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Capítulo V. Hemisferio Izquierdo

Han pasado muchos meses, el tiempo ha transcurrido de manera peculiar. Me he mantenido como un anacoreta. Siento que parte de mí recuerda todo el tiempo, lo que me deja con pensamientos confusos y en ocasiones no controlados. ¿Qué es la realidad? ¿Qué sucedió en el Erial?

      Estos meses me he dedicado por completo a esforzarme por entender la mente, hundido en un largo sueño del cual me resultaba muy difícil despertar cada mañana. Con el pasar de los días me perfilaba a enderezar —o no— el rumbo de mi vida.

      Opté por aferrarme a una rutina para encontrar la seguridad que tanto necesitaba, a través de los hábitos cotidianos: levantarme; tomar un café en el Fondo como de costumbre, a la misma hora y de  preferencia en la misma mesa; caminar por las mismas calles: de Pasteur a  la  plaza  de  San  Antonio  y  después  hacia

      Este mito desencadenaba egoísmo y el deseo, ya no exclusivamente de alimento o un techo que anteriormente lo ocupaban los más fuertes o mejor dotados, sino el egoísmo del poder que el mito tenía sobre éstos.  El deseo de poseer todo cuanto existía y controlarlo en forma organizada; las necesidades básicas pasaban a un segundo término; la nueva conciencia se alimentaba de ambiciones y nuevos conocimientos.

      Por ello resultaba cada vez más difícil tener acceso a la mente primaria e introducirse en ella.

   Debido a ello y con la intención de no olvidar el camino mental y su relevancia, decidieron plasmarlo en miles de historias y metáforas. Entonces, lo importante ya no era saber cual era el lugar de esta antigua dualidad, sino conocer el camino para poder llegar a ella. Los sabios estaban enterados de que para introducirse se requería que el individuo entrara en sí mismo, se enfrentara a sus miedos más profundos —el espejo— y, si alcanzaba el éxito, se conectaría de modo consciente con la mente o instinto primario, la conexión con todas las mentes.  

Pino  Suárez, cruzando bajo los árboles del jardín Zenea y la plaza Constitución, con su fuente circular a la que los niños a diario intentan subir para jugar con el agua, en tanto que un anciano policía gasta sus últimas fuerzas en detenerlos.

      Esta cotidianidad me ha producido estabilidad. Todos los días voy en pos de un mundo real, intento separar mi mente del rebobinar de pensamiento que me recuerde aquellos días en el Erial. Pero, de alguna manera, el pensamiento   se   las  ingenia  para  cruzarse de nuevo  por las imágenes extrañas, aunque gracias a la constancia, cada semana me desenvuelvo mejor en la rutina social.

      “Lo único que existe es lo que percibo” —me digo tratando de creerlo rotundamente.

      Así, con el tratamiento simplista —ver televisión, leer revistas de novedades, evitar lecturas de contenidos metafóricos y comer muchos chocolates—, me libero poco a poco de los pensamientos profundos, me rindo a mi casualidad. Le tomo cierto aprecio y noto un progreso en cuanto al desarrollo de la comodidad, ya que por estudiar y trabajar unas horas en el área de publicidad, percibo un sueldo que me ayuda a evitar el esfuerzo de pensar.  Esta es mi verdadera medicina mental, la que me oculta cada  vez  más  de  prisa  de  mi  interior  y  me   permite relación con las personas.

      Al ser de una suprema relevancia por el control que confería ante las masas cada vez más organizadas, no podían permitir el acceso a todos los individuos, ni tampoco esconderlo pues, de ser así, no habría en que basar el poder. En consecuencia, lo convirtieron en lo inalcanzable, pero existente, colocándolo  en una ruta de aspecto físico o místico y ocultar el camino mental que incluye los dos anteriores. Plantearon que el camino a la caverna de los antepasados, el lugar de la Dualidad debe encontrarse mediante actos o hechos físicos a favor de la sociedad y, en especial, a favor de la organización que poseía dicho poder, y nunca por medio de un intento mental.

      Así, la sociedad nueva evolucionó y surgió el poder, el control sobre el conglomerado de individuos, basado en el sufrimiento, el dolor y el miedo. En contraparte, el poder representa también su ruta de salvación, la ruta más accesible para encontrar el camino de vuelta al lugar sagrado, ése de donde todos procedemos y de alguna manera todos los individuos estamos interrelacionados por la forma más simple y que prevalece en nuestro pensamiento más profundo.

     Con el correr de los siglos y las guerras entre los poderes se olvidaron de la  manera  de  volver; y  quedaron  sólo los rastros

      Marion y Fausto vinieron a pasar un fin de semana a Querétaro. Deseaban  escapar del ruido y el tráfico citadinos. ¡Qué casualidad!, ayer, antes de que me avisaran, escuché en sitios distintos mientras caminaba hacia el café, la canción Santa Lucía. Definitivamente estoy loco.  Al hablarme de su plan, la voz de Marion denotaba tanto entusiasmo como el que yo sentía al escucharla. Era como disfrutar una pastilla mentolada después de un café muy cargado. Una sensación diferente, que sin duda me proyectaba a meses atrás. Estaba feliz de verlos, pero no quería que los sentimientos volvieran a mezclarse. Y es que, por desgracia, el hecho de que ella hubiera estado entre los dos sí afectó nuestra amistad. Bueno, yo  al   menos,  me sentía tan confuso con respecto a la fidelidad y el amor, que prefería no darle demasiada importancia al asunto; me ocasionaba la misma contrariedad que el recuerdo del Erial. Al parecer necesitaba ayuda, pero prefería aferrarme, como todos, a los temas superficiales para que mi mente no se alejara mucho de la realidad. En ella puedes comprar la libertad en cualquiera de sus diferentes presentaciones, bien sea en un centro comercial o en una mega producción cinematográfica y, además, con cupones de descuento.

