelos porque aún la necesitaba. Era ella con quien podía ser totalmente yo, sin vacíos existenciales. Además, Marion conocía mi verdadero interior. En tanto que cualquier otra persona pensaría que estaba fuera de control o loco, ella se interesaba mucho en lo que le contaba. Le fascinaba la manera como esta historia se volvía contra nosotros en oleadas de intensidad.

Tomé el autobús que salió para Mazunte.  Atravesó la sierra oaxaqueña durante toda la noche con dirección al Pacífico Mexicano. En el camino mi mente giraba entre historias: Marion que quería a José; José que amaba a Marion; Brazo; Marion que sentía algo por mí y aún no lo revelaba del todo; yo, que estaba despierto por momentos, procesando miles de sueños que circulaban entre mi realidad y mi mente e invariablemente me hacían sentir mucha más afinidad con los dos; Marion, que había decidido no pensar más en ella, pero no podía dejar de hacerlo; y José, que cada vez que estábamos juntos me hacía sentir muy bien. Es tan bueno verlos juntos. ¡Ahhh!

Dormía a ratos, en parte por mis pensamientos y en parte por la carretera, con curvas y curvas que parecían interminables; tan cerradas que en ocasiones dificultaban que el autobús se mantuviera lejos de la línea que dividía la carpeta asfáltica del precipicio.

Desperté por el sonido de los frenos, que parecían rechinar sólo cuando estábamos a punto de detenernos por completo. ¡Y entonces lo vi! El mar, estaba tan calmado, con un tono profundamente azul, que me dominó una sensación inenarrable de serenidad interna. Ya en la población, al pisar con los pies descalzos la arena fina, blanca y adherente, ésta absorbía mis angustias. Me estremecía con cada oleada del mar, que cada minuto, con cada ola y cada golpe de espuma revuelta, me devolvía la confianza.

Alquilé una palapa situada en la colina. Muy austera, de cáñamo y madera, con cama grande y una hamaca que se mecía en la terraza.

—Es perfecto este sitio para olvidar —me dije en voz alta.

Una suave brisa que llegó hasta la palapa despejó mis dudas. Todas las mañanas me golpeaba el despertador en los ojos: era la luz del sol que no me dejaba un minuto a solas, reafirmando cada vez que nos veíamos que la vida consiste en hacer lo que se debe, salir todas las mañanas con ese propósito y elevarlo lo más posible, día con día, sin sucumbir.

En ocasiones bajaba a nadar y a comer algo. Ya en la tarde recorría el lugar por todas partes. Subía a un acantilado desde donde se contemplaba la puesta del Sol. Resultaba un ritual increíble presenciar cómo el astro más poderoso se fundía con el océano, dejando ver la magnitud del evento con colores y formas sorprendentes tanto en el cielo como en su reflejo.

La celebración realizada el 31 de diciembre fue especial e inesperada. Un grupo de personas vestidas de blanco, con ropas muy ligeras, ondulantes, y collares de flores, pasaban por la playa en silencio. Un joven enigmático que llevaba una lanza encendida con fuego, se detuvo mirándome fijamente; se acercó hasta donde yo estaba y me tendió su mano invitándome esa noche al ritual en el acantilado con el ocaso. Una vez ahí, cientos de nosotros formamos círculos, mientras que espirales de gente se separaban por un costado y se unían en uno más amplio, para después volver a formar uno más pequeño.

      Todos guardamos un silencio espectral durante horas y horas, mientras los participantes danzaban con la música de caracoles y percusiones, sumergidos en la magnífica ceremonia de la anunciación. Una mujer con los pies descalzos y un cántaro de barro rociaba agua con olor a jazmín, tomó de la mano a varias personas de diferentes edades y razas; uno a uno los fue llevando hasta el centro del círculo, incluyéndome. No se permitía hablar durante todo el ritual, al que sólo podían asistir aquellos dispuestos a iniciarlo y concluirlo sin reparos.

