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Capítulo 4 Junio 2000

Experimentaban la conmoción y ataques de espontaneidad acompañados por una complicidad sin prejuicios, al caminar por la mañana en las calles estrechas, entre los pasajes coloniales, plazas con sus fuentes y jardines de un colorido perfecto, iglesias y casas con sus portales de madera labradas a mano, balcones de herrería saturados de macetas colgantes ubicados en los bien logrados segundos pisos en estilo barroco.

      Risas y juegos de los tres que se extendían por donde pasaban. Jamás pensaron que ese día se divertirían tanto a causa de cualquier tontería que surgiera. Indiferentes y sin recato ante las personas que transitaban por las aceras que les dirigían miradas de asombro o pena ajena por las carcajadas que soltaban a media calle.

      Su libertad poco usual, músculos relajados, espalda delineada y sonrisa a todo lo ancho les daba el aspecto de cómplices felices. Su risa nacía de una compatibilidad tan fuera de lo común como la de tres piedras que salen de un mismo fragmento, ruedan por una pendiente y al final de ella terminan por unirse de nuevo, pero con algunos tramos que no encajan del todo.

      Copla que inició bajo las circunstancias que ellos reconocieron como pura casualidad. Dejaban al descubierto las más floridas actitudes de cada uno sin menosprecio. Se detuvieron en el mirador situado detrás del Templo de la Cruz para contemplar la típica escena de la ciudad de Querétaro.

      A pocas horas de haber conocido a Marion recién llegada de Francia por medio de Emilio que la encontró escalando a media Peña de Bernal el día anterior; Fausto y Ometeo se compenetraron y se abrieron de manera sorpresiva con ella. Bastó la presentación para que se desatara la locura conjunta que se fortalecía con cada comentario, entre callejuelas, mientras toreaban automóviles para pasar de un lado a otro de la acera sin dejar de sentirse caballo, capote o banderillero. Entre espasmos, Marion gritaba con aire rebelde, coqueteaba con los conductores, reía de nuevo y se lanzaba al borde de la banqueta. De visita en los museos, hurgaban entre el arte contemporáneo cuando nadie los veía. Se escondían unos de otros detrás de la gente, imitaban sus actos, bromeaban con los guardias de seguridad o dejaban notas obscenas al autor de las obras de arte en la libreta de registro. Abrazada de ambos, Marion no lograba contener las lágrimas que la risa hacía escurrir por sus mejillas rosadas desde sus ojos azules.

      Ella, de veintiséis años, lucía una figura hermosa, con una fuerza que la mantenía siempre firme ante los continuos viajes. Era misteriosa y enigmática personalidad que cautivaba a los locales.

      Caminaron largo rato rumbo a casa de Emilio, amigo de la infancia de Fausto. Llegado el atardecer, el ambiente era delicioso y los colores marrones del ocaso se mezclaban de la misma manera en el pensamiento de los tres.

      Marion se sentía emocionada. Después de muchos días de soledad entre miles de personas que le eran ajenas y en un país que apenas empezaba a conocer, hallaba refugio en ellos, que la hacían sentir como en casa. Pese a que nunca supo lo que es estar en un hogar con una familia, solía soñar con el suyo, para poder acomodarse en un sillón, con su perro grande, una taza de té caliente, quitarse los zapatos y votarlos, !votarlo todo!

      Extrañamente ahora se sentía a gusto consigo misma que por primera vez no quería salir corriendo a continuar su viaje y se limitaba a disfrutar el presente. Podía respirar sin dificultad, ser ella misma sin la presión de esas miradas pretenciosas que le molestaban sobremanera.

      La noche era deliciosa y la música de percusiones que salía de un viejo radio ronco los rodeaba por doquier. Se sentaron a cenar, la mesa estaba adornada con un mantel embestido varias veces. Velas, botella de vino barato, buena música y comida francesa que prepararon mientras conversaban sobre sus mundos y sus historias.

      La velada se convirtió en un alegre festín, un compartir interminable que conseguía liberar los sentimientos sin máscaras ni disfraces para los demás y dejaba pasar sólo el vértigo del momento.

      Fausto José no se cansaba de mirar a Marion. Su belleza tan ajena proveniente de otra parte  lo cautivó sorpresivamente.

      Esa noche, cansados de tanta intensidad, durmieron hasta tarde en casa de Emilio.

      Marion, que tenía el sueño ligero, dormía por momentos y despertaba angustiada en otros; en su mente se mezclaban diferentes realidades. Giraba de un lado a otro de la cama y en ocasiones se levantaba para observar a sus nuevos amigos dormir en el suelo del cuarto alfombrado a un lado del colchón. Entre sudor frío y pensamientos furtivos, intentaba conciliar sus ideas.

      —Tengo que salir mañana temprano, sola de nuevo y ¡no quiero! —Pensaba, cubriéndose la cara con las sábanas—. ¡No quiero!, ¡no quiero fugarme esta vez! Quiero viajar con ellos. ¿Y si no quieren ir?, ¡pero me encantaría que lo hicieran! ¡No, Marion, no, debes seguir como hasta ahora, continuar tu sola!” —Se reprochaba con imperiosa impaciencia dando vueltas en la cama.

      Ometeo abrió los ojos a la luz que se filtraba por el umbral de la puerta, Fausto estaba dormido roncando del otro lado y Marion no estaba. Reanimado por el ligero viento que entraba a la habitación de paredes con tono azul claro, miró el reloj que marcaba las ocho de la mañana, se levantó y bajó a la sala.

      Ella estaba sobre la alfombra en una posición que le parecía incómoda, haciendo yoga.

      —¡No puedo irme! ¡No puedo irme sin ustedes!—exclamó, incorporándose y recogiendo su cabello.

