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Capítulo VI. Hemisferio Izquierdo

De pronto desfilaron por mi mente miles de imágenes. Notaba la realidad como pequeñas fracciones de tiempo encimadas, pero con impresionante precisión. Me encontré recorriendo un lapso de tiempo hacia atrás, cada instante.

      Regresaba mentalmente hasta la casa paso por paso, calle por calle: la avenida Universidad, hablando en el auto con Marion, saliendo de la casa, caminando por el pasillo de azulejos rojos, bajando de la terraza, escuchando cantar a Emilio y a José, ingiriendo el guijarro, recogiéndolo del suelo,  lanzando la piedrecilla con el brazo izquierdo, viéndola caer, sintiendo cómo golpeaba mi espalda, metiendo la mano en el bolsillo, sacando otra.

      —Estas piedritas ¿De dónde las sacaste? ¿No son las mismas que tenías en el Erial mientras hacías sonar tus caracoles?

      La miré con un asombro aún más grande.

      El cerebro inició su evolución en las especies con una relación entre el movimiento de su cuerpo y las necesidades de supervivencia de éste.

      La capacidad de moverse de tal o cual forma y el esfuerzo que necesitaban desplegar para ello influían en su alimentación y en su grado de inteligencia.

      Los animales que se adaptaban bien a un entorno con su cuerpo no requerían desarrollar su cerebro a niveles mayores, en tanto que aquellos menos capaces o más vulnerables al entorno necesitaban desarrollar de manera más  específica su cerebro o inteligencia para poder sobrevivir. Mantuvieron siempre un equilibrio natural entre ambos casos y evolucionaron en conjunto.

      El grado de evolución cerebral se relaciona con la fisonomía del animal. Entonces, los instintos y la evolución cerebral están vinculados a las condiciones del cuerpo y esta capacidad de adaptación, a su vez, se relaciona íntimamente con la evolución de las extremidades de cada especie.

      —¿Me estás diciendo que en el Erial traía estas cuentas de jade? —repliqué.

      —Sí, ¿no recuerdas? Cuando salimos a buscar las piedras para el ritual volviste con algunas como ésta. No les presté atención, pero ahora que las veo las reconozco; las pusiste en el centro, donde estaban las velas. Antes de dormirte las guardaste en la bolsa dentro de la mochila.

      Después sacaste una de tu bolsillo y la mirabas igual que a los caracoles que llevabas en tu collar. La sostuviste bastante tiempo en la mano. Estábamos en Xilitla, recuerdo que te pregunté qué hacías y no me respondiste, como si, envuelto en la introspección, no me escucharas.

      —¿Es por ellas verdad? ¿Es por eso que ahora de nuevo te sientes así?

      En ese momento, ante sus preguntas, lo vi con claridad. Lo recordé todo, parte por parte.

      —Al parecer es por esto, pero no recordaba haberla tomado, ni siquiera haberlas visto, hasta ahora que, como en una gran ola, me llegan las imágenes de lo sucedido.

      —¿Y qué son? ¿Por qué la tomaste?

      —Son cuentas de jade. Pero te juro que no fui consciente de haberlas recogido.

      —¿Y las habías vuelto a tomar después de regresar de Xilitla?

      El desarrollo mental tiene que ver con el desarrollo de las extremidades.     

      Ello se debe a que, con base en ambas —el desarrollo mental y el físico—, el individuo se adapta justo a su ambiente y guarda el equilibrio.

      Las extremidades más fuertes o dominantes propician la amplitud de la inteligencia en la adaptación. Por ejemplo: la capacidad mental de un delfín está atada a su cola y la de un elefante, a su trompa. Este desarrollo evolutivo continuó hasta que el cerebro comenzó a desarrollarse en forma más específica, en relación con la extremidad que adquiere un sentido más creciente. Es decir, se fortaleció a través de la extremidad que posee la capacidad de “adquirir” conocimiento, sensación, intuición o progreso en su beneficio.

      La mayoría de las especies evoluciona en este sentido vía ligeros cambios en su entorno que suceden dentro de lapsos de tiempo muy largos. Pero el ser humano, la nueva especie en expansión, al tener que adaptarse a ámbitos y alimentos distintos, así como a constantes cambios, adquirió —mediante el desarrollo de sus extremidades— mayor capacidad de conocimiento, la misma que comenzó a desarrollar. 

      Marion estacionó el auto frente a la casa de Emilio.

      —No, no recuerdo haberme sentido así desde que llegué a Querétaro.

      —¿Qué ocurre, Ometeo? Dices que no recuerdas siquiera haberlas tomado en el Erial, ni en Xilitla, ni ahora. Y que lo que te pasó fue por el jade. Pero, entonces, ¿cómo sabes que tenías que ingerirlas?

