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Capítulo XIII

No sé cuánto tiempo dormí ni cuánto pasé deambulando de un café a otro, entre las callejuelas y las fuentes de la ciudad. Anhelaba encontrarla, rastreaba la posibilidad. De noche me volvían los recuerdos de su voz, del característico chiflido con el que anunciaba su llegada a casa. De hecho, varias veces corrí a la puerta pensando que era él, pero ya la reacción espontánea me traicionaba. Quería salir de este estado, no alcanzaba a comprender cómo es que había visto su muerte en los mensajes del Erial. Mis pensamientos se estrellaban contra las paredes y rebotaban como ecos, que atormentaban a las nubes y la lluvia. Los truenos pronosticaban el ocultamiento del Sol, pero a la vez anunciaban la transformación de un paisaje existente en uno renovado por completo. Sin embargo, nunca podía olvidar lo ocurrido.

Buscaba refugio en personas que pudieran darme una explicación coherente de lo que sucedía, pero, cuanto más buscaba, más solo me sentía. Y no quería buscar al círculo, aunque sabía que me estaban observando. Negaba a la fuerza todo lo ocurrido y quería enterrarlo, votarlo e ignorar sus efectos.

Lo que encontraba era la ansiedad de control sobre los fenómenos diarios y esa exacerbada manera nuestra de querer ser los únicos capaces de entender el caos en el que vivimos. Me sumergí en los pensamientos oscuros, en el devenir de los efectos que nos comen cada momento, y respondía nada más a los estímulos: hambre, sueño, cansancio, necesidad, la pura necesidad de un cuerpo que sabe pero que no quiere actuar, que busca algún techo que pueda suministrar algo de leña para avivar el fuego de la extinción. Pero únicamente hallaba el vacío que ha envuelto la cordura y las ganas. Saber que siempre hemos tenido la oportunidad de vivir lo que pensamos, pero optamos por sólo pensar lo que queremos y vivir lo que deseamos. Nos rendimos ante el miedo a enfrentarnos a nosotros mismos y a nuestro pasado, el miedo que nos causa la soledad, el miedo que nos provoca saber que algún día moriremos. El miedo a no tener nada, a no ser nada, el miedo al miedo. El miedo a ser feliz.

Encontramos las mejores excusas, medios superficiales que nos convencen y hacen que nos dejemos llevar ante las formas e ideas más imaginativas, que nos lavan el cerebro, que nos convencen de que el mundo gira alrededor de nosotros y lo único que debe preocuparnos es no sufrir.

Por eso preferimos que otros lo hagan por nosotros. Ante la imposibilidad de entendernos, necesitamos controlar el mundo que nos rodea y alegar, de manera obsesiva, todo tipo de justificaciones que eliminen la frustración que nos causa vernos en el espejo y no tolerarnos. Así, mediante el control, el poder, el consumo excesivo, el sufrimiento ajeno, nos deleitamos y podemos dormir tranquilos sabiendo que hacemos lo mismo que todos: extraviarnos de nosotros y olvidar que algún día hemos de morir.

Que de tal manera miles han sufrido, y muerto por nuestra comodidad alterada.

¿Cómo podremos pasar por alto tanta insensatez, tanta injusticia? ¡Muy fácil!, acostumbrándonos a ellas.

¿Cómo podemos olvidar el dolor? ¡Olvidando que siento, que existo!

Al fin y al cabo, muchos creen que la vida es sólo material de laboratorio, donde tarde o temprano encontraremos la cura. Y no queremos darnos cuenta de que lo importante no es la explicación de nuestros actos, nuestro dolor, nuestro universo, nuestra ubicación o nuestro origen, sino dejar el egocentrismo y ser consciente de que podemos ser parte del todo.  

Durante largo tiempo esperamos que alguien nos cuente nuestra historia, nuestro futuro; mas aún, pensamos que un día alguien vendrá a salvarnos. Pero en la mayoría de los casos es justo segundos antes de morir cuando nos percatamos de que nadie vendrá a salvarnos, que la salvación no existe, que es una excusa mental para apartarnos de nuestro verdadero destino: hacer lo que nos toca hacer. Ser parte de nuestro tiempo. Vivir y morir con las manos llenas de felicidad. Saber que la libertad es poseer la voluntad de generar y hacer lo que debemos, para así formar parte de la estela infinita de voluntades unificadas que desencadenan los hechos y los acontecimientos. Porque con cada giro de nuestra espiral el universo se expande y se ilumina.

Somos la espiral que se detiene, la espiral que tiene la posibilidad de convertirse en luz. Depende sólo de nuestra voluntad, de la voluntad de las voluntades. De entender que: Soy lo que tengo la voluntad de ser.

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