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Capítulo XII

Las noches no eran las mismas. Sentíamos culpa por no haber estado con él, por dejar de seguirle los pasos, por todo lo que aprendimos juntos y su incesante amor al descubrimiento. Lo extrañábamos tanto que no sabíamos cuánto tiempo estaríamos sumidos en el dolor, sobre todo por la incomprensión. El miedo embargaba nuestras sonrisas e ilusiones. Tan sólo contábamos con nuestra compasión, que se traducía en tendernos abrazados en algún rincón de la casa, ya sin forma, sin pretender más. Pero poco a poco la incertidumbre nos apresaba, había algo que ambos sabíamos y nos estaba perforando por dentro, nos costaba trabajo acariciarnos, incluso abrazarnos debido a la extraña sensación.

Había pasado quizás una semana desde el 3 de enero. Ese día entré a la casa con dos tazas de café recién hechas para despertar un poco ante la tormenta que nos devoraba. Pensaba que antes de que Marion se levantara con los ojos hundidos y fumara su primer cigarrillo, le caería bien un expreso caliente con espuma. Al entrar, dejé las tazas sobre la mesa de la cocina y subí a la habitación; se sentía frío en la casa, envuelta en un terrible silencio. Así fue como la vi, tendida sobre la cama, su silueta roja colocada a propósito junto a una tarjeta que decía:

9  me voy. le amo. te amo. No puedo.

Tomé su  bufanda y me esforcé por retener su olor conmigo, doblado por la mitad entre las sábanas. Quería dormir para siempre.

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