      —Cuando buscaba las piedras en el Erial se acercó a mí el joven que te incomodó porque te miraba sin cesar mientras comíamos. Él caminó en silencio, yo lo observé inmóvil, parecía una liebre. Se detuvo y me extendió su brazo, ofreciéndomelas. Yo lo miré fijamente y las agarré. Cuando lo hice, me dijo algo en silencio; movía los labios sin emitir sonidos. Me describió una antigua ceremonia que se realizaba durante tres días en aquel lugar antes de bajar a la cueva de los muertos, me dijo que el sitio al que llegamos no existía, que estábamos dentro de un sueño, y en realidad el primer autobús que tomamos nos llevó hasta Xilitla; por eso los conductores parecían diferentes al momento de llegar y de partir al Erial. Sentía como si me lo narrara en mi pensamiento. Después dio media vuelta y se marchó hasta que lo perdí de vista.

      —¿Por qué no me lo dijiste? ¿Y quién es ese joven? ¿Cómo que un sueño?

      —Porque sabía que no era consciente de ello, no recordé haberlo visto sino hasta ahora.

      Esto significa que comenzó a pensar. Entonces, la habilidad dotó a sus extremidades, sobre todo a dos de ellas, de un sentido más profundo, que de inicio llamaremos “tacto”, aunque es mucho más que lo que el consciente le atribuye. Es toda aquella capacidad de percibir su entorno desde el instinto principal y comunicarse desde este mismo.

      En consecuencia, estas extremidades poseen la habilidad externa de tomar la realidad, pues el sentido mencionado puede atrapar, extenderse, sujetar un objeto, sanar, tocar, abrazar, comunicar, saludar, entrelazar, animar, destapar, auxiliar, matar.

      Se trata de extremidades dotadas de sentidos particulares que ejercen un efecto sobre el desarrollo exponencial de la capacidad que el cerebro del ser humano adquiere a diferencia del de los demás animales.

      Marca una relación directa entre el instinto primario del cual todos  los de esta especie forman parte y la nueva conciencia humana. Es el sentido que se extendió y que provee al cuerpo y a la mente de lo que necesitan para sobrevivir. En tanto que los demás sentidos se encuentran alojados muy cerca del cerebro y cumplen otras funciones relacionadas con el razonamiento y la comprensión, la mano y el  brazo,  como  su  portador,  generan

      El Erial es un estado mental en el cerebro al cual tu mente cotidiana no tiene acceso, salvo después de un fuerte accidente o en un estado de choque emocional. Es un estado de conciencia colectiva, en el cual te comunicas con tu propio yo. El yo común, el que, a su vez, está conectado con otros, de los cuales cada individuo forma parte. ¡Justo lo que me sucedió! ¡No jodas! No me había dado cuenta…

Marion respiraba rápidamente.

      —No puede ser que en esta época aún suceda o que creas en ello —comentó.

      —Es lógico. Desde que somos humanos hemos estado conectados en un sólo sistema, pero, a medida que avanza la civilización y crecemos, perdemos el contacto con nosotros mismos. 

      Por eso cada individuo, de manera particular, tiene alguna experiencia de este tipo. Como dicen que uno muere para vivir. Por eso sentía que moría aquel día, ¿te acuerdas? Pero, aun así, lo más importante no es que nos suceda o que se narre miles de veces, sino que todo ser humano lo entienda. Porque para cada uno de nosotros hay un mensaje distinto de acuerdo con nuestras circunstancias, un destino.

      Estaba totalmente consciente, cesó la sucesión de momentos y me recuperaba, como si por medio de la comprensión el organismo reaccionara hacia el equilibrio.

la base del pensamiento. Brazo es el que abre la puerta.

      Los brazos son los que expresan libertad, furia, esclavitud.

      Los que desean, toman y sujetan.

      Los que alcanzan los sueños y los manifiestan.

      Los que comunican lo que dice el inconsciente.

      Los que se levantan con júbilo.

      Los que se inclinan para sembrar.

      Los que sanan y llevan el alimento.

      Los que señalan la entrada a la cueva y tienen la llave.

      Los que muerden la vida y proveen la muerte

      —Vamos por el encargo de Emilio a su casa y regresamos.

      —Preferiría esperarte en el auto; aunque me siento mejor, mis piernas están entumidas.

      —Bueno, voy por el juego y regreso.  Marion se dirigió a la entrada de la casa, situada del lado derecho tras cruzar un pequeño aparcamiento. Al acercarse se encendió un farol con sensor de movimiento.

      Con algo de miedo ante lo que ocurría, me di cuenta de que no fui consciente antes del Erial. Me movía por inercia ante mi propia vida, guiado por los sucesos de la cotidianidad. Y cuando regresé de la selva opté por la misma situación, para pertenecer de nuevo a una sociedad compulsiva y alejado de mis sueños. Olvidé imaginar, incluso escribir, perdí la fe en mí.

      De pronto, algo llamó mi atención y disipó mis pensamientos, pese a su absurda sencillez.

      Delante de mí, a un costado de la casa de Emilio, se alzaba un árbol enorme y frondoso. En ese momento no circulaban automóviles ni caminaban personas por la calle y, aunque ésta era un tanto oscura, los pequeños candiles de las casas iluminaban el contorno de la acera.

      Mientras contemplaba la escena apareció un gato que, después de dar una vuelta por el patio de la casa, se sentó al lado del árbol.

      De pronto sopló una ráfaga de aire sobre el árbol, cuyas ramas se  movieron  cadenciosas  de lado a lado.

 

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