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Capítulo 5

El trayecto no resultó pesado para los tres, pero, a juzgar por sus expresiones, sí lo fue para los demás pasajeros, que se movían con desgano.

       Eran cerca de las tres y media de la madrugada cuando llegaron a la primera estación para cambiar de autobús y continuar el viaje.

      —Tengo hambre —dijo Fausto—.

      —Yo también.

      —¿Por qué no vamos  por algo de comer?

      —Seguro en la terminal está cerrado todo.

      —El autobús sale hasta las cinco, podríamos caminar un poco, debe de haber un lugar abierto.

      Salieron refugiándose con la fresca neblina, mirando en todas direcciones en busca de señales de un establecimiento. Pero  la población se veía deshabitada.

      —¿Dónde estamos? —se preguntaba Marion; —no veía más que una avenida de tierra y algunas piedras en medio del lugar.

      —Ahí derecho por esta calle y como a unos cuatrocientos metros hay un puestecillo que seguro estará abierto a estas horas, con “las amables” —les informó una voz ronca y con aliento alcohólico que salía de un cuerpo bastante delgado vestido con un traje de policía lo suficientemente planchado como para brillar bajo la sutil luz nocturna.

      Con pasos cortos y algo tensos por el frío que calaba sus articulaciones, caminaron en esa dirección. Se acercaron a una especie de local situado en medio de un raquítico campo de fútbol llanero, donde destacaba un farol que alumbraba los alrededores. Al parecer se trataba del sitio nocturno de reunión local. Al entrar percibieron los distintos olores que se desprendían de las ollas de barro copetudas de variados guisos mostradas en la barra blanca, que hacía las veces de anaquel y dispensador.

      —¿Qué les sirvo, jóvenes? —preguntó una mujer de aspecto masculino que dejaba ver medio busto salido de la barra, como si formara parte de un platillo típico de la zona.

       Ordenaron quesadillas y tres cafés con leche. El establecimiento estaba casi vacío, de no ser por un par de agentes federales que conversaban cálidamente con una de las “amables” mientras cenaban. A juzgar por la escena, entendieron por qué las llamaban así.

      Les sirvieron las tortillas con mucha manteca como para calentar sus cuerpos con sólo mirar el plato. Empezaron a comer. Fausto siempre estaba hambriento. De alguna manera su cuerpo quemaba con rapidez lo ingerido y no parecía poder llenarlo o, al menos, no por mucho tiempo.

      Marion, despreocupada, daba la impresión de que la dosis de calorías contenida en sus quesadillas de flor de calabaza había surtido efecto en ella.

      —¿Sígueme el juego? —le dijo a Fausto en voz baja.

      Fue hasta el mostrador y se puso de rodillas. Fausto hizo lo mismo, justo al lado de ella. Ometeo veía a sus compañeros sin saber lo que pretendían. Con la mano sostenía un vaso vacío y empañado tras el cual intentaba percibir la escena.

      —¡Por favor, no me detengan por comer una quesadilla robada! —gritó Marion con su acento afrancesado—. ¡Por favor, soy inocente, en verdad, soy inocente!

      Fausto la secundó con la misma expresión de convicto. Marion se volvió hacia Ometeo, quien los observaba con la boca abierta. Con sonrisa discreta y coqueta, volvió a exclamar:

      —¡No, por favor, soy inocente! ¡Por favor, no me arresten! ¡sin cateos, por favor!

      Para entonces uno de los agentes de bigote y lentes oscuros, tenía ya la mandíbula trabada y los miraba duramente. El otro retiró las manos de encima de la mujer, puso una sobre su arma e inspeccionó con frialdad el aspecto de los jóvenes y las mochilas colocadas junto a la mesa.

      Los dos amigos se incorporaron y se echaron a reír, cómplices de una travesura tonta, con la cual demostraban que estaban en contra de los que abusan de su uniforme para conseguir otros fines. Uno de los policías resoplaba con fuerza, en tanto que el otro, al escuchar las risas, decidió seguir con sus caricias a la encargada sin prestar más atención a la broma. Así, convencidos por la mujer, fueron seducidos de nuevo por los placeres de ese dispensador de alimentos nocturno plantado a la mitad de la nada, en un paisaje estéril.

