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Capítulo 13

Marion se acercó a Ometeo, luego de que él se levantara con rapidez. Desconcertado y pálido, miraba al suelo como si hubiera descubierto algo ahí abajo.

      —¿Estás bien? —le preguntó ella, preocupada.

      Perturbado, asintió:

      —Sí, no es nada, estoy bien.

      —Estaba segura de que me mirabas mientras besaba a Fausto. Quería que lo vieras, no estaba dispuesta a mentirte.

      Él no ocultó su sorpresa. ¿Cómo podía decirle tal cosa? ¿Por qué? ¿Qué sucedía? Necesitaba reaccionar ante lo presenciado y escuchado, pero no encontraba una lógica, se sentía solo entre una amalgama de imágenes que se revolvían en su mente. Algo en su interior lo intrigaba, aunque no se permitió manifestar sus dudas y la encrucijada que sentía enfrentar.

      —No te preocupes, déjalo así —expresó.

      Miró a su alrededor y escudriñó en el horizonte. De pronto, no prestaba ya demasiado interés al hecho, algo más ocupaba su mente y despertaba su curiosidad. ¿Qué fue aquello que escuchó con tanta claridad?

      “No me voy a hundir, sólo déjate fluir” —se dijo.

      Un gran alivio invadió su cuerpo conforme percibía su realidad. Tomó por los hombros a Marion y le aseguró:

      —Estoy bien.

      Ella lo abrazó con fuerza un largo rato. Fausto, quien los observaba desde lejos, descansó al ver que su amigo entendía que le fue imposible no estar cerca de ella.

      Ometeo procuró dar la impresión de que estaba de buen humor para no deformar el sentido del viaje. Incluso cantó Santa Lucía para disimular el conflicto interno que lo confundía y lo minaba por dentro. Juntos limpiaron y se llevaron algunas piedras en la mochila. Las demás las arrojaron al Erial para que se perdieran entre los matorrales.

      —Las devolveré pronto —prometió Ometeo.

      Caminaron de regreso durante varias horas, de prisa para no perder el camión rumbo al pueblo.

      Al llegar al lugar por donde una hora después pasaría el transporte, Ometeo se sentó en una banca y dejó su mochila a un lado. Fausto se aproximó a una toma de agua cercana —proveniente de un antiguo pozo—, se despojó de su playera y mojó su cabello. Marion fue directo hasta Ometeo, lo miró, lo acarició con ternura, acercó sus labios a su boca y lo besó. 

      Cuando arribó el camión, subieron de nuevo al toldo y se dirigieron al pueblo, atravesando la sinuosa carretera árida.

      Pasadas las dos de la tarde y empapados de sol, llegaron sedientos y hambrientos, dejaron sus maletas de nuevo en la habitación con la señora Jovita y salieron a la fonda. Hartos de la comida enlatada de los días anteriores, necesitaban los tremendos guisos mexicanos, dotados de sabor y con una gran variedad de ingredientes.

      —¡Podemos ir mañana a otro sitio! —dijo Marion—. Nos quedan unos días juntos y podríamos aprovecharlos para conocer algo más.

      Para Ometeo el lugar donde se encontraban era muy importante y apenas empezaba su intento de asimilar lo ocurrido. Pero al ver a sus compañeros tan entusiasmados, no pudo negarse.

      —Podríamos ir a la selva —propuso Fausto.

      —Sí, cambiar de clima, me fascina. ¿A la selva? ¿Hay una cerca? —las palabras de Marion se atropellaban.

      —Sí, oí hablar de un lugar, aunque no lo conozco. Es un castillo surrealista en medio de la selva —explicó—. El trayecto es largo, pero creo que vale la pena conocerlo.

      —¿Cómo que un castillo surrealista?

      —Dicen que un Don con mucha plata le gustó el lugar y después de chapotear un rato en el río lo rodearon un friego de mariposas. Se viajó y tomó eso como un presagio y decidió construir una escultura viviente con escaleras que suben sin más, caminos que no llevan a ninguna parte, puentes, torres y puertas que se abren en medio de la vegetación sin motivo aparente. Según dicen, aquello parece un sueño.

      —¡Me gusta, me gusta mucho la idea, podemos salir mañana temprano!  —aplaudió contenta Marion.

      Consultaron el mapa y hablaron de la ruta que debían tomar.

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