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Capítulo II. Hemisferio Izquierdo

Contemplaba el entorno como si nunca lo hubiera visto, la oscuridad se cernía sobre la selva y en la penumbra resonaba la generación de sonidos más intensa de lo que había escuchado hasta ahora. Fluían por doquier, parecían incluso provenir de mi interior. Era como si por un momento pudiera sentir todo el ambiente exterior en mi propio cuerpo. Veía cada parte del mí, como una parte del mundo, un contorno que se reflejaba rítmica y continuamente hasta formar mi realidad, una y otra vez, manteniendo los sonidos expectantes ante el espectáculo que presenciaba.  Era mi vida, que nunca sentí de esta manera tan plena, como si acabara de nacer. Todo pertenecía a una composición lógica, que se manifestaba con armonía.

      Una sutil estela entrelazada con cada uno de los elementos.

      —Ometeo, ¿qué ocurre? —me preguntó Marion.

Sus escasas lágrimas le escurrían por los pómulos y le daban una apariencia tan nostálgica que se me antojaba abrazarla. Sin embargo, no podía sino contemplarla.

Ella y Fausto se pusieron de pie, con caras largas y desencajadas.

—Tienes que parar —me pidió Marion—, esto no está bien, nos estás asustando.

Entendía bien a qué se refería. Pero lo que sucedía era algo que siempre había guardado en mi interior, que despertó muchas inquietudes con respecto al modo de operar del cuerpo. Ahora ése algo se tendía a la vida como una esponja, absorbía cada parte de este momento, percibía desde el más mínimo de los sonidos y separaba cada uno de ellos, concentrándome en cada forma individual, pero a la vez correlacionada con todo su entorno. Una de las paradojas más antiguas; la dualidad.

Me resultaba fascinante y esclarecedor. Algo había sucedido minutos antes y de una cosa estaba seguro: ya no era el mismo. Había una relación entre la circunstancia y mi pensamiento.

      —Es como sentir el todo —les dije.

      En ese momento, noté que tiraban de mí hacia atrás, con una fuerza sorprendente. Mi cuerpo no se movió en absoluto, lo único que se cimbró fue mi percepción.  

      Ahora tenía una visión un tanto borrosa de la realidad  que se proyectaba  desde  la  parte  posterior,  

percibía el momento desde mi nuca. No a través de mis sentidos comunes, sino de otra manera muy diferente.

La voz salió de mi boca, pero no la producía yo. De hecho, mi conciencia no estaba dentro de mi cuerpo y el tono de la voz era lo bastante ronco y pausado como para saber que no era mía.

      Sentí un tirón, esta vez desde mi plexo, que me hizo integrarme con mi cuerpo.

      Respiré agitadamente en un esfuerzo por estabilizarme del desconcierto que experimentaba.

      En un acto espontáneo, Fausto se acercó a mí, motivado por la desesperación que le causaba verme en esta condición tan extraña.

      —¡Dámelo!, yo tengo que cargar con esto —dijo y estrechó mi brazo con fuerza.

      Entonces Marion presenció un acontecimiento inquietante. Fausto comenzó a sufrir ataques, sus ojos se desorbitaron, sus piernas se debilitaron y cayó al suelo sin soltarme. Desesperado, le pedí a gritos que me dejara y con un movimiento fuerte le arrebaté mi mano de la suya. Cuando lo hice, Fausto dejó de temblar y se tendió sobre el piso. Marion le ayudó a recuperarse.

—¿Qué creen que hacen?

      Se adentró, logró introducirse en la mente primaria, en la cueva, en el río de pensamientos que fluyen sobre nuestra especie humana. Es necesario que no se separen, él está ahora en medio de dos realidades distintas: la suya y el sueño.

      Fausto me miró con los ojos llenos de lágrimas y, asustado quiso saber:

      —¿Qué es esto? ¿Qué tienes dentro?

      —Es él —repuse—, ha despertado. Lo estoy mirando de frente, es la realidad paralela.

      Fausto se incorporó con pesadez, casi a gatas. Seguía absorto y sudaba frío. Se acercó a las mochilas y las vació hasta que encontró varias piedras, que juntó con algunas de la zona y colocó alrededor de nosotros.

La voz salió de mi boca, mientras miraba a Marion.

      Sentí cómo entré de nuevo en mi cuerpo.

      —¡Que chingados me pasa!, ¡ayúdame por favor¡     —Grité, Marion se aproximó y me envolvió en sus brazos, mientras Fausto continuaba formando un círculo perfecto con las piedras.

