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Capítulo 3 Septiembre 1999

De pronto sintió el humor que entró por sus fosas nasales e inundó sus pulmones. El olor era espeso, grasiento, ascendente y extraño —nada similar a lo percibido antes— tan intenso que lo levantó de su asiento y lo obligó a quedarse de pie, respirar profundamente. Sintió que su penetrante consistencia lo ahogaba y, con pesadez, se recargó sobre la silla jadeando intentando recobrar el aliento.

      En ese momento se abrió la puerta de la habitación con un leve crujido y escuchó la tristeza que emanaba del llanto sin consuelo de su hermana.

      —Baja, el abuelo acaba de morir.

      Ometeo se encontraba en un pueblo, en el segundo piso de una vieja casa; justo arriba de la recámara de su abuelo.  Desconcertado porque aún no entendía cómo pudo haber percibido ese efluvio que penetrara en su nariz, en sus pulmones, y que le producía estremecimiento. Tomó su abrigo, bajó con rapidez las escaleras y observó cómo la casa comenzaba a llenarse de todo tipo de personas atraídas por la noticia que al parecer se había difundido; familiares, amigos de toda la localidad comenzaban a llegar.

      —No puede ser que haya sentido la esencia de mi abuelo,    —pensaba.  —¿Qué está pasando?

      Entre el tumulto, su madre se acercó sin que éste la notara, lo tomó del hombro y lo atrajo hacia ella con una expresión de trágica calma.

      —¿Estás listo? —le preguntó—. Necesito que me ayudes a cambiar de ropa a tu abuelo. 

      La siguió hasta la habitación donde el cuerpo yacía tendido sobre la cama y cerró la puerta con seguro dando doble vuelta al broche oxidado empotrado en el filo de la madera.

      —Se que a él le hubiera gustado ser enterrado con su traje, pero mejor le ponemos su pijama de franela; para que se vaya cómodo y calientito. Deberíamos de bañarlo antes de meterlo en la caja, pero ya no tenemos tiempo, bueno, creo que eso a él ya no le importa.

      —¡Ándale!, sostenlo para que pueda cambiársela. Debemos hacerlo antes de que empiece a ponerse rígido. Procura no apretarlo, si lo agarras fuerte le salen moretones en todo el cuerpo por el cáncer.

      A sus veinte años, nunca había presenciado la muerte de nadie, estaba tranquilo, callado, impactado a punto del vómito. Sujetó primero las piernas del cadáver con mucho cuidado, alzándolas como si se tratara de frágiles piezas de cristal; después levantó su brazo derecho y a continuación el izquierdo, retirando las mangas de la camisa. Su cuerpo, antes muy fuerte, ahora estaba en extremo delgado por la enfermedad, consumido por completo. No obstante, sus facciones denotaban la paz alcanzada con la muerte que llegara después de tanto dolor.

      —Ahora levántalo para quitarle la camisa.

      Tomó el cuerpo pasando por su espalda que estaba aún caliente. Sostuvo su cabeza con la mano, dejando su cara frente a la suya. Observó sus ojos negros desgastados y entreabiertos al igual que su mandíbula y una piel delgada, deslucida que se aferraba al hueso. Al alzar el cuerpo sin vida, éste exhaló lo que quedaba en los pulmones. En ese preciso momento inhaló y recibió todo el aliento similar al anterior, que se adhirió como una medusa infiltrándose en sus órganos vitales. Casi inmóvil, su mente por unos segundos quedó en el abismo, un vacío sin pensamientos ni sensaciones.

      —¿Estás bien? —escuchó la voz de su madre a lo lejos como un eco.

      Volvió en sí y asintió enmudecido. Los sentidos le traicionaban; mareado y con dificultad para respirar por el choque emocional, intentaba guardar la calma para cumplir con su cometido fingiendo estar bien.

      Terminaron de cambiarlo y la madre le cerró la mandíbula forcejeando con el cuerpo tieso y blanco como piedra caliza. Mientras tanto Ometeo notó que el anciano aferraba algo con el puño izquierdo. Le abrió la mano  con cuidado y dentro encontró un papel doblado y arrugado que tomó para después enlazar sus manos desgastadas e inertes sobre su pecho.

      En ese momento tocaron la puerta con dos sonoros golpes, avisando que había llegado el ataúd de madera negra en el cual se iba a colocar al difunto una vez que la larga fila de familiares que estaba afuera esperando entrara a la recámara a despedirse.

      Guardó el papel en el bolsillo de su pantalón y salió a cambiarse la camisa para asistir al funeral.

      Pensaba ansioso y convulsivo, en todo lo que aprendiera de su abuelo desde niño, pero nunca nada se parecía siquiera a lo que le sucedía ahora. Por su mente corrían sin cesar las anécdotas narradas cada día por sus padres sobre la conducta inusual del anciano. Casi cada madrugada, con lamentos impacientes llamaba para que lo ayudaran en sus delirios o dolores ingratos. Algunas de las historias enigmáticas se las achacaban a la enfermedad, otras a su avanzada edad, siempre en busca de una explicación razonable a lo que hacía o decía. Pero lo cierto es que eran inexplicables. Y cuando la mañana siguiente le preguntaban cómo o por qué había hecho: ésto o aquéllo, respondía en forma simple, como un niño.

      “La realidad es la sombra de los sueños. Nunca lo olvides”. —recordaba lo que su abuelo le decía.

      Apretó el papel rugoso y viejo con fuerza durante toda la lenta y pesada ceremonia.

      —¿Qué diablos dice la carta? ¿Por que la tenía al momento de morir? —se preguntaba.

      Se recostó en la banca del templo por el dolor de estómago que le provocaba la pérdida y el incontenible y raro olor.

      —Se ha quedado en mí…

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