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Capítulo 10

Marion se apretó contra él, con la nariz rozó su cuello y recorrió su contorno para después lanzar una exhalación profunda. Le encantaba husmear por su piel, pensaba que no había algo tan excitante como acariciar su cuerpo moreno.

      —¡Ometeo, despierta! —le dijo al oído—, venga, vamos a levantarnos para ir a buscar el Erial.

      Él se agitó, se estiró y la abrazó de nuevo con el ánimo de sentirla. Ella, contagiada por la emoción, gritó y rió, mientras le hacía cosquillas en los costados.

      Fausto estaba sentado en la banqueta fuera de la tienda de la señora Jovita cuando se le acercó Jonás.

      —¡Buenos días, joven! ¿Listo pa’ salir?

      —Buenos días. ¿Cómo estás?

      —Bien, gracias, ahí la llevo  regresando de ordeñar. ¿Qué tal pasaron la noche? Se duerme re’bien en este lugar ¿no?, casi no hay ruido y con el  aire que pega en los nopales, silba ylo duerme a uno.

      —Sí, ya sé, ni que lo digas. Creo que por ese silbido tuve un sueño muy pesado —dijo Fausto, con desgano.

      —Eso suele pasar a los que visitan por primera vez este lugar; pero luego uno se acostumbra. —Sonrió entre dientes—. Entonces, ¿hoy van a ir a buscar su sitio?

      Fausto lo miró asombrado. No recordaba haberle comentado que venían a este lugar a buscar el Erial, y lo tomó por sorpresa.

      —¿A qué sitio te refieres?

      Jonás rió un poco y se volvió hacia el horizonte:

      —Ayer vi que estaban en el cerro, ¿qué tal la vista desde arriba? ¿ bonita, no?

      Fausto lo miró y, un tanto confundido, sorbió un poco más de jugo.

      —Este sitio lo andan buscando muchas personas —expresó Jonás con tono apacible—. Hay una historia de los antepasados sobre un lugar del cual salieron todos los pueblos, pero le perdieron la pista.

      Daba la impresión de que el tema era asunto cotidiano para él, pero Fausto, desconfiado, no quería demostrar que tenía demasiado interés, podría ser algún truco para sacarle dinero.

      —¡Yo pa’ qué quiero dinero! Aquí hay mucho oro todavía, sólo que no es amarillo, ése es el verdadero, brilla pero no te deja ciego o, lo que es lo mismo, no embrutece —intervino Jonás, como si escuchara sus pensamientos—. Presta atención, lo que buscan se encuentra en el llano estéril que empieza como a unos veinte kilómetros de aquí, detrás de la montaña que se ve al fondo. Se baja por detrás del pueblo, justo hacia el otro lado, es un camino de puras vueltas. Si quieren, hay una camioneta que va hasta allá. Sale temprano y regresa al mediodía, lleva pasajeros al pueblo siguiente.

      —¿Y cómo sabes qué buscamos? —inquirió Fausto.

      Jonás lo miró sonriente.

      —Nadie llega hasta este lugar de muertos sin buscar algo —y rió con más ganas—. Mira, muchacho, ustedes son buenas personas, sólo manténganse juntos. Yo me voy a seguir con mi chamba. ¡Nos vemos luego!

      Impresionado, Fausto se puso de pie para ir a levantar a sus amigos. Se sentía mucho mejor con lo que Jonás le dijo.

En el momento de dar los primeros pasos se topó con ellos, que venían hacia él con la sonrisa marcada en el rostro.

      Ella se le lanzó y lo abrazó con un cálido “¡Buenos días!”.

      El rostro de Fausto se iluminó por completo, se sentía integrado y sin problema alguno. Desayunaron juntos en un puesto de tamales y atole ubicado al final de la calle, cerca de la capilla.

      —No puedo creer lo que te dijo Jonás —comentó Ometeo— ¿Ven que sí es cierto?

      Marion se mostraba un tanto incrédula. Pensaba que tal vez Jonás les contó esa historia como lo hiciera con muchos otros para no llegar al monte.

      —¿Por qué no vamos primero a dar una vuelta por el cerro que mencionó Jonás, desde donde se mira el Erial, y vemos hacia dónde debemos dirigirnos? —sugirió, mientras Ometeo se limpiaba las manos con una servilleta.