      —¿Qué es lo que ves? —musitó.

      Yo cerré los ojos y contemplé las imágenes que se me mostraban.

      —Hace tres días que comenzaron el ritual, esta historia.

      —¡Tres días! La razón por la cual no encontrabas piedras en el Erial era para indicarte que tienes que cuidar de él esta noche, te va a necesitar mientras se interna por completo. Tú eres la piedra que completa el círculo que estará dentro de ti.

Después de la descripción, me aparté de Marion. Ella, envuelta en su misticismo, se fue caminando bajo la lluvia y se perdió en la oscuridad.

—¿Qué le dijiste? Vamos a buscarla, puede pasarle algo en el castillo —dijo Fausto cuando terminó.

      Yo accedí. En el momento de cruzar el círculo de piedra, escuché un fuerte zumbido. Seguí mi camino, detrás de Fausto, pero lo que percibía me dejó muy asombrado: la selva se movía de modo diferente; veía cómo de las ranuras y hendiduras de las piedras se desprendía una sombra con forma cambiante, parecida a un líquido que se esparce tratando de sumergirnos en su movilidad acercándose rápidamente a los dos. Conforme llegaba a nosotros yo sentía un cansancio que me dificultaba avanzar de prisa con la lluvia.

      —Camino en el desierto. Formaciones de dunas rodean una pared, es una muralla enorme. Entro por una gran puerta de madera entreabierta con grabados antiguos. El interior es también inmenso y sus decorados, hermosos: alfombras, candiles, piso de mármol y cuadros enmarcados con lujo. Hay una escalera en el centro del lugar, subo por ella sujetándome del barandal de madera. Parece que no hay una sola persona adentro, miro por doquier en busca de alguien, pero no hay siquiera sonidos que me conduzcan a ese alguien. Llego a la segunda planta y me dirijo a la derecha. El pasillo se extiende varios metros y en el fondo hay una habitación con grandes ventanales desde los que se aprecia el desierto. Me acerco y veo a una mujer de espaldas que se cepilla el cabello. Ella se vuelve. La miro. ¡Está muriendo!

      Me apoyé en la pared esforzándome por no caer mientras avanzaba a pasos lentos. Era notorio que a Fausto le sucedía lo mismo. Esperó un momento y se recargó en mi hombro.

      —¿Sientes la misma pesadez que yo al caminar?        —inquirió.

      —No sólo la siento, también la veo —respondí —, pero mejor que no te lo describo. Tenemos que encontrarla.

      —Está debajo de la escalera, en la primera poza       —anunció Fausto.

       —¿Cómo puedes saber dónde está? No se ve ni se escucha nada en este lugar.

       —No sé.

      Caminamos unos minutos apoyándonos mutuamente y bordeamos el río en dirección a la poza. Reconocimos a lo lejos su silueta debajo de la escalera. Empezaba a desnudarse. Llegamos hasta donde estaba y la abracé.

      —Perdón por lo que te dije, pero es lo que veía en ese momento.

      —No era eso, sólo necesitaba salir. Me sentía muy rara, necesitaba caminar un poco yo sola. —Dijo Marion

      —¿Te vas a meter a nadar ahora? No se ve casi nada —cuestioné.

      —Sí, me dieron ganas de sumergirme en este sitio.

Besó a Fausto, le entregó su ropa y salió a la lluvia. Nosotros nos cubrimos bajo la escalera.

      Su figura de una belleza dominante, sutil y fuerte, se estiró hacia delante y se precipitó hacia el agua con un salto. Escuché un estruendo y, en una reacción instintiva, alcé la vista para buscar la figura de Marion; y lo que vi me conmocionó aún más. Percibí un contorno de luz, compuesto por dos líneas, una azul y otra roja, que vibraban paralelas en la superficie del agua. Era como ver una frecuencia de onda, la vibración de la naturaleza. Impresionado, miré a mí alrededor; no sólo distinguía la línea de luz sobre el río, sino también sobre las plantas, cada una a una frecuencia diferente.

      Marion salió y se acercó a nosotros. Su piel blanca, húmeda se estremecía por la temperatura del agua pero se le notaba feliz. Fausto le dio su ropa y se vistió con rapidez.

      Salimos de aquel lugar para dirigirnos de nuevo hacia el tejado.  Ella caminaba confiada en la oscuridad, Fausto y  yo  la seguíamos. La dificultad para sostenerme no había desaparecido, pero ver aquella luz que vibraba alrededor de cada cosa me animaba a continuar en medio de la vegetación hasta el círculo.

