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Capítulo X

Ese mismo día José salió para la Ciudad de México. Pasaría las vacaciones en Nexpa, una playa de Michoacán. Iba con algunos buenos amigos que teníamos en común y me invitó a acompañarlo, pero, dada la situación, era preferible que cada uno estuviera solo unos días y dedicara tiempo a pensar bien las cosas, antes de encontrarnos en el café el mediodía acordado para hablar. Si bien sabíamos que podía ocurrir cualquier cosa, lo único que no estábamos dispuestos a perder era nuestra amistad. Se trataba de un secreto a voces, pues hasta ahora ninguno había tocado siquiera el asunto. Sólo Marion sabía a la perfección lo que pensábamos José y yo, es decir, que no estábamos dispuestos a romper esa unión, aunque estaba ya de por medio.

Me quedé solo en casa, tumbado en la cama. Pretendía analizar la situación para hallar la mejor manera de olvidar a Marion.

El día siguiente tomé una vieja maleta y salí sin rumbo, con un poco de dinero en el bolsillo, algunas mudas de ropa y un libro. Llegué por la noche a la central Occidente de la Ciudad de México. Mi ánimo andaba por los suelos porque aún la necesitaba. Era ella con quien podía ser totalmente yo, sin vacíos existenciales. Además, Marion conocía mi verdadero interior. En tanto que cualquier otra persona pensaría que estaba fuera de control o loco, ella se interesaba mucho en lo que le contaba. Le fascinaba la manera como esta historia se volvía contra nosotros en oleadas de intensidad.

Tomé el autobús que salió para Mazunte.  Atravesó la sierra oaxaqueña durante toda la noche con dirección al Pacífico Mexicano. En el camino mi mente giraba entre historias: Marion que quería a José; José que amaba a Marion; Brazo; Marion que sentía algo por mí y aún no lo revelaba del todo; yo, que estaba despierto por momentos, procesando miles de sueños que circulaban entre mi realidad y mi mente e invariablemente me hacían sentir mucha más afinidad con los dos; Marion, que había decidido no pensar más en ella, pero no podía dejar de hacerlo; y José, que cada vez que estábamos juntos me hacía sentir muy bien. Es tan bueno verlos juntos. ¡Ahhh!

Dormía a ratos, en parte por mis pensamientos y en parte por la carretera, con curvas y curvas que parecían interminables; tan cerradas que en ocasiones dificultaban que el autobús se mantuviera lejos de la línea que dividía la carpeta asfáltica del precipicio.

Desperté por el sonido de los frenos, que parecían rechinar sólo cuando estábamos a punto de detenernos por completo. ¡Y entonces lo vi! El mar, estaba tan calmado, con un tono profundamente azul, que me dominó una sensación inenarrable de serenidad interna. Ya en la población, al pisar con los pies descalzos la arena fina, blanca y adherente, ésta absorbía mis angustias. Me estremecía con cada oleada del mar, que cada minuto, con cada ola y cada golpe de espuma revuelta, me devolvía la confianza.

Alquilé una palapa situada en la colina. Muy austera, de cáñamo y madera, con cama grande y una hamaca que se mecía en la terraza.

—Es perfecto este sitio para olvidar —me dije en voz alta.

Una suave brisa que llegó hasta la palapa despejó mis dudas. Todas las mañanas me golpeaba el despertador en los ojos: era la luz del sol que no me dejaba un minuto a solas, reafirmando cada vez que nos veíamos que la vida consiste en hacer lo que se debe, salir todas las mañanas con ese propósito y elevarlo lo más posible, día con día, sin sucumbir.

En ocasiones bajaba a nadar y a comer algo. Ya en la tarde recorría el lugar por todas partes. Subía a un acantilado desde donde se contemplaba la puesta del Sol. Resultaba un ritual increíble presenciar cómo el astro más poderoso se fundía con el océano, dejando ver la magnitud del evento con colores y formas sorprendentes tanto en el cielo como en su reflejo.

La celebración realizada el 31 de diciembre fue especial e inesperada. Un grupo de personas vestidas de blanco, con ropas muy ligeras, ondulantes, y collares de flores, pasaban por la playa en silencio. Un joven enigmático que llevaba una lanza encendida con fuego, se detuvo mirándome fijamente; se acercó hasta donde yo estaba y me tendió su mano invitándome esa noche al ritual en el acantilado con el ocaso. Una vez ahí, cientos de nosotros formamos círculos, mientras que espirales de gente se separaban por un costado y se unían en uno más amplio, para después volver a formar uno más pequeño.

      Todos guardamos un silencio espectral durante horas y horas, mientras los participantes danzaban con la música de caracoles y percusiones, sumergidos en la magnífica ceremonia de la anunciación. Una mujer con los pies descalzos y un cántaro de barro rociaba agua con olor a jazmín, tomó de la mano a varias personas de diferentes edades y razas; uno a uno los fue llevando hasta el centro del círculo, incluyéndome. No se permitía hablar durante todo el ritual, al que sólo podían asistir aquellos dispuestos a iniciarlo y concluirlo sin reparos.