 —¡Me gusta la idea! —contestó Fausto.

      —Ayer vi a un niño que traía unos caballos en la primera calle después del túnel. ¿Vamos con él y los alquilamos?         —ofreció Ometeo.

      —¡Sí, sí, très bien! —dijo Marion, brincando emocionada.

      Caminaron unas dos cuadras y al descender por la calle observaron al niño junto a un pequeño corral hecho de troncos mal colocados donde guardaba unos cinco caballos flacos. Al acercarse le preguntaron si los alquilaba, a lo que asintió.

      —Pero sólo si yo los acompaño porque luego se pierden.

      Acordaron el precio y montaron con cuidado en las maltratadas sillas de cuero quemado por el tiempo.

      —¿Cómo te llamas? —le preguntó Marion.

      —Justino —respondió el niño, muy atento a sus animales—. ¿A dónde quieren ir?

      —A ese cerro que se ve hasta el final —señaló Fausto.

Con gesto de desidia, Justino comentó:

—¡Ah!, al Sagrado. — Dijo chasqueando la boca

—¿Así se llama?

      —Si, así le dicen los señores que luego vienen aquí a dejar cosas y un montón de flores.

 —¿Qué señores?—preguntó Ometeo.

      —Los Brujos que vienen luego. Según cuentan en el pueblo, viajan desde muy lejos, casi de donde vienen ustedes. Buscan unas piedras, allá en el llano y luego hacen una especie de círculo con ellas.

      —La piedra, entonces no es broma.

      —¿Tú has visto las piedras? ¿Sabes cómo son? —le preguntó Marion.

      —Sí, casi siempre las devuelven al llano, pero luego se quedan unas por ahí y las lanzamos pa’ bajo, a lo mejor hay algunas allá.

      Cabalgaron entre los caminos sinuosos, pasando de un monte a otro, entre piedras y matorrales, con una vista preciosa de todo el valle. Al parecer esas rutas no las recorrían con frecuencia los habitantes del pueblo.

      —Es un mal lugar pa’ pastorear y pa’ cazar. Nomás uno se acerca al Sagrado, menos vegetación hay; ni los conejos van ahí. Sólo se ven un montón de pedazos de ollas que andan por el piso —les informó Justino.

      —¿Por qué hay esos pedazos de ollas? —quiso saber Marion, quien mostraba gran interés en el tema.

      —Porque en las ollas ponen las ofrendas y las velas —respondió sorprendido, pues pensaba que ella venía a lo mismo, aunque no veía ofrenda alguna entre sus cosas.

      —¿Cómo fue que vinieron a este pueblo? —le tocó el turno de preguntar.

     —La verdad es que buscábamos este sitio y digamos que lo encontramos por casualidad, a la primera.

      —¡Ah!, entonces no saben dónde están —y se echó a reír ampliamente. Se burlaba de ellos.

      Los tres quedaron pensativos escuchando al niño. Al llegar a unos metros del cerro, Justino bajó del caballo.

      —Tenemos que dejarlos aquí y subir a pie —les dijo—.

      El cerro lucía una protuberancia en la punta como una especie de gorro. Ellos ascendieron por un empinado sendero. Y, como bien advirtiera el niño, en él había múltiples trozos pequeños de vasijas de barro con pinturas en color rojizo y negro que parecían muy antiguas. Cuando arribaron a la cumbre la vista no podía ser más espectacular: de un lado se observaban los cerros por los que pasaron, con el pequeño pueblo al fondo, y del otro descendía una peña de cientos de metros de altura hasta sus faldas que desembocaban en una planicie que se extendía por varios kilómetros a la redonda.

      —Ése es el Erial —les informó Justino, anticipándose a lo que con seguridad preguntarían a juzgar por su expresión. Mientras tanto, removía la tierra con los pies.

      —¡Wow, es impresionante! Me queda claro por qué le llaman el Sagrado. —exclamó Marion, absorta ante lo que contemplaba.

      Fausto, de pie, admiraba el paisaje estupefacto. Ometeo en cambio apretaba su collar como sujetándose de algo para no caer por la pendiente. Mientras que ella sentía en su interior una leve vibración cálida, como si pudiera fundirse con el lugar desde su vientre.