      Sin embargo, poco a poco perdía esa capacidad de vislumbrar la vibración y comenzaba a percibir las sombras que salían de todas partes en nuestra dirección. Me costaba un trabajo enorme caminar sin caer por la pesadez.

      Al llegar al círculo desaparecieron las sombras que volvieron a meterse entre las piedras como atraídas a algún lugar debajo de la tierra.

      El efecto sobre mi abdomen era cada vez más fuerte, me impedía moverme con facilidad. Cambié mi ropa mojada y me senté cerca de Fausto y Marion.

      Comencé a escuchar la canción de Santa Lucía con gran claridad.

      Dijo de nuevo la voz inquietante que salía por mi boca.

      —Por favor, tratemos de dormir, no puedo soportar el tirón que me está jalando.

      Ellos me miraron con angustia.

      —Estoy agotado, ya no quiero seguir con esto y sólo sé que debemos permanecer juntos.

      Al percatarse de mi estado Marion y Fausto se propusieron llevarme a donde estaban los sacos de dormir, pero un empujón me echó al suelo. Él intentó ayudarme a ponerme de pie, sin conseguirlo.

      —¡Me va a matar cabrón!, ¡me está llevando al inframundo!

      Mi cuerpo entero quedó tendido el  húmedo lugar. Marion preocupada acercó los sacos de dormir y se acostó junto a mí. Fausto  hizo  lo  propio  a  su lado. Así, en la oscuridad, nos protegimos de una lluvia torrencial que no cesaba.

      —Este viaje lo iniciaron juntos y ahora deben terminarlo juntos.

      Ella me tomó de la mano y comenzó a tararear una canción sin sentido. Al escucharla sentí un alivio enorme y me sumergí en un vacío mental. Su voz era una especie de guía en la oscuridad.

Estaba totalmente consciente, aunque sumergido en algún lugar de mi mente al que nunca había tenido acceso, sin tiempo, sin la concepción de forma o fondo. De algún modo, el laberinto era el propio cerebro,  tan poco conocido como el universo con sus treinta mil millones de neuronas.

        Podía percibirlo y entenderlo no sólo como un órgano decodificador de símbolos y signos que componen la realidad que entendemos a través de los cinco sentidos, sino como un receptor de información de diferentes tipos y clases, un complejo sistema relacionado con otros sistemas en una red inmensa. Mi mente recreaba, con la ayuda de algunos patrones conocidos, un camino sinuoso, un laberinto de canales oscuros.

Desconozco cómo salí o entré al laberinto, de pronto sólo escuché la voz.

      —Debemos cruzar tres laberintos. Cada uno nos conduce a una visión. Representan las diferentes profundidades en el sistema neuronal, dentro del cual abriremos puertas hacia las manifestaciones futuras que están relacionadas con nuestras circunstancias, nuestra razón de ser. Nunca debes de perder la fuerza y la voluntad de salir, de lo contrario, nos quedaremos encerrados en el destino escrito para siempre.

—Este es el primer mensaje.

Dijo mi inconsciente con tono suave.

      Enseguida se presentaron las imágenes. La percepción, o mi vista, estaban situadas fuera de la tierra. Me encontraba en el espacio. Veía el Sol a distancia y los planetas giraban con calma a su alrededor.

      Una voz tenue, parecida a una música delicada y melodiosa, me dijo:

      Observé con cuidado a los planetas que giraban sobre su eje y al moverse se transformaban en rostros humanos simétricos y perfectos.

      La voz provenía de uno de ellos, de color blanco, con un aspecto que podría calificar de femenino; la larga estela que desplegaba al flotar se convertía en una mística y espesa cabellera y un velo de luz. Los demás planetas comenzaron a alinearse sutilmente con respecto al Sol.  El  planeta  blanco,  con  el  rostro  delineado  con gracia, giró hacia algún punto del universo, como si esperara algo.

      Atónito, no alcanzaba a entender del todo la manera de concebir a los planetas como entes con conciencia y vida propia.

      Lo que presenciaba era, ni más menos, que una “alineación planetaria”, el primer mensaje.

      —¡Es el momento de que vuelva! Es el tiempo de que regrese después de un largo viaje por el gran océano.

—Este acontecimiento anunciará su llegada.

      Volví a sumergirme en el terrible vacío, una amalgama de la nada que me dejaba sin pensamientos ni sensaciones. Después entré en el segundo laberinto, más difícil que el anterior.

      De nueva cuenta, las visiones y sonidos eran confusos y no los entendía pues carecía de referencias para asimilarlos. Realicé un esfuerzo enorme para encontrar algo de qué aferrarme y no perder la conciencia que se me disipaba.