      Esa noche, nos hablaron sobre la hermandad, que por distintas singularidades, se suele reunir en lugares específicos, y mantiene una estrecha relación con la mente de la circunstancias, con la integración de miembros que logran mediante su propio esfuerzo colapsarse en si mismos y alcanzar la liberación de su otro yo. Este grupo clandestino tiene su incursión en varios niveles sociales, políticos y artísticos a través de sus miembros, los cuales tratan de generar una nueva alternativa latinoamericana. Además de realizar ritos antiquísimos de más de dos mil años como parte de una celebración a la Dualidad; preservan la tradición oral y escrita. Y para mi sorpresa el simbolismo es impactante,  sumamente parecido a lo que me había llevado hasta ahí desde el Erial, la serpiente, la espiral, y la estrecha relación de ésta, con el águila; nuestro símbolo, la unión entre el cielo y la tierra: la metamorfosis de la serpiente.  Es cuando te das cuenta que tus pasos, tus pies, te llevan justo al lugar en donde debes de estar, solo necesitas abrir los sentidos para poder integrarte con tu entorno que se comunica constantemente contigo. En aquel momento, como yo, había nuevos miembros pero curiosamente la mayoría llegaron de la misma manera.

      Esa noche sellé mi pacto con la Dualidad mediante un ritual clandestino y misterioso, con una inscripción en mi brazo izquierdo para ser un miembro del Círculo de la Serpiente

      Es curioso como en la carta de mi abuelo, había mencionado esto mucho tiempo atrás…

      La danza terminó a las doce de la noche con el toque estruendoso, trece veces consecutivas, de los caracoles al unísono con el ritmo del oleaje. Al terminar, cada uno de los que estábamos en el lugar se marchó en silencio sin que los volviera a ver en mi estancia en aquel paraje.

Esa noche me acosté a dormir, a pesar de ser el gran día festivo. No me sentía muy bien en el aspecto físico, estaba algo agotado. Al recostarme en la hamaca tenía las mismas sensaciones que tanto temor me causaban.

Quedé dormido de inmediato. Fue como si cayera continuamente. La sensación de vacío me invadió de nuevo y no lograba distinguir forma alguna.

Entonces desperté dentro del sueño, ese tipo de despertar en donde estás con los ojos abiertos pero no puedes mover ninguna parte de tu cuerpo; miras a tu alrededor y vez como suceden las cosas tratando impacientemente despabilar, pero no puedes. Todo parecía igual. A mi lado se encontraban sentados, con expresión de tristeza, mis padres y hermanos. Era aún de noche y el mar estaba en calma con el reflejo de la luna que generaba una magnífica luz azul.

Mi madre me dijo con tono muy serio:

—Tienes que ser fuerte —y señaló hacia el otro costado del lugar.

Miré en esa dirección y observé a mi abuela de espaldas. Se notaba que algo le dolía; intentaba caminar, pero le costaba mucho esfuerzo y, de pronto, cayó de costado. Quise acercarme a ella para auxiliarla, pero en el momento en que me puse de pie, surgió el espectro de sí misma que flotaba sobre su cuerpo. Estaba cubierta por un halo rojo intenso y con la mano derecha sostenía unas tijeras largas y abiertas; su expresión era agresiva y, con los ojos penetrantes sin espacio en blanco, simbolizando la muerte, avanzaba hacia mí.

En ese momento mi madre me tomó del hombro y dijo:

—Vuelve, aún no puedes irte.

Desperté muy exaltado en el mismo sitio y en la misma posición.

Eran las ocho de la mañana en punto. Me puse los zapatos y corrí ladera abajo hacia la caseta telefónica. La puerta estaba cerrada, así que di varios golpes enérgicos con la mano antes de que me abriera el dueño del lugar semidormido.

—¿Quíubo, joven?

—Necesito hacer una llamada urgente, por favor.

Con mala cara me dejó entrar en el local y me pasó el teléfono para que marcara el número.

