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Capítulo IX

José llegó de Cuba el día y la hora previstos, se dirigió a su casa en el Distrito Federal, dejó rápidamente sus maletas junto a la puerta de la entrada y, sin perder tiempo, salió a la calle para tomar un taxi que lo llevara a la Terminal. Una vez ahí, subió al primer autobús que salía a Querétaro. El viaje duró más que su vuelo de la isla a la ciudad de México. Intentó dormir en el trayecto, cerrando los ojos e ignorando la película que proyectaban, pero no lo logró. Sus sentimientos estaban concentrados en un sitio a unos cuantos kilómetros de ahí. Necesitaba verla, la extrañaba muchísimo; sus sensaciones, en conjunto con el libro de cuentos de José Martí que le traía de regalo, absorbían por completo su atención.

      Desde el día en el que partió para Cuba deseó que Marion lo acompañara, pero ella no quiso salir del país. Alegó que necesitaban pasar unos días separados, al igual que se habían propuesto hacerlo en las vacaciones de fin de año. Y es que, a pesar de sentir un profundo amor el uno por el otro, el estrés que se vive en la gran metrópoli provocaba que en ocasiones les irritara la convivencia.

      A José le enloquecían las maneras de conducirse de Marion. Le gustaban su personalidad y su ritmo. Verla recostada en el sofá en la sala del departamento leyendo con profunda concentración sus libros en francés, le provocaba un deseo de tenerla todo el tiempo. Las mismas cosas que ahora lo tenían con los ojos cerrados pensando en que pronto la vería durante unos días más, antes de marcharse de nuevo de viaje aprovechando el tiempo libre que le darían en el trabajo.

      Arribó diez minutos después del tiempo prometido por la línea de autobuses. En cualquier otra ocasión éstos le habrían parecido insignificantes, pero ahora lo ponían frente al reloj contando cada segundo transcurrido. Corrió a la parada de taxis, subió al primero que encontró y echó su mochila al fondo.

      —Al Centro, ¡Por favor! calle Pasteur 64 norte. Entre por Corregidora, dé la vuelta a la derecha en Ángela Peralta y gire a la izquierda al final de la calle, está entre Morelos y 15 de Mayo —instruyó al taxista.

      Le dio tan rápido las instrucciones que el conductor tardó unos minutos en asimilar la información.

      Cuando José llegó a la casa, tocó tres veces esperando que le abriera Marion. Pero la puerta no se abría por ningún motivo, así que decidió usar la llave que llevaba en la mochila. Buscó en las bolsas donde siempre la guardaba, hasta encontrarla entre varios papeles sueltos. La sacó, la introdujo en la cerradura, dio un giro a la izquierda y después un jalón para que se botara por completo. La puerta tenía maña y la conocía a la perfección. Abrió y se escuchó el clásico sonido del metal desgastado que hace fricción.

      Se dio cuenta de que alguien tomaba una ducha con la música a todo volumen y por eso seguramente no escuchó que llamaba. Fue a la habitación, encontró la ropa esparcida encima de los sillones y decidió abrir la puerta del baño sin tocar. La empujó levemente y una ráfaga de vapor subió por su cuerpo. Escuchó el sonido del agua caliente caer sobre la piel desnuda y, con gran tranquilidad, descorrió la cortina blanca que no dejaba ver el interior. Sus ojos se abrieron y el agua se esparció por todo el baño.

      “Así debió de haber sucedido” —pensé—.

      Salpicaban agua por doquier. Marion y José.

      La puerta de la casa estaba abierta y caminé por el pasillo de mosaico color terracota. Observé en el suelo las marcas de los pies descalzos y húmedos, en una danza alrededor de un punto sin rastros de agua. Pude imaginar la escena perfectamente.

      —José, ¿qué tal, cómo te fue?

      Él se dio la vuelta, un tanto asustado.

      —Caray, hermano, qué susto me diste, pensé que no estabas —me contestó.

      —De hecho acabo de llegar de la calle y encontré todo abierto.

      Marion se levantó de la cama con el cabello aún mojado. Me miró, casi tan sorprendida como yo. Esperábamos que José nos llamara de la central para ir a recogerlo y a ella se le hizo tarde para arreglarse. Mientras tanto, yo salí a tomar un café expreso y a leer el periódico.

