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Capítulo XI

Intenté incorporarme lo más rápido que pude, pero mis piernas se doblaron y no lo conseguí. La noticia me tomó por sorpresa, me dolía inconsolablemente saber que mi amigo había muerto. Trataba de asimilarlo pero no tenía la intención, quería salir corriendo de todo esto, de mi vida que no entendía, huirle a la muerte, pero era muy tarde, estaba fundido irreversiblemente.

No podía creerlo, si apenas unos días atrás nos vimos en el café mientras Marion se alejaba. No podía ser cierto.

—¡No puede ser! —gritaba.

“Marion” —pensé—, debe de estar muy mal. Tengo que irme. ¡Qué pesadilla!

Pero el remordimiento me absorbía profundamente por dentro. Cuando llegué se llevaba a cabo la ceremonia fúnebre. Estaban presentes todos los amigos y familiares de José. Fue muy conmovedora la manera como nos despedimos, que dejó a los que lo rodeamos una esperanza de vivir el día a día con tanta intensidad como él.

“Era demasiado bueno para continuar en este lugar”    —pensé.

—¡Cuánto perdíamos en ese momento y cuánto nos dejó José! — ¡Vamos!, ¡dímelo!, ¿qué es la muerte?, ¿qué es?, ¿acaso puede morir en verdad? ¿Puede ser que ya no exista? ¿Es todo esto un sueño? o ¿Eres tú quien debe despertar?

Miré a mí alrededor en busca de Marion, pero no la encontré. Tal vez estaba tan confundida que no quiso venir al cementerio.

Me acerqué a Emilio para averiguarlo.

—¿Sabes dónde está Marion?

—No, no la he visto.

—¿Le avisaron de lo sucedido?

—No la encontramos. No respondió a nuestras llamadas.

—¡Carajo! Creo que no se ha enterado aún.

Fui a la casa, tomé el directorio telefónico de San Miguel de Allende y marqué los números de diversos hostales, preguntando por ella. Después de varios intentos, la localicé.

—¡Marion!

—Sí, ¿Ometeo?

—Tienes que venir, es urgente. Nos vemos en Pasteur.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Sí, sólo ven, necesitamos platicar.

—Hablaste con José, ¿verdad? ¿Qué pasó?

—Por favor, Marion, ven y aquí te explico —me esforcé por contener el nudo en la garganta.

Después de varias horas de esperarla, Marion llegó a la casa cerca de la medianoche. No consiguió transporte que la trajera a Querétaro antes.

Yo, agotado, fumaba un cigarrillo junto a la puerta, sentado en la banqueta. La esperaba, tan angustiado que el cuerpo me dolía como si me hubieran propinado una golpiza.

Vi acercarse a un taxi y Marion se apeó con una pequeña bolsa en la mano. Me levanté y me acerqué a ella.

—¡Qué cara tienes, Ometeo! ¿Qué te sucede? ¿Y José?

—Vamos adentro —le dije.

Entramos a la casa, la miré fijo a los ojos y la abracé con todas mi fuerzas, mientras le daba la noticia al oído. Ella intentaba entender lo que decía, pero no quería, era como si se propusiera alejar mi voz con su movimiento. Meneó la cabeza con frenesí, para después tumbarse en el frío suelo y hundirse entre los mosaicos, llorando sin parar, gritando y golpeando el suelo. —¡No te lo lleves!, ¡No lo entierres!

Durante varios días la casa se derretía de llanto, de tristeza, pero sobre todo de incomprensión. Asustados, vulnerables, desconcertados, sumidos en un abandono total, pasábamos las noches en vela. En ocasiones de la garganta de Marion escapaban gritos desconsolados que se perdían buscando desesperadamente a José.

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