En el momento que escuché la voz de mi madre le pregunté con voz muy preocupada:

—¿Qué pasó Ma?

Ella me respondió con un nudo en la garganta:

—Ven lo más pronto que puedas, aquí te explico.

Colgué el teléfono y corrí de nuevo a la palapa por mis artículos personales.

“Esto no puede estar sucediendo, no puede estar sucediendo” —me decía en voz alta.

En mi apresurado recorrido a la parada de autobuses, las piernas me temblaban.

Salí en el camión, inquieto porque el viaje desde donde me encontraba hasta mi pueblo natal era de once horas. No podía dejar de hacer todo tipo de suposiciones, aunque estaba seguro de que a mi abuela le había sucedido algo. Pensaba sobre todo en mi madre, que tal vez no podría asimilar la noticia, y en que al llegar a Tula, tendríamos que partir rumbo a Guadalajara.

Llegué a la casa, abrí el zaguán y corrí. Estaba a punto de dejar caer la mochila al suelo por la ansiedad que me consumía.

Una silueta se acercó a la puerta de cristal translúcido para abrirme por dentro.

—Pasa, hijo —me dijo.

Verla me impresionó, pero también me dio muchísimo gusto. La saludé con un gran beso. ¿Qué hacía aquí? Vestía casi como la recordaba en el sueño, pero esta vez su rostro reflejaba un poco de pena. Era mi abuela.

Me dirigí a la sala donde se encontraba mi madre.

—Siéntate, tenemos algo que decirte —me pidió mi abuela.

Me senté en el sillón con un ligero tic nervioso en el brazo.

—Murió José.

—¿Qué? ¿Cómo? ¡No puede ser! —grité.

—Murió ahogado ayer, 31 de diciembre. El cuerpo va camino a Querétaro.

Capítulo XI

Intenté incorporarme lo más rápido que pude, pero mis piernas se doblaron y no lo conseguí. La noticia me tomó por sorpresa, me dolía inconsolablemente saber que mi amigo había muerto. Trataba de asimilarlo pero no tenía la intención, quería salir corriendo de todo esto, de mi vida que no entendía, huirle a la muerte, pero era muy tarde, estaba fundido irreversiblemente.

No podía creerlo, si apenas unos días atrás nos vimos en el café mientras Marion se alejaba. No podía ser cierto.

—¡No puede ser! —gritaba.

“Marion” —pensé—, debe de estar muy mal. Tengo que irme. ¡Qué pesadilla!

Pero el remordimiento me absorbía profundamente por dentro. Cuando llegué se llevaba a cabo la ceremonia fúnebre. Estaban presentes todos los amigos y familiares de José. Fue muy conmovedora la manera como nos despedimos, que dejó a los que lo rodeamos una esperanza de vivir el día a día con tanta intensidad como él.

“Era demasiado bueno para continuar en este lugar”    —pensé.

—¡Cuánto perdíamos en ese momento y cuánto nos dejó José! — ¡Vamos!, ¡dímelo!, ¿qué es la muerte?, ¿qué es?, ¿acaso puede morir en verdad? ¿Puede ser que ya no exista? ¿Es todo esto un sueño? o ¿Eres tú quien debe despertar?

Miré a mí alrededor en busca de Marion, pero no la encontré. Tal vez estaba tan confundida que no quiso venir al cementerio.

Me acerqué a Emilio para averiguarlo.

—¿Sabes dónde está Marion?

—No, no la he visto.

—¿Le avisaron de lo sucedido?

—No la encontramos. No respondió a nuestras llamadas.

—¡Carajo! Creo que no se ha enterado aún.

Fui a la casa, tomé el directorio telefónico de San Miguel de Allende y marqué los números de diversos hostales, preguntando por ella. Después de varios intentos, la localicé.

—¡Marion!

—Sí, ¿Ometeo?

—Tienes que venir, es urgente. Nos vemos en Pasteur.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Sí, sólo ven, necesitamos platicar.

