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Capítulo 12

Eran casi las nueve de la mañana. Los tres corrieron por las calles del pueblo para no perder la camioneta que los llevaría al Erial. Cuando llegaron a la plaza en donde iba a salir el vehículo, ya había varias personas adentro y muchas otras alrededor encargaban al conductor que entregara algunos paquetes al pueblo vecino.

      —Sólo puedo llevarlos si van en el toldo con las cajas —les dijo.

      Tras pagar la tarifa, subieron hasta el techo del viejo camión, donde ya se encontraban pollos enjaulados y algunos bultos.

      —¡Nomás cuidado de no aplastar nada!, por ahí les encargo las cosas, no se vayan a caer —les recalcó el chofer.

      Las condiciones del camino y las del vehículo los obligaban a avanzar con lentitud por una empinada ladera con múltiples curvas y piedras que atravesaban las montañas para descender al llano.

      Después de dos horas de trayecto y entumecidos por ir sentados sobre una llanta de refacción, arribaron a una planicie estéril, en la cual no se veía sino algunos matorrales y un camino polvoriento que se extendía recto hasta perderse de vista. Se apearon de donde pudieron y cargaron sus pertenencias a cuestas para bajar de la camioneta.

      —Mañana paso por aquí a eso del mediodía, por si quieren subir de nuevo —les informó el conductor asomándose por la ventana, que acto seguido arrancó y dejó una estela de olor quemado a su paso.

      Se encontraban solos, no se veía persona alguna en los alrededores, ni siquiera a los habituales y raquíticos animales.

      —¡Bueno, aquí comienza el viaje! —exclamó Ometeo, quien emprendió la caminata, sintiendo como si algo lo atrajera hacia el lugar.

      —¿Saben alguna canción? —preguntó Marion, que iba en medio de los dos.

      —Déjame pensar cuál podemos cantar —repuso Fausto—. Ya, tengo una que conocemos los dos, Santa Lucía.

      En un principio, sus vociferaciones hicieron reír a Marion, pero pronto aprendió el coro y cantó con ellos.

      Al compás de las notas se internaban cada vez más en el desierto.

      —¿Quién te dijo que este lugar podría ser la montaña sagrada? —preguntó Fausto a Ometeo.

      —Mi abuelo, bueno, sus apuntes. Yo creo que por eso desde hace un tiempo me interesó la leyenda de la montaña y la cueva de la cual salieron las culturas que poblaron Mesoamérica. Pero nunca las han localizado con exactitud. De hecho, los aztecas, que fueron los últimos en salir del sitio, después de dominar todo el centro de México, mandaron una expedición con sus mejores guerreros a localizarlo. Su intención era ofrecer tributo a los dioses que habitaban ahí. Como la búsqueda física fracasó, enviaron a los mejores chamanes, al monte del Xicuco en Tollan; ya en la cima de ese pequeño volcán, se convirtieron en sus nahuales y viajaron hasta el cerro sagrado.

      “Al indagar las posibles ubicaciones de la montaña, me di cuenta de que ésta era una referencia, de modo que cuando decidimos viajar propuse que viniéramos a este cerro. Pero, por lo que te dijo Jonás, el Erial que lo rodea es el sitio donde se iniciaban los chamanes para encontrarse con su espejo. Si lo superaban podían descender a la cueva y si tenían la fuerza interior, ascendían al monte. Es sólo un rito simbólico, ya que la cueva se refieren a los estados mentales.” Es al menos lo que una noche dijo el abuelo entre sus delirios.

       —¿Entonces lo que vamos a hacer es una meditación o algo por el estilo? —preguntó Fausto.

      —Me ponen rara las historias de este tipo, pero no perdemos nada con pasar una noche en el Erial y sentir lo misterioso de este lugar —dijo Marion.

      —¿Es el rito que mencionaste hace como un año?

