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Capítulo 14

Esa noche Ometeo soñó que se encontraba en una habitación de techo alto, vigas de madera, paredes pintadas de blanco y dos puertas pequeñas, una del lado izquierdo y otra en el centro del muro a su lado derecho. En la esquina contraria salía un árbol del suelo. Se acercó a él y vio resplandecer en su copa una luz parpadeante, al tiempo que una voz grave y pausada le preguntó:

      —¿Estás consciente?

      —Sí. —Respondió observando sus manos.

      La luz se apagó y quedó solo en la penumbra. Miró en todas direcciones y escuchó un estruendo fuera de la habitación que se repetía y se acercaba constantemente, cada vez más de prisa. Figuraban pasos, cada uno de los cuales cimbraba el suelo. Cuando el sonido parecía estar justo del otro lado de la pared enfrente de Ometeo, éste observó cómo se deformaba el muro al recargarse en él un peso enorme que avanzaba hasta la puerta. Ésta se abrió con fuerza y dejó que entrara la cabeza de un puerco gigante, de aspecto aberrante y asqueroso, boca babeante con los ojos vidriosos. El animal recorrió la habitación con la vista hasta mirar a Ometeo fijamente. Olfateó e inhaló todo cuanto pudo, retuvo el aliento, soltó una carcajada espantosa y se abrió espacio para introducirse por la puerta hasta conseguirlo. Su cuerpo era el de un ser humano enorme —de unos tres metros de altura— y gordo; cubría su torso con una manta negra que caía hasta sus rodillas como una especie de falda.

      Caminó de un lado a otro de la habitación frente a Ometeo, riendo sin parar; le causaba gracia verlo.

      —¿Tú? —le dijo, con voz ronca como un estruendo—. ¡Pero si eres un pobre imbécil!

      Rió de nuevo y se arqueó sobre su estómago para intentar contener las carcajadas.

      En su falda se dibujaban, con luces azules y rojas, siluetas de personas que extendían sus manos y brazos en un intento por salir de ella. A cada paso que daba las figuras cambiaban de posición; parecían atrapadas en la tela endemoniada.

      La criatura paró de reír y sacó de su espalda una larga lanza con la punta de metal oxidado, la sostuvo y la arrojó hacia Ometeo, quien apenas logró esquivarla y verla estrellarse en la pared. El joven la extrajo con mucho esfuerzo y la asió con ambas manos. Era muy pesada. Intentó lanzarla hacia el animal y sólo consiguió tirarla a unos pocos metros. La criatura volvió a reír, se divertía con él. Tomó el arma y la lanzó de nuevo en su contra y él la esquivó otra vez. Ometeo hacía grandes esfuerzos para lanzarla y fallaba en su cometido; la gracia que esto provocaba en el entretenido animal lo hacía caer en cuclillas, respirar afanosamente y sacar espuma por la boca. Por fin, se decidió, empuñó el arma y la estrelló muy cerca de Ometeo. En ese momento él se acercó y comenzó a golpear a la criatura con una piedra redonda en la cara mientras aquello se retorcía de la risa, de golpe en golpe, la cabeza del animal se iba deformando y conforme lo atestaba, su cara iba perdiendo color hasta quedar pálido, ojeroso, desgastado, pero curiosamente su cara adquirió forma humana, ensangrentado y de aspecto visceral. Se apartó un momento pensando que ya había acabado con su contrario, cuando de pronto éste se levanta, sacude su cabeza y se vuelve a generar el espectro animal en su rostro, riendo y riendo cínico.

      —¡Ja Ja!,  pobre imbécil, si crees que me puedes vencer.

      Agotado por el esfuerzo, vulnerable y temeroso, tomó la lanza y la recargó verticalmente. Escuchó que detrás de él se acercaban otras pisadas rápidas y pesadas, pero por alguna razón no podía volverse a ver quién llegaba. Entonces sintió que una mano tocó su hombro.

      —Es justo lo que necesitamos para vencerlo, se la lograste quitar, su columna, su arma. —Le dijo una voz, mientras sujetaba la lanza y la levantaba.

      La criatura mitad cerdo, mitad humano, se asustó al ver lo que estaba detrás de Ometeo. Ante el terror que le provocó esa presencia, que despedía una fuerza aplastante, empequeñeció hasta convertirse en un pequeño puerco rosado que escapaba chillando por la puerta a tropezones.

      Todos se habían marchado de la habitación. Ometeo estaba solo y en mitad del cuarto.

      “Está dentro de ti” —Le dijo la voz que retumbaba en las paredes.  —Debes hacerlo.

      Estaba desnudo y solo, no había ruido alguno. Una absoluta calma aparente. Fue entonces entre la abismal pasividad que sintió un sutil dolor entre las piernas, se agachó a observarse y lo que notó fue una pequeña protuberancia que irradiaba calor dentro de su escroto. Lo tocó, no le dolió, pero veía una hinchazón y un pequeño orificio, se animó a tomarlo con sus dedos, y entonces brotó una piedra liza y pequeña del interior que caía por el suelo de la habitación, su testículo se había convertido en una piedra y ahora había salido rodando. La sujetó observándola cuidadosamente, era casi un cristal verduzco del que desprendía pequeños pero intensos destellos, —Jade—. Pensó

      —Debe estar dentro de ti. —Escucho de nuevo la voz.

En ese momento y sin pensarlo. La tragó.

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