—Hablaste con José, ¿verdad? ¿Qué pasó?

—Por favor, Marion, ven y aquí te explico —me esforcé por contener el nudo en la garganta.

Después de varias horas de esperarla, Marion llegó a la casa cerca de la medianoche. No consiguió transporte que la trajera a Querétaro antes.

Yo, agotado, fumaba un cigarrillo junto a la puerta, sentado en la banqueta. La esperaba, tan angustiado que el cuerpo me dolía como si me hubieran propinado una golpiza.

Vi acercarse a un taxi y Marion se apeó con una pequeña bolsa en la mano. Me levanté y me acerqué a ella.

—¡Qué cara tienes, Ometeo! ¿Qué te sucede? ¿Y José?

—Vamos adentro —le dije.

Entramos a la casa, la miré fijo a los ojos y la abracé con todas mi fuerzas, mientras le daba la noticia al oído. Ella intentaba entender lo que decía, pero no quería, era como si se propusiera alejar mi voz con su movimiento. Meneó la cabeza con frenesí, para después tumbarse en el frío suelo y hundirse entre los mosaicos, llorando sin parar, gritando y golpeando el suelo. —¡No te lo lleves!, ¡No lo entierres!

Durante varios días la casa se derretía de llanto, de tristeza, pero sobre todo de incomprensión. Asustados, vulnerables, desconcertados, sumidos en un abandono total, pasábamos las noches en vela. En ocasiones de la garganta de Marion escapaban gritos desconsolados que se perdían buscando desesperadamente a José.

Capítulo XII

Las noches no eran las mismas. Sentíamos culpa por no haber estado con él, por dejar de seguirle los pasos, por todo lo que aprendimos juntos y su incesante amor al descubrimiento. Lo extrañábamos tanto que no sabíamos cuánto tiempo estaríamos sumidos en el dolor, sobre todo por la incomprensión. El miedo embargaba nuestras sonrisas e ilusiones. Tan sólo contábamos con nuestra compasión, que se traducía en tendernos abrazados en algún rincón de la casa, ya sin forma, sin pretender más. Pero poco a poco la incertidumbre nos apresaba, había algo que ambos sabíamos y nos estaba perforando por dentro, nos costaba trabajo acariciarnos, incluso abrazarnos debido a la extraña sensación.

Había pasado quizás una semana desde el 3 de enero. Ese día entré a la casa con dos tazas de café recién hechas para despertar un poco ante la tormenta que nos devoraba. Pensaba que antes de que Marion se levantara con los ojos hundidos y fumara su primer cigarrillo, le caería bien un expreso caliente con espuma. Al entrar, dejé las tazas sobre la mesa de la cocina y subí a la habitación; se sentía frío en la casa, envuelta en un terrible silencio. Así fue como la vi, tendida sobre la cama, su silueta roja colocada a propósito junto a una tarjeta que decía:

9  me voy. le amo. te amo. No puedo.

Tomé su  bufanda y me esforcé por retener su olor conmigo, doblado por la mitad entre las sábanas. Quería dormir para siempre.

Capítulo XIII

No sé cuánto tiempo dormí ni cuánto pasé deambulando de un café a otro, entre las callejuelas y las fuentes de la ciudad. Anhelaba encontrarla, rastreaba la posibilidad. De noche me volvían los recuerdos de su voz, del característico chiflido con el que anunciaba su llegada a casa. De hecho, varias veces corrí a la puerta pensando que era él, pero ya la reacción espontánea me traicionaba. Quería salir de este estado, no alcanzaba a comprender cómo es que había visto su muerte en los mensajes del Erial. Mis pensamientos se estrellaban contra las paredes y rebotaban como ecos, que atormentaban a las nubes y la lluvia. Los truenos pronosticaban el ocultamiento del Sol, pero a la vez anunciaban la transformación de un paisaje existente en uno renovado por completo. Sin embargo, nunca podía olvidar lo ocurrido.

