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Capítulo 7

Caminaron en zig-zag por las calles del pueblo cuando el Sol estaba a punto de bajar por su eterna pendiente. Se dirigieron al final de la calzada donde iniciaba una brecha ascendente hacia uno de los cerros. Aún sin llegar a la cima, la luz dorada propia de los minutos previos al ocaso les brindaba una vista espectacular a medida que avanzaban, entre mezquites y pastos resecos que crujían al pisar.

      En silencio, los tres contemplaban el paisaje a varios pasos uno del otro, sin percatarse de que formaban un triángulo con Marion en la punta. Se dejaron llevar por la dócil admiración; en ese momento recorría su cuerpo una paz cálida que ascendía por sus piernas y se depositaba alrededor de su cuello. Respirar les provocaba un placer poco común y delicioso. Gozaban esa grata tranquilidad que causa saber que estás haciendo lo que se te pega en gana. Y así, de pie con el ánimo en los brazos, miraban cómo caía la tarde.

      En cierto momento cerraron los ojos, sumergidos en un solo ritmo, con una empatía que no requería explicación. Permanecieron así percibiendo el leve susurro del aire del desierto, respirando con profundidad y calma rodeados de los sonidos del campo. Después de varios minutos reaccionaron y, callados, cada uno tomó una brecha diferente para bajar de aquel lugar.

      —¡Como me gusta! —Pensaba Ometeo—, esa manera tan suya como me puede, ¡caray!, nomás que se descuide tantito y me le voy encima.

      “No temas decir lo que piensas” —recordaba las indicaciones de su abuelo.

      En el atajo por el que avanzaba, recogió unas olorosas flores amarillas que crecen en el monte; aunque un poco difíciles de localizar y de pegajosa consistencia. Le bastaban para decidirse a expresar lo que sentía.

      Fausto, que descendía por un costado, lo hizo salir de su ensimismamiento.

      —¿Todavía no baja? —le preguntó Fausto.

      —No, creo que se quedó arriba —respondió.

       De pronto se percató de lo que Fausto llevaba en las manos.

      —¡No!, ¡no puede ser! ¡no jodas! —Soltó la carcajada—. ¡Tú también!

      —Qué pinches cursis, los dos con flores, ja ja, no pensé que te gustara Marion.

      —Wey, ¿a poco no se me nota?

      —¿Y ahora qué onda?

      —Nomás nos faltaba eso, ya es el colmo.

      —Eres un imitón.

 —¿Pero si tú?, pues ahora que decida ella, ¡ya ni modo!

      —De todas formas iba a ser así. ¿Qué no?

      —Igual y nos batea a los dos.

      —Y se queda como el perro de las dos tortas.

      Ambos rieron. Resultaba obvio que escogieron el mismo momento para lanzarse sobre ella.

      —Ya en serio ¿Si te late? preguntó Ometeo.

      —Sí, un buen, y no sé, como que hay química.

      —Siento que la conozco de siempre…

      —Hay, lo mismo me dijo ella a mí.

      —No te jode, ¿y tú?

      —Claro, si ya lo sabías.

      —¡Qué loco!, nunca habíamos querido estar con la misma persona. Pero, ¡estás de acuerdo que es ella!

      —Sí, lo sé, ¡carajo! —dijo Ometeo, pateando una piedra.

      Marion llegó hasta donde ellos charlaban, cada uno con un ramo de flores amarillas en las manos. Al verlos quedó petrificada con los ojos muy abiertos, que de inmediato se humedecieron. Temblorosa desde lo más profundo de su ser, de nuevo se sentía en un jardín de su casa, amada y protegida. Ambos la abrazaron al tiempo que ella apretaba las flores contra su pecho.

      Los tres se encaminaron hacia el pueblo. La tarde había caído ya sobre aquel paraje.

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