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Capítulo 16

Capítulo 16

Un fuerte relámpago iluminó por un segundo el cielo ennegrecido que abusaba con lluvia a la selva que ya no tenía la capacidad para filtrar tanta agua. Escurriendo ladera abajo las cuantiosas gotas. En ese instante, fue el súbito despertar de Ometeo. Estaba de pie frente a sus amigos, consciente de nuevo, en la selva de Xilitla. El largo recorrido hecho mentalmente le dejo la extraña sensación de no saber nada sobre la temporalidad de los eventos, si el pasado era presente o el presente era circular, como si todo aquello fuera arbitrario, casi como cambiar de hoja y volver a empezar, o intentar terminar con algo que no alcanzaba a entender. ¿Su realidad era atemporal? o la memoria era un sueño que se fundía en un presente condicionado y confuso.

       “La realidad es la sombra de los sueños. Nunca lo olvides”. —Recordaba la voz de su abuelo que le ayudaba a despertar.

      En este instante pudo comprenderlo todo, y por lo tanto el colapso era inminente…  

      Marion y Fausto intentaban comprender la perorata, pero el ambiente y la fuerte lluvia en la selva, la abismal oscuridad en la que estaban sumergidos en ese sitio en apariencia solitario y las palabras de Ometeo provocaban pavor en ellos, los hacía sentirse vulnerables e intranquilos en la profunda negrura que les proporcionaba esa densa vegetación.

      —¿Qué? ¿Te volviste loco? Tranquilízate, estás alterado —exclamó Marion.

      —Estoy tranquilo. —Estaba completamente abrumado pero con una felicidad exacerbada.

      —Sé que suena extraño y disparatado, pero nunca estuve tan seguro. Les conté que algo pasó en el Erial, pero no sabía qué era. Ahora acabo de verlo todo, creo que en realidad me estoy introduciendo en mi mente. ¡Es mi inconsciente!

      —¿Que quieres decir con el inconsciente? —preguntó Fausto, quien ahora mostraba una intranquilidad que contrastaba con su habitual seguridad.

      Para Ometeo y para mí, todo tenía una lógica sorprendente en ese momento, lo entendíamos con claridad.

      —El inconsciente, por llamarlo de alguna manera, aunque no lo puedo describir por completo, es la otra personalidad dentro de mi cuerpo, la siento, es “la conciencia interna”; me dividí. Es un niño, un niño que nació antes que mi consciente en el vientre de mi madre. Es una personalidad que habita en nuestro cuerpo, en la mente. Mientras tanto, el consciente se encarga de mantenerme atento a mis circunstancias y de que aprenda por medio de la experiencia o el razonamiento; es decir, es el que habla en este momento con ustedes, el Aquí, el que está leyendo su propia historia. El inconsciente es oblicuo en el cuerpo; hace que tu corazón produzca los latidos necesarios o que respires sin darte cuenta; es el encargado del desarrollo de tu cuerpo y de sus funciones internas, todas ellas comandadas desde una personalidad biológica —esto es mucho más complejo, pero lo digo así para explicarme mejor—; viene con la carga genética y es el que realiza las funciones inherentes al ser; como el instinto es “el espejo”.

      Fausto dio unos pasos hacia atrás y tomó a Marion de la mano.

      —¡Exactamente! —expresó Ometeo—. Es el que ahora, sin pensarlo, sintió la necesidad de protección y buscó a Marion, mientras tu consciente intenta procesar la idea porque no logra entender qué sucede. El inconsciente es tu otra personalidad dormida, inquietante, que está esperando surgir, manifestarse. Es el que hace que tu cabello crezca o que tu estómago genere el proceso para el cual fue diseñado. ¿Quién crees que produce en ti un tic nervioso en este momento y ni siquiera se da cuenta de que lo hace? ¿Por qué? Porque no opera con el mismo lenguaje que el consciente, porque para él la comunicación es “movimiento”, esquemas a los que nunca prestamos atención. Pero ahora que se manifiesta en Brazo, mi inconsciente se comunica de manera directa con mi consciente a través de una reacción física, para que éste sea capaz de entenderlo y tomarlo en cuenta.

      —¡Movimiento!, ¡eso es! —gritó con fuerza volteando hacia arriba, sus venas del cuello se le hincharon por el esfuerzo. Meditó con detenimiento en sus palabras.

      —¡Se expresa con movimiento, entonces debe responder con “movimiento”!

      Observó su brazo que tenía justo frente a él. Marion miraba desconcertada el efecto de la luz agitada de la vela sobre la indescifrable personalidad que adquiría.

      —¿Eres mi inconsciente? Me inquirió directamente con determinación viendo de frente a su brazo; al libro abierto.

             Yo, yo el narrador, estoy saliendo de tu mente, soy tu mano izquierda, y estoy abriendo la palma de tu mano dictando una afirmación, oyéndote, estoy aquí, a tu costado.

      —¿Cómo expresas una negación? —me preguntó.

      Ahora, comencé a girar la mano hasta quedar con la palma hacia abajo, sintiendo los músculos como lentamente se comenzaban a mover, uno por uno, me contorsionaba con una fuerza sorprendente, aprisionando con los dedos, sujetando el vacío entre los dos, la distancia entre lo que soy  y lo que está escrito. ¿Lo sientes?… Soy yo, tu Brazo, tu inconsciente, el narrador que siempre está en tu pensamiento, tu voz oculta.

      Se volvió hacia sus compañeros con las facciones alargadas, desconcertado.

      —Estoy asustado, lo estoy escuchando aquí.

      Al mismo tiempo moví la mano a la posición inicial, como si sujetara algo con el puño en forma vertical.

       —¿Tú estás moviendo la mano? —Intervino Marion—. Lo haces a propósito.

      La voz de Ometeo había cambiado aún más. Se escuchaba entrecortada, hablaba con pausas entre cada sílaba, tartamudeaba, se notaba que le costaba trabajo hablar y gesticular.

       —Sí, sí, yo estoy moviendo la mano, eso es obvio, pero no de una forma consciente. Quisiera bajar mi brazo, pero no puedo, y  tal vez mi cerebro sí lo esté haciendo a propósito, sólo que ahora no tengo ningún tipo de  control  sobre  mi  antebrazo. Es él, lo puedo escuchar, puedo sentir el susurro de su voz, es Él.

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