Buscaba refugio en personas que pudieran darme una explicación coherente de lo que sucedía, pero, cuanto más buscaba, más solo me sentía. Y no quería buscar al círculo, aunque sabía que me estaban observando. Negaba a la fuerza todo lo ocurrido y quería enterrarlo, votarlo e ignorar sus efectos.

Lo que encontraba era la ansiedad de control sobre los fenómenos diarios y esa exacerbada manera nuestra de querer ser los únicos capaces de entender el caos en el que vivimos. Me sumergí en los pensamientos oscuros, en el devenir de los efectos que nos comen cada momento, y respondía nada más a los estímulos: hambre, sueño, cansancio, necesidad, la pura necesidad de un cuerpo que sabe pero que no quiere actuar, que busca algún techo que pueda suministrar algo de leña para avivar el fuego de la extinción. Pero únicamente hallaba el vacío que ha envuelto la cordura y las ganas. Saber que siempre hemos tenido la oportunidad de vivir lo que pensamos, pero optamos por sólo pensar lo que queremos y vivir lo que deseamos. Nos rendimos ante el miedo a enfrentarnos a nosotros mismos y a nuestro pasado, el miedo que nos causa la soledad, el miedo que nos provoca saber que algún día moriremos. El miedo a no tener nada, a no ser nada, el miedo al miedo. El miedo a ser feliz.

Encontramos las mejores excusas, medios superficiales que nos convencen y hacen que nos dejemos llevar ante las formas e ideas más imaginativas, que nos lavan el cerebro, que nos convencen de que el mundo gira alrededor de nosotros y lo único que debe preocuparnos es no sufrir.

Por eso preferimos que otros lo hagan por nosotros. Ante la imposibilidad de entendernos, necesitamos controlar el mundo que nos rodea y alegar, de manera obsesiva, todo tipo de justificaciones que eliminen la frustración que nos causa vernos en el espejo y no tolerarnos. Así, mediante el control, el poder, el consumo excesivo, el sufrimiento ajeno, nos deleitamos y podemos dormir tranquilos sabiendo que hacemos lo mismo que todos: extraviarnos de nosotros y olvidar que algún día hemos de morir.

Que de tal manera miles han sufrido, y muerto por nuestra comodidad alterada.

¿Cómo podremos pasar por alto tanta insensatez, tanta injusticia? ¡Muy fácil!, acostumbrándonos a ellas.

¿Cómo podemos olvidar el dolor? ¡Olvidando que siento, que existo!

Al fin y al cabo, muchos creen que la vida es sólo material de laboratorio, donde tarde o temprano encontraremos la cura. Y no queremos darnos cuenta de que lo importante no es la explicación de nuestros actos, nuestro dolor, nuestro universo, nuestra ubicación o nuestro origen, sino dejar el egocentrismo y ser consciente de que podemos ser parte del todo.  

Durante largo tiempo esperamos que alguien nos cuente nuestra historia, nuestro futuro; mas aún, pensamos que un día alguien vendrá a salvarnos. Pero en la mayoría de los casos es justo segundos antes de morir cuando nos percatamos de que nadie vendrá a salvarnos, que la salvación no existe, que es una excusa mental para apartarnos de nuestro verdadero destino: hacer lo que nos toca hacer. Ser parte de nuestro tiempo. Vivir y morir con las manos llenas de felicidad. Saber que la libertad es poseer la voluntad de generar y hacer lo que debemos, para así formar parte de la estela infinita de voluntades unificadas que desencadenan los hechos y los acontecimientos. Porque con cada giro de nuestra espiral el universo se expande y se ilumina.

Somos la espiral que se detiene, la espiral que tiene la posibilidad de convertirse en luz. Depende sólo de nuestra voluntad, de la voluntad de las voluntades. De entender que: Soy lo que tengo la voluntad de ser.