      Escuché el característico chiflido de Fausto José antes de que entrara en la casa. Parecía el de un arriero a medio cerro, y lo distinguía a cientos de metros de donde me encontraba casi siempre.

torcidos que indicaban la ruta. Por consiguiente, cada nueva sociedad o grupo emprendió su intento de encontrar y señalar su propia senda.

      El ser humano desarrolló una voluntad propia, movida en gran medida por la idea prenatal, la idea registrada en nuestro ser, y es que todos tenemos una mente individual y una conexión con la mente primaria.

      ¿Qué soy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Y, más aún, ¿existe un algo que crea y controla el universo?

      Esta es nuestra búsqueda, la razón de unirnos de nueva cuenta en la selva, sólo entendiendo nuestra dualidad, nuestro espejo; podemos tener acceso a la cavidad.

      Es en este momento y mientras me sigues en tu pensamiento, iniciamos  el retorno a la cueva.

      No se trata del lugar físico, como lo supusieron, sino de un lugar mental. Y es dentro de él donde se hallan las respuestas a la existencia no sólo del ser humano sino del universo. Pero este lugar mental está conectado con las circunstancias y el entorno, hay que ascender físicamente para poder hacerlo también mentalmente.

      Caminé por el pasillo que recorre toda la casa. Al abrir la puerta me di cuenta de que los acompañaba Emilio, a quien no veía desde que se fueron Marion y Fausto José.

      —¡Quihúbole, ¿qué hay?! Que gusto en verte, ¿por qué te desapareces tanto tiempo cabrón? —me preguntó Fausto José.

      Saludé a Emilio y los invité a pasar.

      —¿Cómo estás? ¡Te he extrañado mucho! —gritó Marion.

       Con una sonrisa enorme, se abalanzó sobre mi cuello, al punto casi de fracturarlo, y dejó caer todo su peso sobre mí, con una sonrisa enorme impregnando su lápiz labial con furioso efecto sobre mi mejilla.  ¡Fue delicioso! Después de pasar varios meses enfrascado en lo mío y sin socializar mucho, menos aun con el sexo opuesto, siempre se agradece que lo abracen a uno de esa sobrada manera.

      Con otro fuerte abrazo Fausto José demostró que nuestra amistad era más fuerte que nunca y que ambos hubimos de alejarnos un poco para poder esclarecer los pensamientos de manera natural. Es lo que la sociedad llama “madurar”. Aunque, en verdad, nunca he sentido mucho aprecio por el dichoso distintivo; que en este caso puede aplicarse, dadas las premuras. Sobre todo cuando sabíamos bien lo que ambos sentíamos por Marion.

      Esa es nuestra razón de ser, la metáfora que prevalece en cada persona, encontrar de nuevo la ruta para descender al inframundo. Completando un ciclo más en esta eterna espiral.

      En varias épocas y sociedades, hubo personas que la encontraron y divulgaron sus creencias. Pero casi todos terminaron desterrados, humillados o asesinados por ello.

      Pero, ¿qué importa si es necesario decirlo de nuevo, una o mil veces de manera distinta? Sólo cuando cada ser encuentre el camino en la mente primaria, empezará de nuevo para que el dolor y la pena desaparezcan, para que las sociedades vuelvan a unirse. Porque la evolución es saber que lo que afecta a una parte afecta al todo. Y que cada ser vivo genera con su movimiento, parte del movimiento universal.

     Surgieron temas sobre asuntos particulares de la vida de cada uno hasta esos días, en especial lo referente a nuestras experiencias en el trabajo. Los cuatro nos incorporamos poco a poco a las labores preestablecidas por el sistema neoliberal con el que no estábamos de acuerdo, pero al cual, por formar parte de una faena de convencimiento social, con  cada   uno   de   los   días   parecíamos   integrarnos mejor. La cena transcurrió sin mayores problemas. Desviamos siempre de manera oportuna la conversación para que ninguno de los cuatro tocase asuntos que tuvieran que ver con nuestra confusa y arrebatada interrelación.

      Marion salió sigilosa de la casa, ni siquiera nos percatamos en qué momento tomó las llaves y se marchó con el auto de José para comprar un postre que, según ella, era lo mejor que había probado: unas gelatinas de diferentes sabores elaboradas con una receta casera que la volvían loca.

      Los tres conversábamos entusiasmados sobre la contracultura y la cultura alternativa, que, a fin de cuentas, consistían en una incontable maraña de acciones que volvían a lo mismo. Éstas nos hacían creer en nuestros antiguos ideales utópicos que tanto extrañábamos, pero de los cuales desistíamos mientras  nos internábamos en los suculentos y acojinados aposentos de la comodidad y la tecnología que envasan tan bien el intelecto.

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