      —Sí, se supone que debes entrar en la tierra con el pensamiento para después despertar de nuevo, justo cuando el Sol está del otro lado. Después empiezas a subir con la mente por la cueva. Necesitas mantenerla en blanco las primeras dos horas y no ingerir alimentos ni agua hasta el mediodía siguiente.

       —Es una meditación larga pero en un lugar al aire libre—intervino Marion.

      —Según esto, para poder comprender el universo y la manera como se desenvuelve, es necesario primero introducirse en el pensamiento, ya que ahí se encuentra la posibilidad de comprensión. Al conocerte podrás entender lo que te rodea.

      —Como el espejo, eso dice la carta —comentó Fausto.

      —¡Eso mero! Se supone que es un personaje muy importante de la historia de México que está vinculado con todo el proceso de civilización en Mesoamérica e influyó en la mayoría de las culturas: Quetzalcóatl, la serpiente emplumada.  En el año 999 surgió un hombre que, según algunos mitos, fue concebido por un prodigio, pero su madre murió en el parto. El niño fue educado por sus abuelos, quienes profesaban culto al dios Quetzalcóatl. Tiempo después los Toltecas lo buscaron y nombraron El Príncipe. Su nombre completo era Ce Acatl Topiltzin.

      Él sabía que esta deidad llamada Quetzalcóatl, en sí, era un mensajero entre los hombres y el universo, el viento, por eso Ce Acatl Topiltzin veneró una nueva doctrina que rinde culto a “La Dualidad”, tanto masculino como femenino, que se genera así mismo. Entonces, cuando gobernó en Tollan adoptó el rango de sacerdote y el nombre de Quetzalcóatl, para hacer referencia al mensajero. Logró unificar a su gente, cimentar su civilización y hacer de esa cultura la más fuerte y artística de su época. Su aspecto físico era distinto: casi todos lo consideraban raro porque lucía diferente de los demás. Y por sus logros y sabiduría el pueblo lo consideró el hijo del “la Dualidad”.

      Tras el esplendor de la ciudad Tolteca, surgieron rencores y riñas por el nuevo culto y apareció en Tollan la contraparte, un personaje interesantísimo que no quería la nueva doctrina, de nombre Tezcatlipoca, que significa Espejo Humeante. Él buscó engañar y pelear con Topiltzin, para que el príncipe no pudiera gobernar ni realizar sus ofrendas diarias. Debido a esta confrontación, Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl, que era una persona pacífica, salió del reino. Tezcatlipoca lo siguió a cada rincón de México donde se establecía y Quetzalcóatl, cansado de esta constante persecución, se encaminó hacia las costas y se perdió hundiéndose en el océano. Prometió regresar el día de su nacimiento, para guiar de nuevo a su civilización.

      —¿Cómo sabes todo esto? —inquirió Marion.

      —Por leyendas y textos antiguos, creo que son la mejor manera de conservar la historia, porque perdura en el colectivo. Esto, al igual que sucede con los símbolos, se repiten en la mayoría de las culturas. Creo que la historia de la cueva y su descenso está muy ligada a la idea de que hay una conexión entre los seres humanos, es decir, entre nuestros sistemas mentales. ¿Sabían que hay billones de conexiones potenciales entre las neuronas del cerebro? ¡Imagínense todo lo que está almacenado como información predeterminada y la capacidad de comprensión que puede alcanzar nuestra mente! —les dijo Ometeo, exaltado.

       —Pero, ¿por qué realizaban un rito, si sabían que sólo se trataba de entrar en el cerebro humano? Podían hacerlo desde sus casas y no andar tantos kilómetros —adujo Fausto.

      —Bueno, es que no es tan fácil llegar al interior de la mente, el asunto se relaciona con nuestras circunstancias. Por eso realizaban una peregrinación, un viaje, que los preparaba para entrar. En él, cada uno de los acontecimientos externos guarda relación precisa con lo ocurrido en el pensamiento; el punto es comprenderlo, y para ello debe seguirse con respeto y solemnidad. Éstos son la llave, según me enseño mi abuelo, y si no la tenemos, o bien no entras o, si logras entrar, tal vez no puedas salir y quedes mal; atrofiado.