Capítulo XIV

Fui a visitar a mis padres a Tula. No estaba con mi familia desde hacía mucho tiempo. Ese día llegaron también mis dos hermanos que viven en la Ciudad de México. Mis padres prepararon la comida para celebrar las razones particulares por las que cada uno decidió que nos reuniéramos en la tierra natal.

La tarde era agradable. Convivimos con buen ánimo, sobre todo por la forma tan sencilla en que mi padre y mi madre nos hacían sentir en casa. Mientras él traía el arroz de la cocina en una olla de barro, llegó un joven en bicicleta, que entregó a mi hermano unos sobres y se marchó. Él entró en la casa en silencio y desde afuera vi que mi madre platicaba acaloradamente con él. Yo me levanté para ver lo que pasaba. Al acercarme, ambos me miraron como si ocultaran algo. En ese momento ella extendió la mano, en la que sostenía una carta de Marion, procedente de Barcelona. Subí a la habitación que se encuentra junto a la terraza, me senté en la silla que traje de la estancia contigua y leí con ansiedad.

Ometeo:

Mucho tiempo ha pasado desde el dia en que sali de casa. Te pido perdon, se que fue duro para ti quedarte sin señal de mi partida, pero necesitaba alejarme para poder digerir lo sucedido.

Con el pasar de los dias, el invierno y la tinta se han acercado y estoy lista para compartir contigo. Me parece ahora que todo lo sucedido es irreversible. Es nuestra historia, es la historia que se repite en cada uno eternamente y en la que se entrelaza la magnitud del infinito. Al principio estaba muy confundida, pero ahora se que existe, que lo que vivimos tiene un sentido, cada vez mas fuerte, en nuestro interior.

En los meses transcurridos he sentido que la mano del universo se puso sobre mi para mostrarme como la vida ha vencido a la muerte, que nosotros no somos nada y que todo son ciclos, evolucion. Todo entretejido con el hilo dorado del amor.

El amor puro, el amor universal, ese mismo amor que nos unio desde el principio y que nos hace vivir a los tres en una sola persona.

Ometeo, estoy embarazada, de Jose .

Es El, La Dualidad, esta dentro de mi cuerpo y se materializa poco a poco, creciendo con la luz del misterio en el que vivimos. ¡Es increíble! Este ser que abrazo es el resultado de nuestro amor, porque ha encontrado la manera de quedarse en mi. Ahora empiezan a aumentar mi confianza y seguridad, y mis sentimientos e instinto maternales me impulsan a prepararme para recibirlo. He llorado largo tiempo por la nostalgia, no sabia si seria capaz de lograrlo, pero me hace sentir mucho mas fuerte y perseverante. A medida que crece yo he cambiado, he encontrado la fe, veo todo con mucha mayor claridad. Estoy muy bien, tengo una razon para vivir y la entiendo.

  Siento como ya ve, palpa, y me anuncia con caricias su llegada.

 Los amo, y los necesito… …

 

Marion

Capítulo XV

Es aquí, en la misma habitación donde percibí el ultimo aliento de mi abuelo y donde leí su carta. Tomo la pluma y comienzo a escribir de nuevo. Empiezo por mis sueños y, sin saberlo ni contemplarlo, paso a la realidad que me ha precedido.

      Mi madre entra y me abraza con fuerza. Puedo oler la vida que sentía. Entraron también mi padre y mis hermanos, con expresión contrariada.

En este momento, él se vuelve para verme y lo que sale de su boca lo escribo ahora, no como un fin sino como una continuidad que nos toca descubrir en los próximos años,

Mira al cielo y nos dice con una tranquilidad perfecta:

—Hoy es el día Matlactli Calli, 13 de Mayo. A esta hora inicia la primera conjunción planetaria del milenio. ¿La sientes?

Los Mensajes del Erial, ebook, publicado y revisado el autor Rodrigo D. Castanyeda. libro digital, lee en línea, descarga gratis. Los mensajes del Erial. Libro impreso 2009 derechos reservados Rodrigo Díaz Castanyeda

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