      Esa noche, nos hablaron sobre la hermandad, que por distintas singularidades, se suele reunir en lugares específicos, y mantiene una estrecha relación con la mente de la circunstancias, con la integración de miembros que logran mediante su propio esfuerzo colapsarse en si mismos y alcanzar la liberación de su otro yo. Este grupo clandestino tiene su incursión en varios niveles sociales, políticos y artísticos a través de sus miembros, los cuales tratan de generar una nueva alternativa latinoamericana. Además de realizar ritos antiquísimos de más de dos mil años como parte de una celebración a la Dualidad; preservan la tradición oral y escrita. Y para mi sorpresa el simbolismo es impactante,  sumamente parecido a lo que me había llevado hasta ahí desde el Erial, la serpiente, la espiral, y la estrecha relación de ésta, con el águila; nuestro símbolo, la unión entre el cielo y la tierra: la metamorfosis de la serpiente.  Es cuando te das cuenta que tus pasos, tus pies, te llevan justo al lugar en donde debes de estar, solo necesitas abrir los sentidos para poder integrarte con tu entorno que se comunica constantemente contigo. En aquel momento, como yo, había nuevos miembros pero curiosamente la mayoría llegaron de la misma manera.

      Esa noche sellé mi pacto con la Dualidad mediante un ritual clandestino y misterioso, con una inscripción en mi brazo izquierdo para ser un miembro del Círculo de la Serpiente

      Es curioso como en la carta de mi abuelo, había mencionado esto mucho tiempo atrás…

      La danza terminó a las doce de la noche con el toque estruendoso, trece veces consecutivas, de los caracoles al unísono con el ritmo del oleaje. Al terminar, cada uno de los que estábamos en el lugar se marchó en silencio sin que los volviera a ver en mi estancia en aquel paraje.

Esa noche me acosté a dormir, a pesar de ser el gran día festivo. No me sentía muy bien en el aspecto físico, estaba algo agotado. Al recostarme en la hamaca tenía las mismas sensaciones que tanto temor me causaban.

Quedé dormido de inmediato. Fue como si cayera continuamente. La sensación de vacío me invadió de nuevo y no lograba distinguir forma alguna.

Entonces desperté dentro del sueño, ese tipo de despertar en donde estás con los ojos abiertos pero no puedes mover ninguna parte de tu cuerpo; miras a tu alrededor y vez como suceden las cosas tratando impacientemente despabilar, pero no puedes. Todo parecía igual. A mi lado se encontraban sentados, con expresión de tristeza, mis padres y hermanos. Era aún de noche y el mar estaba en calma con el reflejo de la luna que generaba una magnífica luz azul.

Mi madre me dijo con tono muy serio:

—Tienes que ser fuerte —y señaló hacia el otro costado del lugar.

Miré en esa dirección y observé a mi abuela de espaldas. Se notaba que algo le dolía; intentaba caminar, pero le costaba mucho esfuerzo y, de pronto, cayó de costado. Quise acercarme a ella para auxiliarla, pero en el momento en que me puse de pie, surgió el espectro de sí misma que flotaba sobre su cuerpo. Estaba cubierta por un halo rojo intenso y con la mano derecha sostenía unas tijeras largas y abiertas; su expresión era agresiva y, con los ojos penetrantes sin espacio en blanco, simbolizando la muerte, avanzaba hacia mí.

En ese momento mi madre me tomó del hombro y dijo:

—Vuelve, aún no puedes irte.

Desperté muy exaltado en el mismo sitio y en la misma posición.

Eran las ocho de la mañana en punto. Me puse los zapatos y corrí ladera abajo hacia la caseta telefónica. La puerta estaba cerrada, así que di varios golpes enérgicos con la mano antes de que me abriera el dueño del lugar semidormido.

—¿Quíubo, joven?

—Necesito hacer una llamada urgente, por favor.

Con mala cara me dejó entrar en el local y me pasó el teléfono para que marcara el número.

En el momento que escuché la voz de mi madre le pregunté con voz muy preocupada:

—¿Qué pasó Ma?

Ella me respondió con un nudo en la garganta:

—Ven lo más pronto que puedas, aquí te explico.

Colgué el teléfono y corrí de nuevo a la palapa por mis artículos personales.

“Esto no puede estar sucediendo, no puede estar sucediendo” —me decía en voz alta.

En mi apresurado recorrido a la parada de autobuses, las piernas me temblaban.

Salí en el camión, inquieto porque el viaje desde donde me encontraba hasta mi pueblo natal era de once horas. No podía dejar de hacer todo tipo de suposiciones, aunque estaba seguro de que a mi abuela le había sucedido algo. Pensaba sobre todo en mi madre, que tal vez no podría asimilar la noticia, y en que al llegar a Tula, tendríamos que partir rumbo a Guadalajara.

Llegué a la casa, abrí el zaguán y corrí. Estaba a punto de dejar caer la mochila al suelo por la ansiedad que me consumía.

Una silueta se acercó a la puerta de cristal translúcido para abrirme por dentro.

—Pasa, hijo —me dijo.

Verla me impresionó, pero también me dio muchísimo gusto. La saludé con un gran beso. ¿Qué hacía aquí? Vestía casi como la recordaba en el sueño, pero esta vez su rostro reflejaba un poco de pena. Era mi abuela.

Me dirigí a la sala donde se encontraba mi madre.

—Siéntate, tenemos algo que decirte —me pidió mi abuela.

Me senté en el sillón con un ligero tic nervioso en el brazo.

—Murió José.

—¿Qué? ¿Cómo? ¡No puede ser! —grité.

—Murió ahogado ayer, 31 de diciembre. El cuerpo va camino a Querétaro.

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