      A las cinco treinta de la madrugada salió el autobús. “Clásico retraso mexicano, —pensó Fausto— ¿A quien le importa?”. Cada uno se acomodó en una fila de asientos, dispuestos a dormir, ya que el cansancio y la cena hacían lo suyo. Ometeo, que intentaba conciliar el sueño, repasaba todo lo ocurrido en el día y observaba por la ventana el panorama de aquel lugar envuelto en la bruma de la luna que bañaba el desierto. Divisaba los cactus y yucas que se mantenían inmóviles a su paso; semejantes a figuras humanas que descansan sobre un llano a la espera de un poco de lluvia, con los brazos levantados y apoyadas en una sola pierna, con la niebla a sus anchas infundiéndoles falsas esperanzas.

      —¡Increíble! —pensó, mientras el autobús avanzaba y sus amigos resoplaban, ya profundamente dormidos.

      Ometeo se abrigó tanto como pudo con su gabán para conseguir calentarse lo suficiente y dormir.

      —¿Qué es toda esta realidad? —pensaba—. ¿Cómo es que se desenvuelven los acontecimientos, así, sin más? Esto no puede ser sólo el desmadre de la casualidad sistemática; tiene un sentido más profundo. No podemos limitarnos a ser los espectadores que solo miran lo que sucede fuera del autobús, de nuestras vidas. Sé que hay una razón por la cual los que  esperan la lluvia son parte de un único organismo agazapado.

      Hundido en sus pensamientos, imaginaba que las yucas avanzaban a su paso con un movimiento propio en la negrura; internándose en la espesura del sueño, se quedó dormido…

      “Las respuestas están siempre cerca de quien las busca”. Oía las palabras del abuelo.

      —¡Oigan, ya párense! Hasta aquí llego —dijo el chofer del autobús, quien sacudió a Fausto.

      Los tres se estiraron en sus asientos, tomaron sus cosas para luego bajar entre bostezos y un par de quejidos por los músculos entumecidos debido a la posición en que mal durmieron.

      El pueblo al que llegaron era como un lugar de paso, con aspecto descuidado y polvoriento,  algunas casas repartidas en una extensión grande de terreno.

      —Van pal cerro,¿verdá, jóvenes? —les dijo una mujer mayor desde una pequeña caseta detrás de largos barrotes, con un anuncio colgado en la parte superior que pendía a punto de caer.

      Al parecer la taquillera sabía el destino de las personas que llegaban, pues se anticipaba a casi todos los que necesitaban boleto.

      —Sí, vamos al Erial —contestó Ometeo—. ¿Cuánto valen los boletos?

      —¿El Erial? Como si lo fuera. —musitó la mujer entre dientes con una sonrisa sarcástica

      —Son cuarenta pesos de los tres —informó ella.

      Cada uno sacó su parte y pagaron.

      —Es ése, el azul con letras amarillas —dijo la taquillera—. Apúrense que ya sale ahorita.

      Los tres tomaron sus bultos y se encaminaron al furgón que, por lo que se apreciaba, tenía ya más años de servicio de los que debían permitírsele.

      Ya en el trayecto, entre piedras y tierra seca, el autobús, que carecía de amortiguadores en buen estado, se internaba con una constante oscilación en las montañas, esquivaba baches y desprendía a su paso una estela de polvo. Como si dieran vueltas en círculo, el camino era siempre igual: rodeaba cerros y pequeños montículos, en medio de un paisaje llano con cactáceas y nopales.

      Ellos iban sentados en la parte posterior, en un asiento continuo que compartían con dos gallinas y su dueña, ambas con un parecido peculiar. Fausto jugaba con Marion, riendo y manoteando. Por su parte, ella lanzaba miradas furtivas a Ometeo.

      —¡Muets, muets! !Ustedescalladitos se ven más bonitos! —ordenó riendo, con un tono de voz afrancesado que denotaba la seguridad con la que escondía la travesura.

     Eso significaba que los tres debían comunicarse entre sí, e incluso con las demás personas, sin hablar, mudos, a señas o como les fuera posible, ya sea para comprar alguna fruta o para cualquier otro cometido. Era una especie de reto que se planteaban sin condiciones.

      —Te toca preguntarle al chofer cuánto falta para llegar al pueblo. —Sin hablar le dijo Fausto a Marion.

      Ella avanzó con dificultad tropezando dos veces hasta el conductor y le preguntó lo debido, causando hilaridad entre los pasajeros. Contagiados por la risa volvieron a hablar entre ellos. La comunicación era de lo más espontánea, ningún comentario sobraba; cualquiera podía expresar con libertad lo que pensaba y dejar caer algunas locuras absurdas.

