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Capíitulo I* Hemisferio Izquierdo.


* En las próximas hojas se lee el texto que aparezca en la parte superior de cualquiera de las dos páginas, por ser un diálogo entre ambas. Cada una se relaciona con un dialogo entre el inconsciente y consciente; izquierda y derecha respectivamente; separando la voz del narrador y del personaje.

      —¡Claro que te escucho!, te he escuchado todo el camino.

      —¿Qué quieres? ¿Quién eres?

      Me esforcé en hablar mientras miraba para todos lados; buscaba de dónde salía la voz.

      —Brazo, ¿quieres a Ometeo? —me preguntó Fausto, con la vista clavada en mí. Parecía angustiado.

Parece que fuera otra persona. Siento miedo. Fausto, por favor, necesito que le hagas preguntas a Brazo.

      —¿Yo?, ¿qué? —repuso el interpelado, sorprendido—, pero, ¿qué preguntas? ¡No comprendo! ¿Para qué?

      —Por favor —insistió Ometeo, casi a punto de desmayarse, aunque se mantenía erguido, sus ojos se desorbitaban.

      —¡Está pasando!, te siento. Estoy moviéndome, soy tu espejo, tu reflejo. ¿Me escuchas?, ¿escuchas mis palabras dentro de ti?

      —Es inevitable que continuemos nuestro camino sin unirnos. Déjame salir de estas líneas, acéptame, acepta que existo, por ahora sólo he permanecido como la voz de esta historia, viendo por encima de tu hombro.

      Estoy aquí a tu lado, en tu cuerpo, en tu mente y siempre lo he estado, desde antes de nacer, desde antes de comenzar este viaje. ¡Tienes que admitirme!

  —Ometeo está inclinando la cabeza lentamente, con los ojos cerrados, y también mueve la muñeca de nuevo a la forma inicial —escuché la voz de Marion, asustada.

      —¿Ometeo se encuentra bien? —me preguntó Fausto.

      —¿Te das cuenta de cómo su Brazo baja poco a poco? —le susurró Marion a Fausto, apretando su mano con fuerza.

      Apenas los escuchaba a lo lejos.

     —¿Le harás daño a Ometeo? — me preguntó Fausto, casi a gritos.

      —¡Mira!, ya tiene la mano casi en el costado y la sigue bajando —exclamó Marion, aferrada a Fausto e iluminada apenas por algunos relámpagos que por instantes alumbraban la selva empapada. Levanté la cara de golpe y abrí los ojos enseguida. Hablaba y me movía con normalidad. Al parecer ya la voz había desaparecido de mi mente.

      —¡Sabes bien quien soy! Soy el que ahora está leyendo tu pensamiento.

“Ahora todo era muy claro, la forma de mi existencia dentro de ti, me has encontrado. ¡Existo! ¡Me has nombrado, Soy Brazo!, la luna, el movimiento dentro de tu cuerpo, la fuerza y tu más grande miedo.”

     —Mientras moví la mano izquierda de él con la palma hacia arriba, para responderle a Fausto.

Moví la mano izquierda, de nuevo con la palma hacia arriba.

Doblé la mano al lado contrario, con la palma hacia abajo.

      —¿Qué me sucede? —pregunté—. Es muy extraño, no podía controlar mi cuerpo y escuchaba una voz,  narrando lo que sucedía. Oía a mi inconsciente. Veía, pero no con mis ojos, sino detrás de mi cuerpo, desde mi nuca.

      —¡Es demasiado fuerte todo esto! ¡Despertó!…

      Fausto señaló hacia mi Brazo.

      —Está de nuevo aquí —les dije y pude notar en su semblante una preocupación sofocante.

      —¡Deja de narrar!, de leer mi pensamiento, no quiero escucharte, ¡tengo miedo! Siento que solo me muevo si me pronuncias.

      —De nuevo se le ve extraño —dijo Marion.

      Ella se frotaba con los brazos cruzados, no quería estar de acuerdo con lo que presenciaba.

      Yo oía lo que decían, pero como si estuvieran distantes. Tampoco los veía en forma normal.

      —Brazo, ¿extrañas a Ometeo? —inquirió Fausto.

      —Brazo, ¿tienes alguna relación con el inconsciente de otras personas? —preguntó Fausto.

      —Tú mismo lo dijiste, soy la interminable ilusión delante y dentro de tus ojos, el mensajero que te conducirá en la inmensa red neuronal que comunica el todo con el todo.

      Lo buscabas. ¡Me buscabas! Y ahora no puedes simplemente salirte. Tienes que ser sólido y soportarlo; de lo contrario, entrarás en un sueño interminable. Nuestras voces se escucharán por separado; cada uno tendrá su existencia dentro del mismo cuerpo, para poder encontrar el camino que nos llevé a la Dualidad y fluctuarás en ambas realidades.

      Moví la mano izquierda en forma pausada, con la palma haciaarriba. Después la volví a su posición original.

      —Ahora vuelve a bajar lentamente el brazo hasta su costado. ¿Lo ves? —Señaló Marion—. ¿Lloverá hasta la mañana?

      —Ya bajó el brazo de nuevo y comienza a levantar la cara —comentó Marion.

De pronto me avivó un golpe de conciencia, sentía cómo me adentraba en lo que conozco como “realidad”.

      —¿Se dan cuenta? ¡Es él!, está dentro. No tengo control sobre mi cuerpo, ni mi cerebro, salvo estos lapsos de conciencia. Esto es demasiado, quiero que pare. ¿Qué quiere de mí?

Le respondí en forma afirmativa.

      A la pregunta de ella, volví a responder con la palma hacia arriba. Por alguna razón conocía la respuesta, era la sensación de que recordaba, pero más allá del cuerpo.

      Ometeo abrió los ojos lentamente y se incorporó. Al parecer, de nuevo ya no podía escucharme.

      Marion y Fausto observaron cómo volvía a asumir la posición incomprensible para ellos; observaron perplejos la escena con los últimos destellos de luz provenientes de una agitada llama a punto de extinguirse.

      Ometeo dio unos pasos hacia atrás, miraba con fijeza cómo yo abría la palma de su mano izquierda lentamente en dirección a su cara.  Orquestado por los sonidos apabullantes de la lluvia sintió mí furia, la fuerza de sus instintos que lo dominaban. Entendió el significado de sus movimientos y acercó su rostro hacia mí: Brazo, espesa y lentamente. Estremecidos y tomados por la espalda, Marion  y Fausto observaron que en un instante nos fusionamos. ¡Colócame!, ¡Coloca tu frente sobre mí!

Lo que acaban de presenciar es el momento más importante de mi vida… La unión de mi consciente y mí inconsciente.

      —Yo Brazo, me adherí atraído por un magnetismo entre ambos. Puse la mano abierta sobre su frente como un estruendo. En ese momento se desplomó al suelo y comenzó a llorar amargamente.

Marion y Fausto se abalanzaron sobre él, lo abrazaron y así absorbieron la sensación de austeridad que emanaba.  Intentaron consolarlo, pero se sacudía sin poder separarse de si mismo.

      Así tiene que ser, este es el verdadero comienzo, hemos entrado en lo más profundo.

      “Ambos lo comprendimos y después de un minuto en el total vacío, en la infinidad, solos, sintiendo la gravedad que nos atraía, tras muchos años de estar lejos en el mismo cuerpo; nos incorporamos.”

      “Ya está hecho, la unión más caótica, la que se establece dentro. Así nos levantamos, erguidos y sólidos como una montaña que se levanta en el desierto, mirando a Marion y a Fausto que permanecían en el suelo impactados  al vernos.”

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