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Capítulo 15

La mañana siguiente caminaron hacia el túnel para salir del pueblo. Fausto escuchó que alguien los llamaba. Era Jonás, quien, a bordo de una vieja pick up, les hacía señas con la mano para que se detuvieran.

      —Los llevo, suban atrás —les dijo.

      —¿A qué parte te diriges? —le preguntó Fausto.

      —Igual que ustedes, al otro pueblo. ¡Órale!, arrimen sus cosas.

      Ellos treparon a la caja del vehículo y se sentaron sobre sus mochilas. Pronto recorrían el viejo camino que atravesaba el desierto en medio de la nada, donde el paisaje sólo dejaba ver austeridad. En la tarde llegaron a un pequeño poblado igualmente estéril, en una esquina paró la camioneta y Jonás les hizo unas señas para que bajaran.

      —Ahí mero es la taquilla.

      Ellos se apresuraron y se despidieron amablemente de su nuevo amigo; caminaron unos pocos pasos hasta llegar a comprar los boletos.

      —El camión no hace parada en la estación de Xilitla —les informó la taquillera—, no olviden decirle al chofer que los baje en la carretera, donde está la desviación  porque si no, seguirá derecho.

      En el maltratado autobús viajaba un número casi igual de personas y de animales, ya que era de los únicos medios de transporte accesibles en el territorio, donde transitaba todo tipo de mercancías para uso doméstico y comercial de las localidades cercanas.

      Viajaron el día entero sometidos a climas diferentes. El camino se elevaba por las montañas, descendía entre los valles, recorría curvas interminables, pastizales, tierras de cultivo y llanos. En las poblaciones a pie de carretera se podía comprar un poco de comida desde la ventanilla del vehículo que avanzaba a paso lento. Varias personas, en su mayoría mujeres, se acercaban para ofrecer, a cambio de unos pesos: café de olla recién hecho endulzado con piloncillo, pan horneado en leña, y guisos presentados en papel de estraza, piezas de pollo y arroz caliente, mismos que desprendían olores a especias de la zona.

      La noche se apoderó de la ruta, así como el cansancio de ellos que fue súbito en los tres y los forzó a quedarse dormidos casi al mismo tiempo.

      Ometeo tuvo otro sueño lúcido. Percibía a la perfección, colores, texturas y una secuencia. Todo esto lo hacía muy parecido a la realidad, eran más bien como recuerdos en su mente y no un simple sueño.

      Se encontraba en un pueblo pintoresco rodeado por un bosque, con casas y un hermoso jardín al centro. Caminó alrededor de la pequeña plaza mirando y disfrutando la frescura del aire de aquel lugar. Una de las casas tenía la puerta abierta de par en par. Se asomó; estaba vacía y un olor fuerte a humedad transpiraba por su estructura de madera. Entró y observó que al final había otra puerta de menor tamaño, también abierta, de la cual emanaba un aire aún más húmedo y frío. Se dirigió hacia ella y entró. Por la oscuridad del lugar no podía distinguir bien lo que había dentro; sólo observó unas escaleras que bajaban. Las siguió y se dio cuenta de que no llevaban a un sótano, sino a la entrada de una gran gruta llena de estalactitas.

      Al fondo de la escalera, varios metros debajo de él, se distinguían algunas luces. Decidió bajar. El sitio estaba colmado de muchas pequeñas casas de no más de medio metro de altura; en cada una colgaba una vela que iluminaba el corredor sobre el cual se hallaban. Al otro extremo del corredor, a unos metros de distancia, una persona encorvada y vieja le llamaba para que se acercara. Ometeo lo hizo y cuando estaba a corta distancia, aquella se dio la vuelta y se adentró por el costado de una casa. La siguió y se topó con otras escaleras aún más estrechas que descendían. Se internó poco a poco y entró en otra gruta, de menor tamaño y unos cincuenta metros de profundidad. En el fondo había dos casas, que semejaban templos en medio de la oscuridad. Entonces tomó conciencia de que las pequeñas casas en la cueva anterior eran tumbas.

      Al descender vio a varios jóvenes que caminaban con sigilo hasta perderse en la parte posterior de uno de los templos; se aproximó y vio que uno de ellos sostenía una lanza. Enfrente se apreciaba una especie de barranco oscuro de unos diez metros de ancho. El delgado guerrero que vestía una camisa blanca, señaló en silencio a la otra orilla del barranco, en medio de dos puentes viejos de madera a punto de desmoronarse.

      Del interior del barranco comenzó a salir una figura perversa y deforme, de la cual se distinguía sólo la sombra, el contorno. El joven les indicó que avanzaran por los puentes en silencio hasta la sombra y así lo hicieron. Una vez del otro lado del barranco, la figura se sintió acorralada; si bien era mucho más grande que ellos, carecía por completo de fondo. Únicamente un reflejo negro con extremidades largas y retorcidas. Se deslizaba en dirección contraria y en ese momento el joven guerrero que estaba en el otro frente lanzó con fuerza el arma y atravesó el extraño demonio que había salido del inframundo. Aquella sombra perdía la forma y desprendía un sonido ensordecedor que perturbaba en cada rincón de la cueva, estremeciéndola y desvaneciéndose en ella mientras la lanza seguía su curso hasta el fondo del barranco.

      Se escucharon gritos de júbilo y pronto se encendieron miles de velas en los alrededores, las cuales iluminaron la caverna. Salieron personas detrás de las estalagmitas y otras bajaron por la escalera. Alegres, todas aplaudían y cantaban. Ometeo llegó a la puerta de uno de los templos y el joven que arrojó la lanza lo tomó del hombro y le pidió que lo acompañara junto con los demás. Ascendieron por un costado de la estructura y lograron colarse hasta una ventana lateral desde donde se veía el altar. Para ese momento ya había muchísimas personas dentro y fuera que abarrotaban el sitio.

      —Sólo si era derrotado con su propia lanza podía celebrarse la gran boda; esa figura era el miedo mismo y nos tenía presos siglos atrás. Y Sólo así, puedes continuar esta historia… —advirtió el guerrero de facciones flagrantes.

      Miraron con detenimiento la entrada de una pareja, ambos vestidos con túnicas y telas largas blancas adornados con joyas y flores frescas. Ometeo procuraba ver sus rostros a medida que se acercaban al altar. Ella lucía un largo velo blanco que cubría parte de su rostro bellísimo; su delineada figura irradiaba como un planeta lejano lo hace en una noche clara. El hombre que la acompañaba se volvió hacia la ventana y les observó fijamente, sus ojos eran de un fuego intenso.       Ometeo quedó paralizado. Se trataba de dos figuras que conocía por antiguas imágenes, irradiaban una luz rojiza desde su plexo. ¿Cómo podía estar presenciando su boda? La boda de  la Dualidad.

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