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Capítulo 2

La noche en la selva fue diferente a cualquier otra. El cielo estaba nublado y una oscuridad los arropaba. La vela que encendieron y colocaron sobre una piedra despedía una luz mínima que apenas rozaba sus rostros.

      Fausto y Ometeo observaban cómo las formas y contornos de la naturaleza se perdían en la negritud. Unos diez metros delante de ellos se elevaba una peña repleta de vegetación, sacudida por los animales que pernoctaban en ella y por una ligera brisa que la recorría de izquierda a derecha moviendo ramas y enredaderas colgantes. Durante varios minutos contemplaron las siluetas de la noche y las múltiples figuras derivadas de la libre asociación del pensamiento.

      Marion buscaba otra vela entre sus cosas, sólo analizando la textura de los objetos con la yema de los dedos. De pronto Ometeo comenzó a tener una sensación distinta en su cuerpo; era como si le hubieran atado una soga alrededor de la cintura y alguien desde el suelo tirara con ímpetu. Se levantó con un ligero esfuerzo y caminó en círculos; el efecto algo raro, le provocaba escalofrío. Tomó un poco de agua de una botella y se esforzó por tranquilizarse, pero la oscuridad reinante entorpecía sus movimientos; entonces, se dirigió al interior del tejado, recorrió unos metros y se sentó en el suelo cruzando las piernas. Mantuvo la mirada en el piso sintiendo el leve arrastre en la zona del ombligo. Cerró los ojos y comenzó a vociferar, producía un sonido grave desde su pecho que utilizaba como caja de resonancia y otro que contrastaba, generado al mover la boca con el aire que exhalaba dos notas diferentes. El gran alivio experimentado le hizo repetirlo una y otra vez; en ocasiones cambiaba el tono alto y agudo para variar su intensidad.

      Después de unos quince minutos dejó de sentir la tenue fuerza que tiraba de él. Justo entonces, exhaló con el sonido más largo posible y abrió los ojos.

      Impresionado, vio frente a él una pálida luz azul, que con lentitud, ascendía en forma de espiral como neblina. Paralizado, guardó silencio y la luz desapareció como si se filtrara de nuevo hacia la tierra. Se sorprendió mucho por el efecto, pero pensó que tal vez era producto de su imaginación o por haber abierto los ojos muy rápidamente.

      Así que tomó aire y emitió el sonido en un tono más alto.

      —¡Es impresionante! —pensó.

      Veía la misma espiral ascendente, pero ahora con un tono más bien verde, muy delicado. Y al dejar de producir el sonido, de nuevo la luz se disipó.

      Fascinado, probó ahora con un tono más agudo. Esta vez la luz cambió a un tono amarillento.

      —¡Marion, Fausto! —gritó—. ¡Vengan, tienen que ver esto!

      — Es sinestesia —se dijo.

      Sus amigos se encaminaron hacia él a tientas.

      —Aquí, a su derecha, más adelante —advirtió Ometeo.

      —¿Cómo puedes saber dónde estamos? Aquí no se ve nada. —Le preguntó Marion.

      Ometeo se asombró por la pregunta, pero aun más porque no había pensado en ello.

      —¡Puedo distinguirlos! —les dijo, con una risa nerviosa—. ¡Puedo verlos!

      —¿Cómo? Ometeo, ¿estás bien? —insistió Marion.

      —Creo que sí. Los distingo por una línea de luz rojiza que los enmarca alrededor de su silueta.

       Los tomó de las piernas indicándoles el sitio.

      —Siéntense aquí.

      Marion y Fausto se acomodaron en el suelo.

      —¿Qué te pasa? —inquirió Fausto.

      —No sé, algo ocurre.

      Les habló del tirón que sentía y de lo que vio. Ellos lo escuchaban divertidos, aunque un tanto incrédulos. Por un momento los ruidos de la selva hicieron una pausa y el silencio fue total. Enseguida cayó la lluvia y resurgió un sinfín de ecos nacidos del entorno. Estaban fascinados.

      Ometeo se levantó y salió hacia donde la vela apenas lo iluminaba. Podía ver todo con normalidad, pero, más allá de eso, lo sentía.

      Fausto y Marion se acercaron a él.

      —Algo ocurre. —expresó Ometeo con voz profunda y tranquila—. No sé qué es, lo presiento.

      La lluvia se precipitaba con fuerza, parecía que la selva se caería con tanta agua. Por suerte se encontraban bajo un buen techo por el que no se filtraba una sola gota.

      Fausto se arrimó a Marion y la abrazó. Observaron a Ometeo que se postraba frente a la espesura de la noche en calma.

      De pronto, se volvió hacia ellos y los miró a los ojos.

      —Sí, ustedes muy juntos con luz de vela, en medio de la noche ¿No? —dijo sarcástico—. ¿Pero saben?, no me importa porque yo tengo a Brazo.

      Dobló su brazo izquierdo hacia delante con la mano entreabierta haciendo movimientos y muecas, como si conversara con un títere que era su brazo.

      —¿Verdad, Brazo, que nos tenemos a nosotros? —decía como si interpretara un pequeño monólogo.

      Marion y Fausto lo miraban y reían con él, debido al tinte cómico que le imprimía a su actuación.

      —En serio, somos buenos amigos, ¡Brazo no se me despega un minuto! —miró a su brazo.

      —Brazo es como alguien que contiene el vacío, la soledad.

      —¿Qué dices?

      —Sí, como lo escuchas. —dijo riendo— a brazo no necesito saludarlo, es más, Brazo me abraza, ¡ja!.

      —Estás bien loquito. —dijo Marion.

       En medio de una carcajada que se notaba ansiosa, Ometeo levantó la cara.

      —Fausto, es extraño —dijo después, con la mueca entrecortada—. Y creo que no es muy divertido.

      El aludido sonreía al ver a su amigo conversando con su brazo  y diciendo tonterías.

      —¿A qué te refieres? —preguntó.

      —¡No sé, sólo siento que está cabrón!, ¡necesito que me eches una manita! —exclamó riendo, mientras con la mano derecha tomaba a la izquierda a la altura del antebrazo y empujaba hacia abajo. Forcejeando consigo mismo.

      Marion y Fausto miraban curiosos como reñía con su brazo.

      —¿Estás bien?—le preguntó Marion.

      —No. ¡Fuera de broma! ¡Está raro! —su tono había cambiado, mostraba una expresión angustiada.

      Perplejos, sus amigos lo miraron e intentaron disimular su hilaridad.

      —¿Qué ocurre? No nos asustes —le advirtió Fausto.

      —No sé, la verdad es que no puedo mover mi brazo, ¡mira! —mostró el brazo por completo doblado hacia el frente.

      —¿Cómo que no lo puedes mover? —intervino Marion, todavía con la sonrisa en la boca.

      —¡No estoy jugando!, ¡no puedo mover mi brazo! Fausto, ayúdame, ¡por favor!

      Fausto, con el semblante seco, estaba delante de él.

      —¿Qué carajos te pasa? ¡Ya deja de bromear!

      En ese momento Ometeo tuvo un momento de lucidez. Por su cerebro cruzaron con velocidad varios pensamientos. Buscaba una explicación en su lógica que ahora era diferente, clara, y muy concreta.

      —Está Aquí —se acordó de las palabras de su abuelo—. Sabía la respuesta, aunque le costaba trabajo admitirla, sabía lo que sucedía en ese momento: se había introducido por voluntad propia en un mundo que desconocía, pero que ahora era muy real y apenas comenzaba.

      Miró de frente a Fausto con ojos expresivos y una serenidad absoluta.

      —Es mi inconsciente.

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