      —Así son las piedras —dijo Justino.

      Los tres se acercaron para ver la pequeña piedra que sostenía. Era ovalada y plana, del tamaño de la palma de su mano, de color verde claro con tonos en azul.

      —Parece jade —opinó Fausto, admirado por el aspecto de la piedra.

      —¿Puedo sostenerla? —preguntó Marion a Justino.

      —¡No! Ya la estás viendo.

      El niño cerró el puño y, divertido, tomó impulso y la arrojó con todas sus fuerzas hacia la ladera.

      —Tienes que encontrar las tuyas —le dijo.

      —¿Sabes dónde? —cuestionó ella, intrigada.

      —Sí, ¿ves ese camino que sale de la casa blanca allá abajo? Siguen derecho, derecho, hasta esos matorralillos secos que apenas se distinguen.

      —Sí, los veo —repuso Ometeo—. ¿Entre esos dos árboles?

      —Ándale, ahí mero.

      —Uy, ¡qué lejos están! —comentó Marion.

      Ometeo volvió a guardar un silencio total y empezó a bajar por la cuesta seguido por los demás.

      Cabalgaron de regreso al pueblo. Era tarde y a Marion le dolía algo el cuerpo pues la silla le incomodaba. Fausto intercambió caballos con ella para ver si mejoraba un poco, pero fue en vano, ya estaba demasiado lesionada y decidió caminar el resto del trayecto. Por su parte, ellos corrían con los animales entre los largos trayectos compitiendo.

      El clima cambió y unos metros antes de llegar al pueblo cayeron densas gotas de lluvia. El chaparrón anegó con rapidez la hierba. Marion, relajada y cómoda, avanzaba detrás de Justino; a lo lejos alcanzó a ver a los dos amigos. Cuando llegaron al pueblo la lluvia cesó.

      Justino se despidió de ellos y se marchó feliz por haber obtenido un poco de dinero.

      —Voy a bañarme y cambiarme de ropa, ¿me acompañas, Ometeo? —sugirió Marion.

      —Yo voy por algo de comer —intervino Fausto, mirando al suelo.

      Ya en la habitación, hablaron sobre lo que deberían hacer al día siguiente en el Erial, emocionados por cómo se desenvolvían las circunstancias. Ella se quitó la blusa de suave tela color azul claro y la tendió sobre la silla para que se secara. Ometeo se despojó de la camisa, la arrojó hacia la mochila que estaba al fondo, y de un brinco, se recostó boca arriba sobre la cama para descansar del tortuoso viaje a caballo, deshaciéndose de los zapatos con los pies. Marion, con el torso desnudo, se acercó despacio y se acostó a su lado; acariciando.

      Casi a punto de quedarse dormidos, ella comenzó a recorrer con su nariz el rostro de él, besándolo con suavidad.

      —Sé que eres fuerte y me entenderás —le dijo—. Pero no quiero mentirte; la verdad es que me encanta Fausto y no te aseguro que no pase nada con él. Me atrae mucho, tanto como tú, pero de manera diferente.

      Él se incorporó con rapidez y la miró a los ojos en un esfuerzo por encontrar una explicación a lo que había escuchado. Se sentía por completo vulnerable, no entendía lo que ocurría, sus entrañas se removieron vacilando entre la insensatez y el descaro de Marion, que le habló con soltura y sin reparo alguno.

      —¿Qué?, no chingues Marion, ¿por qué? ¿Cómo?, ¿me lo estás diciendo en serio? ¿Cómo podía querer estar con Fausto? —Pensaba­— ¿Por qué? ¿Acaso no le era suficiente el hecho de tener a uno de los dos? ¿O en realidad ella deseaba a su amigo y sólo albergaba una ligera atracción hacia él?

      En su mente se filtró la duda rencorosa y pesada, la intranquilidad de no saber como reaccionar.

      —¿Era justo que quisiera estar con los dos? Había que tomar en cuenta que ella era quien tomaba la decisión y la iniciativa. —pensaba.

      Remolinos incansables lo invadían, en su intento por despejar la confusión, pero esas palabras repercutían en la confianza, y en sí mismas dieron paso a pensamientos que se convertían en inmensas lajas filosas que cortaban cada parte de su cuerpo y producían abundantes llagas que escurrían por la habitación.

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