      —En pocas palabras: loco —interpretó Marion.

      Continuaron su camino por el desierto durante más de tres horas, hasta que llegaron a la zona que les señalara el niño el día anterior.

      —¡El Erial, estamos aquí! —gritó Fausto, entusiasmado.

      En el lugar, situado en pleno desierto, crecían pequeños arbustos de color verde oscuro junto a plantas desérticas.

      —¿Qué les parece si ponemos la lona amarilla sobre aquel árbol que sobresale y comemos? Después buscamos las piedras —sugirió Marion.

      Tendieron la lona que traían con ellos para cubrirse del Sol que ahora brillaba en su punto más intenso, pusieron sus mochilas en el piso y prepararon la comida.

      —Lo que no tengo idea, es qué haremos con las piedras —pensó Ometeo en voz alta.

      —El niño las mencionó por algo, creo que se ponen para formar un círculo que proporcione protección, al menos es lo que presiento. No me parece mala idea seguir el protocolo ritual —dijo Marion.

      Comieron sentados en el paraje desértico, rodeados por la escasa vegetación del lugar. No se escuchaba siquiera el sonido del viento. De pronto repararon en que un joven delgado y moreno, de rostro inexpresivo, los observaba a unos metros de distancia.

      —¿Quieres agua o algo de comer? —le invitó Ometeo con un ademán para que se sentara con ellos.

      El extraño, sin responder, se acercó un poco más sin dejarlos de mirar directamente a los ojos. Su presencia irradiaba gran intensidad. Vestía un pantalón verde y una camisa blanca percudida por el uso. Aceptó un poco de agua y se sentó. Fausto se esforzó para que participara en la conversación, pero no parecía interesado, se limitaba a mirarlos. Sin pestañear, se volvió hacia Marion, quien intentó hablar con él, pero, como no lo logró, se incomodó por su mirada. Después de varios intentos frustrados, comentó que le irritaba que la viera con tanta insistencia, hasta que unos quince minutos más tarde le pidió a gritos que dejara de hacerlo, se cambió de lugar y le dio la espalda.

      Ometeo y Fausto se unieron a Marion, quien, un tanto alterada, caminaba detrás de unos arbustos. Y cuando miraron hacia donde se encontraba el joven, lo vieron ponerse de pie y marcharse, de la misma manera como había llegado.

      —Seguro le metiste un buen susto —le dijo Fausto a Marion para tranquilizarla por lo sucedido, mientras Ometeo la abrazaba.

      “Todo tiene una razón de ser, debes aprender a leer tus circunstancias”. —Le venía a la mente la frase de su abuelo.

      Regresaron al lugar, recogieron las cosas para evitar la llegada de algún animal atraído por la comida y descansaron un par de horas esperando a que el Sol disminuyera su intensidad.

      —¡Busquemos las piedras! —decidió Marion.

      Así lo hicieron. Cada uno caminó en una dirección diferente. La tarde era apacible y hermosa, con un cielo despejado que permitía ver toda la planicie desértica.

      Ometeo tomó en su mano derecha un par de cascabeles que le regalaran tiempo atrás y los hizo sonar. En la otra sostenía su collar de obsidiana.

      —He venido para aprender —pensaba una y otra vez.

      Apenas había avanzado diez pasos cuando encontró la primera piedra: era redonda, del mismo color del que viera en la montaña. Feliz, la contempló un momento.

      —Es la primera que veo. Te dejo aquí para que me digas cómo regresar —pensó.

      Caminó unos pasos hacia adelante y descubrió otra, un poco más grande que la anterior —del tamaño de la palma de su mano—, aplastada por la base. La colocó en una bolsa que traía consigo. Así avanzó; repetía en su mente las mismas palabras —“He venido para aprender”— y, sin dejar de hacer sonar los cascabeles, recogía a su paso una variedad de piedras. Un halcón aleteaba con suavidad a su alrededor. Ometeo se detuvo a contemplarlo y seguirlo con la mirada. El entorno, el paisaje maravilloso que lo envolvía en un silencio profundo.

