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Capítulo 11

Contrariado Ometeo salió del cuarto. Luchaba por calmarse después de lo que le confesó Marion. La terrible situación no le permitía reaccionar, era su mejor amigo. La confusión se mezclaba con la ironía.

      —Qué cabrón, a medio perro me dio la patada —pensó, con el cuerpo y el alma dolidos—, me entregué por completo, incluso me arrodillé ante ella, pero lo único que logré fue que me soltara un buen puntapié y me mandara a la chingada.

      Empezó a vagar sin rumbo, con la sensación de que caía y caía por un despeñadero. 

      Dio la vuelta a la esquina en la segunda cuadra y leyó el letrero justo delante: Cantina La Milagrosa.

      —A ver si tiene el milagrito —musitó.

      El establecimiento olía a rancio y desde su interior se escuchaba una canción ranchera entonada de manera desafinada por un trío atormentado por el alcohol. Entró al sitio en busca de la barra, situada al fondo del local, adornado con cientos de letreros pintados a mano en los que se leían frases coloquiales, refranes y dichos populares; el suelo estaba lleno de cáscaras de cacahuete y las mesas de diferentes colores se veían desordenadas, desgastadas y sucias.

      El cantinero, que lucía un bigote prominente como de héroe revolucionario, despachaba tragos a los músicos que cantaban a capela las canciones que recordaban, intercambiando letras de unas con otras.

      “Una especie de popurrí bizarro improvisado” —pensó después de contemplar el lugar.

      En ese momento escuchó un chiflido que reconoció al instante y se dirigió hacia su amigo.

      Fausto alzó la mano para pedir al cantinero dos tragos más de mezcal.

      —A ti te estaba esperando.

      Ometeo se desplomó en la silla.

      —Esto deja caer las penas —le dijo su amigo, tomando la botella y dos vasitos que le entregaba el cantinero.

      —Pa’ que no les falte.

      Los dos esbozaron una ligera sonrisa dolorosa.

      Ometeo le sirvió a Fausto.

      —¡Salud! —brindaron y apuraron la bebida de un trago.

      —¡Ahhh! ¡Está bueno! —exclamó Ometeo, sacudiendo la cabeza por lo fuerte del trago.

      —Sí, caray, ¡excelente!, pienso llevarme una de estas botellas a casa. ¿Y tú que traes?

      —¡Está loca!, hablo en serio, está loca. Me encanta, pero no sé qué hacer; para colmo, eres mi mejor amigo. ¡Chale!

      Ometeo hizo una mueca y bebió otro sorbo de mezcal.

      —Sí, lo sé —replicó Fausto con un suspiro pesado que se mezcló con el humo del local. 

      —¡Claro!, sé que lo sabes.

      Ambos se pasaban la botella para tomar un poco más de ese líquido que tan bien les sentaba.

      Fausto se incorporó y les gritó a los músicos:

      —¡A ver! Tóquense “Penas en el alma”

       Los músicos se repusieron todo lo que pudieron y, tambaleándose, fueron por sus instrumentos, recargados en una esquina. Muy entusiasmados, se acercaron a la mesa y empezaron a golpear unas notas bastante desafinadas, pero que se enderezaban conforme le exprimían el jugo a la botella.

      —Ella quiere contigo —confesó Ometeo.

      Hundió la cara en el antebrazo y levantó el vaso con el codo recargado en la mesa.

      —Estás loco, tú igual que ella.

      —Hablo en serio. Estábamos recostados en la cama, me miró y, literalmente, me lo dijo: “Me encanta Fausto y no te aseguro que no pase nada con él. ¿Qué le dices cabrón?”.

      Los músicos callaron un momento al escuchar tan extrañas palabras, uno de ellos sujetó su sombrero haciendo muecas.

      —¿Qué pasó? No dejen de rasparle —les conminó Fausto.

      —Así como lo oyes —prosiguió Ometeo, que se alistaba a ingerir otro mezcal—. Tú sabes que me importa, que me duele porque estos días pasados han sido muy intensos. Tú me entiendes. La verdad no sé ni lo que siento, si la quiero o si nomás está jugando con nosotros.

      Los músicos tocaban ya sentados a la mesa y el cantinero se acercó también a escuchar.

      —¿Es la güerita con la que andan verdad? —se dijeron entre los músicos.

      —Lo sé, no voy a negarlo —respondió Fausto—, te hablo con la neta: la quiero. Pero ahora está contigo y eso cambia todo.

      Sin preguntar, el cantinero trajo otra botella, se sirvió un poco y les dio a los músicos su parte para que no dejaran de tocar.

      —¿Se saben la de: Un mundo raro? —dijo Ometeo.

      —¡Ésa no! —gritó el cantinero, como si le agobiara.

      —Mira, lo único que te digo es que me importa un chingo nuestra amistad, nuestro desmadre, y si tú quieres estar con ella y ella contigo, por mí…

      —Créeme que no, desde el momento en el que decidió quedarse contigo, yo los consideré como una pareja y todo resuelto, te lo juro.

      —Entonces, ¿por qué esa cara?

      —Porque, aunque lo entienda, aunque sepa que así debe ser, me duele, como a ti lo que ella te dijo. En menudo enredo nos metimos, tu la tienes y a mí me trae ganas… ¡que locura!

      Para entonces, los efectos del licor los hacían doblarse de la risa. Esto causó sorpresa en los músicos y el cantinero, que se miraron alzando los hombros.

      —¡Wey! Lo sabía, estás igual de perdido que yo y que ella. No nos queda más remedio que cantar otra de José Alfredo. ¡Arránquense!

      Ambos empezaron a beber de la botella junto con los músicos y el cantinero.

      —Mira, ya es raro que hayamos llegado hasta este pueblo, como para que además nos atormentemos con sentimentalismos. El amor es una ficción, eso quiero pensar en este momento. Es pura ficción la que corre por mis venas, lo que siento por Marion y lo tanto que me gusta la desgraciada. ¿Y sabes qué? Me importan los dos. Estos últimos días que he estado con ustedes me han dado tanto como no lo sentía desde mi puta fiesta de graduación en la primaria. Y no lo cambio, no lo tiro, menos aun quiero remplazarlo por otra historia. Esto es como debe ser y sucede por alguna razón tan lógica como los grados de alcohol de la botella.

      Fausto dictó su discurso ya de pie. Los músicos callaron un momento y lo aplaudieron por sus palabras.

      —¡Eso es, gallo! ¡Si ha de doler, que duela…! —lo animó el cantinero.

      Los cinco rieron y brindaron.

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