      Algo había pasado entre Marion y yo, algo que nos dejó muy unidos. Pero sabía que, antes de tomar una decisión o cometer algún acto que nos llevara al caos, debía hablar con José. Necesitábamos conversar los tres sobre lo que sentíamos, dejar clara esta intensidad que era más fuerte que lo físico y se transmitía como una vibración entre nosotros, de una manera que trascendía lo marcado por nuestros prejuicios. Esto me hacía pensar en un triángulo exacto, la dualidad que al fusionarse desprende otro vértice y se convierte en unidad, que se transforma en dualidad de nuevo. La exponencial de nuestros sentidos y nuestra mística. El desprendimiento de todo lo preconcebido, que reafirma los valores únicos, lejos del egoísmo y la banalidad.

      Pero, ¿Cómo explicárselo?, ¿cómo explicármelo?, ¿cómo poder vivir en la razón, si por el miedo y la pena podría generarse una separación inminente? Estaba convencido de que debía vivir mi vida al lado de Marion, pero la amistad que me unía a José era igual de importante, aunque su fuerza se equiparaba a la intensidad con la que necesitaba de ella.

      Teníamos que ser más fuertes que nuestros impulsos, superar la pasión y convertirla en amor, incluso si ello me alejaba por completo de Marion y me acercaba más a la dualidad que formaban ellos.

      Aquel día, en el café de costumbre, los tres hablamos de innumerables temas irrelevantes. Sabíamos muy bien lo que sucedía, pero no queríamos dar pie a tratar nada relacionado con nuestro asunto sin estar seguros de que la decisión que cada uno tomara sería la definitiva. Además, ésta tenía que unirse con la decisión de las otras dos personas.

      Marion, confundida al tenernos cerca, nos miraba fijamente mientras tomaba su café. Buscaba absorber cada uno de nuestros movimientos, lo que la llevaba a la plenitud. Estaba convencida de que el hombre perfecto lo formábamos los dos y lo ratificaba a medida que la charla avanzaba y externábamos comentarios que la hacían reír y amar. Sin embargo, sabía que no podía ser correspondida por ambas partes a la vez.

      Marion se levantó de la silla y fue directo al lavabo a mojarse la cara con un poco de agua fría. No resistía más la escena. Estaba enamorada de ambos, y esa atracción le impedía aclarar su mente. Necesitaba estar sola. Ya había pasado un tiempo conmigo y antes con José, ahora debía hacerlo consigo misma. Así que salió del baño con la decisión en la frente. Se le notaba segura mientras caminaba hacia nosotros, que la observábamos desde nuestro banquillo verde en la terraza debajo de los árboles que circundan la plaza, en un día soleado en pleno invierno.

      —Quiero estar unos días sola, me voy a San Miguel de Allende, a un hostal que conozco —nos comunicó, con voz entrecortada por el impacto que su declaración le causaba.

      —Les pido ese favor, lo necesito. Nos veremos al regreso de las vacaciones, el 3 de enero. Aquí en este mismo café, a mediodía. Sé que es muy repentina mi decisión, pero les ruego que me dejen ir sin preguntas. Salgo ahora para la Terminal de autobuses, sin más, sin que se pongan de pie. Quiero llevármelos en la mente justo como están. ¡Por favor!

      De sus ojos escapó una lágrima que se esforzó por contener, pero que al final descendió por su piel, la que secó con rapidez.

      Yo quedé mudo ante su impulsiva determinación. No pude expresar nada que delatara mis deseos de ir con ella y, por los movimientos de José, se notaba que quería intentar detenerla, aunque en el fondo ella tuviera toda la razón para hacer lo que hizo.

      Marion nos miró a cada uno reteniéndonos en sus ojos, dio la media vuelta y se perdió entre la gente que caminaba por la calle Quince de Septiembre.

      Yo agitaba sin control la taza de café y José, esforzándose por contener lo que sentía, fue a la barra.

Buscaba reunir las fuerzas necesarias para impedir a sus piernas salir a buscarla. Pidió una taza de café exprés doble y unos cigarrillos.

      —¿Quieres uno? —invitó.

      —Sí, lo necesito —le respondí.

      —Yo también.

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