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Capítulo VII

La danza se mueve en el vientre de la mujer, nace con ella. Es el pensamiento hecho deducción y presentimiento. Se convierte en la hacedora de la forma que despliega con su movimiento sutil de un lado a otro de la casa. Despierta cada día con las sensaciones a flor de piel y genera la alegría necesaria. Con su ritmo dinámico imprime un toque real y carismático a cada mañana para despertarnos sin una rutina preconcebida, sino con una serie de eventos diarios que nos indica los quehaceres. Guiados más por su intuición y su deseo intrínseco de felicidad.

      Desde temprano escucho el golpetear de sus zapatos contra el piso y percibo el olor de su cabello al desplazarse justo arriba del sonido producido. Empieza por abrir la casa de un golpe, azotar puertas y ventanas, meterse entre las sábanas y toda clase de tejidos que se abren con ella y tras ella, para después seguir con el riego de las plantas y los cantos. Despierta a Chamoy, el gato amarillo que se cree persona y no se levanta hasta que lo sacuden varias veces, con los ojos pegados a la fuerza, que bosteza, estira cada parte de su cuerpecillo estético y emprende su baño matutino a lengüetazos. Después ella viene a la cama y se lanza con todas sus fuerzas desde el inicio del tapanco, a veces arrojándome alguna sorpresa. Depende de su humor y su ciclo, pero siempre feliz de ver el sol un día más.

      Le ha dado más luz al lugar de la que yo podría disfrutar de otra manera. Me ayuda a colocar mis ideas en perspectiva, pero, sobre todo, me hace desechar las absurdas con tan buen sarcasmo que mi miedo a los acontecimientos futuros se borra.

      Es, por tanto, los extremos de un cuerpo que se tocan y se necesitan. Es la mujer que danza y con ello desata el movimiento como un amanecer.

      Nos quedamos por unos días de nuevo juntos, para mí sentirla de nuevo cada noche mientras nos procurábamos  y deseábamos tanto, aún así pasábamos gran parte del tiempo leyéndonos o platicando solamente de cualquier tema, solo estando, sin que existiera nada más importante que ese momento.

      —¿Te gustaría acompañarme a Tula? —le pregunté.

      —¿A Tula? Qué pregunta, ¡Claro que me gustaría! —respondió Marion.

      —Quisiera que fuéramos hoy. Ya ves que eso de los viajes espontáneos se nos da muy bien.

      —¿Cómo? ¿Hoy?

      —Sé que te parecerá rara la idea, pero necesito ir; podemos convertirlo en un día de campo… ¿Recuerdas que te hablé de que los Toltecas fundaron la ciudad de Tollan justo en ese lugar, principalmente  por el  volcán el Xicuco?

      —Sí, me dijiste que tiene una cueva y hay miles de historias al respecto.

      —¡Eso mero!, pues solo son leyendas o historias que se relaciona con el cerro mítico. Según los Toltecas, el volcán era una representación fiel del lugar de donde procedían, en él, los reyes debían meditar a solas antes de gobernar la gran ciudad. Creo que debo ir a encontrar la cueva del Xicuco y dejar los guijarros ahí.

      —¡Vaya! Suena interesante la propuesta.

      —Sí, y, obviamente, pasamos a visitar a mi familia.

      —¿Qué te parece?

      —Pero con una condición…

      —¿Cual?

      —¡Ah! Pues… adivínale chiquito.

      —No sé, dime.

      —¡Esfuérzate!, dime lo que se te ocurra.

      —Mh… ¿Que te invite a comer?

      —No, no era eso, pero también la acepto. Ja ja.

      —¡Chale! Me la hiciste

      —Sólo quiero que no me dejes de querer.

      —Sabes que eso nunca lo dejaré de hacer Marion.

      —¿Aunque me tenga que separar de ti? —En ese momento me abrazó y nos quedamos ahí, sin movernos, sintiendo aquel dolor mezclado con amor.

      Marion me abrazó con fuerza. La sensación de tenerla en casa y los días que pasamos juntos me dejaban tan lleno de esperanza como el mensaje mismo. Su presencia me era necesaria para esclarecer mis ideas. Sentía tantas cosas por ella que me resultaba muy complicado ocultarlas, aunque con un enorme esfuerzo procuraba no hacer nada que afectara a los tres.

      Sumamente peligroso era cada uno de sus movimientos para mí, porque yo nada más de verla estaba consumido. Aun así, el cortejo mutuo, delicado y atractivo, no sólo recurría a lo físico; todas nuestras acciones quedaban en un plano mucho más intenso que sólo nosotros percibíamos y que se acrecentaba cada día.

