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Capítulo 1 MAYO 2000

Nunca imaginó cómo se colapsaría, cómo aquel día su cuerpo separaría la realidad del sueño, en su propio brazo. 

      El autobús se detuvo en la carretera. La neblina lo cubría todo, se sentía una humedad densa en el ambiente y la tenue luz apenas figuraba los contornos de la selva. Eran las seis de la mañana cuando bajaron del vehículo. Fausto se frotó los ojos y se percató de que ni el autobús ni el chofer eran los mismos que recordaba haber visto cuando subieron el día anterior.

      Esto lo dejó absorto un momento. ¿Cómo pudo suceder, si no recordaba que hubieran transbordado?

      Se hallaban en medio de dos caminos. En uno de ellos se apreciaba un letrero con el nombre de la localidad y el aviso sobre la distancia a la que se encontraban de ella: un kilómetro. Los rodeaba una espesa vegetación con los sonidos apabullantes de animales que despertaban, salían del suelo, de las hojas de los árboles; y sus cuerpos eran las plantas que surgían por los rincones donde había un poco de tierra, e incluso de las grietas en la carpeta asfáltica.

      Los tres caminaron hasta llegar a un pequeño puente por donde cruzaba un río de agua translúcida. Otro letrero que apenas se mantenía en pie indicaba “Las pozas y el castillo surrealista”, con una flecha orientada a una vereda de lodo que continuaba a un costado del río.

      —¡Es realmente enorme! —pensaba Marion, asombrada y extasiada.

      El Sol se elevaba y el canto de las aves se hacía más intenso. Junto con el rumor del agua que corría por doquier, orquestaba una rica sinfonía.

      Llegaron a una puerta altísima de herrería, a lado de una construcción en plena selva que parecía una flor de cemento enmohecida de unos diez metros de alto con escaleras de espiral por todo su tallo. Dejaron sus pertenencias en el suelo y se sentaron frente a la entrada contemplando la edificación. No podían creer lo que veían: escaleras de flores, y árboles hechos por el hombre, con formas retorcidas, caprichosas, junto a un río de agua azul turquesa que bajaba entre las piedras intactas, canales y pozas creaban un lugar mitad real, mitad sueño, con colores naturales y algunos tintes rojos entre enredaderas o raíces que atrapaban las edificaciones. Al parecer el castillo se extendía por toda la ladera, pero se perdía entre la vegetación. Estaba conectado por escalones y pasillos interminables y sin sentido alguno.

      El lugar era una especie de santuario deshabitado. Las estructuras de varios pisos tenían en su interior puertas y esculturas exóticas, aunque sin paredes divisorias. Era una obra diseñada para admirar. Se trataba de un monumento a la naturaleza, aislado, que se reconstruía cada día con ayuda de la humedad y la vegetación.

      Ometeo se sentó en el borde de una poza y metió los pies en el agua que bajaba por una hermosa cascada. Asombrado, no podía dejar de contemplar el mágico sitio. Se desvistió para sumergirse en el agua cristalina y tibia que lo envolvió e impregnó de ideas frescas sin complicaciones.

      Fausto y Marion se habían alejado juntos cuando entraron al castillo por debajo del puente situado al lado de la entrada principal. Se encaminaron hacia la parte superior de la ladera por un sendero que se dirigía a una figura parecida a un capullo abierto de unos cuatro metros de diámetro. Anonadados, exploraban aquel espacio, contagiados por su magnetismo. Su evidente entusiasmo demostraba que pretendían pasar varias horas a solas en aquel lugar, en el cual los rincones eran ideales para recorrerse con las manos, con la boca, con la piel sedienta que bajaba a gotas entre sus dedos. Fausto buscaba la cintura de Marion que se escondía detrás de las formas orgánicas, entre caricias y besos temblorosos en la impaciencia de una tierra fértil.

      Ometeo salió de la poza y se vistió, repuesto y habituado a su soledad, que se acostumbraba a él, como él a ella. Recorrió algunas construcciones río arriba y de vez en cuando se internaba en la selva para escudriñar las formas verdes. A lo lejos escuchaba la risa de Marion que se integraba a los sonidos de la naturaleza.

      Él no se sentía el mismo desde la noche en el Erial, algo que aún no podía entender había cambiado, presentía en su cuerpo un bienestar profundo que al mismo tiempo empezaba a ser lógico. Se internó en la espesura y recorrió las veredas como si buscara algo, no en forma física sino en su propia mente.

      Era una conexión entre sus neuronas y su andar, que lo hacía pasar de una idea a otra. Cuanto más avanzaba en los senderos, con mayor profundidad se introducía en su pensamiento. Quería saber, quería conocer, estaba seguro de que la casualidad no existe,  es sólo una aportación, un escalón a la evolución de una sociedad que impacta en otra, y así sucesivamente.

      Estaba convencido de que tal evolución era parte de un proceso interno al que cualquiera, más allá de su condición, puede tener acceso, siempre y cuando esté dispuesto a explorar su mente. Y, cuando lograra conocerla, se produciría un reflejo —sería como mirar en el río— que le permitiría comprenderlo.

      —¿Por qué de pronto mi mente empezó a intentar encajar todas las fichas? ¿Qué chingados despertó este sitio en mí? —se cuestionó.

      Por la tarde se encontraron en una de las flores gigantes con graderías interconectadas, desde donde se apreciaban la colina y las sobresalientes figuras artísticas de las copas de los árboles liberadas de una ligera bruma a su alrededor. Complacidos con el lugar, comentaron las sorpresas halladas en su recorrido por el castillo y las pozas. Bajaron a la primera plataforma techada y prepararon algo de comida que llevaban en sus mochilas. El agradable sitio estaba desprovisto de muros, con piso de laja y tejado de hormigón de formas irregulares, rodeado de un maravilloso colorido.

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