      Vi a una persona a quien conocía bien. Caminaba por un estrecho puente de piedra que atravesaba un lago inmenso. De pronto, se echó a correr con desesperación hacia una de las orillas, pero estaba demasiado lejos de cualquiera de ellas.

Gritó con voz estruendosa, producida por un relámpago que se precipitaba en ambas realidades anunciando su caída se arrojó al abismo.

      —¡No! —vociferé con todas mis fuerzas.

      Me puse de pie en el interior del tejaván, como si primero hubiera generado el sonido en el fondo de mi mente y después éste se hubiera extendido hasta la realidad.

      En  ese  instante  se  escuchó  un fuerte golpe en el

—Este es el segundo mensaje.

—Para que venga de nuevo debe haber un sacrificio. ¡La muerte!

techo, debido a un tronco que cayó arriba de donde nos encontrábamos acostados y rebotó hacia un costado.

      Marion y Fausto se levantaron rápidamente e intentaron tranquilizarme. Yo estaba impresionado por lo que acababa de ver y, ellos escucharon mi grito y después el golpe seco.

      Sentí una vez más el tirón sobre mi cintura, el cual me obligó a recostarme, a pesar de mis deseos de salir corriendo del lugar. Quería parar, esto era demasiado, más de lo que podía soportar o entender. Me consumía la desesperación.

      Hundido en el laberinto entre bosquejos, sonidos, imágenes y formas que percibía con un orden, aunque no lo comprendía; me sentí sin ganas de luchar, la imagen de la muerte me invadía llevándome a la fatalidad y el desasosiego. Me negaba a regresar a la realidad y anhelaba perderme en mi pensamiento hasta desaparecer. Entonces, una mano me sostuvo de la nuca y me levantó con un leve empujón.

      Conocía muy bien esa voz que me inyectaba aliento y fuerza; era Brazo, mi inconsciente.

      Flotaba de nuevo fuera de la Tierra y observaba a los planetas con sus rostros perfectos, sutiles y delineados cual espectros hermosos.

      Con cada movimiento emitían sonidos armónicos e

 —Estamos juntos, por ello nos unimos en un mismo plano mental. Para sobrevivir.

indescriptibles, tan alentadores que me llenaban de esperanza.

El rostro de color blanco, se volvió y preguntó:

De inmediato mi percepción giró hacia el universo del lado opuesto al Sol y vislumbré un punto luminoso que se acercaba. Desplegaba una estela delicada y la luz que irradiaba era muy diferente de la producida por las estrellas, más intensa, blanca y brillante. A medida que se acercaba, se apreciaba su forma ovalada y larga; era como un cristal transparente, redondeado.

Ya más próximo, percibí una figura humana en su interior.

      Escuché pronunciar a la voz melodiosa y sutil de la Tierra, mientras el objeto luminoso se acercaba a ella.

      Para entonces ya podía visualizar quién era, me producía un tremendo escalofrío el estar, porque solo sentía su presencia y ésta me fijaba una enorme felicidad, irradiaba una luz cálida desde su pecho; con los ojos abiertos observando todo, inmóvil, acercándose a la Tierra.

      —Su inquietante personalidad me confundía, pero, a la vez, experimentaba una paz indescriptible. Tenía la fuerza del viento. 

—¿Estás listo? Este es el tercer mensaje…

—Va a retornar, es el tiempo de su llegada.

      ¿Qué estaba pasando? Mi entendimiento, mi razón dentro de la visión y mi fe estaban unidas y  lo asumía como verdad.

      Me incorporé en la oscuridad de la selva presa de gran agitación, con el corazón a punto de estallar. Jadeaba asombrado por lo presenciado. A un metro de distancia, Fausto también se levantó. Lo miré en la penumbra, todavía confundido.

       —¿Lo viste? —le pregunté.

       —Sí, lo vi, va a regresar, la carta, la carta, nos está mirando ahora.

      Ambos fuimos arrastrados con fuerza hasta el suelo de piedra.

      Obediente, me quité mi collar de obsidiana y caracoles y lo arrojé fuera.

Sentí los párpados pesados y entré en una densa oscuridad.

—Tienes que asumir el mensaje. ¡Sabes su nombre!, ¡sabes quien es!, va a retornar.

—Debes ofrendar algo fuera del círculo por lo que acabas de percibir.

—Esto te mantendrá dentro de tu realidad.  Ahora descansa, despertarás a las ocho de la mañana y todo habrá acabado.


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