      Era algo mágico, una frecuencia que nos unía y que al momento de estar juntos se condensaba, se fusionaba en una sola y más fuerte sensación. Nos queríamos mucho en verdad, pero la historia era compleja para ambos.

      Salimos temprano rumbo a Tula, a dos horas de viaje desde Querétaro. A las once de la mañana llegamos a la casa de mis padres junto al río, el cual me causaba mucha pena. En otra época era el lugar al que los reyes de la ciudad Tolteca bajaban para realizar sus oraciones y ofrendas, ya que sabían lo importante que es el agua para la civilización. Pero ahora estaba muy contaminado por los desechos tóxicos que las fábricas descargan directamente a él sin pasar por tratadoras de agua. Así, contaminan también todo el Valle.

      Siempre pensé que toda la fuerza que impulsó a la ciudad en otra época y la hizo elevarse a un nivel máximo, ahora es la misma que la arrastra en sentido contrario. Permanecen sólo las ruinas de piedra que esperan, aún erguidas, mejores tiempos, menos corrupción y envidia por parte de sus gobiernos, y que su pueblo se levante.

      La calidez de la familia es excepcional en todos los sentidos. A Marion la quieren mucho. Almorzamos en la terraza, antes de pedir prestada la camioneta vieja para ir al Xicuco.

      Marchamos rumbo al monte. Al llegar, luego de unos cuarenta minutos de camino, entramos en una especie de laberinto formado por los canales de agua con los cuales se riegan los cultivos de la zona. Delante de nosotros vimos la extraña cara del Xicuco, por la cual los antiguos creyeron que se trataba del cerro mítico, pues debía tener la cima en forma de cucurucho caído hacia un costado con una cueva en su interior.

      La táctica era preguntar a los campesinos que, dado que viven en el lugar, con seguridad saben dónde se localiza la cueva y a qué distancia está de la cima.

      Desde niño vine incontables veces con mi padre a las ruinas de la ciudad Tolteca y al Xicuco, pero nunca buscamos la cueva. La mayoría de quienes se proponen encontrarla explora la cumbre. Sin embargo, alguien me comentó que en realidad se encuentra en las faldas de la montaña, cerca de unas peñas, lejos de la vista de los curiosos.

      Son muchas las supersticiones acerca del lugar, y el pueblo instaló una cruz enorme con la punta dirigida hacia los cuatro puntos cardinales. Esto para tranquilidad de las comunidades católicas cercanas, porque entre tantas historias, algunas más recientes a la época de la Revolución Mexicana, se contaba que aquella persona que entrara en la cueva, nunca volvería a salir, o, que en la cueva habita el diablo y por las noches vestido de negro paseaba a caballo por los campos de cultivo, invitando a los campesinos a una fiesta. Son cientos de historias cargadas de folklore.

      Nos adentramos entre los canales de agua turbia que fluyen alrededor, buscando entre las peñas una ligera cavidad que indicara la entrada. Buscamos durante más de cuatro horas y le preguntamos a varias personas, sin éxito alguno. Estacioné la camioneta y caminé hacia donde un pastor cuidaba unas vacas y cabras que estaban pastando. Llevaba un sombrero de palma, pantalones desgastados y un poncho que le cubría el torso y que al parecer ocupaba como cobertor nocturno.

      —¡Buenas, Don! Discúlpeme, ¿sabe dónde puedo encontrar la cueva del Xicuco?

      Él, de espaldas a mí, miraba de frente, a su ganado que estaba en la ladera.

      —Sí, sé dónde está. ¿Para qué quieres ir ahí? —preguntó.

      —Para llevar una ofrenda —respondí.

      Él no se inmutó por mi respuesta.

      —Síguete ahí derecho por este camino —el mismo que señaló— hasta llegar al cruce con el otro canal. Luego sube a la peña y sigue derecho, verás un borde lleno de piedras redondas. Sube de nuevo pegándote lo más posible a la peña y continúa a pie por el camino. Hay una pequeña hendidura en la pared, antes de la saliente. Dale la vuelta a la saliente por debajo y la encontrarás.

      —Muchas gracias, Don.

      Sus instrucciones fueron muy precisas y con la mano señaló cada punto, aunque no se distinguían muy bien por la distancia.

      Caminé unos metros rumbo a la camioneta.

      —Hasta luego —dijo el pastor soltando una leve risa— vas camino al mar.

      Me sorprendió su despedida, pero no le preste más atención. Antes de subir al vehículo me volví para verlo. Su rostro me era muy familiar, más aún su tono de voz. Seguimos sus instrucciones, pero no logré reconocerlo sino hasta que estaba a la mitad del camino, antes del cruce con el otro canal.

