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Capítulo III. Hemisferio Izquierdo

La luz de la mañana me despertó y miré el reloj por costumbre más que por curiosidad. Eran las ocho con un segundo. La lluvia todavía no cesaba, pero había amainado. Me levanté y vi que mis amigos dormían abrazados.

      Palpé mi cuerpo, era como si me sintiera por primera vez. Visualizaba cada una de las imágenes que viera la noche anterior. Busqué un poco de agua en las mochilas y ya  con ella salí rumbo a la selva. Procesaba miles de datos por segundo. Recordaba todo: los sonidos, los destellos de una luz púrpura y las palabras en mi mente.

      Me detuve en una construcción con forma de enredadera. En la montaña, la neblina montaba una hermosa atmósfera sobre la espesura, con peñascos y   flores que se levantaban entre las escaleras gigantes. Me debatía entre mis esfuerzos por entender la información recibida y, al mismo tiempo, negarla por completo, entre dos fuerzas que luchan en lo más íntimo de nuestro ser:  la esperanza y el escepticismo.

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