      La tarde caía, por lo que decidió regresar al punto inicial, el cual divisaba desde muy lejos por el color amarillo de la lona. Pero no veía a sus compañeros. Siguió su recorrido y se topó con una liebre que lo miraba a unos treinta centímetros de distancia. Detuvo sus pasos un momento para observar al animal hasta que éste se dio la media vuelta y se perdió entre los matorrales. Cuando estaba por llegar distinguió la figura de Fausto que se aproximaba.

      —Quiubo ¿Cómo te fue? —le preguntó.

      —¡Bien, mira, encontré varias! —le mostró las que traía en las manos. Eran unas cinco, casi todas del mismo tamaño, color y forma—. Y tú, ¿cuántas traes?

      —Por lo menos media docena.

      Marion llegó hasta ellos con expresión larga, removiendo la tierra con sus pies.

      —¿Cuántas encontraste, Marion?

      —¡Ninguna! No hay nada, éste no es el lugar, ¿ustedes sí encontraron?, que raro, mejor que no realizo el ritual. Te juro que estuve busque y busque y nada.

      —No, tranquila, por aquí debe de haber una, las juntamos y hacemos el ritual los tres —sugirió Fausto.

      Ella husmeó entre los matorrales.

      —Al cabo es puro simbolismo.

      —Mira —le susurró Ometeo a Fausto y le mostró una que estaba cerca de él.

      Después le advirtió:

     —En este lugar seguro que encuentras.

     —Aquí no hay —dijo Marion, molesta por no haber podido descubrir las piedras.

      Había pasado junto a él sin darse cuenta. Fausto y Ometeo estaban sorprendidos: ¿Cómo es que no la vio?

      Ahora fue Fausto quien se acercó hasta donde se encontraba.

      —Estoy seguro de que en este sitio donde estoy debe haber una —se inclinó a buscar.

      Marion se acercó hasta donde Fausto recorría el piso:

      ¡Aquí está! —gritó, la tomó y ya de mejor humor se encaminaron de nuevo a su sitio.

      Formaron un círculo con las piedras. 

      Marion limpió el suelo y colocó en medio tres veladoras que trajo consigo. Entretanto, Fausto y Ometeo fueron a buscar varas para encender una fogata.

      La noche entraba en el Erial. En el cielo estrellado la Luna era apenas una línea curva iluminada en el horizonte.

      —Les tengo una sorpresa a ambos  —informó Marion con su enigmática manera de conducirse, al tiempo que sacaba algo de su mochila.

      La fogata chisporroteaba a unos dos metros de distancia del círculo formado con las piedras.

      Ella se dirigió al fuego y prendió dos cadenas de metal que colgaban de sus manos unos cuarenta centímetros, cada una de las cuales sostenía un atado de tela, mismos que se encendieron. Comenzó a danzar con ellas haciéndolas girar de distintas formas. Movía brazos y caderas, y a su alrededor se arremolinaban las brasas que iluminaban de manera espectacular su cuerpo y sus armónicos movimientos. El choque del fuego contra el viento a gran velocidad generaba un sonido increíble. La danza en pleno desierto en una noche estrellada era de lo más hermoso que habían presenciado, sobre todo porque la realizaba Marion.

      Cuando terminó se acercó y los tomó de las manos animándolos a levantarse. Sin pronunciar palabra se dejaron guiar por ella, quien los introdujo al círculo y encendió las velas. Los tres se abrazaron en medio de éste.

      —Gracias por este viaje, los quiero —dijo ella, con un beso en la mejilla para cada uno rozando sus comisuras.

