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Capítulo 8

Son más de las doce de la noche —contestó Ometeo a la pregunta de Marion, bajando la voz.

      Sentados al filo de la cama, estaban enfrascados en una conversación interesante y acalorada en la que pretendían intercambiar sus puntos de vista sobre la explotación y el control que ejercen los grupos de poder en México.

      Mientras hablaban, sostenían una vela entre las manos y jugaban con su resplandor. Fausto, agotado por el agitado día, se quedó profundamente dormido en un extremo de la cama. Entonces, decidieron acomodarse en el otro colchón, colocando las velas sobre el taburete.

      Retomaron el tema en voz baja, riendo de vez en vez por los ronquidos que desprendía Fausto que dormía con una posición muy incómoda, pero no lo despertaban porque les parecía gracioso verlo, pero también porque sus miradas ya eran diferentes, no podían hablar más, se sentían vulnerables. Por momentos los ruidos pasivos del desierto se colaban en la habitación y la luz mostraba sus siluetas que se acercaban lentamente. Entonces, con los ojos cerrados y abrasados por el calor de sus cuerpos que se impregnaba en sus ropas, aspiraron el mismo aire y empezaron a seducirse con movimientos suaves. Ometeo tocó el cabello de Marion, besó sus mejillas, el lado oculto de sus orejas, su cuello, sus pómulos. Marion resbaló sus dedos por el pecho, mientras él la sujetaba con fuerza por la espalda mordiendo sutilmente su barbilla, las comisuras de sus labios. La tendió en la cama sin permitir que abriera los ojos por la intensidad de sensaciones que le transmitía. Sentían que perdían el equilibrio, la razón y la cordura. Ella buscaba tener los labios de él en los suyos y disfrutaba la manera como la conducía, bordeaba sus piernas y se inmiscuía por donde ya no podía seguirlo.

      Se extraviaba entrelazando, de cuando en cuando, los brazos, con el olor a deseo que los apretaba contra sus cuerpos, exhalando lagrimas y sudores que del placer, se escapaban con algunos quejidos que trataban de callar a besos ahogados, largos y pausados, que remitían el sonido, formando un círculo sonoro que trascendía y se hundía como sus dedos entre la piel de ella, la de él, y el vacío se procuraba alejado de su intimidad.

      Pulsos que se escuchaban a distancia, tornándose a la intersección de los pliegues que la devoraban con semejante humedad penetrando su piel, consumiéndola como la flama a la cera que se derretía hasta la oscuridad total en la pequeña habitación.

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