      —Les voy a contar un final y ustedes tienen que adivinar la trama de la historia —sugirió Marion con expresión coqueta. En una habitación, el cuerpo inerte de una persona cuelga ahorcado de una soga a varios centímetros del suelo. En el cuarto no hay muebles ni objetos, sólo una ventana abierta y un charco de agua. ¿Qué sucedió ahí?

      Fausto y Ometeo debían encontrar un hilo en el acertijo para determinar lo ocurrido en el lugar donde muriera la persona. Debían plantear preguntas a Marion, quien respondería únicamente sí o no, hasta que uno de ellos desenmarañara la trama.

      —A aquel que resuelva la pequeña historia, le invito una cerveza —anunció.

      Sus ojos mostraban el brillo que suele asomarse al mirar algo que se quiere.

      Entre empujones, risas y gritos, se esforzaron por dar con la respuesta. Marion estaba tan divertida al verlos que se le antojaba besar su boca y perder la barrera de la amistad entre ellos. Pero sabía que no era el momento, mucho menos cuando se estaban dejando llevar de esta manera en el viaje.

      “Rompería todo, nos dividiríamos —pensaba— estos son como una persona que nació en cuerpos separados. ¡Me tienen fascinada!”

      Entre jaloneos y algunas vueltas bruscas llegaron a las faldas de un cerro, donde el conductor detuvo y apagó el motor. Lo único que se observaba en los alrededores eran montículos de tierra arenosa. El camino pulvífero terminaba ahí. Al descender del vehículo vieron un túnel que se adentraba en medio de la montaña de unos tres metros de diámetro. Asombrados, se percataron de que los pasajeros, con sus respectivas canastas y cajas a cuestas, se internaban en él y se perdían en la oscuridad.

      —¿Van pa’l pueblo? Hay que atravesar el agujero si quieren llegar —les dijo un hombre—. Soy Jonás, ¡ámonos andando juntos! y no se me espanten muchachos, el hoyo es seguro a estas horas.

      Miró al cielo como para comprobar la ubicación del Sol. Eran cerca de las doce del día.

      Encogiéndose de hombros, los amigos decidieron en voz de Fausto:

      —¡Pues vamos!    

Recogieron sus pertenencias del suelo y se dispusieron a caminar al lado de los lugareños.

      —¿Qué era aquí antes, Jonás? —inquirió Marion.

      —Era un pueblo del que se extraía un montón de mineral. Mi jefe me contó que fue importante hace hartos años, pero luego se lo chingaron todo. Abandonaron las cuevas y ahora casi todo el pueblito está deshabitado, nomás nos quedamos algunos pastores y campesinos.

      —¿Habrá donde alquilen un cuarto para pasar la noche?   —escuchó preguntar a Ometeo en la oscuridad del túnel mientras seguían su trayecto, atentos a los ruidos producidos en su mayoría por los animales que llevaban al pueblo, como cabras y borregos.

      —Sí, hay una señora, la Jovita. Tiene una tienda cerca del kiosco, renta unos cuartitos buenos y baratos.

      Al salir al otro extremo del túnel, se encontraron en un angosto camino empedrado y recto que se extendía a lo largo de varias cuadras. El pueblo era como lo describiera Jonás, con más casas que habitantes, vestigios desmoronados donde vivía apenas medio centenar de personas. Sus muros de piedras encalados, con colores marrones, se unían al paisaje local, empotrado en medio de dos cerros empinados y altos, que constituían una barrera natural e impedían ver más allá de los límites de las últimas construcciones.

      —Sigan derecho y verán el kiosco; del otro lado está la tienda de la señora Jovita. —Les indicó.

      — ¡Gracias, Jonás!

      —¡Órale jóvenes!, seguro nos encontraremos después, el pueblo está re’chico.

      —Sí, seguro, hasta luego.

      La tienda la atendía una señora regordeta de carácter enérgico, quien un tanto a regañadientes les contó que era viuda y sus hijos le mandaban poca ayuda económica desde “el otro lado”, lo mínimo para sobrevivir. Con suerte, en ocasiones llegaban huéspedes que le dejaban un dinero extra para comprar mercancía y vender en su pequeño negocio.

      Les dio una habitación con una ventana minúscula, paredes encaladas, dos camas dobles, una mesa de madera roída con su silla a punto del colapso y un pequeño baño con algo de moho incrustado.

      —Bueno, al menos un lugar donde dormir —comentó Marion, que depositó su mochila en la cama del lado izquierdo.

      Fausto y Ometeo dejaron las suyas en el piso delante de la otra cama.

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