      El ambiente era extremadamente intenso, debido a lo sucedido el día anterior. Ometeo se sentía incómodo, sobre todo al percatarse de cómo se miraban Fausto y Marion. Se percibía tanto su atracción que por un instante estuvo a punto de soltarse y dejarlos solos. Los tres se sentaron en el suelo mirándose a los ojos de vez en vez; movidos por la misma sensación, se recostaron hasta colocar la cabeza muy cerca de las velas en el centro del círculo y los pies apuntando a una dirección diferente cada uno, justo a la medianoche.

      En esta posición procuraron conservar la mente en blanco, dejar que las imágenes que aparecían en forma de recuerdo se desplazaran sin detenerse a examinarlas, hasta que menguaban más y más. Llegaban a un estado libre de pensamiento y callaban su mente. Era difícil lograrlo, pero siempre que volvía una imagen dejaban que fluyera de nuevo hasta quedarse en blanco. Frente a sus párpados cerrados, Ometeo veía moverse algunos destellos de luz de color púrpura y otros violeta; percibía en el borde de sus ojos rápidos matices de luz blanca. Luego llegó la oscuridad total, sin pensamientos, imágenes, ni sensaciones.

      De pronto, un calor sutil invadió el centro de su cuerpo, cerca de la boca del estómago, que se extendió en forma circular durante unos momentos. Después sintió como si tiraran de él hacia la tierra, pero no pudo moverse. De nueva cuenta percibió los destellos de luz por el rabillo de los ojos y de inmediato los abrió. Observó el cielo estrellado sobre él. Aunque algo mareado, lo embargaba una tranquilidad exquisita. Poco después escuchó a Marion incorporarse de la misma manera.

      Ometeo se levantó y Fausto salió del círculo.

      —¿Quieren café? —preguntó.

      —Yo sí, un poco, por favor —respondió Marion.

      Ometeo sentía ganas de una buena taza, pero por alguna razón muy profunda, decidió esperar hasta el día siguiente.

      Marion y Fausto sacaron de las mochilas las cacerolas y el café. Coqueteando entre ellos y jugando se acercaron a la fogata casi extinta, avivaron el fuego y prepararon la bebida.

      Ninguno habló acerca de lo que experimentaron dentro del círculo, preferían que se quedara en ellos.

      Ometeo miró el reloj, eran más de las cuatro de la madrugada. ¡Qué raro!, no pensó que hubiera pasado tanto tiempo. Miró con atención a Marion interactuar alegremente con su amigo; muy unidos esa noche, bromeaban y reían. Confuso por la situación que lo hacía sentirse ajeno y apartado —algo tan diferente de lo que experimentara minutos atrás—, y deseoso de conciliar el sueño, optó por entrar de nuevo en el círculo con su saco de dormir.

* * *

      Una leve presión sobre el pecho lo despertó. Era de día, al parecer había dormido profundamente. Escuchó un par de pisadas delante de él y levantó la mirada. Marion y Fausto estaban de pie, besándose. Pasmado, dejó caer la cabeza sobre el saco. Lo que vio lo golpeó con fuerza, no entendía, lo tomó desprevenido, lo dejó atónito y boquiabierto. Por un momento pensó que quizás entre su mejor amigo y Marion no pasaría nada.

      “¡No jodas! ¡Pinche Fausto! ¿Qué diablos?” —se dijo. Quería que el Erial lo tragara, que se lo llevara hasta el fondo del abismo. No tenía sentido alguno estar ahí después de que ella tomó la decisión de estar con Fausto y éste, a pesar de su juramento, sucumbió. Nunca le había ocurrido algo así.

      “¿Qué carajos está pasando?” —se preguntaba. No sabía cómo reaccionar, no sentía, estaba paralizado.

      “Eso es lo que me pasa —pensó—, no siento.”

      —¿Quién dijo eso? —Pronunció en voz baja— ¿Quién está hablando?

      — ¿Puedes escucharme, Ometeo?

      —¿De quién es esa voz? ¡Claro que te escucho! ¿Quién eres? ¿Qué sucede?

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