      La fragilidad en su rostro delataba su angustia.

      —Estoy inquieta, le estoy dando al mismo asunto toda la noche, y es que hace años no me sentía tan bien. ¿Sabes a que me refiero no?

      —Sí, creo. —Le respondió frotándose los ojos.

      Es esto que tenemos juntos, como si fuéramos de siempre, ¿no te pasa lo mismo? Estamos como unidos, lo siento aquí —le dijo, deslizando la mano sobre su abdomen como si le doliera—. Por favor, tienen que acompañarme de viaje, sólo son dos semanas y regresan a Querétaro. ¡Por favor! Conoceríamos cosas nuevas juntos, nos divertiríamos, nos perderíamos por ahí y ustedes saldrían de su rutina. ¿Sí?

      —¿Qué?, espera, ¿cómo que viajar? ¿Y a dónde? —preguntó contrariado—. Mejor dicho, ¿a dónde vas? Bueno, no quiero decir que no puedo y que no me dan un buen de ganas de ir también, ¿dónde?

      —¿Por qué no vamos a buscar la cueva que nos contaste ayer, la que aparece en la carta de tu abuelo? Supongo que tendrás una idea al menos donde está, ¿no? —lo tomó apoyando sus manos en el borde de sus jeans desgastados y un poco flojos. —Sé que te dan muchísimas ganas de ir, estás curioso, lo sé, se te nota, a veces sólo necesitas dejarte llevar un poco, anda,  vamos a ese lugar, ¡llévame!

      Al decir esto, Marion apretó su collar, que al parecer siempre usaba de diversos modos: a veces en la mano derecha, a veces enredado en su cabello color cobrizo o en su maleta. Según decía, era un pendiente tibetano que le recordaba su pasión y su búsqueda espiritual. Sentía por él una devoción casi ancestral, al igual que Ometeo por el suyo, que había compuesto de pequeñas cuentas de obsidiana y caracoles de mar que encontrara en la antigua y abandonada ciudad  de Tollan.

      Después de varias horas, llamadas telefónicas, argumentos larguísimos a sus padres y espasmódicas manifestaciones de emoción, decidieron viajar juntos. Los tres salieron con todo el equipo necesario para pasar unos días en el Erial, sitio que por mucho tiempo Ometeo quiso encontrar, pero apenas un par de meses atrás intuyó, ayudado por unos apuntes dejados en un saco de su abuelo, que se encontraba en una zona desértica del norte del país. Se proponían viajar para encontrar su utopía, escapar de la realidad que los consumía, adentrarse en la búsqueda de algo inexistente y realizar, por mero gusto, un rito de iniciación del que tanto hablaron entre líneas, como si se tratara de algo radicalmente trascendente, una forma de revolución interna dirigida a intentar entender un mundo que les provocaba una sensación de enorme vacío existencial. Se hallaban hartos de los medios de comunicación y algunas sinrazones de la educación que los convertían en miembros idénticos de una generación tras otra, como deleznables cabras que aceptaban su destino de manera predeterminada, así como de falsos esquemas —también mecanizados— con los que se manipulaba para explotar cada vez más a cambio de un sueño de comodidad, que puede encontrarse comprimido en pequeñas dosis de doscientos cincuenta miligramos.

      Era justo esto lo que los hacía sentirse unidos y libres. No querían estudiar la realidad, sino beberla, degustarla, incluso lamerla desde la savia si esto fuera posible.

      Decidieron inmiscuirse en un viaje basado en la tentativa y la introspección más imaginaria.

      —¡Que no muera el idealismo, ni la revolución! —gritaba Fausto a media calle, expresando sus convicciones.

      Quienes caminaban por ahí lo miraban como un ente extraído de alguna región inexplorada.

      Indiferentes, ellos apresuraban el paso para no perder un minuto en su largo recorrido hasta la terminal de autobuses. Llevaban consigo todos los objetos necesarios: una sartén, café, cigarrillos, una lona amarilla, dos pares de calcetines y una muda de ropa.

      A pesar de que arribaron tarde a la central, encontraron asientos en un autobús que salió de los andenes a las doce de la noche. Los embargaba una satisfacción diluida por estar tan lejos de la premeditación. Su sentido del humor se refinaba; las incoherencias que se decían con un ligero razonamiento se convertían en carcajadas saturadas de placer. Gramos de aliento que salían a borbotones por su garganta y generaban un espectro sonoro que, si bien con facilidad contagiaba a los demás, por supuesto, también abría paso a señas con un solo dedo, complementados con gestos de desagrado por parte de los pasajeros que sólo querían dormir.

      —¡Ya tengo demasiado con escuchar el ruido del chingado motor como para aguantarlos a ustedes también! —Ladraban algunas voces bastante cansadas, seguidas por miradas del conductor que, mirando por el espejo retrovisor, les prestaba más atención de la debida.

      Pasaban el tiempo descubriendo algunas formas rápidas y eficaces de “suicidarse” en un medio de transporte público sin dejar rastro alguno de violencia. Deteniéndose ante las muecas sorpresivas de algún despistado que lanzaba una mirada hacia atrás, buscando llamar al silencio. Marion, acomodada entre la cabecera de dos asientos, con los pies sobre los sillones, sacaba la lengua a su espectador.

      —No te pasa que a veces te preguntas: ¿Qué somos? ¿Por qué diablos estamos aquí? —se cuestionaban con insistencia, mientras se esforzaban por salir de la realidad a base de encontrar en ella su límite en lo estúpido.

      Recordaba la voz de su abuelo: “El presente es lo único que existe, por lo tanto tu existes y tus sueños también”.

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