      —¡Era Jonás! —casi le grité a Marion.

      —¿Qué dices?

      —Era Jonás, el que conocimos en el pueblo antes de bajar al Erial, ¿recuerdas? Era él, estoy seguro, no lo distinguí porque lo tapaba su sombrero.

      —¡Ah! ¿Estás seguro? Tal vez te confundiste.

      —No, te lo juro, era Jonás. ¡Qué loco!

      —Pero, ¿qué hace Jonás aquí?

      —No tengo ni idea, pero espero que podamos salir antes de que oscurezca y a ver si lo alcanzamos de regreso.

      —¡Si son las cuatro de la tarde! y cuando mucho en tres horas caerá la noche en ese lugar.

      —Lo sé, por eso debemos darnos prisa.

      Recorrimos más de cuarenta minutos en busca del sitio que Jonás nos señaló y nos detuvimos justo donde dijo. Ahí dejamos la camioneta y caminamos pegados a la peña.

      —Mira, ahí se ve un pequeño hueco —dijo Marion.

      —Apenas se distingue por la peña que lo oculta un poco. Entonces, según me dijo, la entrada a la cueva se encuentra cruzando la saliente. Debe de estar del otro lado.

      Caminamos un poco más entre los matorrales y cactus de gruesas espinas que bordeaban el lugar.

      —¡Mira, ahí está la cueva! —exclamó Marion.

      Se trataba de una cavidad de unos cinco metros de altura en la peña, con muros de una piedra en forma cilíndrica y alargada. Con el aspecto de un rombo, a su alrededor crecían miles de cactáceas, mezquites y demás plantas propias de la zona. Nos acercamos a ella intentando subir por la ladera. Justo antes de entrar sentimos un fuerte soplo de viento que casi nos tira contra las piedras, como si proviniera de las inhalaciones y exhalaciones de una enorme boca.

      —Más bien parece la vulva —comentó Marion.

      —¡Órale! Por eso consideraban que esta era la cueva por donde los hombres emergían de la tierra.

      —La oquedad que conduce al vientre de la madre. A la larga conexión con los volcanes mexicanos.

      Hablaba con mucha seguridad por su gran sentido común o por intuición, de aquello sucedido antes en este lugar.

      Al entrar al sitio vimos algunas veladoras y flores, que demostraban que aún se traían ofrendas.

      La cueva no medía más de diez metros de largo y otros diez de ancho. Era un refugio temporal ideal para pocas personas. En el fondo se alzaba una pared de varios metros de altura, que era difícil que hubiera sido sellada por la naturaleza, aunque semejaba mucho este efecto.

      “Tal vez la cerraron para impedir el paso a la gruta” —pensé.

      De nuevo Marion intervino como si escuchara lo que pensaba.

      —Sí, quizá lo creyeron necesario. Es curioso cómo se parece la realidad a los sueños. Sobre todo la magia que guarda la tierra y sus maneras encantadoras… Pero supongo que así debe ser.

      Paso a paso se acercó a donde yo estaba. Sin dejar de mirarme, nos abrazamos con fuerza; tomé su nuca entre mis manos. El encuentro de nuestros cuerpos provocó que se escuchara el eco de un único latido acelerado, mientras las pupilas se dilataban.

      Era su cueva, una cueva dentro de una cueva, el símbolo de los sueños.

      El sueño que apretaba sobre sus ropas. Levante su blusa dejando al descubierto su fina piel blanca que al sentir el contacto de mis dedos erizó cada poro de su abdomen, cerramos los ojos y sentíamos nuestra respiración, y como se aceleraba, más y más. Nos necesitábamos tanto, nuestros cuerpos no podían ya estar separados, moldes que se deforman para adaptarse miles de veces.  Sentí sus labios con una ligera y sutil humedad que se mezclaba con su aroma inconfundible, un hilo de nuestros fluidos se quedaba en el aire un instante uniendo nuestras bocas en cada vaivén para volver a colapsarse de nuevo y batirnos en un encuentro deseado.  Mientras la tomaba con ambas manos por su cintura y la recorría lentamente hacia sus senos, bordeando, delineando la piel por el contorno que tantas veces había necesitado.  Caricias que se perdían en un calor que crecía y desbordaba todo cuanto pudiéramos imaginar. Éramos, como me dijo el primer día: éramos de siempre.

      Dejé caer sobre ella las cuentas de jade en el interior, mientras compartíamos la respiración como un fuerte viento, el fluir de la sangre y la circunstancia, como dos épocas que se unen con un sólo  movimiento.

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